Sorgin-Orratz…

El tercer día que pasamos juntos se me ocurrió llevarte a un bar suburbio que condensaba en sus paredes de madera mil de mis noches. Noches gélidas, con lluvia, abrasadoras o ventosas. Noches de julio, de febrero y de diciembre en las que no sabía de tu existencia. Noches de viernes, sábados y festivos aleatorios en las que miraba de soslayo un púlpito de mentira en el que se decía que los enamorados proclamaban su amor a gritos ante una etílica audiencia. Lo cierto es que, aunque nunca vi a nadie encaramado en aquel lugar, todos los que frecuentaban aquel garito juraban haber visto a otro hacerlo, poco importaba que ese otro perteneciese a sus fantasías. Aquella tarde de junio te conté la historia y prometiste hacerlo por mí si algún día se daba el caso.

Tres años más tarde, en Ujué un pueblo perdido de la tierra media navarra, entramos en una iglesia que en una de sus esquinas lucía un púlpito aleccionador, de esos que se utilizar para amedrentar al devoto. También para lanzar, desde la altura moral, verdades incontestables. Estabamos solos, pese a que en el perímetro de la iglesia-fortaleza más de una docena de personas disparaban sus cámaras de fotos contra la piedra. No habrían pasado tres segundos desde que recordé en voz alta el falso púlpito suburbio que vi cómo tus pasos se encaminaban hacia allí, dispuesta a proclamar lo que prometiste harías algún día si se daba el caso.

Supongo que se ha dado el caso. En lo que a mí respecta se dio antes de que me diese cuenta. Antes de lo que estipulan los códigos sociales. Antes de que me diese tiempo alcanzar un púlpito para proclamar que te quiero.

Feliz cumpleaños, sorgin-orratz…

Los Ladrillos son Rojos…

Las únicas horas de tregua supieron a yogurt helado cubierto de chocolate blanco. Hablando con una amiga le cuento que cuando él desapareció fotografié cada uno de los lugares que componían su rutina: el armarito de herramientas; la curva del sofá que permitía tanto que sus piernas flotasen en verano como que se resguardasen en invierno bajo una manta; la cama que compartió con ella durante más de cuarenta años; la mesa de falsa piedra que le permitía sujetar los libros de historia que nunca tuvo ocasión de leer y que devoró en sus últimos años cuando el tiempo se detuvo suficientemente cerca de él. Después supe que otros habían hecho lo mismo que yo y que lo habían convertido en historias dibujadas. Tendrá razón Castaneda cuando, en mitad de sus alucinaciones, aseguraba que las ideas, las emociones y el amor fluyen a través del éter. Sí, fue el único momento de tregua.

Docenas de libretas y cuadernos antiguos cubiertos de letras nerviosas y estadísticas absurdas, vagabundear por las calles en cuanto tuve ocasión, rebuscar en armarios ahora cargados de polvo y perfeccionar el arte de esconderse al ver a alguien conocido que no es ni de lejos amigo. Evito a la gente cuando vuelvo allí, no sé por qué. Supongo que busco la sombra porque es la sombra la que me arropa por las noches en aquel lugar. Porque es la sombra la que me acompañó hasta que la luz irrumpió brutalmente en mi vida. Y le propongo a ella, que ahora recorre las calles sin que sus piernas toquen el asfalto, que vuelva a oficiar de juez en otra guerra de globos de agua mientras me señala que los ladrillos de la fachada de un edificio próximo son rojos.

Qué triste, qué triste, qué triste… qué triste ver cómo las ausencias manchan; qué tristes los ojos del niño que mira hacia un horizonte vacío; qué triste desandar los pasos ya dados y qué necesario todo para darme cuenta de que mi lugar en el mundo se compone de ladrillos rojos mal encajados en una fachada.

Ocupo mi asiento del tren y un americano me pregunta algo en un inglés ininteligible. No entiendo nada y opto por sonreir, entonces se marcha a formular la misma pregunta al pasajero delantero. Diez minutos después, el mismo americano, ha cubierto la totalidad de los asientos del tren sin encontrar respuesta a su ignota pregunta. Ya en casa, rodeados de pañuelos de fiesta, acierto a anudarme en mío por primera vez en dos años. Ya soy de aquí, pienso. Más que de ninguna otra parte. Al día siguiente,  en los baños de la biblioteca, un chico que también se desplaza sin tocar el suelo me pregunta si tiene la cara limpia. Retiro un residuo naraja de su mejilla derecha y le sonrío. «Ya está», le digo. Después recorro los pasillos y, sin ser consciente de ello, acabo frente a una enorme estantería marcada con la letra A. «El Cuaderno Rojo» está entre mis manos. Abro una página al azar y leo: «No me corte la pierna», imploró. «Por favor, se lo suplico, ¡no me corte la pierna!».   

El azar no existe, hace tiempo que lo sé. Miro su fotografía, que reina en mi teléfono móvil desde hace dos años. Es un gesto que he repetido compulsivamente en Cucumberland, que repito compulsivamente aquí. Los escalofríos cesan. Supongo que ya no hace frío.

Fuiste tú quien me cogió de la mano…

En «La Chica del Café» Bill Nahy enumeraba las cuatro cosas que había aprendido durante su estancia en Rejkiavic: «Ahora sé que Bjork es de aquí, que Spassky y Bobby Fisher jugaron en la ciudad un campeonato del mundo de ajedrez, que en esta ciudad las cremalleras se dilatan y que en este lugar se puede experimentar un sentimiento parecido al amor».

Hace tres años te vi, me cogiste de la mano y me dijiste que tú te venías conmigo. Desde entonces te he besado en todos los ángulos posibles, he recorridos miles de kilómetros a lo largo de tu cuerpo, siempre con tu pelo ensortijado rozando mis mejillas; en ocasiones he llorado, porque nadie dijo que fuera fácil, pero he reído muchas veces más; te he encontrado en playas francesas atestadas, gritando mi nombre hasta hacerme olvidar que mi tobillo estaba dislocado; me he caído y tú me has tendido la mano para levantarme; te he cuidado y me has cuidado, he pasado horas observando tu rostro perfecto exhalando paz mientras duermes, nos hemos sostenido cuando el vértigo hacía peligrar nuestro equilibrio, he redactado una constitución para el país de dos que fundamos y no he dejado de aprender mientras tú borrabas las sombras dolorosas que el tiempo ha dibujado en mi espalda. Lo que siento por ti no es amor, va mucho más allá. Tan lejos como la distancia que nos separa en ocasiones y que hace que literalmente me duela cada metro que me distancia de tu piel. Tanto como la infinidad de tonterías importantes que hacemos el uno por el otro. Tanto como me estremece tu risa, tu felicidad, tu estado natural.

Como Nahy, he aprendido cuatro cosas de esta ciudad en todo este tiempo: que, al menos a tu lado, bajo las sábanas, no hace tanto frío como dicen; que los días de San Fermín esta ciudad es testigo del apocalipsis y más tarde del génesis; que las cremalleras también se dilatan a la sombra de leones y cadenas, y que en esta ciudad se puede experimentar la misma clase de amor que sentí la primera vez que me aferré a tu cintura de libélula. Y todo ello sin soltarte de la mano…

Suma y sigue…

Desde mi adolescencia utilizo una expresión recurrente para definirme: ampliamente decepcionante. Supongo que las personas que me quieren no estarán de acuerdo con tal sentencia. Que la considerarán un acto de vanidad o de falsa modestia. Pero en días como el de hoy me reafirmo en lo que es un hecho. Prueba de ello es que en cada ocasión en la que me cruzo con alguien poseedor de genuina bondad (el don que más valoro) y cree ver algo en mí, me siento primero abrumado y más tarde asustado por el hecho de que se me atribuyan virtudes de las que carezco. Brota el idiota, el asustado y se reanuda la huída hacia adelante una vez más.

Cuatro años más tarde el miedo se mantiene inalterable y la sensación de culpa aumenta y disminuye según nacen o mueren los días. Ni olvido ni dejo de apreciar a nadie sin importar el trato recibido de parte de esa persona porque soy así de imbécil, porque sigo cayendo en el error de tratar de caerle bien a todo el mundo negandome a mí mismo en ocasiones y olvidando que la cuestión final no depende de voluntades si no de empatías que raras veces se dan. Sigo estancado en muchos aspectos mientras que he crecido en la mayoría gracias a brazos ajenos. Sigo pensando que os fallé, yo el que presume de no fallarle nunca a nadie. Hago bandera de ello y pretendo buscar explicaciones para cada ocasión (y han sido tantas) en las que alguien me ha fallado a mí. Sigo equivocándome al valorar situaciones y personas, y pensando que la vida os arañó demasiado pronto. Que la inocencia es una putada a la que me aferro para justificarlo todo. Que los fantasmas no me dejan en paz por algún motivo. Que no me golpeo en el pecho porque estoy cansado. Muy cansado, mientras todo sigue. Si os tuviera enfrente una sola vez más os diría que sigo aprendiendo y sigo jodido y sin entender  por qué ocurren algunas cosas. Y ya no me valen las frases hechas. Sigo sin ser capaz de descifrar los movimientos de las personas porque en algún lugar extravié el mapa si es que algún día lo tuve. Y sigo sintiendo la misma rabia que aquel día potenciada por las decepciones y suavizada por las caricias recibidas.

Mientras que el inconexo tic tac sigue latiendo…

Yo, Espía…

Hubo un tiempo en el que la línea apolítica y descreída de mi familia se quebró. Fue la época en la que mi padre tonteó con la idea de afiliarse al partido comunista y decidió hacer participes de ello a mi hermano y a mí. Apenas tenía nueve años entonces pero recuerdo los mítines en salas abarrotadas, las banderas republicanas por todas partes y las cinéfilas sesiones de “formación” en las que vi por primera vez “Octubre” de Eisenstein. Todo ello influyó de una manera tan radical en mí que durante los primeros años de adolescencia sufrí agresiones y provocaciones a causa de las pegatinas de la hoz y el martillo que orgullosamente lucía en mis carpetas. No se preocupen… aquello no duró demasiado. Tanto mi padre como nosotros recobramos el sentido común poco tiempo después.

Ya están documentados. Ahora les contaré una historia… Hace unos días, mientras rebuscaba en el trastero los dos volúmenes de “Hollywood Babilonia” que enterré allí hace años, me topé con un pequeño libro que ya había olvidado…

Sí señores, “URSS: 100 Preguntas y respuestas”. Entonces me sumí decimonónicamente en el recuerdo al tener semejante joya en las manos…

Recordé que en mi último año de la desparecida EGB se nos encargó un trabajo en el que debíamos escribir a una embajada extranjera solicitando información del país en cuestión. Unos eligieron Brasil. La mayoría se decantaron por los States (a quien todos dicen odiar pero que tienen tanto tirón), otros por Alemanía, algunos por Gran Bretaña. Nunca olvidaré que mi mejor amigo eligió Costa Rica y le enviaron folletos, un libro y un bolígrafo con su escudo nacional.

En fin… ¿Qué país creen que elegí yo?… No resulta difícil de adivinar. Fui el único, además, en tomar semejante decisión. Y como pueden imaginar, mientras todos mis compañeros iban recibiendo paulatinamente sus paquetes, yo, otra víctima de la monstruosa burocracia comunista, fui el último en recibir el mío que se limitó a un triste libro editado descuidadamente y a una revista panfletaria titulada «Quienes amenazan realmente la paz» con un misilazo con la bandera yankee en la portada.

Estructurado en 100 preguntas y sus correspondientes respuestas, el contenido del libro es una delicia. He seleccionado tres de las preguntas y respuestas que contiene. Pónganse cómodos y disfruten…

93.- ¿Por qué tienen tan pocos automóviles particulares?

– No son tan pocos. “El automóvil no es un artículo de ostentación, sino un medio de locomoción”. En 1965 en la URSS se vendieron 64.000 automóviles. Ya en 1970 la cifra alcanzó el número de 123.000.

Mareantes cifras para un país de 300 millones de habitantes. La sentencia que afirma que el coche no es un artículo de ostentación haría llorar a muchos (hombres mayormente).   Sigamos…

40.- ¿Por qué en la URSS están prohibidas las huelgas?

– En la Unión Soviética no están prohibidas las huelgas. Simplemente no las hay porque carecerían de sentido. Recordemos la frase de Lenin: “el recurso de la lucha huelguistica en un estado con un poder estatal proletario, puede ser explicado y justificado sólo por tergiversaciones buracráticas del estado… así como por el bajo desarrollo político y cultural de los trabajadores”

Otra vez citando las sentencias bíblicas del querido líder. Esta vez asegurando, en otras palabras, que en un estado proletario el que hace huelga es gilipollas. No se vayan todavía, aún hay más…

32.- ¿Por qué tienen un solo partido? ¿Son compatibles el socialismo y el pluripartidismo en la URSS?

– El hecho de que en la URSS hay sólo un partido se debe a condiciones históricas concretas.Los partidos pequeñoburgueses no fueron disueltos, como afirman algunos historiadores de occidente, fueron desapareciendo de la arena política a medida que iban perdiendo la confianza del pueblo. Así pues, el propio curso de los acontecimientos históricos obligó a los comunistas a asumir la plena responsabilidad del destino del país.

Que admirable abnegación y sentido del deber la del partido. Qué, ¿cómo se les ha quedao el cuerpo?. Pues eso no es lo peor…

Esta pequeña pieza de coleccionista venía acompañada de una carta de la agencia Novosti (También apreciable en la foto) en la que se me agradecía mi interés y se adjuntaba una pequeña encuesta en la que se interesaban por mis aficiones, edad y estudios para culminar con esta inquietante pregunta…

¿Estaría usted interesado en emigrar a la Unión Soviética?

No envié el cuestionario, pero sí que lo rellené. ¿Qué creen que respondí a aquella malévola pregunta?

Sólo espero que haya quedado claro que si alguna vez se desclasifican los archivos de la KGB sean conscientes de que si ven mi nombre por ahí mi aportación al espionaje soviético se limitó a una inocente carta enviada por un adolescente confuso.

Empedrado con Losas Amarillas…

Mis últimos y tumultuosos seis meses congelados. No tengo el dedo azul, pero aspiro a contar historias y dejar filtrar estados de ánimo a través de mis fotografías. Supongo que el motivo por el que fotografío compulsivamente la ciudad de Donosti y a la gente de espaldas es una cuestión freudiana. Quince postales de grietas cerradas y algunas paredes por tirar. Es todo lo que queda de docenas de viajes, de ciudades conocidas sin bajar del autobús y de manecillas de reloj que detuvieron su andar para retomarlo al ritmo del parpadeo de sus ojos. Y las palmas de las manos boca arriba, abiertas, esperando que el tiempo de cosechar llegue pronto.

El frío de ahí fuera…

“No sé, no sé lo que me ocurre. Estoy perdida. Estoy asustada. Siento como si desapareciese. Nada tiene sentido para mí, ningún sentido”

-4º al llegar a Atocha. Genial. No tengo calefacción en casa, aunque me sobran mantas. Las visitas protocolarias, que se presumían felices, no lo son del todo. Las cosas parecen descuadradas. Será por el frío, pienso. La gente camina encogida por las calles, como juncos quebrados por el viento. No quiero imitarles, de modo que me yergo y camino por una calle interminable que deja pasar el viento de plano. Treinta metros después soy uno más entre los encorvados. Un tipo sudamericano vende churros en miniatura y chocolate caliente al que la presencia de cacao se le supone a juzgar por cómo chorrea. No compro y termino cenando las primeras fresas del año. En el suelo de mi habitación encuentro un papel garabateado. Es un pedazo de una antigua entrada de cine. Durante años las guardé y escribí en su reverso cualquier sensación experimentada aquel día. Leo mis letras siempre mayúsculas que trazan con tinta azul: 4-11-93  Tengo miedo.

“¿Por qué siempre termino enamorándome de cualquier mujer que me presta un poco de atención?”

-3º. Olvidé cerrar la ventana de mi habitación, de modo que terminé durmiendo con el polar puesto, y aún así estaba aterido de frío. Mirando al techo, ya en la cama, recordaba a Joel y a Clementine y su cama entre la nieve. Leí hace tiempo que los sueños funcionan en consonancia con tu último pensamiento antes de que tus ojos se cierren; así que creí que soñaría con esa escena, pero no fue así. Soñé que fotografiaba a una mujer desnuda en una calle de Malasaña de madrugada. Y aunque los demás tenían frío, yo tenía tus guantes.

“Hablar constantemente no significa comunicarse”

-2º. He pasado toda la tarde jugando a la play con mi sobrino. Nos hemos reído mucho. Pronto dejará de ser niño y las risas pasarán a ser aire. A Joel le gusta gastar bromas pesadas a Clementine. Fingirse muerto y cosas así. También le gusta mirarla bajo las sábanas y pasear con ella en silencio. Joel es un tipo silencioso. Me he acordado de eso mientras caminaba por la misma calle que transité bajo la lluvia aquel día de octubre de 2004. Me he fijado en las terrazas, como tratando de encontrar el efecto del tiempo en ellas, pero no he encontrado ninguno. Juraría que incluso las manchas de humedad de las terrazas son las mismas. Supongo que todo esto no era sino un  modo de justificar las mutaciones que yo mismo he sufrido. Aquel día de 2004, al llegar a casa, pensaba que nunca me sucedería nada igual, que nunca experimentaría algo parecido a lo que les ocurrió a Joel y a Clementine,  y una tristeza intensa me mantuvo entumecido durante semanas. La melancolía dulce se escapa de mi control.

“Vuelve y al menos inventa una despedida. Finjamos que la tuvimos”

-5º y bajando. El termómetro de la plaza del ayuntamiento de Cucumberland se ha estropeado y marca 32º. La gente le hace fotos. Mal día hoy. En el metro los pasajeros estaban tan ateridos de frío que se apretujaban en un extremo del vagón dejando el otro completamente vacío. El calor humano es el único capaz de deshelar la Antártida. Tenía pensado pasar la tarde en Madrid. Pasear por Malasaña, bajar hasta Chueca y regresar a Sol o bajar hasta Atocha, pero el frío me ha frenado los pies. De veras que al despertame no los sentía. Me he conformado con ir de un lado a otro de Cucumberland durante un par de horas. Los recuerdos y las cuentas pendientes se amontonan en un espacio cada vez más reducido. Ha sido una triste regresión, ya sabes por qué. Dos horas en las que muchos retales de historias han pasado ante mis ojos, como le ocurrió a Joel cuando decidió cegar su recuerdo. Hace tiempo que también yo lo hubiese hecho sin dudarlo un instante. No me hubiese importado eliminar los recuerdos que dañan aunque se hubiesen llevado a los demás consigo, pero nunca encontré las oficinas de Lacuna Inc. Hoy prefiero el dolor, siempre que la felicidad de los buenos momentos siga quedándose ahí. Luego me llamaste… o te llamé, no lo recuerdo. Tu voz sonaba tan lejos. No fue una buena noche.

«Nos vemos en Montauk…»

-1º. Resulta paradójico que el día que me largo sea el más cálido de los que he pasado aquí. Decidí no pensar los dos días anteriores, moverme por instinto, y todo fue mejor. Prácticamente ninguno de los planes que tenía previsto se ha cumplido. Todo parece haber salido mal. Incluso la tele se estropeó el segundo día aumentando el silencio gélido de la casa. Ayer hice alguna foto realmente buena, de esas que muestran estados de ánimo. Me desperté a las seis de la mañana y me puse a ordenar otra vez la maleta. Me sobró tiempo para grabar cada habitación de la casa en algún espacio sobrante de mi memoria, si es que queda alguno libre. Han pasado muchas cosas estos últimos cuatro años. En una bolsa de trastos para tirar he encontrado una de esas frases con las que decoraba mi cuarto. Se trata de un fragmento de una canción de Tori Amos…

«When you gonna make up your mind
When you gonna love you as much as I do
When you gonna make up your mind
‘Cause things are gonna change so fast»

Estuvo tantos años colgada que aún se percibe el hueco que dejó en la madera. Intercambié aquellas palabras por las de la canción de Beck que suena cuando Joel aporrea el volante de su coche. Me alivió saber que él también llora cuando duele. Cuelgo la mochila en mi hombro, la aseguro con una mano y tomo la maleta con la mano libre protegida por los guantes que siete días antes calentaban tus manos. Me duele mirar por la ventanilla del tren cómo dejo atrás la que es y siempre será mi casa. Otra cosa es el hogar. Ése me espera al otro lado de la vía del tren.

20 Millas al Sur…

Cuando estaba aprendiendo a leer, como no siempre me comportaba de forma adecuada, mi padre me dio a conocer las fábulas de Esopo con la esperanza de que las moralejas de aquellos cuentos tradicionales mejoraran mi conducta. Cada anochecer, tras adentrarme en «La Zorras y las Uvas» y otras fábulas similares, él asentía y me preguntaba: «¿Y qué significa esta historia para ti, Robert?». Al mirar aquellos textos y sus bellas ilustraciones, llegué a darme cuenta lentamente de que aquellas narraciones significaban mucho más que palabras y bonitos dibujos.

Más tarde, antes de entrar en la universidad, consideré que la mejor vida imaginable incluye tantos partidos de golf como sea posible, por lo que decidí hacerme dentista. «¿Dentista?», se rió mi madre. «No puedes hablar en serio. ¿Qué ocurrirá cuando se solucionen todos los problemas odontológicos? ¿Dónde estarán entonces los dentistas? No, Bobby, la gente siempre necesitará entretenimiento. Estoy pensando en tu futuro. Te vas a meter en el mundo del espectáculo».

El Guión. Robert McKee.

A finales de 2010 Robert McKee, maestro de guionistas que jamás ha escrito (al menos oficialmente) un guión, impartió un seminario intensivo en la sede de EiTB de Bilbao. Más de un centenar de jóvenes guionistas escucharon durante más de doce horas la entusiasta clase magistral de McKee hasta acabar poco menos que jaleándole. Yo me encontraba entre ellos. Un año antes, durante unas clases en una céntrica calle de Madrid, intercambiaba opiniones con mis compañeros sobre las teorías de McKee. Durante aquellas intensas discusiones, cafés de por medio, elaboré mi propia visión del personaje: sin duda se trataba de un hombre que relegaba la técnica en favor de la emoción. Durante aquella clase comprendí rápidamente que estaba equivocado mientras él danzaba sobre una pizarra electrónica situando actos, tramas secundarias y puntos culminantes sobre escaletas milimétricamente calculadas. Al fin y al cabo todo era una cuestión matemática. Había aceptado mi error, tras un pletórico y extenuante día, cuando, justo antes de despedirse, dijo solemnemente dirigiéndose a su entregado público: «Dicho todo esto, déjenlo a un lado y apunten hacia el sur de su cerebro. Porque sin corazón no tendrán nada…»

Y la Orquesta Sigue Tocando y los Pintxos Cayendo…

Circunstancias personales me hacen cerrar las crónicas donostiarras en puertas de la navidad. No todas las películas vistas han sido revisadas. Tampoco todas las sensaciones, las cuales resguardo dentro de mí en previsión de que la galerna haga necesario su rememoración nostálgica.

Explicado de modo menos cursilón que en «Titanic», fue el actor secundario Bob («Los Simpson») quien mejor escenificó, con su interpretación completa de la ópera  «H.M.S. Pinafore» el que la música siga sonado mientras el barco se va a pique. Puede que el Festival de Cine de San Sebastián se ahogue en un mar de indiferencia, y que a nadie parezca importarle que así sea. Puede que a nivel local todo funcione; que el público nunca falle, y convierta el habitualmente adverso clima en una circunstancia sin la cual no se entedería la quedada anual. Puede, incluso, que las estrellas que acuden con cuentagotas lo hagan de buena gana, y que el ambiente festivalero transforme una ciudad cosmopolíta, ya de por sí intensamente hermosa, en un juego cómplice en el que todos participan.  Y qué más da todo lo anterior, mientras la organización siga tropezando una y otra vez en la misma miserable piedra que amenaza al único festival clase A de este país con convertirle en una chirigota bufonesca.

La sección oficial, siempre podada a causa de la ascendente estrella del festival de Toronto, se diluye año tras año en un almacén de retales desechados por los demás con la impotencia como única arma a emplear. Los directores se resisten a traer sus películas al certamen a causa de la cada vez más pobre difusión mediática exterior y lo pintoresco de un jurado que parece recalar en tierras donostiarras para arrasar con las despensas y bodegas locales en lugar de para desempeñar el trabajo que les ha sido asignado. Un buen ejemplo sería comparar a los jurados de festivales punteros como Cannes, Berlín o Venecia con el donostiarra: mientras los primeros mantienen pose de marcialidad, los otros, los que premian caprichosamente condicionados por las alambicadas políticas del festival, aparecen en tono burlón sino desafiante. Mientras… el festival languidece. Son pocos los capaces de recordar el palmarés del año anterior, ya sea por desidia o porque lo realmente importante de estos días consiste en apurar cervezas sentados en una terreza, bajo la fina lluvia, mientras somos testigos de cómo la luz afianza su plan de fuga.

Ver cine, tal es la cuestión. Hablar de cine mientras un cartel gigantesco arroja su sombra sobre nosotros. Decorar en nuestra memoria las horas pasadas juntos para añadir los tonos que faltaron o difuminar los que sobraron. Cruzarse por la calle del mercado con Alex de la Iglesia. Hacer cola en una pastelería francesa tras Imanol Arias. Aplaudir el estreno de la última de Vigalondo del lado de Leticia Dolera. El mundo del cine se democratiza por unos días, se entrega al proletario cinéfilo para que éste lo desmonte y así pueda observar que tras su engranaje está nuestra memoria y esa sensación de que estamos solos en la madrugada.