Elegía…

Los marcianos personajes que pueblan “El Turista Accidental” me robaron el corazón y la razón un día de invierno de 1989. No la he vuelto a ver, pero recuerdo vívidamente muchas de las escenas. Entre ellas: “la escena”. Macon (William Hurt) es un tipo abstraído por el universo. No sabemos dónde habita su mente, pero desde luego es en un lugar muy lejano de este. O puede que simplemente esté hastiado o cansado. Su vida, plagada de trágicos sucesos, comienza a canalizarse el día que conoce a Muriel (Geena Davis). Ella es vitalista y él aburrido. Ella es comprensiva y eléctrica. Él está amansado por el peso de los días. Ella se enamora de él porque ve más allá. Él se enamora de ella porque así son las cosas.

“La escena” es conmovedora. Tras una especie de primera cita, Muriel lleva a Macon a su casa en donde le desnudará, le meterá en su cama y le arropará tras cerrar las ventanas, dejando la habitación en completa penumbra. Después se marchará para no enturbiar su sueño. Descansar del ruído de ahí fuera en un útero materno. Lo que Macon necesitaba…

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The Long and Winding Road…

La mañana del seis de julio de 2008 me levanté tarde. No recuerdo qué hice la noche anterior ni tampoco lo que hice el resto del día, pero recuerdo que desperté con el cuerpo sudoroso cerca del mediodía. Fue un seis de julio, de eso estoy seguro, porque al levantarme puse la tele y vi a miles de personas festejando el don de ebriedad. Y yo allí, frente al televisor, con el cuerpo magullado por una cama de muelles en la que media docena de ellos había logrado encontrar una vía de escape al exterior. Levanté mi taza de café y sorbí despacio mientras observaba cómo los esos seres tan ajenos festejaban yo qué sé. Celebré que al menos había alguien en el mundo que era feliz y salí a la calle, diez minutos más tarde, pensando en sobrevivir un día más.

La mañana del seis de julio de 2010 me levanté temprano. Recogí la ropa blanca y roja que dejé reposando sobre el respaldo de una silla la noche anterior y comencé a vestirme. Ella me anudó el pañuelo rojo a mi muñeca tras aleccionarme de que hasta que estallase el chupinazo no podría ajustarlo en mi cuello. Me asomé a la ventana. El leve rumor de una pequeña multitud me alertaba de lo que estaba por llegar. No recuerdo mucho más de aquel día, sólo que sentí vértigo todo el tiempo. Y felicidad, porque ahora formaba parte de la gente que ví tras un cristal dos años atrás. Sentí que aún había un hueco entre ellos y yo. Una especie de burbuja invisible que separa a los que han vivido para afuera. Sospecho que ese espacio intercostal siempre estará.

Esta mañana, la del dos de julio de 2014, no me he levantado puesto que no me he acostado. He dormido en un sofá, escoltando a dos cunas que se alzan frente a mí. En ellas duermen mis hijos. En ocasiones, durante lo más profundo de la noche, me asomo a ellas para ver cómo duermen. También (y sobre todo) para mi traquilidad. Ahora temo incluso que una racha de viento cruce frente a ellos. El afán sobreprotector que en realidad siempre ha anidado en mí. He pensado en el largo y curvo camino que he seguido para llegar al lugar en el que estoy, el lugar en el que quiero estar, y me ha entrado un vértigo similar al de aquel seis de julio de hace cuatro años. Llovía mucho, como lo estuvo haciendo toda la noche. No fue un amanecer luminoso. Sin embargo, sentí que el calor bañaba mis brazos.

Una noche de julio de principios de siglo crucé unas cervezas con un amigo en la puerta de un local de copas un sábado noche. Hablamos de “cosas importantes”, ese tipo de estupideces que crees son importantes cuando los vapores etílicos se apoderan de ti. Le dije que había una convicente razón para vivir por encima de axiomas, memeces tipo Mr. Wonderfull y lealtades dudosas. Él me preguntó qué poderosa razón era esa. Acabé mi cerveza de un último trago y la posé sobre un saliente de madera y miré hacia el fondo de la calle. Le dije: “saber qué ocurrirá cuando doble aquella esquina”

 

Amor (…)

“Para saber de amor, para aprenderle, haber estado solo es necesario”, escribió Gil de Biedma.

Llega un momento en el que los versos que escribió Gil de Biedma cobran sentido. Ocurre cuando la soledad te conciencia de que el amor, si es real, puede ser incorpóreo. Cuando buscas el olor del otro en tus ropas. Cuando sales de la sala, tras finalizar la proyección de “Her”, escoltado por los compases de la escalofriante “Some Other Place” de Arcade Fire. Y las piernas te tiemblan. Y los pasos son ahora titubeantes. Y fuera no llueve pero te gustaría que lo hiciera para correr sin motivo. Así se incrusta en ti esta obra mayor, efímera, hipster, insultantemente talentosa.

Spike Jonze se ha convertido en el último hombre. El tipo al que exigir que los proyectos imposibles se hagan realidad para quebrar nuestras almas. Sopesa cada una de sus ideas, les da forma y salta sin importar las consecuencias que tendrá su caida. Es un autor puro. Un talento nacido de la experimentación, de la sensibilidad, de la soledad que narró Gil de Biedma. Sus historias están bañadas de soledad acompañada. Habitadas por personajes que buscan sin saber lo que van a encontrar. A los que nos les importa, de hecho, qué encontrarán si es que han de encontrar algo. Cuando el horizonte se difumina no importa otra cosa más que la búsqueda en sí misma. Es el camino, siempre el camino.

Theodore (alter ego -diez años después- del Joel Barish de “Eternal Sunshine of the Spotless Mind”) trabaja escribiendo cartas de amor por cuenta ajena. Un empleo en el filo de lo emocional que le mantiene permanentemente al borde del acantilado. Acaba de terminar una, intuímos dolorosa, historia de amor (¿tal vez con Clementine?) que le ha roto por dentro. Deambula por las calles de una futura ciudad de Los Angeles quemada por el sol, juega a videojuegos que le insultan, mira el reloj a las cuatro de la madrugada para comprobar que siempre amanece demasiado tarde. Entonces aparece Samantha…

Jonze podría haber jugado la carta más alta, pero decide ir con la más baja de su mano a sabiendas de que probablemente perderá. El espíritu del perdedor tiñe la pantalla desde el inicio del metraje sin olvidar ocasionales guiños debidos a Charlie Kaufman, a Miranda July, incluso al “Lost in Translation” de Sofia Coppola con la que comparte tantas cosas. Actitud hipster para perdedores con estilo. Contra todo pronóstico la historia crece, nos enamoramos, nos preocupamos y nos descorazonamos con cada decisión equivocada de Theodor que podría ser nuestra propia decisión. Nos vaciamos. Nos entregamos a una historia de amor imposible trazando líneas que la proporcionen un minuto más de vida. Para entonces, cuando se acaba la tinta del bolígrafo y las líneas dejan de extenderse, la sensación de plenitud es tal que el agotamiento emocional acude a nuestra butaca para ocupar el lugar de la desazón.

La atmósfera que Jonze imprime a sus películas es irrepetible. Como en una función teatral, las cosas ocurren una sola vez. En todas ellas, incluso en sus obras menores (de haberlas), el aire es crepuscular. Se siente un final que amenaza constantemente con alcanzarnos. El aire es ligero, no resulta fácil retener la luz y la derrota nos hace más conscientes del valor de un amanecer más. Lo suficientemente más sabios para aceptar que dos miradas que no pueden confluir logran, sin embargo, encontrarse.

Como ocurre en las películas que poseen el don, cada elemento se alinea para cristalizar el prodigio. Cada apartado, técnico y artístico, proclama que su singularidad es compatible con las de su vecino antagónico. Entre ellos destaca Joaquin Phoenix, quien compone un personaje complejo de modo conmovedor. A través de miradas, gestos y una voz vencida (véanla en versión original, por favor) construye un reino deseoso de ser invadido. La voz quebrada de Scarlett Johansson hace el resto. Testimonio de que en aquellas ruinas una vez hubo vida.

Su visión, como ocurrió en su día con “Eternal Sunshine of the Spotless Mind” me ha deslumbrado, emocionado y  conducido a las honduras de la tristeza confortable. Aquella que te impulsa a contemplar amaneceres como si fueran el primero o el último. La que te impulsa a girar entre la multitud sin temor al pudor ni al vértigo. Las misma sensación que provoca que al terminar de escribir estas líneas sienta  ganas de tocar la pantalla del cine con las yemas de mis dedos como aquella vez  hace casi diez años…

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La Perspectiva de las Nubes…

Se establece un paralelismo cuando comienzo la lectura de “El Azul es un Color Cálido”: llueve fuera y dentro. La primera escena del cómic transcurre en un paisaje de lluvia con tonalidad clara, y sin embargo la sensación de desarraigo que emana es tan intensa como la de la noche gélida y húmeda que acabo de dejar atrás. La historia de Julie Maroh pesa y cala. Su mensaje es de amor. ¿Qué daño hacen dos mujeres que se aman para que todo les sea tan difícil? El discurso de Maroh (lesbiana militante) se aleja de lo combativo paulatinamente hasta acercarse al victimismo más pusilánime. Excesivamente trascendente cuando pretende transmitir pesar; delicadamente tierna cuando deja que la historia se alimente por sí misma. Pero esa no es la cuestión sino los paralelismos que ayudan a la emoción a fugarse hacia otros lugares. El conseguir el milagro de la empatía sin que la atención se disperse. Maroh se aplica en encauzar tan preciado cargamento para evitar su fuga, lo alimenta con emociones básicas y recursos fáciles (las referencias a “Brokeback Mountain” son evidentes -una de ellas flagrante-). Pelea, lucha con todos los resquicios de honestidad de que dispone… y se parte el alma hacia el final. Lo vemos, somos testigos de ello. ¡Qué ruina, tan cerca del final! Y, sin embargo, miramos por la ventana y la lluvia no se ha ido,  aunque hace rato que dejó de llover. Y Maroh gana. Un sinsentido, como lo es el hecho de que el extraordinario libro de la autora francesa sobreviva a sí mismo. Palabras gastadas, de las que sobran e incitan a su lectura para hacernos una composición de lugar propia. Solo recuerden hacerlo durante una tarde-noche de lluvia, porque cuando Maroh dibuja lluvia, pisamos charcos.

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Gipi es otra historia. No se reivindica, tan solo se odia, una reminiscencia de la cultura punk en la que se formó. Como lo son su crudeza, el abuso por los desplantes y la provocación permanente. La historia de “Mi Vida Mal Dibujada” es una historia de odio tan compleja que en varias ocasiones tenemos la sensación de que el autor no sabe hacia dónde va. Desdobla la historia, originalmente de piratas, en un volcán de ideas y pasajes autobiográficos para dar a entender que el fondo de su narración -la vida, al fin y al cabo- es demasiado grande para ser contenida en una historia gráfica o en cualquier otro formato. Ambiciosas (que no ególatras) intenciones de no haber banalizado antes todo cuanto a pudo, procurando que el paso marcial de la historia de un joven politoxicómano que pierde el sentido de la realidad llegue a ser cuerda. La cordura no, eso jamás. Por supuesto, porque la historia es la de un loco que no sabe que está cuerdo, no existe narrativa lineal. De hecho, no existe narrativa alguna, sino un manojo de imágenes arrancadas de su torturada cabeza para ser expuestas ante los demás a modo de catarsis. La grandeza de la obra se revela al final, cuando todos los cabos del caos encuentran una amarradura que permite contemplar el sublime desenlace sin el balanceo que estuvo a punto de hacer naufragar la nave al menos una docena de veces.

Los paisajes urbanos son inhóspitos. Siempre de trazo sucio. Gipi es el Toulouse-Lautrec del extrarradio, capaz de extraer belleza de las paredes ennegrecidas de los edificios-colmena y de lo que se oculta tras ellas. Capaz de reflexionar con lucidez sobre todo lo que le aleja de la normalidad. En el epílogo de “Mi Vida Mal Dibujada”, el autor tiene palabras de agradecimiento hacia un escueto puñado de buenas personas que se cruzaron en su vida: aquellas que no aparecen en el libro. Tal vez la mejor justificación que he leído sobre el oficio de escritor.

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Maroh y Gipi (del que he leído tres libros, todos ellos portentosos, unos más que otros) me han tomado de la mano para acompañarme bajo la lluvia permanente de los meses oscuros norteños. Sin ellos este otoño-invierno habría sido menos lluvioso pero no habría sido mejor.

Ranuras por las que mirar…

Hace pocos años asistí a una exposición de la fotógrafa Isabel Muñoz en la que algunas de sus fotografías únicamente podían ser visualizadas a traves de las rendijas de robustos tablones. Aun así, había una franja de cada fotografía que no podía ser vista. Sabíamos que se encontraba allí, pero aquello que escondiesen no nos pertenecía. Por muchas maniobras que realizases, en un claro y humano afán por invadir lo que nos está vetado, no había forma humana de ver su contenido. Me gustó la interpretación (que comparto) de la fotógrafa sobre la intimidad ajena y el modo en el que se nos permite acercarnos a ella. Se nos permite acceder a una pequeña fracción de verdad. El resto no nos incumbe.

Recuerdo, enlazando apuradamente con mi recuerdo de aquella expo, la frase de José Luis de Vilallonga: “Necesito un par de horas de completa soledad al día. A riesgo de enloquecer si me faltan”.

Un nuevo arabesco me lleva a la reflexión final que, cómo no, procede de un recuerdo. El del primer episodio de la primorosa serie “A Dos Metros Bajo Tierra”. Artefacto delicado creado por Alan Ball en el que Eros y Tánatos ponían hacían saltar por los aires el frágil equilibrio de una familia disfuncional californiana que regenta una funeraria tras la muerte del patriarca. A la conmoción inicial familiar, le sigue una enloquecida  búsqueda de amor y sexo en un enternecedor intento de dejar atrás la sombra de la Parca que decidió un día acampar en su puerta. Apenas asentados tras el estallido, los dos hijos varones descubren que su padre mantenía alquilado un apartamento del que nadie sabía nada. Las sospechas iniciales de que se trataba de un lugar en el que ocultar sus infidelidades se esfuman al girar la llave de la puerta para descubrir que en su interior solo se almacenar libros, discos y una pipa para fumar marihuana. Su padre, del que creían saberlo todo, fue un hombre con dobleces que necesitaba un escondite en el que, al cerrar sus puertas y ventanas, todo lo que un día pudo ocurrir fuese aún posible.

El jardín secreto.

Este lugar, muy trastabillado en el año que está a punto de terminar, es mi jardín secreto. Mi rincón para acumular recuerdos. El lugar en el que escuchar otras voces. Y así seguirá siendo mientras pueda teclear bobadas importantes.

Feliz año a todos aquellos que se perdieron en estas páginas alguna vez a lo largo de este 2013 que ya se despide. Tengo tres deseos que formular para ustedes. Sigan buscando Bedford Falls e ignoren las luces de neón de Pottersville. Hagan ruido también. Mucho, tanto como puedan. Y, sobre todo, sean felices…

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Cuestión de Tetas IV: Never Say Never Again…

Desde que decidiese escribir, allá por 2006, mi primer posteo rendido a las glándulas mamarias femeninas, han ocurrido muchas cosas sin que nada haya cambiado realmente. La primavera árabe hizo creer a muchos que la quimera es posible… hasta que la realidad dejó todo tal cual estaba. La crisis económica se agudizó hasta convertirse en fractura social sin que nada termine de ser diferente para los que mandan. Un hombre negro llegó a la presidencia de los Estados Unidos. Sí, lo que parecía imposible. ¿Y qué ocurrió? Nada. Las promesas de cambio y de justicia social se quedaron en eso, en promesas que no se dieron pese a las buenas intenciones. Todo sigue igual, cambia el individuo pero no el orden de las cosas. Ya lo dijo Giuseppe Tomasi di Lampedusa: “Cambiarlo todo para que todo siga igual”. Todo sigue igual, pero nada es tan imperturbable como la pasión por los pechos femeninos. Por mil diluvios que caigan siempre habrá alguien capaz de jugarselo todo por admirar tan prodigioso desafío a la gravedad. No en vano, un estudio médico afirma que contemplar pechos femeninos alarga la vida. Qué excusa mejor para dedicar diez minutos a este desvarío.

Y posiblemente sean los imperiales pechos de Scarlett Johansson los que más admiración (o desazón, depende de en qué liga se juegue) despierten. El deseo que emana de ellos es tan intenso que, durante el desfile de vanidades previo a la ceremonia de los Oscar de 2007, el modisto y reportero ocasional Isaac Mizrahi no pudo contenerse y le palpó los pechos, previo permiso de la actriz, por supuesto, para comprobar que son auténticos y no fruto de la fantasía de algún dibujante de cómic. El “guau” que brotó de su boca tras producirse el contacto lo dice todo. Sin embargo, la homosexualidad del modisto (felizmente casado desde hace años con otro hombre) no se quebró. Nada cambia, ya ven.

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Dijo Joe Landis que mostrar a Michelle Pfeiffer desnuda en una escena de “Cuando Llega la Noche” fue libidinosamente inútil ya que resulta del todo imposible apartar la mirada de su bellísimo rostro para fijarla en cualquier otra parte de su anatomía. Sin embargo, en el caso de la Johansson, sus delicadas facciones, su innegable talento, su sensual voz rasgada y la deliciosa persona que es a decir de los que la han conocido, quedan en segundo plano cuando bajas la cabeza para encontrar la materialización de las medidas del número áureo. El número de Dios. Si no, que le pregunten a Woody Allen, quien la adora en todo su ser, pero que, después de todo, es un ser humano…

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No, les aseguro que no admiraba la calidad del pedrusco prendido en su collar.

Como Deborah Kerr en “La Noche de la Iguana”, la Johansson, conocedora del don que le ha proporcionado la naturaleza y la genética, ha aprendido a pasar por alto las comprensibles debilidades humanas siempre que se traten de sincera admiración. Menos mal, porque vaya donde vaya la escena se repite y repetirá…

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Cuando no es así, cuando las babas del que mira salpican, la ira del infierno se posa en su ojos. Ocurrió cuando su teléfono móvil fue crackeado por un memo que robó un par de fotografías de su cuerpo desnudo destinadas a Ryan Reynolds, por entonces su marido. Afortunadamente, tras un arrebato comprensible de ira, la clase volvió a su ser.

Igualmente agraciada con dos pechos superlativos, y aún mejor, dueña de un carácter burlón capaz de plantar cara tanto a babosos incontenibles como a puritanos desagradecidos, Katie Perry tuvo ocasión de demostrar su talante tras una atronadora aparición en la versión gringa de “Barrio Sésamo”

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El vestido de novia que portaba, al que se podría considerar, siendo audaz, como picaruelo sin más, fue demonizado por sectores reaccionarios de los States que lo consideraron impropio para un programa infantil. Alguna mente enferma llegó incluso a insinuar que su escena con Elmo tenía segundas y libidinosas lecturas. La respuesta de la Perry llegó un par de semanas más tarde cuando, uniformada con una escotada camiseta que recuerda lejanamente al rostro de Elmo, apareció en “Saturday Night Live” en pose doncella francesa. Tan ingenua ella…

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Despreciar un regalo así, por Dios. De memos el mundo anda sobrado. Y en los States, especialmente cuando más te alejas de la costa, los encuentras a patadas. Sabido es que no hay especie animal en el planeta capaz de resistir la tentación de la belleza mamaria. Ya sean seres tan viles como el señor Burns, chimpaces o especies inferiores como George Bush Jr., el balcón de la Perry será siempre admirado y venerado por todo ser viviente…

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Pero si agachar la mirada resulta imposible de evitar, por favor háganlo de modo franco. Nada de miradas de soslayo, distraídas o a traición a riesgo de ser considerados seres rijosos. Tanto como el señor embajador que en una cena de gala cartografió el escote de la princesa Mary de Dinamarca aprovechando un descuído. Seguro que después le pidió la sal como si tal cosa. Ingrato…

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El apartado publicitario, siempre tan falto de verdad, es proclive a provocaciones tales como miradas o palpamientos explícitos. Aunque resulte difícil de asumir a esta alturas, la táctica continúa funcionando porque el ser humano es así de primario. Esta fotografía, que evidencia sus intenciones provocadoras al primer vistazo, generó, primero, la ira de los mentecatos y colectivos feministas con poca profundidad de mirada que consideraron la pose como una agresión sexual. Después llegó el estupor de los que saben que Domenico Dolce y Steffano Gabbana no son más que dos hacedores de mercadería a través de la provocación ligh. Lindsey Lohan, protagonista del anuncio, dijo no comprender tamaño revuelo. En realidad nadie lo comprendió salvo los adictos al pataleo. Lo único cierto es que seguramente el producto referenciado duplicó la previsión de ventas tras el revuelo. Nunca aprenderemos…

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En materia de provocaciones Dustin Hoffman es sumamente ducho. Eso o se dedicó a tomar las medidas de Emma Watson durante el estreno de “El Valiente Despereaux”. Se aferró tan firmemente a su pecho derecho que faltó poco para que los múltiples fans de la actriz que presenciaban la escena muriesen de estupefacción. La amorosa mirada que recibió por parte de la actriz demuestra que la sintonía entre ellos da para semejantes confianzas. Bien por ellos…

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Aunque hay ocasiones en las que la confianza da asco. Caso de la bochornosa escena protagoniza por Oliver Stone durante la premier de “Savages”. Tras ver el sugerente vestido con el que se presentó al estreno la actriz mexicana, y con toda probabilidad harto de cigarrillos de la risa o algo más (seguramente algo más), al director no se le ocurrió otra cosa que fingir que manoseaba el pecho de la actriz ante la incómoda actitud de ella quien apenas pudo mantener la pose gracias a una elogiable profesionalidad. Treinta minutos después de la bobada, sin que nadie la hubiese reído, Stone seguía con la tontería. No es necesario añadir que la Hayek huyó por patas en cuanto pudo para salvar a sus hermosos pechos de ser bañados por las babas del conocido sátiro, dispuesto siempre a tirarse, si se tercia, a un girasol…

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En el apartado de las envidias femeninas (un clásico), el premio estelar se lo lleva la explícita mirada lanzada por Hillary Clinton a la delantera de Cristina Aguilera. Sin exquisiteces, dí que sí. Al estilo criollo, como debe ser…

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Una mirada, no exenta de lascibia, que no oculta la admiración. Sin dobles intenciones ni sin acartonados reproches a la naturaleza. Actitud de la que debería tomar nota la anónima voyeur que escruta en la distancia las gloriosas mamas de Sofía Vergara. Auténtico carnet de identidad de la actriz colombiana…

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Cuánta envidia, mon Dieu. Menos mal que siempre nos quedarán personas maravillosas como Helen Mirren. Dueña de una mala leche legendaria equiparable a su enorme clase. Lejos quedan ya los tiempos en los que se avergozaba de su participación en el “Calígula” de Tinto Brass (debería decir de Bob Guccione, mandamás de la revista Penthouse, quien montó la película a su antojo y añadió insertos triple X para hacerla más vendible). Ella, que siempre careció de prejucios a la hora de mostrar su bello cuerpo desnudo, tampoco los tiene para alabar la lozanía ajena de modo empírico…

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Durante la premiere de “Hitchcock” no tuvo reparo alguno en tocar las tetas de su compañera de reparto Jessica Biel en una actitud cercana al pellizco. Qué feliz habría sido el marqués de Sade si hubiese sido testigo del encuentro. Lo hizo de un modo tan natural y tan carente de aristas que resulto incluso entrañable. La Biel, por su parte, recibió el manoseo con serena actitud… que no todos los días te toca las tetas una leyenda.

Tocar las tetas de una compañera de trabajo durante una ceremonia de entrega de premios se ha convertido a estas alturas en algo cómico. Lejos queda la época en la que hacerlo suponía un acto de provocación de éxito seguro. Hoy día se entiende como un acto casi rutinario con el efecto rebote de que la actrices palpan los genitales masculinos en justa correspondencia. ¡Al fin llegó la equidad plena al showbiz! Así ocurrió durante la entrega de los premios MTV de 2011, cuando Mila Kunis reaccionó de tal guisa al gesto de Justin Timberlake. En realidad todo no fue más que una estratagema comercial destinada a promocionar la película “Con Derecho a Roce” protagonizada por ambos.

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Lo mejor fue el comentario de Kunis tras el intenso toqueteo: “Esperaba encontrar algo más”

Ese mismo año se produjo una especie de paspermia en el escenario de entrega de los Spirit Awards cuando Paul Rudd tocó los pechos de Eva Mendes mientras ésta leía la cartulina de nominados. Rapidamente llegó Rosario Dawson desde el backstage para equilibrar la escena asiendo firmemente los atributos masculinos del actor. Cuestión que él asumió deportivamente con un elocuente: “es lo justo”.

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Y fin. Como en la peli de King Vidor, el mundo seguirá su rumbo. Y quien sabe si esta microsección también…

Aquel que paseaba entre las tumbas…

Aquel que odiaba la luz. Aquel al que protegían las cuatro paredes de su habitación de un mundo exterior que siempre le agredió. Aquel que nunca publicó un libro en vida. Aquel que se declaró ateo mientras guardaba culto en secreto a la diosa Artemisa, a Atenea, a Apolo. Aquel que no pasó una sola noche fuera de la casa en la que nació durante sus primeros treinta años de vida. Aquel al que su castradora madre martirizó inculcándole el orgullo de ser británico sin importar que nunca llegara a pisar su patria postiza. Aquel que se alimentaba casi exclusivamente de helados y dulces. Aquel que temía a los coloreados porque los consideraba una raza fruto del vicio, los hijos del mal. Aquel que estuvo a punto de morir siendo niño a causa de una intoxicación provocada por un pescado, y que desde entonces dirigió todo su odio hacia el mar, la morada de Cthulhu. Aquel que fue bautizado con el nombre de Howard Phillips Lovecraft y que esta noche paseará por el cementario más cercano a su casa cuando la luna esté en lo más alto.

Lovecraft deseaba creer. Cada uno de sus relatos revelan a un hombre que necesita creer, y que para ello, dado que las religiones convencionales le parecen una burda estafa, crea su propia iconografía a través de sus relatos. Un panteón propio sobre el que se asientan los tentáculos de Cthulhu, el enemigo de los hombres a los que él mismo odia. Porque si algo odiaba Lovecraft era a la humanidad, y si algo amaba era escribir extensas cartas a sus pocos amigos y emplear sus tardes en leer las largas misivas con las que éstos correspondían al misántropo de Providence. Amaba lo decimonónico y, aún más, cualquier cosa procedente del siglo XVIII. Amaba observar las nubes a través de los cristales de la biblioteca de su abuelo materno. Amaba la arquitectura y los paseos nocturnos que en ocasiones se alargaban hasta el alba. Y amaba a Poe. Devoraba los libros del escritor de Boston durante maratonianas sesiones que le ocupaban días enteros en los que olvidaba lo que el consideraba pequeños detalles como comer y dormir.

Cuando nació “el Círculo Lovecraft”, formado por una docena de visionarios amantes de los relatos del escritor publicados en la revista Weird Tales, Lovecraft hizo realidad su eterno sueño de formar algo parecido a su propia religión. Entre los que formaban el círculo se encontraban Robert Bloch y Robert E. Howard. Maestros que no tuvieron incoveniente en formar círculo pretoriano en torno a su “sumo sacerdote”, como el mismo Lovecraft burlonamente se autodefinía. Le escribían mostrándole su admiración y él les correspondía a través de generosas cartas en las que disertaba sobre cualquier cosa que le ayudase a olvidar que el terror le esperaría siempre ahí fuera. Todo aquello le ayudó a contener los secretos anhelos suicidas a los que se vio inducido tras la muerte de su madre. Había descubierto que sin ella la vida podía ser feliz, siempre, eso sí, protegido del mundo exterior por los muros más altos que la imaginación podía general. Sin embargo, aquellos días de relativa felicidad terminaron cuando el escritor conoció a Sonia Greene. Siete años mayor que él, y vivo retrato en vida de su difunta madre. Edipo triunfó y se casaron poco más tarde. Lovecraft accedió a vivir en Brooklyn junto a su esposa. Accedió a abandonar su guarida en Providence. A marcharse del refugio que le mantenía protegido de las sectas del mar, de la gente de piel sucia, del sexo. Porque en Nueva York descubrió que el olor del mar llegaba hasta su ventana, que en las aceras podía cruzarse con personas de aspecto monstruoso que ni siquiera sabían hablar correctamente su sacrosanto idioma, y que su esposa reclabama de él trato carnal, algo que él aborrecía y nunca le dio. Como consecuencia su matrimonio duró dos años, el tiempo que necesitó Sonia para encontrar en otros cuerpos el calor que su marido no le proporcionaba.

Howard volvió a Providence. Radicalizó su discurso clasista y racial al punto de simpatizar con movimientos supremacistas, él que odiaba toda clase de jeraquía imaginable. Pero, por encima de todo, Lovecraft era un tipo imposible de satisfacer. Desencantado de todo, salvo de la escritura, se dedicó a para escribir de modo estajanovista. Siguió temiendo a las mujeres y al mar, lo que se trasladó unos relatos cada vez más terribles con el género humano en los que se percibió un sentimiento de culpa hasta entonces desconocido en sus letras. Cuando murió, en 1937, a los 46 años de edad, casi nadie se dio por enterado. Tal vez el sepulturero del cementario de Providence, con el que fraguó una extraña amistad durante sus paseos nocturnos. Fue entonces cuando el “círculo” se puso en acción y se negó a permitir que se olvidase la obra del “sumo sacerdote” publicando sus relatos en toda revista que se lo permitiese. Y los lectores comenzaron a llegar.

Leí “Dagon” a la edad de quince años. Lo que sentí lo expresó de un modo más diáfano el escritor Michel Houellebecq: “Descubrí a HPL a los dieciséis años gracias a un “amigo”. Como impacto, fue de los fuertes. No sabía que la literatura podía hacer eso”. Esta noche volveré a sus letras como lo hago cualquier otra noche. No lo haré por tradición, sino por necesidad. Y él, seguro, seguirá observando el mundo desde su ventana.

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Ilustración de Alberto Taviria.