Al bajar los brazos…

«Siempre acaba así, con la muerte. Pero antes ha estado la vida escondida bajo el «bla, bla, bla». Todo está sedimentado bajo la cháchara y el ruido. El silencio y el sentimiento. La emoción y el miedo. Los escuálidos, inconstantes destellos de belleza. Y también, la sordidez desgraciada y la humanidad miserable. Todo sepultado bajo el manto de la molestia de estar en el mundo. Lo que hay más allá de eso es otro lugar. Yo no me intereso por otros lugares. Por lo tanto, que comience esta novela. En el fondo solo es un truco. Sí, solo es un truco».

La Gran Belleza (2013). Paolo Sorrentino.

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La extraña conexión entre un bate de madera y la mística…

Sé sobradamente que ese marciano deporte bautizado béisbol le importa un pimiento a la mayoría de los europeos. Lógico.  Ensimismados con el fútbol hemos olvidado la ensencia misma del deporte, algo que puede extenderse al resto de los deportes de equipo (y no pocos individuales) en los que ha penetrado el mantra de la profesionalización: «para ganar, todo vale». Sin embargo, para mí es mucho más que el simple golpeo de una pelota de cuero y madera. Y como no pienso aburrirles explicando de dónde y por qué nace esa pasión, me limitaré a contarles una historia verdadera que puede les ayude a entender la mística de este juego, uno de los pocos deportes hiperprofesionalizados que mantiene ligeros ramalazos de dignidad.

Roger Clemens, el mejor pitcher de la historia para casi todos, tenía 42 años cuando los Yankees de Nueva York decidieron prescindir de sus servicios. Al sentir que su camino había terminado pensó entonces en la retirada, a pesar de la gran cantidad de ofertas recibidas para que continuase un año más. Ganador en varias ocasiones del trofeo Cy Young, destinado al mejor pitcher del año, campeón de las series mundiales, reconocido como uno de los mejores de siempre, Clemens recibió entonces la visita del manager general de los Astros de Houston, su ciudad natal. Los Astros, un equipo relativamente jóven (44 años de existencia, prácticamente la edad de Clemens), nunca había conseguido ganar un título, ni siquiera de conferencia.  De hecho, tampoco habían sido capaces de clasificarse para los play-offs en cuatro décadas. Los Astros eran, en tres palabras, un equipo perdedor. Le ofrecieron continuar en activo, proponiéndole como lider de un equipo sin tradición y sin aspiraciones reales de ganar el título. Su plantilla apenas disponía de tres o cuatro buenos jugadores y lo que es peor, carecían de presupuesto para contratar a las grandes estrellas de sueldos astronómicos que el equipo requería si quería cambiar su suerte. Prueba de ello fue el contrato ofrecido a Clemens, suponía apenas la mitad de lo que ganaba en los Yankees.

Clemens se sentía viejo y fuera de forma. Estaba cansado. Sin embargo, tras meditarlo junto a su familia, decidió lanzar un año para el equipo de su ciudad. Al fin y al cabo, no tenía nada que demostrar y menos aún que perder. Fue su madre, gravemente enferma por entonces, quien le convenció de hacerlo, a modo de ofrenda hacía la ciudad que le vio nacer. Y sucedió que se implicó tanto en el sueño de los perdedores que declaró en la rueda de prensa de su presentación que ganaría el título de la Major League con Houston. Y todos riéron, absolutamente todos los que se encontraban en la sala, pensando que bromeaba. Pero no lo hacía.

Su primer paso para cambiar el sino de su nuevo equipo consistió en popularizar una frase ya mítica en la ciudad espacial: “I believe”. En una época previa a Twitter, en la que la información viajaba con menos velocidad y más inocencia, el lema se expandió lentamente entre una desilusionada afición dispuesta a seguir cualquier hilo de luz. Después, Clemens llamó a su viejo amigo Andy Pettite, compañero en los Yankees, y le contó su sueño. Pocos días después Pettite apareció en Houston con sus maletas dispuesto a ganar mucho menos dinero a cambio de hacer realidad el sueño de un amigo. Ocurrió que Roy Oswalt, pitcher estrella de los Astros, dedició quedarse en ese equipo perdedor a pesar de tener ofertas de equipos mucho más grandes respaldadas por cheques en blanco. Y otras estrellas tejanas supieron de la historia y fueron llegando a Houston uno tras otro: Lance Bergman, Brandon Backe, Willy Taveras, Brad Ausmus. Todos ellos aceptaron rebajar sustancialmente sus sueldos para formar parte de aquel sueño de locos.

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Así, al comenzar la temporada, el equipo perdedor disponía de una plantilla que podría haber hecho temblar a los que antes reían de no ser porque su edad media, que sobrepasaba holgadamente los treinta años. Después comenzaron a llegar los triunfos. Los «viejos» ganaban más perdidos de los que perdían, y el estadio comenzó a llenarse de público y de pancartas en las que se podía leer «I Believe». Al llegar los últimos tres partidos de la interminable temporada regular necesitaban ganar sólo uno para asegurarse su paso a los play-offs. La presión se hizo mayor y la burbuja estalló. Perdieron los tres.

Plantando cara a la enorme decepción, Roger Clemens, ya con 43 años encima dijo: “Yo me quedo un año más”.  Y Oswald y Pettite y Backe y Taveras y Berkman y Ausmus le siguieron.  Al llegar al final de esa temporada el destino quiso que se repitiera la misma situación del año anterior. Necesitaban ganar un partido de tres. Y perdieron el primero. Y ganaron el segundo.

Después, en play-offs, eliminaron a los Braves de Atlanta, en aquel mítico partido de las dieciocho entradas. Y eliminaron a los grandes dominadores de su conferencia, los Cardinals de Saint Louis. Y por primera vez en su historia se plantaron en una final que les enfrentaría a otro equipo maldito, los White Sox de Chicago, el equipo de los ocho hombres. El equipo del gran traidor, Joe “el descalzo” Jackson.

Y sucede que los cuentos de hadas no tienen porqué terminar bien.

Vi el último partido, lo hice en directo, a través de la página de la Major League. Y a pesar del cansancio (serían las seis de la mañana cuando terminó), también yo me emocioné al ver a un estadio entero sujetando cientos, miles de pancartas en las que se leía “I believe” tras consumarse la derrota. Bajo la lluvia, el equipo que acababa de perder su gran oportunidad se vino abajo. Muchos jugadores se tiraron al suelo mientras los Sox celebraban el título que rompía su maldición ochenta años después. Uno de ellos fue Roger Clemens. Un tipo de 43 años con casi dos metros de estatura y una carrera tan dilatada se tapaba el rostro para ocultar un llanto inconsolable. Sus compañeros, al ver a su capitán desolado, le levantaron y le condujeron hasta el banquillo mientras 50.000 voces, que trataban de ignorar los abrazos de los jugadores de Chicago en el centro del diamante, coreaban su nombre.

En la rueda de prensa posterior al partido, Clemens anunció su retirada y pidió perdón a los fans por no ser capaz de cumplir su promesa. Lo hizo entre lágrimas, junto a un grupo de compañeros igualmente llorosos. Pocos supieron entonces que un mes antes, poco después de ser fechada la fotografía que les muestro abajo (el día que pitcher presentó a su madre a la multitud con un emotivo: “Les presento a mi madre. Ella es la responsable de que yo volviese a creer”) ella había muerto. La derrota fue otra.

Dijo Kavafis que lo que importa es el camino, sin importar si el objetivo se logra o no. Roger Clemens confesó después que esos dos años vividos en Houston fueron los mejores y más importantes de su vida. Los que le reconstruyeron con ser humano.

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Más allá de tu vientre no hay nada…

Se cumplen cien años del nacimiento de Miguel Hernández y de algún lugar ha nacido la idea de llenar la red con los poemas del niño yuntero. Pero la red es grande y la voluntad apenas podría arañar la planta de los pies del gigante. Aunque la voluntad sea un arma subestimada, pues a veces la hondas tumban gigantes.

Recojo el pañuelo del blog de Emilio, le echo un vistazo a Miguel y al vientre de Josefina y copio y pego el poema del hombre-niño murciano que más se adentró en mí

MENOS TU VIENTRE

Menos tu vientre,
todo es confuso.
Menos tu vientre,
todo es futuro
fugaz, pasado
baldío, turbio.
Menos tu vientre,
todo es oculto.
Menos tu vientre,
todo inseguro,
todo postrero,
polvo sin mundo.
Menos tu vientre,
todo es oscuro.
Menos tu vientre
claro y profundo.

La Certeza del Lunático…

Estoy seguro de que no me creen, y de que tampoco creen que creo en lo que afirmo. Son libres de creerme o no: no estoy bromeando. Se trata de algo muy serio, algo muy importante. Tienen que pensar que para mí también, el hecho de declarar algo así, es una cosa terrible. Muchas personas aseguran recordar sus vidas anteriores. Yo, por mi parte, afirmo que puedo recordar una vida presente distinta. Nada sé de otras declaraciones semejantes a ésta, pero sospecho que mi experiencia no es única, quizás lo sea el deseo de hablar de ella.

Philip K. Dick

El 16 de diciembre de 1928, en Chicago, Dorothy Kindred Dick dio a luz a una pareja de mellizos prematuros de seis semanas y muy flacuchos los dos. Los llamaron Philip y Jane. Dicen que por ignorancia, porque la madre no tenía suficiente leche para alimentarlos y porque nadie, familiar o médico, le aconsejó el uso del biberón para completar la dieta, Dorothy dejó que los bebés pasaran hambre las primeras semanas de vida. Jane murió el 26 de enero.

La enterraron en el cementerio de Fort Morgan, en Colorado, de donde era originaria su familia paterna. Junto a su nombre, en la lápida, grabaron el nombre de su hermano, con la fecha de nacimiento, un guión y un espacio en blanco.

Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos – Emmanuel Carrère

Antarctica…

«Querida mía, no es fácil escribir por el frío. Setenta grados bajo cero y nada más que nuestra tienda de campaña para guarecernos. Lo peor de esta situación es que nunca te volveré a ver. Hay que afrontar lo inevitable. Cuando el hombre adecuado llegue para ayudarte en la vida, debes volver a ser tan feliz como yo lo fui a tu lado. Sólo espero ser un buen recuerdo para ti. Cuida de nuestro de hijo y procurale una vida feliz. Es tal mi fracaso, el haber perdido a Oates y el no envejecer a tu lado, que no el ver la bandera de los noruegos ondeando en el Polo Sur. Siempre estaré a tu lado. Te quiero. Robert»

Extracto de la última carta escrita por el capitán Robert F. Scott a su esposa Kathleen.

Entre las Ruinas…

Es la hora de los politiqueos, las demagogias y las polémicas interesadas. De la falsa caridad, la de altisonante solidaridad de boquilla y de rellenar titulares de periódicos con fotografías de los muertos que se evitarían si fuesen de aquí o del poderoso de allí.

Haití lleva dos siglos desangrándose sin que a casi nadie le importe. Ha tenido que ser un terremoto el que los sitúe en el mapa. Y mientras la gente sigue muriendo y se suceden las peleas por un poco de agua y los pillajes de las bandas de delincuentes organizadas (el único negocio próspero del país) no tienen fin, aquí unos y otros aprovechan para cargar entre sí por bobadas que dijo uno o los hechos insuficientes demostrados por el otro.

Es la miserable realidad de este (mí) país. Lo de siempre.

Por llamar tu atención…

Aunque Silvio no tenga que ver con el mundo del cine, afortunadamente, la reciente agresión sufrida por Il Folliatore, de la que no me enteré hasta la noche del lunes (culpa de los días frenéticos vividos), me da pie a recuperar este viejo posteo…

Llamar la atención es todo lo que John Hickley quería. Disparó al presidente Reagan sólo por llamar la atención de una Jodie Foster que ignoraba sistemáticamente las docenas de poemas y cartas que Hickley le enviaba.

La máxima de Hobbes (el hombre es un lobo para el hombre) circunscrita al mundillo del celuloide daría para llenar cientos de miles de páginas. Sería una enciclopedia abierta pues la violencia nunca descansa.

No hace mucho la actriz Tara Correa-McMullen murió tiroteada durante un altercado entre bandas. Apenas era una niña.

Qué decir de Dorothy Stratten. Un ángel terrenal y no me refiero únicamente a su impresionante físico. Cometió demasiados errores antes de morir del modo más cruel imaginable a manos de su ex-novio al que había abandonado tras caer rendida ante el encanto del director Peter Bogdanovich. Éste último nunca llegó a asumir la pérdida de su amante, a quien dedicó un emotivo libro titulado «La muerte del unicornio«, para más tarde terminar casándose con la hermana pequeña de Dorothy en un gesto que podría equipararle con el James Stewart de «Vértigo».


Pier Paolo Pasolini fue apaleado en una playa hasta quedar irreconocible en un caso aún por resolver. Se detuvo a un chapero que en ningún caso pudo ser el único responsable de todo aquello, más sabiendo de las muchas amenazas procedentes de grupos de extrema derecha que el poeta, escritor y director coleccionaba.

Tal vez sea la muerte de Sharon Tate la más conocida por los no cinéfilos. La noche del 8 de agosto de 1969, Tex Watson, Patricia Krenwonkel, Susan Atkins y Lindia Kasabian asaltaron la casa de Tate en la que se celebraba una fiesta. Abigail Folger, su novio Voytek Fykowsky, Jay Sebring y Steven Parent fueron asesinados brutalmente por aquellos, miembros de «la familia Manson», quienes también asesinaron a Sharon, embarazada de ocho meses, a pesar de las suplicas de ésta que fueron narradas durante el juicio por parte de los asesinos de este frío modo: «La embarazada se arrodilló delante nuestro suplicando por la vida de su hijo…». A cambio recibió 16 puñaladas, varias de ellas mortales de necesidad. Después, embadurnaron las paredes de la casa con pintadas usando la sangre de sus víctimas.

Corre la leyenda por ahí de que Bruce Lee, uno de los invitados a la fiesta, excusó su ausencia por motivos profesionales. Quiero imaginar la sarta de hostias que mi adorado Lee habría repartido aquella noche de ser haber asistido.

Theresa Saldana tuvo más «suerte». La prometedora actriz de los setenta recibió una brutal paliza a plena luz del día que a punto estuvo de costarle la vida. Su carrera sin embargo no se recuperó. Debido al trauma sufrido, desde entonces sufre terribles problemas psicológicos que dificilmente logrará superar.

Abiertamente homosexual, Sal Mineo despertó una considerable fobia en los ambientes más conservadores de la América de los 60-70.

Amante e intimo amigo de James Dean, Mineo siempre vivió al límite emocionalmente hablando. Por ello, cuando su cuerpo aún con vida, fue descubierto cosido a puñaladas en un callejón de Hollywood un 12 de febrero del 76, todo el mundo pensó en un crimen pasional.

Un año después de la muerte de Mineo era detenido Lionel Ray Williams, repartidor de pizzas de 21 años, acusado de su asesinado. Fue arrestado sin convicción por la policía angelina, pues Williams, de raza negra, en poco se parecía al hombre rubio que los testigos afirmaron haber visto huyendo del lugar del crimen. Pero pronto descubrieron que Williams se había decolorado el cabello en la fecha del asesinato de Mineo. También se supo de su carácter violento y presuntuoso. Al parecer presumía sin reparo de haber matado «al maricón ese de Hollywood» con amigos, con su mujer, e incluso con uno de sus carceleros durante los dos meses que pasó en prisión acusado de falsificación. Es más, en su brazo derecho se hizo tatuar una navaja, replica exacta de la que utilizó para acabar con la vida del actor.

Ramón Novarro, superestrella del cine mudo, murió asfixiado por un pisapapeles en forma de pene que le fue regalado por Rodolfo Valentino. Dos chaperos «alquilados» por Novarro, fueron los encargados de deslizarlo por su garganta. La razón del crimen fue un simple robo del que cuyo botín apenas alcanzó los cien dólares.

El 15 de enero de 1947 se encontró el cadáver de una mujer seccionado limpiamente por la cintura. Los pechos lacerados y sembrados de quemaduras de cigarrillos. La boca había sido cortada en las comisuras formando una macabra sonrisa. La cara había sido aporreada hasta ser irreconocible. El cuerpo presentaba mutilaciones múltiples entre las que destacaba una en forma de triángulo a la altura de uno de sus muslos. Parecía como si un trozo de su carne hubiese sido sajado tratando arrancar algo concreto, posiblemente un tatuaje.

Pocos días más tarde fue identificada gracias a las huellas dactilares. Se trataba de Elizabeth Short, más conocida como La Dalia Negra, prostituta de lujo habitual en las fiestas de las estrellas más hedonistas de Hollywood.

Los detalles de la autopsia son aún más desconcertantes si cabe. Su cabello fue teñido de rojo y cuidadosamente peinado una vez muerta. Sus muñecas presentaban marcas de ligaduras que hicieron pensar a los forenses en una tortura continua de más de 72 horas. Los restos carecían de sangre, habían sido drenados hasta la última gota por los asesinos quienes además habían lavado los restos con esmero.

El caso nunca fue resuelto. De hecho, ni siquiera hubo una lista oficial de posibles sospechosos. La mastodóntica operación emprendida por el departamento de policía de L.A. se convirtió en un estrepitoso fracaso.

Muchos años más tarde, el director sueco Ulu Grosbard dirigió «Confesiones Verdaderas» en la que se relata el caso de modo indirecto, siendo encubierto el asesino por el detective encargado del caso. Con poca fortuna, no hace mucho tiempo se recordó el caso gracias a  «La Dalia Negra» de Brian de Palma. Tomando como base la novela de James Ellroy.

La historia de Caín y Abel se reinterpretó en Los Angeles un día 1991, cuando Jim Mitchell disparó a su hermano Artie por razones aún no aclaradas.

Los hermanos Mitchell produjeron y dirigieron la, en palabras de la crítica especializada, primera obra maestra del cine porno, «Detrás de la puerta verde». Tras el enorme éxito cosechado su carrera no volvería a alcanzar tan altas cotas lo que fue minando la relación de los hermanos. Los eternos problemas con las drogas de Jim le alejaron por completo de su hermano y de la realidad, desembocando en tragedia.

En 2001 se estrenó «Rated X» dramatización de la historia de los Mitchell protagonizada por Charlie Sheen y Emilio Estevez.

Lo que te mata también puede curarte. Y el cine es buen ejemplo de ello…

Brad Silberling, director de «Casper» y de la deliciosa «Una serie de catastróficas desdichas», utilizó el celuloide para superar la pérdida de su prometida, la actriz Rebecca Schaeffer. Lo hizo en «Moonlight Mile» en dónde contó la historia de redención de un joven que, incapaz de superar la muerte de su novia, decide irse a vivir con los padres de ella tratando de convertirse en su soporte.

P0cos recuerdan aquella serie que pasó Antena 3 en sus primeros días de emisión, «Mi hermana Sam». Protagonizada por Rebecca, la serie se convirtió en gran éxito en los States en tan sólo dos años. El magnético encanto de la Schaeffer no pasó desapercibido para Francis Ford Coppola quien la requirió para una prueba de casting de «El Padrino III».

La cita estaba marcada para el día 18 de Julio de 1989… A primera hora de la mañana, Rebecca Schaeffer salió apresuradamente de su casa camino de la oficina de casting cuando un obseso fan llamado Robert John Bardo, que la acosaba desde hacía tres años, le descerrajó dos tiros en el porche de su casa.

Los detalles que salieron a relucir durante el juicio son escalofriantes. Bardo creía ser correspondido en su demencial amor por la actriz tras recibir una fotografía firmada por ella que rezaba el texto… «Tu carta ha sido la más hermosa que he recibido jamás. Con amor de Rebecca». Ella no escribió aquella carta. Empleadas de la productora se encargaban de hacerlo, utilizando siempre el mismo texto. Pero para aquel lunático aquello era tan autentico como su obsesivo amor por ella. Para el psicópata resultó insoportable que ella jamás respondiera las sucesivas cartas de «amor» que le hizo llegar. Cartas que fueron variando su contenido hasta es más puro odio con el paso del tiempo.

Al ser condenado a cadena perpetua, la madre de Rebecca se dirigió a él con estas palabras: «Sé feliz en la cárcel». Más tarde escribió una carta abierta publicada en un periódico californiano con un devastador texto que decía así: «¿Se ha hecho justicia? El asesino de mi hija ha sido condenado, pero yo no volveré a verla ¿Debo sentirme feliz?».

Tras la conmoción que produjo su muerte las leyes fueron reformadas en el estado dorado.

Sin embargo… Marie Trintignant, Bob Crane, Phil Hartman, Lana Clarkson, Margareth Campbell… La hipotética enciclopedia que cito al principio del posteo sigue abierta. La violencia no entiende de treguas. La estupidez humana tampoco.

De Muertos…

Tendría 16 o 17 años cuando vi «Los Muertos» por primera vez. Fue en Telemadrid, en uno de esos programas en los que el visionado de la película desemboca en un estéril combate de egos en busca de la frase memorable que determine que yo tengo razón y el tipo del al lado se equivoca en todas sus sentencias.

Recuerdo que el programa era presentado por Pablo Lizcano, aquel periodista con deje tímido que durante un breve periodo de tiempo se dejó prostituir por la televisión. Pero el recuerdo que guardo con más frescura es el de un crítico invitado que aun reconociendo los valores de la película de Huston, menospreciaba su final porque el viejo irlandés de adopción había osado a utilizar una voz en off. Un recurso impropio del maestro, según él.

Tal vez es ahora cuando debería añadir al título de este posteo la coletilla de muertos cerebrales, categoría donde este encorsetado tipo no desentonaría en absoluto. De entre las muchas memeces que te enseñan en una escuela de cine, ésa, la de la adecuada utilización de la voz en off (usando la acepción adecuada como eufemismo de nunca debe hacerse) es una de las más ridículas.

Ya saben que Billy Wilder nunca recibió una clase de teoría cinematográfica. Gracias a Dios, de otro modo tal vez William Holden nos habría tenído que contar su peripecia mediante señales de humo, en «Sunset Boulevard». Del mismo modo que Kevin Spacey tendría que habernos informado telepáticamente de su condición de muerto jodido pero contento en «American Beauty».

Sí, ya sé. Estaban muertos, el recurso es necesario. Puede considerarse necesario en esos casos por los autoproclamados puristas de un arte que otros inventaron y unos pocos creen suyo. Además de que el atacar a clásicos nunca fue rentable, siempre fue más fácil desencajar la mandíbula del débil, del linchable.

Y en ese privilegiado lugar, campa a sus anchas Terrence Malick (per example), en cuyas dos últimas películas el recurso de expresar los pensamientos de los protagonista a través de voces en off, ocupa un lugar fundamental en su desarrollo. Estos guardianes del buen uso lingüístico (cinematográficamente hablando), se lo han pasado teta hundiendo sus puñales en vientre tan blando, contando con la inesperada adhesión de oleadas de gañanes incapaces de distinguir entre la última de Jackie Chan y una película dogma, pues sólo así se entiende que acabasen sentados frente a «El nuevo mundo» en lugar de disfrutar de una maravillosa lobomotización gratuita de la mano de «Kun-fu-sion» en la sala anexa, el día en el que yo vi la primera de ellas.

Y es que jode que interrumpan una poesía a medias, como me ocurrió a mí viendo la etérea historia de Pocahontas, al tener que soportar las continuas y vociferantes huidas de la sala de algunos especímenes prehumanos que decidieron demostrar sus frustración de tan gráfico modo.

A todos ellos: a críticos amargados poseedores del don de la infalibilidad; a irrespetuosos garrulos con el tacto sito en el bajo vientre; a puristas aficionados que siguen los dictados a pies juntillas de la vieja enciclopedia de cine heredada del abuelo; a todos aquellos que ignoran que desde «Carta a una desconocida» a «Sin City», el recurso de la voz en off ha sido utilizado por la gran mayoría de los maestros que cabe la posibilidad de que sepan de qué va esto. A todos ellos les dedico este maravilloso monólogo interior que escribió James Joyce y adaptó Tony Huston en ese último regalo que nos hizo uno de los más grandes quien al parecer nunca se enteró de que hay determinadas cosas que no deben hacerse.

Nunca, y digo bien, nunca se ha expresado de modo tan desolador ni tan franco, la desazón, la decepción, la impotencia que produce el mirar a los ojos del otro y no conseguir ver tu reflejo…

Qué pobre papel he representado en tu vida. Casi podría decirse que no soy tu esposo, que nunca hemos vivido como marido y mujer. ¿Cómo eras entonces?. Para mí tu rostro sigue siendo hermoso, pero ya no es aquel rostro por el que Michael Furey retó a la muerte. ¿Por qué me invade este torrente de emociones? ¿Qué lo despertó? ¿El trayecto hasta aquí? ¿Que no respondiera cuando besé su mano? ¿La fiesta de mis tías? ¿Mi ridículo discurso? ¿El vino, el baile, la música?.

Pobre tía Julia, esa mirada extraviada cuando cantó «Ataviada para la boda». Pronto será otra sombra como la de Patrick Morkan y su caballo. No tardaré en estar en aquel salón vestido de luto. La persianas estarán bajadas, rebuscaré en mi mente palabras de consuelo y solo se me ocurrirán frases vacías e inútiles. Sí, ya no tardará en pasar.

Los periódicos tenían razón, nieva en toda Irlanda. Cae por toda la sombría llanura central, en las colinas vacías de árboles. Cae suavemente en el pantano de Allen y más al oeste, cae silenciosa en las oscuras y agitadas aguas del Shannon.

Más vale entrar con valor en ese otro mundo con el arrebato de una pasión que consumirse y marchitarse con la edad. ¿Cuánto tiempo ocultaste en tu corazón el recuerdo de la mirada del amado cuando te dijo que ya no quería vivir?. Nunca he sentido algo así por una mujer, pero sé que ese sentimiento debe ser amor.

Piensa en todos los que fueron desde el principio de los tiempos. Y yo, tan pasajero como ellos apagándome en su mundo gris, como todo lo que me rodea. Ese sólido mundo que construyeron y en el que vivieron, se reduce y desaparece. La nieve cae, cae en el cementerio solitario donde está enterrado Michael Furey. Desciende ligera por el universo y ligera desciende, como el descenso hacia el último fin, sobre todos los vivos y todos los muertos.


Panero…

Un águila cae sobre la página

Un águila SE ENFRENTA A LA NADA

Dialogando a solas con la nada

Acercando del abrazo del viento

Que cae como la lluvia sobre la nada

II

El día de mi cumpleaños fui por allí. Una azafata rubia postiza, bonita y amable, me confirmó que estaría aquella tarde. Pasaban veinte minutos de las cinco y las casetas continuaban cerradas. Le pregunté a un tipo con pinta de aburrido, sentado junto a una de ellas, a qué hora abrirían.

-A las seis, me dijo.

Quedaban cuarenta minutos. Ella me llamó entonces y hablamos. Ya sabía que iba a dejarme, aunque aún pasarían varias semanas para que la  ruptura fuese efectiva. Traté de ser conciliador, siempre el jodido tipo amable al que no le importa que le jodan. Estoy cansado de esa mierda. La noté triste y me sentí triste. Yo estaba sentado sobre la hierba, entornando la cabeza porque no entendía nada de lo que estaba ocurriendo. Colgó justo un minuto antes de que mi hermano mayor me dijese que una de las casetas que buscaba llevaba un rato abierta. Un famoso poeta, casado con una conocida escritora, me estrechó la mano y me sonrió. Todo muy calculado. Entonces le empecé a hablar de que en realidad no conocía su obra, y de que una persona muy especial le admiraba hasta el punto de coronar con uno de sus versos un lugar sostenido en la nada. Me preguntó por ella, y le conté. Después, le hablé de aquel verso en cuestión y él rebuscó entre sus libros hasta encontrarlo. Escribió una dedicatoria antes de entregármelo.

-No lo puedo pagar, le dije.

-Es un regalo para ella.

-Pero estás aquí para vender libros. Me siento mal por no poder pagártelo.

-A veces hago excepciones.

Después busqué su caseta. No estaba. Pregunté por él al tipo situado detras de la barra blanca. Me contestó que se encontraba indispuesto y me aseguró que estaría al día siguiente.

Volví. Era sábado y hacía calor a mediodía incluso llevando la manga corta de aquella camiseta negra del Boss. Reconozco que estaba ansioso, llegué una hora antes de que su presencia fuese material. Hora que empleé en caminar parsimoniosamente entre las mil casetas que deseaban vender su libro. Hablé mecánicamente con varios de aquellos tipos. Compré un libro, que no he leído aún, porque su autor me cae bien. Vago motivo, lo sé, su obra es una peste. Después, me encontré con una escritora hermana de otra escritora. Se llama como ella y su libro le gustaría, pensé. Todos los puestos tenían audiencia menos el suyo. Tal vez por ello, me dedicó veinte minutos extraños. Empecé hablándole de nimiedades y terminé recordando a su hermana, que ya no está. Luego le pedí que escribiese una dedicatoria especial para una chica especial, y para mi sorpresa accedió. Al terminar, se levantó, me besó en las mejillas y me susurró algo al oído.

Le dije:

-Es lo más bonito que me han dicho en años.

Volví la mirada al cabo de unos diez metros. Me gustó encontrarme con la suya.

Llegué al lugar que llevaba buscando más de veinte años. Y allí estaba él, muy delgado, moviéndose de un lado a otro como un animal enjaulado. Llegué justo en el momento en que se largó para mear. Así me lo confirmó el tipo de la caseta, que debia recordarme del día anterior. En los quince minutos que pasaron hasta que regresó, dos mujeres sesentonas se situaron tras de mí y hablaron de gilipolleces durante cinco minutos.  En un momento dado, una de ellas dijo:

«Vámonos, dicen que este tío está loco»

Se fueron.

La caseta en la que firmaba Risto Mejide (o Mejode), se situaba no muy lejos de allí. Estaba a rebosar. La fila de gente que esperaba hablar con él atravesaba la meridiana hasta volverse sobre sí misma. Yo estaba nervioso por primera vez en meses. No sabía por qué: «ya no tengo miedo de nada», me repetía mentalmente. Hasta que él apareció y hablamos durante unos treinta minutos,  seguramente más.

Al poco rato, me dijo:

-Estoy drogado.

Se le notaba. Su voz se arrastraba y un par de veces me habló en francés. Le dije que su poesía me llegaba tanto como la de Pessoa. Me contestó que no era verdad. Que al portugués le recordarán y a él no.

-No me gustan los elogios.

-Es un hecho, no un elogio.

No te voy a firmar.

-Ni yo voy a comprar. Sólo quería verle otra vez.

-¿Te conozco?

-Soy el niño que le pasaba cigarrillos mientras estuvo recluido en el psiquiátrico de Leganés.

Entonces cogió un bolígrafo. Me dijo que allí le había tratado bien, no como en Mondragón. Pero no me recordó y no insistí. Firmó con un garabato ilegible el primer libro que sus manos encontraron. Entonces recordé que a una conocida muy querida le gusta su obra, aunque no es nada mitómana. Le pedí un esfuerzo: que dedicase un libro más para ella. Me dijo que no.

-Es para una mujer muy especial, le dije. Una mujer que le admira y que además es muy bonita.

Pronuncié su nombre y volvió a tomar el boli para garabatear un libro más. Con su voz cazallera, me dijo que lo hacía porque era un nombre bonito y porque era para una mujer. Me dijo que yo le caía bien, que me quedase un rato más en honor de aquellos cigarrillos que no recordaba. Llegado un momento de confianza inesperado, le conté lo qué había ocurrido en mi vida en los últimos meses.

-Estás jodido. Nunca confíes en nadie. Al final, todos te fallarán.

Fue casi la misma frase frase que él pronunció cuarenta días antes. Unos diez minutos después, un tipo vestido de negro se colocó detrás de mí. Me despedí. Me tendió la mano y esta vez se la estreché.

-Mañana no te recordaré, me dijo.

Y eso fue lo que ocurrió.

Ennis del Mar…

«Ella es mi alma gemela. No podríamos adorarnos más de lo que ya hacemos. Somos como dos guisantes en una vaina»

Heath Ledger sobre su relación con Michelle Williams

Rompieron pocos meses después de pronunciar esta frase. La fuerte depresión que le siguió y llevó a múltiples excesos con el alcohol y los tranquilizantes fue el detonante de su muerte, accidental o no. Pero sería injusto olvidar que siempre fue un chico triste.

Naomi Watts, su pareja por aquella época, le animó a aceptar el papel de Ennis del Mar en «Brokeback Mountain». Su compañero de reparto, Jake Gyllenhaal, aseguró no haber visto jamás alguien tan parecido a su personaje. De hecho, la escritora Annie Proulx, en cuya historia se basa la película, le envió una copia de la narración original con la dedicatoria: Para Ennis.

Ang Lee, director de «Brokeback Mountain», dijo que sin él la película habría perdido la melancolía que precisaba.

 

Poco después del nacimiento de su hija, le pidió a Ben Harper (amigo íntimo) que compusiera una nana para su pequeña. Así nació Happy Everafter in Your Eyes.

The morning sunrise spread her wings
While the moon hung in the sky
Held the sea in your hands
And happy everafter in your eyes

Couldn’t leave you to go to heaven
I carry you in my smile
For the first time my true reflection i see
Happy everafter in your eyes

Every star in the night
Promises the dawn
I will be there if you fall
To ever so heavily rest upon

All that i can give you
Is forever yours to keep
Wake up every day with a dream
And happyever after in your eyes

Happy everafter is in your eyes