Último Posteo del Año…

Hace años, cuando el corazón de este blog aún latía regularmente, el último posteo del año estaba reservado para la mejor película del año. Hace tiempo que dejó de ser así. Llegaron los pequeños y debí aprender a gestionar el tiempo de otro modo. El perdedor fue el blog. Tenía malas bazas.

Hoy recupero la costumbre que siempre me resistí a abandonar dedicando. La diferencia es que, a falta de una base sólida de películas estrenadas este curso para tener un juicio de valor sólido, me entrego al recurso fácil de la última película vista. Fue hace dos días. Su título: Z, la Ciudad Perdida”. Una apuesta en principio ganadora (base sentimental cimentada en mi infancia, buen director, gran historia) que se malogra a causa de unos diez minutos finales mal aprovechados. Diría incluso que bochornosos en función del día en que se produzca su visionado.

Crecí fascinado por la historia de Percival Harrison Fawcett, ese explorador extraordinariamente fantasioso que lo apostó todo a una quimera que nunca podría tocar. Tuvo miles de defectos, lo que le acerca aún más a mí, y una única virtud: el empecinamiento en abrazar una fantasía. Vivió y murió como quiso (otro punto admirable), y supo desaparecer con la suficiente elegancia como para generar una leyenda inmortal. Imposible hacer una mala película con su historia. Sin embargo, James Gray, excelente director que no terminar de dar el mazazo definitivo que le garantice la persistencia de su memoria filmada, comete el error de enamorarse del personaje al punto de consumirse a su lado sin haber cumplido sus promesas. Como Fawcett, Gray miente, y lo hace mal. Desperdicia así una primera hora extraordinaria, fiel al cine clásico con actualizados ribetes dorados, en los que muestra imágenes que herirán los sentimientos de todo twitero sensible (de hecho, Grey se rinde levemente a la tontería de la corrección política rectificando a tiempo antes de facturar  una película de ciencia ficción) para, más tarde, fabricar un certero y arriesgado retrato de un personaje tan contradictorio como Fawcett.

Pero llega el final, y Gray no qué hacer con él. El dilema de siempre: ¿optar por la realidad o por la leyenda? Gray se decanta por la leyenda, sin tener el cuajo suficiente para convertir su discurso en algo mágico, tal y como reclamaba el material. Triste final para tan brillante desarrollo.

Es con él, con el teniente coronel Fawcett presintiendo su derrota en la selva brasileña, como despido el año y deseo que los próximos 365 días (los suyos y los míos) sean felices.

¡Feliz 2018!

fawcett

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Tres cuentos y una canción de Navidad…

Lo que comenzó siendo una necesidad personal ha terminado por ser una tradición que se mantiene aunque los vientos no sean favorables. De hecho, es entonces cuando todo esto cobra sentido.

Once años ya. Me resulta difícil recordar los motivos por los que pedí a Mycroft que escribiese un cuento de Navidad que se publicaría en mi blog. Por entonces la blogosfera articulaba millones de vidas, incluída la mía. Supongo que por entonces necesitaba sentir que mi casa virtual fuese lo suficientemente cálida en los meses fríos. Por eso le pedí a Mycroft (que luego fue Fran) que escribiese una historia de Navidad. Esa época tan fácilmente apedreable como difícil de interpretar. Desde entonces, enciendo una chimenea menos falsa de lo que aparenta ser para recibir a dos amigos más, Emilio y Angéline. En otra época, estación y lugar, emulamos a Percy y Mary Shelley, Lord Byron y el doctor Pollidori intercambiando cuentos en la madrugada. Los suyos fueron angustiosos. Los nuestros, pese a sus envoltorios, siempre han tenido esperanza.

La esencia de lo que es la Navidad está contenida en estos relatos y, sobre todo, en cómo nacieron. Hay un cuento extraordinario en las horas y lugares en que estos relatos fueron escritos. No debo contar lo que pertenece a un ámbito íntimo, que solo nos pertence a mis compañeros y a mí, pero he de asegurar que si ese cuento viese la luz sería tan conmovedor como el mejor cuento navideño jamás escrito.

Cierro la puerta, una vez han llegado todos, y dejo que el mundo siga hiriendo fuera. Nos sentamos junto al fuego, nos servimos una copa y comenzamos a relatar nuestras historias. Las que contienen las esquirlas que nuestra alma va dejando por el camino.

Un año más todo comienza aquí.

Para acompañar nuestras letras he elegido un villancico optimista que escenifica el necesario renacimiento anual. El retorno a casa puede ser feliz, amargo o triste. Sin embargo, la sensual voz de Chris Rea lo reinterpreta de otro modo. La ansiedad por volver a ver caras queridas, las dudas y el amor que nos hace mejores.

Coman, beban, bailen, besen y siéntanse libres de prejuicios en tiempos en los que mostrar tu libertad garantiza que serás marcado. Poco importa que te señalen; durante la semana blanca los locos podrán brindar con la luna. Sean felices.

 

 

CARTA A LOS ESCLAVOS DEL SISTEMA SOLAR

Por Mycroft Barret

 

“Para este mundo libre yo carezco de magia.

El pequeño miedo que permanece en nosotros desaparecerá”

(Gregory Corso, 1953)

Alguien debió inventar hace algún tiempo un sucedáneo de la felicidad. A Mezcal, no por nada en especial, no por ser nadie especial, le dolía estar vivo. Se tocó la sien buscando la tarjeta SD integrada, comprobando que estaba conectada. No tenía acceso a la red. Nunca lo tendría.

Escribir es lanzar una piedra a un lago y ser ciego a las ondas que poco a poco se desvanecen. Mezcal escribía postales, eran como polaroids. No existían demasiados lugares a los que dirigir la pluma para dejar constancia de que todavía estamos aquí, en el mismo absurdo barco que se hunde.  Eran cartas escritas con temblorosa letra como de niño, a los pequeños y olvidados núcleos rurales atestados, archivados, enterrados. Polvo de olvido. De vez en cuando los drones bombardeaban las villas con materiales manufacturados en las fabricas robotizadas de RusAsia.

Mezcal eligió sus seis sobres, y los dejó bien guardados en su zurrón, echaría esas palabras al mundo de camino a su nuevo trabajo. Alguien había inventado un sucedáneo de felicidad para tiempos sombríos, y él era su custodio.

Tenía que caminar por la interzona para llegar al centro de inserción donde hacía de guardia. Eso suponía salir dos horas antes desde las afueras. Hacía muchos años de la última evacuación de “proles” e “insertos” de los centros urbanos. Allí sólo quedaban los altos funcionarios, trabajando para los ministerios de Wallmart o Monsanto, mandos burocráticos del comercio y la medicina, algunos profesionales liberales, ingenieros y programadores, y por supuesto las barriadas turistificadas, cuyo suelo había dejado de ser asequible hacía decenas.

Tenía suerte de que no lo recolocaran en las zonas rurales, lo cual lo hubiera dejado como inserto sin remedio, abandonado, alejado de todo servicio del Multiestado Sec 3 (el conglomerado empresarial que dominaba aquella zona). ¿De qué sirve la renta humanitaria de subsistencia de los insertos? Poco más que para librarlos de la inanición.

Como prole del extrarradio, podía llegar a trabajar en los escasos empleos no robotizados del centro. Mezcal cruzaba las barriadas desiertas, los museos temáticos para visitantes de la parte histórica, los sectores dedicados a la policía militar… Recordaba los transportes colectivos de su infancia, o los utilitarios de su abuelo. Mezcal debía caminar, ya que no tenía pase para el trasporte instantáneo de los ciudadanos de pleno derecho de interzona.

Pulcros sepulcros, calles limpias y amplias, o angostos laberintos de trazado árabe. En el sector de los prostíbulos, los cadáveres colgados de las farolas de rebeldes e infractores, retirados por los drones a las pocas horas, justo con el resto de basura, los restos tóxicos de las unidades energéticas de los edificios, que trasladaban a las zonas rurales para enterrar.

Mezcal se afanaba cada día en recorrer rápidamente una ciudad a la que ya no pertenecía, para poder llegar al pequeño país imaginario al que su trabajo le daba acceso. Mezcal trabajaba en un Centro de Recepción y Bienvenida. Debía vigilar un hangar con doscientos seres humanos, vigilar sus constantes y sus goteros, y eventualmente retirar a los muertos para su incineración. Era un trabajo indigno de un médico, así que lo hacía un prole, y tuvo la suerte de acceder entre los millones de candidatos a dejar la renta de inserción.

Mezcal pasó su escáner de retina, y se dirigió de inmediato a las dependencias de materiales y consumibles, nada más traspasar la puerta blindada. Una ventaja de aquel trabajo es que casi nadie iba allí nunca. Estaba solo con aquellos infelices, y de hecho, cuando su turno terminaba, quedaban a su suerte.

Él compartía con ellos algo que hubiera justificado no sólo su despido, sino su ejecución y posterior reconversión en adorno navideño, pendiendo de una farola del barrio rojo.

Era un adicto. Todos ellos lo eran. Con ojos abismados, clavados en el techo, habitaban fuera de este mundo. En un un lugar indudablemente mejor, simplemente porque no era éste, no era hoy, no era ahora. O de forma no tan simple, porque las moléculas, la química y la estimulación eléctrica del cerebro habían tomado un impulso enorme tras el auge de los antidepresivos tras la Gran Recesión.

Él no podía abandonarse, o no había decidido hacerlo aún, como si lo hacían ellos (involuntariamente), a una dosis completa. El Tratamiento era a los psicotrópicos, opiáceos y otras drogas tradicionales, lo que la quimioterapia al ibuprofeno, un estallido que transportaba a un estado extático, místico, a una ciudad maravillosa hecha no de piedra gris sino del mismo tejido del mítico arcoiris, aún a costa de bombardear el cerebro de una forma grotesca que hacía de ese camino uno sólo de ida.

El comité de Derechos Humanos (anexo al Ministerio de defensa y consorcio de armamentos) había decidido tras las últimas crisis de refugiados, que éste era el trato más humanos posible para los recién llegados. Recordaba los debates de Fox News, la cadena que integraba la información y el debate de los representantes de los ciudadanos de Interzona. Dado el clima de xenofobia, los ahogamientos en alta mar, los estallidos sociales, los disturbios, el perjuicio al comercio y al turismo, las dos posiciones que centraban el debate eran el exterminio, o el llamado internamiento humanitario.

Mezcal hacía gran parte de su ronda drogado. Sin embargo, a diferencia de sus colegas postrados, él no tenía acceso a la red, no combinaba la estimulación del Tratamiento, con los entornos virtuales que disfrutaban aquellos seres delgados y postrados con sus sonrisas cadavéricas y sus ojos (los ojos, los ojos, Mezcal soñaba con esos ojos en todas sus pesadillas, en todos sus sueños).

“Rayos de una áurea insurrección

-tosiendo contra enormes almohadas

Recordó un poema de su niñez. Rayos de áurea insurrección.

Él se quedaba a medio camino, no acababa de partir. Su vida se limitaba a cuando estaba dentro del centro, ido, en un lugar que no existe, con luces y calidez, suave, seguro como el fuerte con las mantas en la casa familiar de su infancia, un lugar que valía la pena porque no era real. Pero con los ojos aún no fijos ni perdidos, viendo a su alrededor los cuerpos dóciles, sin señales de amotinamiento, respirando trabajosamente el amianto de aquella precaria instalación, atados, alimentados vía intravenosa, inertes. Un ejercito de almas solitarias, forzadas al exilio, al solipsismo de su mundo interior.

Él a veces los observaba de cerca. Estuvo a punto de no pasar el psicotécnico. Demasiados reparos morales. Demasiado mayor (podía recordar un mundo ligeramente diferente, el de su niñez). A pesar de su aire a pájaro de celda, desnutrido, de campo de concentración, eran terriblemente bellos. Casi podía oír sus sueños resonando fuerte en su propia cabeza, y los veía en aquellos ojos. Espejos donde se miraba. Estrellas fugaces que pasaban de largo, que señalaban el acontecimiento: Aquí hay un ser humano. Estrellas que se extinguirían.

Al final del día, comprobaba qué camas quedaban marcadas, y aunque no había necesidad al estar automatizado, al ser asunto delicado, por una vez tenía autoridad de supervisión frente a las máquinas y revisaba las bajas. Apretar un botón, ver la cama deslizarse hacia el subsuelo, y elevarse de nuevo vacía, las sábanas pulcramente arremetidas, los goteros vacíos y esterilizados.

¿Qué huellas deja el hombre, la mujer, el niño? Ni siquiera un grito. Solo miradas al infinito.

Los lunes dejaba de estar sólo, llegaban los nuevos beneficiarios del Tratamiento Humanitario. Varios celadores bajo su supervisión les buscaban un lugar y administraban la primera dosis. El efecto era instantáneo. Las personas se ausentaban indefinidamente, en un momento, ya no estaban allí, simplemente.

Mezcal, más tarde, les daba la bienvenida, uno a uno, a la hermandad, compañeros en el país de Oz. Los más jóvenes, mujeres hermosas, niños de la guerra, eran hermosos y él no sabía si eran prisioneros que soñaban ser libres, o seres libres que ya no podían ser tocados por el hierro candente de este mundo.

Cada vez más adentro de ese pequeño país imaginado, cada vez más ciudadano de la ilusión y la alucinación que del empedrado sangriento, y los guettos del afuera, incluso si pudiera traerlos de vuelta ¿Tenía él derecho a despertarles a la pesadilla? En nombre del hombre libre, quitar los adornos navideños, dejar sin bombillas las ciudades invisibles, únicas, repletas de maravillas, de personas alcanzando con las puntas de los dedos un pequeño fulgor que más que nada había sido reservado para un mundo después de este mundo, un reino de dioses.

-¿Somos dioses?- Se oyó preguntar en voz alta y se dio cuenta de que no era la primera vez que les hablaba.

No no lo eran. ¿Y por qué traerles de vuelta, allá, al frío, sacarles de la bola de cristal con el pueblecito nevado dentro de la cuál vivían? ¿Era lo correcto, estaba sólo, era envidia, era esto un campo de concentración, era el mundo afuera demasiado doloroso…?

Afuera había comenzado a nevar. Cerró fuerte los ojos. Veía espectros, ribetes dorados haciendo zigzag, y escuchaba voces familiares del mundo nuevo que vivió cuando era niño, un mundo visto con ojos limpios de lágrimas, aunque no sabía que se estaba derrumbando.

No se puede vivir en el recuerdo. Escribió una nota, una postal, una carta de dimisión.

Comenzó a desconectarlos. Quitar los goteros. Esperar pacientemente para ver si despertaban.

Había acabado el sueño, debía comenzar la vida. Puede que la magia desaparezca, pero el miedo también ha de desaparecer.

Alguien se incorporó. Se acercó.  -Estás despierto. Bienvenido.- Los encendidos ojos como clavos al rojo vivo se apagaron. Pareció comprender. Se puso en pie, miró alrededor, y aunque pudo ver la tristeza de renunciar al sueño, supo que se quedaría con él, despierto, aguardando a los demás.

Hay en este mundo cosas que nos son más preciadas que nuestros sueños. Cosas por las que vale la pena luchar, cosas que son las que nos permiten que los sueños no nos roben la vida.

Uno tras otro, se pusieron en pie. A través de la nieve quedó el rastro de cientos de pisadas.

LA HISTORIA MÁS HERMOSA DEL MUNDO

por Emilio Calvo de Mora

Fue Jorge el que encontró la pistola en el cajón en donde su padre guardaba los puros, la baraja de cartas y una petaca pequeña a la que no le faltó jamás buen whisky. No era un cajón que un niño abriese, ni ése ni otros. Jorge siempre había sido un chico discreto, no inclinado a meterse en líos, conforme con estar en casa y ver a los otros niños desde el cristal, abrigado con su batín de Mickey Mouse, el que le regalaron en el hospital  dos de las enfermeras que le habían cogido más cariño. En un bolsillo del batín cabía la petaca. Apretó bien la rosca de la botella de metal. Había visto a papá usarla a escondidas. Recordaba que era eso lo que hacía después de despacharse un buen trago: apretar bien la rosca, comprobar que no se derramaría en el cajón. La pistola entraba bien en el otro bolsillo del batín, pero no tenía instrucciones sobre ella. Ninguna, al menos, de uso inmediato. Disponía de su silla de ruedas (cómoda, último modelo, regalo de una tía a la que recordaba vagamente y de la que hablaban en casa que moriría sola y lejos), y podría, en caso de urgencia, esconder una de las dos adquisiciones, la petaca o la pistola o ambas, entre su cuerpo y el respaldar. No cogió los puros porque no le gustaba el olor, más tarde el agente de la policía diría que se los dejó porque no encontró un mechero a mano. Jorge tenía ante sí un sábado enorme con los padres afuera y una petaca de whisky y una pistola a su disposición.

Cristina, casi una más de la familia, la empleada del hogar, trajinaba en la cocina. En un día tan especial no haría horario completo. Laura le había prometido que a mediodía, en cuanto ellos llegasen de hacer unas visitas, podría largarse a casa. Víctor le tenía preparada una cesta pequeña. Una botella de cava, unos turrones, unos bombones. A Jorge le pareció bien empezar con Cristina. Ella tendría el honor de ser la primera en asustarse. Tenía tiempo suficiente. Sus padres llegarían sobre la hora de comer. Estaba recogiendo los platos. Una vez la escuchó quejarse sobre ese tipo de trabajos. Hablaba con amigas a escondidas en el jardín. Una vez escuchó a su madre quejarse sobre lo mucho que usaba el teléfono. Lo normal (decían) es que no tenga jamás el teléfono disponible. Si a Jorge le pasa algo, ella no se dará cuenta. Estará de cháchara con sus comadres, contándoles lo mal que la tratamos. El padre no era tan severo. La apreciaba sinceramente. En los años en que servía en casa no había discutido nunca con ella, no se había presentado la ocasión. Ya lo hacía Laura, se bastaba Laura. Mientras no descubriera que se la tiraba, se conformaba. La primera vez lo hicieron en la cochera, en el asiento de atrás del Jaguar. No fue premeditado, vino así, no se piensas las cosas, dijo él después, no se levanta uno pensando en eso, yo amo a Laura, no soportaría que me dejase, no podría vivir lejos de Jorge. Cristina lloró después de subirse la falda y adecentarse un poco la blusa. Le creyó y creyó que era una buena persona. Mientras la montaba, en cada furiosa y nerviosa embestida, imaginaba a Laura reprendiéndola por no haber colocado bien los cubiertos en la mesa o por no tener bien planchada las camisetas de Jorge o por no mantener caliente el agua de la bañera sabiendo lo que le molesta al niño que esté fría. Pensaba en Laura montada por Víctor, pensaba en si disfrutaría o no. A ella no le pareció nada del otro mundo, pero le agradó la sensación de poder, la irrupción repentina de una novedad en la casa. Cinco años sin novedades queman mucho, le comentó a Luisa, su mejor amiga, con la que se desahogaba en el jardín cuando Laura se ponía impertinente o cuando Jorge la miraba con desprecio. Es un niño, pero es perverso, nadie parece darse cuenta, le ríen las gracias, pero yo lo he calado, sólo hay que fijarse en cómo me mira o cómo le responde a veces a su madre, le dijo un día. Cualquier día de éstos cojo la puerta y me voy,  le confesó. Lo del Jaguar hizo que lo pensara mejor. Tampoco le hizo ascos a un par de hostales muy retirados, en la periferia, a donde iban de cuando en cuando, sin hablar mucho. Nunca es fácil ser la sirvienta, nunca se sabe cuándo se cansarán y la plantarán en la calle. Se había acostumbrado al buen sueldo y al trabajo, no muy exigente, la verdad. Jorge era una criatura odiosa, pero hablaba poco, al menos hablaba poco. Sirvió en una casa en la que el niño no la dejaba a sol ni a sombra, como se dice.

Fue ella, Cristina, la que se despidió, agotada. En casa de los Alonso encontró un poco de lo que anhelaba. No al principio, no confiadamente, con la seguridad del que cree haber encontrado un hogar, pero sí un techo eventual y confortable. No le asustó ver a Jorge con la pistola cogida con las dos manos. Recordó las películas del Oeste y no le dio más importancia. Los niños juegan a ser pistoleros, hacen el ruido de las balas cuando salen del cañón y soplan la boca del arma cuando ha sido disparada. Lo de beber a morro de la petaca le pareció más inquietante. La habrá rellenado de agua. Es muy fácil pensar, conjeturar, inventar una realidad cuando la realidad no nos cuadra. Eso fue lo último que pasó por su cabeza. El disparo no amedrentó a Jorge. Lo celebró con un trago largo de whisky. Hasta eructó. Eso hacía papá a veces. Era de hombres. Más tarde, un agente dijo que lo normal habría sido acertar al cristal de la ventana o darle a la televisión de plasma que estaba un poco más arriba. El puto crío le dio en mitad de la frente, ojalá tuviese yo esa puntería, joder, comentó entre dientes, sin creerse a las claras qué se le habría cruzado por la cabeza al muchacho. Mamá cayó en la cochera. Las bolsas del súper estaban desparramadas cerca del Jaguar. Olía a sangre mezclada con ginebra. A Laura le encantaba servirse sus buenos gintonics tras el almuerzo o a media tarde o antes de irse a la cama. Hoy está todo cerrado, terció un segundo agente. Las tendría en el maletero del Jaguar, no sabemos de dónde vendría, pero sabemos que lo último que hizo fue coger esas bolsas. A Jorge no se le vio afectado, no hizo ni un gesto de arrepentimiento, nadie vio que llorase o se le empañasen los ojos. Uno de los forenses advirtió que estaba ebrio o todo lo ebrio que puede estar un niño de ocho años que se ha despachado una pequeña petaca. Huele a whisky que tumba, cerró un agente. El batín de Micky Mouse estaba sucio de vómito. Lo raro es que no se haya desmayado. Yo conozco un chaval de unos amigos que casi la palma. La petaca vacía y la pistola fueron recogidas en las bolsas de rigor. Serían una prueba, la irrebatible, pero aquella historia macabra no tenía mucha investigación, ni tendría otras consecuencias que las funestas, las dramáticas, las que difundiría la prensa, golosa ante una historia tan atroz. El agente preguntó por la suerte del muchacho. Nunca había visto un perturbado de ocho años. Daba pena verlo en su sillita de ruedas, mirando a todos lados, ajeno al caos, casi bañado por un halo de bondad y de celestial ternura.

Víctor lloró por Laura y por Cristina. A Jorge le tocó el pelo, se agachó para ponerse a su altura y repitió tres veces la misma pregunta. Fue cariñoso con él, no se irritó, nada delató que estuviese contrariado o irritado. La perplejidad se entiende bien con el amor, y Víctor amaba a su hijo. No había dejado de hacerlo entonces. Sólo lamentó que no estuviese cerrado el cajón. Normalmente le echo la llave, agente, se lo juro, pero anoche Laura y yo tomamos unas copas de más, discutimos algo, quizá él nos oyó, no solemos hacerlo, pero a veces las parejas lo hacen, no bajé al despacho, no caí en la cuenta de que la pistola estaba a su alcance, juro que no fue mi intención, lo siento mucho. Llegó un momento en que no había nada más que hacer en la casa. Estaban todas las pruebas bien registradas, Víctor acompañaría a comisaría a su hijo en un furgón especial en el que podía meterse la silla de ruedas. Estaban a punto de irse cuando el agente se acercó a la chimenea del imponente salón de la casa. Estaba encendida. El fuego no sabe nada sobre lo que sucede a su alrededor, pensó absurdamente. En algunos de los crímenes que investigaba se le ocurrían preguntas peregrinas, imposibles de hacer en voz alta, de las que harían sospechar que estaban perdiendo la cabeza y si convendría apartarle del grupo de homicidios y dejarlo en un despacho a ordenar archivos o coger el teléfono. El fuego es un testigo ciego. Si le preguntáramos, nos lo contaría todo. Se rió por segunda vez. Estaba a punto de irse cuando vio el árbol de Navidad. Fue entonces cuando reparó que era Nochebuena.

No tener a nadie que le espere a uno hace que no haya fechas mejores que otras, sólo festejas el viernes noche si el sábado no tienes que levantarte temprano. Era un árbol de Navidad tan elocuente como la chimenea. Si él tuviera que comprar uno de ésos, no podría ponerlo regalos debajo. Los que vio estaban abiertos. Los elegantes papeles que los envolvían estaban por todos lados. Algunos cajas seguían allí, otras habían sido arrojadas lejos. Debió ser el muchacho, razonó. A él, recordó, le gustaba mucho más abrir las cajas que jugar con lo que contenían. De mayor le pasaba lo que a casi todos: festejaba más los preparativos que la celebración en sí. Distraído en esos pensamientos, no reparó del todo en la caja de las pistolas, una caja grande con un pistolero barbudo, de gesto ceñudo y desafiante. Le dolió que todavía estuviesen allí, en el suelo, ignoradas, sustituidas por una pistola grande verdad, de las que hacen el ruido que hacen las pistolas. Quizá lo único que deseaba Jorge era escuchar el ruido. Lo tenía en la cabeza, sonaba en su cabeza, todo sucede dentro de la cabeza, sobre todo si eres un niño en una silla de ruedas y nadie te mira, ni se preocupa de entenderte. Si se le obligara a defenderse, diría que sólo quería escuchar el ruido. Lo de bala no entraba en los planes. Eso no era culpa suya. Tampoco que la petaca estuviese llena o que el cajón, el puto cajón que abrió el puto crío, estuviese abierto. El agente lloró en el coche. No lo hizo escandalosamente. Se guardó de que nadie lo viera, pero no quiso reprimir aquella señal de humanidad. La estaba perdiendo, se estaba encalleciendo, suele pasar, es parte del trabajo, no hay quien lo evite, tarde o temprano terminas insensible, no te importa nada de lo que ves, no se te cuela dentro, pero no sucedió así. Mientras que se secaba las lágrimas, pensó en que no habría muerto nadie si no hubiese Navidad o estuviese prohibido fabricar armas de juguete. Al final, camino a casa, ya muy tarde, lloró de nuevo. Esta vez lo hizo con la resolución que antes no tuvo. Cuando se desahogó, respiró hondo y cantó un villancico. Se sorprendió al recordar toda la letra. Luego sonrió, cenó con apetito, puso la televisión y vio que ponían Qué bello es vivir. La vio de pequeño una o dos veces, su padre le decía que era la historia más hermosa del mundo.

 

EN LAS ALTURAS

Por Marisa López Mosquera

 

Cuando era adolescente me gustaba leer historias sobre los Ases de la aviación. Pilotos de las dos Grandes Guerras que arriesgaban su vida en una serie de piruetas imposibles, abatiendo a un enemigo que en cada caso era como un personaje del mundo oscuro. Alguien que merecía la muerte, caer desmadejado como un muñeco roto hasta desaparecer en el inevitable incendio y explosión del avión al tocar el suelo. Entonces sí les atribuía un alma digna de honores, e imaginaba al piloto con su inmaculado uniforme, una figura semitransparente que ascendía a mi cielo imaginario, feliz, despreocupado, fumando un cigarro o una pipa, alguien que de forma invariable saludaba a su contrincante, al brillante piloto que lo derribó. Como si se tratase de un juego y la penalización máxima fuese perder el avión junto a la vida.  Incluso llegué a teorizar con la posibilidad de que Manfred von Richthofen, el experto Barón Rojo, se reencarnase en la siguiente guerra mundial en el maestro Hans-Joachim Marseille, un piloto de extraordinarias capacidades, que desarrolló una técnica propia de ataque, en el dogfight, abatiendo a sus enemigos casi en solitario con su inigualable “disparo con deflexión”. Hasta les encontraba un cierto parecido físico. Marseille, por otro lado, encajaba en la clase de hombre en el que yo aspiraba a convertirme. Una persona templada pero al tiempo rebelde, alguien que hiciese de su existencia una búsqueda constante de la perfección, a través de la disciplina. Y si no le imaginaba jactándose de su pericia e incansable instinto de superación para conseguir “el objetivo”, tampoco el mío debía ser de un gran alarde. Estudiaría ingeniería espacial, conquistaría otros mundos, grande, gran, cualquiera que fuese el concepto pero de una enormidad, de una grandeza que compensase las carencias afectivas que sufriría, al estar concentrado al máximo en mi necesidad de infinito, al servicio de la Humanidad.

Pinto fachadas. Y el día más optimista podría decir que soy pintor de interiores también. Brocha gorda, nada que necesite de la destreza digna de un artista, aunque soy riguroso, si hay que echar más tiempo para un buen acabado no lo cobro, o lo que es lo mismo, es como si apagase el taxímetro en esos últimos metros que he complicado yo mismo la carrera. Y no me quejo. Los años devastadores de la crisis, cuando tuve que cerrar la empresa y despedir a mis leales empleados, lloré como un niño viendo a aquellos hombres salir con el cheque, los ojos empañados, el futuro tan turbio como el mío, la esperanza de remontar bajo la suela del zapato, bien enterrada entre los escombros de nuestro floreciente pasado como restauradores de arte. Todo el universo de los barnices, el pan de oro, las jubias, los vaciadores, los pinceles de un pelo, cada pequeña herramienta de precisión que utilizamos, pareció relegado a un recuerdo incierto cada vez que introducía la brocha en el cubo y ajustaba la visera de mi gorra de pintor, en mi nuevo y solitario modo de ganarme el pan.

Claro que tuve la gloriosa suerte de conocer a Rita, el amor de mi vida, y con ella llegaron Piliña y Antonio, la luz de mi alma. No ha habido padre más satisfecho, ni esposo más radiante que este mortal que ahora yace sobre la nieve, inerte. Debo haber muerto porque la caída desde el tejado ha sido bastante aparatosa. La maldita escalera tenía que jugármela justo en Navidad. A poco que esperase, podría sustituirla ya después de las fiestas. Este último trabajo en los Juzgados lo han pagado a tiempo por una vez, sin regatearme los plazos como siempre. Jaime, el director del banco del pueblo, me llamó esta mañana para darme la buena noticia. Un ingreso jugoso que paga ya el último plazo de mi bancarrota.

Rita, cariño, podríamos incluso haber ido a Santa Tecla, y perdernos un fin de semana, solos tú y yo, ahora que los chicos ya se han ido de casa. Si estoy muerto, el cielo me parece de un indecente tono euforia, aunque lo cierto es que también esa sensación me acompaña en este instante. Ni me duele la rodilla que lleva años amenazando con tirarme de la escalera por encaje, ni le tengo miedo al nuevo año y sus facturas. Siempre he sido un cabezota, Marseille me observa a ratos y en otros Richthofen, como si quisieran contarme algo penoso, pero durante la caída surqué los cielos y la sensación de ingravidez y libertad fue tan absoluta como si me viese reducido a una pluma que pudiese girar sobre sí misma en un baile de ensoñación. El tejado no necesitaba un nuevo muñeco eléctrico, pero quería que Pablito viese la casa desde lejos cuando llegue con su madre y subí a instalar un reno del tamaño de su abuelo. La tarde era apacible y allí arriba me sentía como el espectador invisible que escruta un mundo nuevo al que acaba de llegar. Fui joven de nuevo, me subí mentalmente al Albatros D. II del Barón Rojo y planeé por el horizonte pensando en el próximo año, quizá podría volver a restaurar antigüedades, las cosas nos van bastante bien ya.  Animado por mis pensamientos, volé, ambicioso, en uno de los F-4/Trop de Marseille y jugué a derribar aviones por el simple placer de afinar mi puntería haciendo uno de aquellos giros imposibles, disparos con deflexión, como si estuviese jugando en la consola con mi nieto. De vez en cuando salía una peineta de uno de los aviones enemigos o rotaban frente a mí en un vuelo triunfal, escurriendo mis balas con facilidad.

Rita, querría decirte una vez más lo feliz que he sido a tu lado. Cuánto calma mi corazón enredarme en tu cuerpo cada noche. Decirte. Rita. Que ninguna luz del árbol, ningún destello de los cientos de bombillas que adornan la casa, tiene el esplendor que irradia una de tus sonrisas. Tus ojos comprensivos, firmes, enérgicos. La alegría con la que esta familia ha conseguido salir adelante gracias a tu tesón. Me pondría a tus pies de nuevo, como aquel día que abracé tus piernas y me declaré como un imberbe, con un “no me abandones” que en realidad era un “quiero crecer a tu lado, volverme un gigante, como tú..”. Ah.. eso ha dolido.

  • ¿Papá, puedes oírme?

Claro que te oigo, nena, pero vas a romperme el pecho. No hace falta tanto golpe.

  • Venga, papá. Vamos, vamos.. ¡respira.. ¡

Siento que algo me arrastra, me hace ligero, como si fuese a caer de nuevo desde el tejado, esta vez de frente. Todo se ha vuelto ruidoso, pero adoro ese bullicio repentino. Voces a mi lado, sonidos de sirena. Quizá ha sido solo un desmayo y aún tengo remedio. Me ciega esa luz que alguien dirige a mis pupilas. Marseille y Richthofen me despiden con un saludo militar antes de alejarse fumando un cigarrillo, con desenfado. Uno de ellos ha debido contar un chiste porque hasta mí llega todavía el sonido de sus risas. Quizá al otro lado algún día pilote un Fokker DR. I y alguno de los Ases me dé lecciones. Pero hoy solo deseo abrazar a mi familia, dejar que la magia de la navidad nos envuelva y proteja un año más. Decirles cuánto les echaría de menos si mi vida a su lado no hubiese sido más que un sueño. Que si algo tiene sentido para mí es ese calor que me reconforta cuando estamos juntos, quitándonos la palabra continuamente por todo lo que necesitamos compartir con los demás. Sus risas, sus logros. Su mera cercanía. La forma en que me siento querido y parte de ellos. Desearles como a ustedes, el mejor nuevo año posible, donde puedan también seguir creciendo, camino del infinito, con sus propios objetivos, cualquiera que sea su altura y tamaño. Desearles Feliz Navidad.

(Tal vez debería subir al tejado para comprobar cómo ha quedado el reno, pero tendrá que esperar a que vuelva a casa. Mañana o pasado, sí, tendré más tiempo. Cuando todos duerman, para no molestarles si tengo que cortar la luz.. )

 

GÉNESIS

Por Álex Herrera

 

El corazón, si pudiese pensar, se pararía. A quien como yo, así, viviendo no sabe tener vida.

Fernando Pessoa.

 

Sheffield. Un miércoles de enero de 1973.

Perdió el sentido la segunda vez que lo golpearon de modo que su cabeza colgó como tratando de escapar de su cuerpo. Cuando el director del colegio lo encontró estaba sujeto de una valla metálica con los brazos en forma de cruz. Hubiese pasado por un espantapájaros de no ser porque tenía piernas, tan huesudas como mondadientes, recogidas sobre una caja de madera. Bajo aquel cielo plomizo la escena se asemejaba a un austero cuadro medieval que representase la pasión de Cristo, solo que Nick Savior tenía doce años y carecía de cualquier aura que no fuese el gris que le acompañaba a todas partes. Tras unos segundos de contemplación, el director acercó su boca al oído de Nick y le susurró:

-Salve, rey de los idiotas.

Así fue cada miércoles de aquel curso de 1973.

Sheffield, 1978.

Estaba acostumbrado a los rígidos horarios que le imponía su madre, de modo que adentrarse en la incertidumbre le gustó a Nick. Se había convertido en una pequeña celebridad nacional gracias a sus conocimientos sobre historia bíblica que le proporcionaron calificaciones muy por encima de la media nacional. Tras ingresar en la universidad de Cambridge a los dieciséis años fue entrevistado por un periódico local que lo presentó como “un joven genio orgullo de Gran Bretaña”. Después llegó un medio nacional y finalmente apareció en la televisión ungido como uno de los elegidos para renovar el país. Allí, sobre aquella plataforma, fusilado por varias cámaras, posó junto a un genio de las matemáticas pakistaní de doce años y una niña de trece con una habilidad para el lenguaje capaz de ridiculizar a un académico. Su futuro parecía enderezar lo que nunca funcionó.

Su estancia universitaria no decepcionó. Calificaciones excepcionales y escasa vida social. Justo lo que demandaban de él. Seis años dedicados al conocimiento de las materias y a la ignorancia de su propia naturaleza.

La noche de navidad, seis meses antes de la que se preveía como una graduación con honores, Nick estalló. Salió desnudo de su habitación en una noche lluviosa. Después subió a la azotea del edificio y comenzó a gritarle a la lluvia con los brazos en cruz. Uno de los policías que subió hasta allí para llevárselo resbaló y cayó al vacío. Cuatro pisos de caía libre que se llevaron su vida y bloquearon aún más la de Nick.

Hubo un juicio en el que la muerte del agente Simms se consideró un desafortunado accidente. La única culpa que recayó sobre Nick se saldó con la condición de seguir un tratamiento psiquiátrico durante un año. Después, su madre se lo llevó a Sheffield y Nick perdió su unción en favor de una chica asiática experta en algoritmos.

Nunca llegó a graduarse con honores ni sin ellos.

Londres, quince años después.

 La vida de Nick en Londres siempre fue átona. De seis a tres trabajaba en una fábrica de cajas. Un trabajo monótono para gente sin ambición que colmaba sus expectativas en gris. Entre las dos docenas de trabajadores, pasaba tan desapercibido como un grano de arena en una playa. Al salir se dirigía hacia Socks in the Closet, la librería de su amigo Al. Su único amigo. Nunca necesitó más. Durante las horas siguientes le ayudaba apilando libros, reordenándolos e incluso vendiéndolos ocasionalmente. Interactuar con los clientes no le gustaba, pero en ocasiones Al estaba en el baño o cortejando a la manera antigua a Sophia, la propietaria de la cafetería de enfrente. En doce años de cortejo lo único que había conseguido de ella eran promesas que nunca fraguaban, pero Al sabía esperar. Tanto como Nick. Esperar que ocurriese algo.

Nick se cansó de esperar tres veces. La primera de ellas se cortó las venas con tan mal tino que segó un tendón de su mano derecha dejándola parcialmente inútil. Cuando su casera lo encontró, alertada por los gritos de dolor de Nick, la cuchilla apenas había iniciado el viaje del este al oeste a través de sus muñecas. La segunda vez se decidió por las pastillas. Fue aquella ocasión en la que se dio cuenta de que beber dos botellas de vodka en busca de valor para morir era incompatible con la ingesta de somníferos. Vomitó durante toda la noche hasta quedar completamente limpio de fármacos, pero el veneno seguía dentro de él. La tercera vez fue la peor. Se tiró por la ventana de un sexto piso con tan mala suerte que unos frondosos árboles frenaron su caída pero no impidieron que le quedase una notoria cojera como recuerdo. A la frustración de vivir se le sumó la de no saber morir. Pero aquella navidad todo iba a cambiar. Dos meses después de salir del hospital, así se lo contó a Rosalind, su terapeuta y amante ocasional. Lo hizo en la cama y no en un diván. Con sus manos posadas sobre los pechos de ella.

-Unos militares vinieron a verme al hospital. Me preguntaron si realmente quería morir. Les dije que sí. Entonces me propusieron algo muy loco. Muy absurdo. Un viaje sin retorno.

 -¿Sin retorno? ¿Qué estupidez es esa? ¿Vuelves a tener pensamientos suicidas, Nick?

 -No, no es eso. Me propusieron irme muy lejos y para siempre. Les pedí unas semanas para pensarlo, aunque estuve seguro de aceptar desde el primer instante.

Rosalind compuso su mejor gesto de rabia antes de comenzar a llorar.

-Te jodieron bien, Nick. Te sigues odiando después de tanto tiempo.

Rosalind tenía diez años más que Nick. Seguía siendo atractiva a pesar de que ella se empeñase en negarlo cada vez que Nick se lo susurraba al oído. Tuvo una relación muy larga seguida de una docena de pequeñas historias nacidas muertas. Pero nadie la marcó como Nick. Él suponía un desafío para ella, como mujer y como terapeuta.

-Quédate conmigo. Por favor, quédate conmigo.

El tono de Rosalind sonaba lastimero. No obtuvo respuesta. Después, acarició la cabeza de Nick con delicadeza durante toda la tarde mientras musitaba algo. Cuando se durmió, Nick salió de la cama y se marchó. No la besó. Había tomado una decisión que le liberaría. Ya era tarde para sentimentalismos.

Nick se marchó de Londres sin maletas ni recuerdos. Quemó las fotografías de su madre. La única persona que le quiso. La que siempre le recordó que él era especial porque no tenía padre. No se trataba de un padre ausente, ni un padre que había muerto, ni un padre irresponsable que les abandonó. Sencillamente, no hubo padre. Su madre fue la responsable indirecta de que Nick, en la inocencia de un niño de diez años, contase el motivo de lo especial que era en el colegio. La culpable de que el resto de los niños le crucificasen cada miércoles en la valla del colegio. Fue más contundente con las fotografías de las chicas que alguna vez compartieron su vida, su cama y su perenne depresión. Las rompió. También las de Rosalind. Cualquier sentimiento debía ser anulado ahora que se acercaba el momento. Ni siquiera se despidió en su trabajo. Simplemente, dejó de ir. Con Al fue diferente. A pesar de su cojera, caminó desde su casa en Harrow hasta Greenwich porque creía que lo debía hacer así. Ofreció su sufrimiento como tributo a su mejor amigo. Horas más tarde, al llegar a Socks in the Closet, miró a Al largo rato, en silencio, antes de abrazarle. Después Al le regaló la Biblia que tanto le gustaba. Un facsímil de un ejemplar impreso en el siglo XVIII según una primigenia traducción griega cuyo lomo acariciaba Nick cuando creía que nadie miraba. Aquel presente, en aquel momento, confirmó que la obsesión de Nick con la figura de Cristo no era casualidad. Sí, tenía un motivo para lo que iba a hacer. Cogió la Biblia, la guardó en su mochila y se marchó sin mirar atrás. Al se limpió las lágrimas disimuladamente cuando se marchó. Nick no lloró. Ni siquiera le entraron ganas de hacerlo.

Afueras de Blackburn, veintidós meses más tarde.

Nick pensó que unas instalaciones militares ultra secretas debían tener una arquitectura futurista o, al menos, siniestra. Por esa razón se sintió decepcionado al llegar a un apacible caserón del siglo XIX que ni siquiera estaba vallado.

-Ningún espía buscaría algo en un lugar así, bromeó el mayor Connors al ver el gesto frustrado de Nick.

Al llegar, por un momento, creyó que todo aquello era una estafa. Una jugarreta para tomar algo de él. ¿Pero qué? Sus órganos eran inservibles tras una vida de excesos con el alcohol y su aliento vital desapareció en algún momento de su infancia. Nick estaba convencido de no tener alma.

 -¿Soy una simple cobaya?, preguntó Nick.

 -Sabes lo que eres, replicó Connors. No necesitas que te lo diga.

Durante los dos años anteriores se había preparado en centros militares para soportar fuerzas gravitatorias que destrozarían cualquier cuerpo humano. Le sometieron a pruebas que rayaban en la tortura para blindar su cuerpo contra la física. Durante todo ese tiempo hizo preguntas que nunca le contestaron. ¿Para qué hacerlo? Era un hombre muerto. Se le sometió a un régimen espartano que se dividía en dos fases: la física y la mental. Le enseñaron a luchar con espada corta, a lanzar atinadamente piedras con hondas y a perfeccionar sus ya amplios conocimientos sobre las lenguas semíticas. La parte física habría sido la más difícil de soportar para cualquiera menos para él. Nick aprendió pronto a sublimar el dolor. Cuando era niño. Cuando le crucificaban simbólicamente cada miércoles por la tarde. Los militares le habían elegido porque deseaba morir. Era el hombre muerto, justo lo que siempre quiso ser.

Y ahora estaba allí, en aquel caserón desvencijado. Cuarenta y ocho horas más tarde, estaría en Palestina.

Palestina, abril del año 745 de la era romana.

No eres el primero que hace este viaje. Ojalá seas el primero en no incendiar el laboratorio.

Mientras su cuerpo temblaba hasta desdoblarse, Nick sonrió al recordar la frase de despedida de Connors. ¿Qué se puede hacer sino reír cuando te hayas a las puertas de la muerte?

La entrada temporal del vehículo que le transportaba fue catastrófica. La parte trasera ardió hasta fundirse casi por completo y la delantera quedó tan magullada por los golpes contra el terreno que quedó irreconocible. Nick sabía que no podría volver, de modo que se sintió feliz de, al menos, haber sobrevivido al viaje para obtener respuestas.

La burbuja interior que lo transportaba estaba sin embargo intacta. La gruesa capa de vidrio resistió las inmensas fuerzas gravitatorias sin que una sola gota de la gruesa sustancia semilíquida que lo protegía escapase hacia el exterior. Media hora más tarde, una vez repuesto del trauma que supone el traspasar las puertas dimensionales, Nick abrió la compuerta superior de la burbuja sin dificultades. Cuando estuvo fuera, observó un paisaje yermo que combinaba grandes depresiones con suaves colinas pintadas de rojo. El aire era diferente. A Nick le costó respirar al principio. Decidió sentarse y observar el horizonte para aclimatarse mientras el sol comenzaba su declive y el calor se atenuaba. Se levantó al ver pasar no muy lejos una caravana de beduinos. Hizo gestos y chilló con todas sus fuerzas para conseguir hacerse visible. Cuando la caravana se detuvo, Nick se dirigió hasta ella tratando de recuperar el poco oxigeno que sus pulmones habían conseguido retener. Al estar frente al líder de la caravana, Nick se presentó en lo que él creía un perfecto arameo.

-Yo ser Gnaeus Savior, comerciar y astrónomo. Bandidos asaltar yo dos días. Necesito ayuda.

El líder de la caravana hizo un gesto de incomprensión. No había entendido una palabra de las pronunciadas por Nick. Todo había comenzado mal, como a Nick le gustaba.

Palestina, julio del año 751 de la era romana.

Por supuesto, los cálculos de reentrada dimensional fueron erróneos. Nick fue a aparecer en una franja de terreno alejada en más de 1.000 kilómetros de Jerusalén. El año tampoco fue el previsto, pero al menos, pensó, estaría a tiempo de cumplir su misión. En lugar de aparecer meses antes de la crucifixión de Cristo, lo hizo cuatro años antes de su nacimiento. De modo que durante esos cuatro años Nick se afanó en perfeccionar el arameo y el latín con el fin de moverse por el país sin llamar la atención. Su fuerte acento inglés lo camufló haciéndose pasar por comerciante romano de ascendencia egipcia.

Se marcó un nuevo objetivo: presenciar el nacimiento de Cristo. Su nueva misión consistiría en comprobar que el nacimiento del hijo de Dios no se trataba de un mito. Siguiendo las órdenes recibidas, una vez hubiese constatado el hecho debía dar constancia de ello de modo inequívoco y por escrito. Para ello se le encomendó utilizar determinadas palabras clave y concretos canales de comunicación que hiciesen saber a los tipos que le enviaron que el escribiente había sido él. Sin embargo, las dudas le corroían conforme pasaba el tiempo. ¿Debía hacerlo? Tal vez, si lo hacía, alteraría la historia. Si lo hiciese, tal vez las crueles guerras de religión que asolaron a la humanidad no llegasen a estallar. Pero, conociendo la naturaleza humana, tal vez ocurriese algo peor en su lugar. Era pronto para preocuparse por algo así. De momento, debía sobrevivir.

Para su sorpresa, medrar en la Palestina romana no le resultó difícil. Sus conocimientos le convirtieron en poco menos que un mago capaz de iluminar estancias con la sola ayuda del agua y extraños filamentos de apariencia mágica. Los romanos le arroparon pronto codiciando sus conocimientos y él aprovechó la ocasión. Los palestinos odiaron entonces haber evitado que muriese seis años antes, cuando aquel extraño vestido con ropas nunca vistas les pidió ayuda para no morir de sed. El amigo ahora era enemigo. Una cruel paradoja que avanzaba el futuro y que hizo caer en la cuenta a Nick de que hiciese lo que hiciese los hombres se matarían igualmente.

No tardó en convertirse en asistente del prefecto romano. Su misión debía acomodarse a varias premisas para comenzar: debía aguardar a que los romanos realizasen un censo en Palestina y que éste coincidiese con el año 41 de reinado del emperador Tiberio para encajar con los escritos de Tertuliano e Irineo que cifraban entonces el nacimiento del niño Dios. Después tan solo tendría que esperar a que los meses cálidos diesen validez a la teoría de que Jesús nació en primavera u otoño temprano. Una vez se diesen las condiciones,  viajaría a la ciudad de Belén en busca de una pareja que respondiese a los nombres de María y José.

En mayo del 751 llegó la hora. El censo comenzó entonces con la obligación para todo habitante de Palestina de inscribirse so pena de prisión en caso de no hacerlo. La notable posición en la jerarquía romana que ostentaba Nick le permitió viajar sin trabas por aquella región peligrosa. Belén era un pueblucho polvoriento de mala muerte. A pesar de que las casas de adobe que lo constituían no eran más de cincuenta, la actividad en el pueblo era notoria, sobre todo los días de mercado.

Durante meses preguntó por su nombre a todo forastero que llegaba al pueblo. Nadie coincidió con la descripción bíblica. Aquella situación angustiaba a Nick que comenzó a perder peso alarmantemente y dejó de dormir. En octubre, desesperado porque la estación de lluvias era incipiente, Nick partió de Belén rumbo a Nazareth siguiendo el único camino viable por entonces. Tenía la esperanza de cruzarse con un hombre anciano y una mujer joven y embarazada rumbo a censarse. Pero no ocurrió. Pocos días más tarde llegó a Nazareth. La búsqueda se simplificó entonces. El pueblo era pequeño y sin ambición. Bastaría con menos de una hora para revisar cada casa si era necesario. Atenuó la ansiedad que dirigía sus pasos desde hacía semanas. Se calmó. Estaba atardeciendo, lo haría al día siguiente. Pero antes preguntaría a alguien por José. Solo a uno. Seguramente no lo conocería y podría dormir al fin. La primera persona a la que preguntó, un alfarero desdentado, le indicó el lugar en el que vivían un anciano llamado José y María, su joven esposa. Solo que ella, dijo, no estaba embarazada. Al menos no lo recordaba.

En cualquier caso, de estarlo, el viejo y achacoso José nunca podría ser el padre, se burló el alfarero.

Nick no pudo esperar, recorrió las dos calles que le separaban de su destino combinando la pasión con el éxtasis interior. El niño Dios estaba a tres casas de él, a dos, a una. Llamó a la diminuta puerta de una casa de adobe con ansiedad. Le abrió una mujer ajada que aún conservaba la mayoría de sus dientes. Era joven aunque no lo pareciese. Era María.

 -¿Es usted María?

 -¿Quién pregunta por ella?, contestó la mujer.

 -He recorrido un largo camino para agasajar a su hijo, dijo Nick con voz desfallecida.

 -No tengo hijos. No creo que llegue a tenerlos nunca. Márchese de aquí.

Después de una intensa pausa en la que Nick amagó con abrir la boca en un par de ocasiones, la mujer trató de acabar con la incómoda situación.

 -Márchese antes de que mi marido vuelva. No le gustan los extraños.

Nick perdió el sentido y se desplomó frente a ella con la delicadeza de una hoja abandonando la rama de su árbol. Al despertar, se encontró en el interior de una habitación sin ventanas. Los haces de luz que traspasaban las grietas de la puerta de madera eran los únicos que rompían la uniforme oscuridad. Nick se creyó muerto y gritó. Tuvo miedo. Nunca pensó que tendría miedo de haber logrado su objetivo, pero lo tuvo. María abrió la puerta vestida con una túnica blanca. Al trasluz, la túnica dejaba entrever que bajo ella no llevaba otras ropas.

-Le recogí de mi puerta por caridad. Pensé que habría muerto de no hacerlo. Se le ve tan delgado. Pero no grite si no quiere que nos metamos en un lío. Le traeré algo de comer, dormirá y se marchará temprano. Antes de que regrese mi marido. No puedo hacer más por usted.

En la penumbra, su voz sonaba melodiosa. Sus formas, dibujadas a contraluz, adquirieron sensualidad. Nick tuvo una erección. María se percató de ello e hizo ademán de marcharse pero se detuvo un instante cuando Nick pronunció su nombre de modo sinuoso. Le miró con la pasión del que no conoce el calor humano. Después se desnudó y se tumbó junto a Nick en el camastro de paja. Nick la acarició el pelo mientras el cuerpo de María se estremecía ante el contacto de seda de sus dedos. La luz del candil se extinguió.

A la mañana siguiente, Nick se marchó. Su mente estaba bloqueada por todo cuanto había ocurrido el día anterior. Prefirió no pensar en nada durante el resto del camino hacia Jerusalén. Su siguiente paso, dar fe de la crucifixión de Cristo, se había esfumado en la nada. Todo era mentira. Ahora solo le quedaba sobrevivir en aquel mundo ajeno y tal vez mentir para borrar otra mentira.

Nueve meses después. Carta del cónsul romano Antonio Josefo al emperador Tiberio.

La rebelión judía fue sofocada sin dificultades. No contamos ninguna baja entre nuestras filas, habiendo infringido incontables entre las de los rebeldes. Temo que una nueva rebelión esté a punto de producirse. Sin embargo, hemos ampliado el periodo dispuesto para censarse a causa de los desórdenes públicos que se generaron.

El rey Herodes ha solicitado la colaboración de la X legión para prender a todos los nacidos en el área de Jerusalén después de la Pascua judía y antes del mes de octubre de este mismo año. Dice buscar la semilla de una futura rebelión que acabará con su reinado… y con Roma. Un niño nacido Dios. Le he denegado la petición y le he prohibido que utilice a sus soldados para perpetrar una matanza. Al parecer, no se trata más que de otra superstición pagana que no merece nuestra preocupación. En cualquier caso, he enviado a un asistente a la zona para comprobar que se cumplen mis órdenes.

Alrededores de Belén.

Cuando Nick atravesó la puerta del establo, María sostenía un bebé en brazos sentada en un camastro de paja. Junto a ella se sentaba un anciano de aspecto agotado ocupando la única silla de la estancia y frente a los dos, se encontraba un desconfiado anciano de aspecto extranjero que miró a Nick con temor. No había más luz que la que proporcionaba un pequeño ventanuco y un candil de aceite. María miró a Nick sin pronunciar palabra. Nick miró al niño y, por primera vez en su vida, sintió paz. Unas lágrimas resbalaron por su rostro. Nick cerró la puerta y se arrodilló.

 

 

 

 

 

 

Cuatro Cuentos y una Canción de Navidad…

No odio la Navidad. Nunca la he odiado. Sé que lo políticamente correcto, hoy día, consiste en despreciar la Navidad con toda la mala baba disponible en tus encías. Pero yo soy incapaz de odiar unas fechas que necesito. Entre el 22 de diciembre y el 6 de enero me sumo en una melancolía intensa que trata de recuperar momentos y personas que ya pasaron o ya no están. De algún modo los siento en la mesa de Navidad y les observo sonriendo, hablando despreocupadamente o dando cuenta del plato de cordero asado. Necesito la Navidad para tenerles a ellos. La necesito también para tener a los que siguen estando aquí y para mantener la tradición de escribir un cuento navideño junto a tres amigos que se sentarán conmigo esta noche, frente al fuego, para leer sus historias mientras bebemos chocolate caliente. Eso es la navidad para mí, un reencuentro con la gente que quiero.

Este año serán las Navidades más especiales de mi vida. En torno a las diez y media de la noche cogeré en brazos a mi hija, le susurraré historias al oído y la acostaré en su cuna. Media hora antes habré hecho lo mismo con mi hijo. La felicidad era esto.

Este año, además de Mycroft, Emilio, Angéline y yo, tenemos un invitado muy especial. No puedo creer que hayan tenido que pasar ocho años para que la voz amenice la noche mágica. Con Frank y nuestras historias les dejo. Sean felices, por favor. ¡Feliz Navidad!

UN VIEJO HORIZONTE

por Mycroft

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Nozomi avanzó lentamente por las enormes escaleras móviles que lo conducían de las nubes a tierra. Una infértil cancha de asfaltado gris, por la que comenzar a dar pasos vacilantes tras el vuelo como un recién nacido.

Cuánta magia muerta a las espaldas, años de cielos grises y sonrisas que echar de menos, antes de volver a casa. ¿Casa? Nozomi sentía esa palabra como una sarta de letras sangrándole despacio por el costado, como la lanza que atraviesa una carne de leyenda para asegurar que la muerte está muerta, que el suspiro es el último, que el dolor abdica, de tanto como se sufre a si mismo.

Nozomi ha sido feliz. Algunos momentos, algunos minutos, algunos días, imposible ser preciso. La felicidad son flashes de cámara polaroid, y el tiempo se parece más a un vídeo VHS en modo acelerado, con pausas prolongadas en las que quedar congelado.

Volver a casa.

Pero volver, para volver uno tiene que haberse marchado. Quizá nunca se fue del todo. Y quizá nunca llegó del todo a otro lugar.

Su hija Almah dejaba caer su mano en su hombro, suave pero atenta a cualquier posible flaqueza. Oscuros cabellos y firme el paso, esta era la primera vez que ella pisaba Japón. El aire era distinto y hacía mucho más frío de lo que había esperado. Era diciembre de 1996, y su padre se iba a morir en una semana.

No hay tren a la ciudad desde Mihara, así que entre los modernos ropajes de metal y puertas automáticas, no había más remedio que orientarse en dirección a la parada de autobús. Serían unos 40 minutos sumados a su vuelo desde Hawai. Almah miró a su padre muy derecho en la parada, aún no demasiado avejentado para haber sobrevivido a varias guerras, a algunas tristezas, a familias perdidas, a nuevos comienzos, a veranos americanos que tocan a su fin, a un amor muy grande (y su lento dejarse ir en una cama de hospital).

No hablaron, como no habían hablado en el vuelo, como habían dejado de hablar desde que enterraron a Cynthia en un día de esos tan cálidos y perezosos, un día demasiado bueno para ponerse solemnes y menos aún para estar desgarrados, día de cometas, el entierro de la madre de Almah.

Día de cometas como las que sobrevolaban Hawai, fabricadas por las manos de su padre envueltas en una técnica vieja inaudita en un país joven, mágicas para la vista de una niña. Luego iban con “Papá O’Brian” a volarlas cerca de la playa.

Nozomi y Almah echaban de menos a Papá O’Brian, a su franca sonrisa irlandesa, su especie de callada bondad avergonzada. Almah añoraba la manera en que Nazomi y él cruzaban miradas, miradas que eran relatos, había una vida y un océano en esos ojos batiéndose en amistoso abrazo. Ojalá el señor O’Brian pudiera tomarle de la mano otra vez, pensaba Nazomi. Hace demasiado frío para volver al estremecimiento de su infancia.

Unos 2.000 niños japoneses fueron adoptados por parejas americanas (blancas) de clase media tras la guerra. Nozomi conoció al soldado O’Brian en 1948. En aquella época su inglés se limitaba a unas pocas amenazas y muchas súplicas. O’Brian, que no había participado en la guerra al ser movilizado cerca de su final, veía el mundo gris y al pequeño hombrecito de 6 años, y aunque no lo aprobaba, se puso un cigarrillo entre los labios, lo encendió, y se lo dio. Un regalo del enemigo americano.

El autobús no llegaba y aunque todavía era pronto para la posibilidad si quiera de ver nieve, hacía frío, ya el sol se retiraba. Almah y Nozomi se acercaron el uno al otro, y ella pasó su brazo por debajo del antebrazo de su padre.

Nozomi anhelaba volver a ver el delta del río Ota, los montes Chugoku.

O’Brian volvió a su país, pero no olvidaba la mirada del niño. No podía olvidar lo que había sido según algunos una ciudad. Estoy aquí. Estoy aquí. Y este no es lugar para mí.

Todas las noches escuchaba susurrar a su conciencia. -Yo no he hecho esto. No ha sido un hombre ¡Han sido los hombres!

Inútil.

Volvió. El “Comité conjunto americano para la ayuda japonesa-americana a los huérfanos” no tenía un nombre corto, pero tenía una experiencia tan larga como su título. Y lo encontró. Aferrándolo con su mano, y haciendo un pacto con él. “No soy tu padre, ni tu salvador, no soy nadie, sólo un hombre, pero ven conmigo, seremos familia, elegiremos ser familia, elegiremos estar por encima de este odio. Elegiremos no dejar el suelo sin fuerza para que florezcan las flores, el aire sin posibilidades para ser respirado”.

No dijo nada de esto porque las cosas importantes se dicen en silencio, y nunca más le dio un cigarrillo. O’Brian no lo sabía, pero Nozomi significa “esperanza” en japonés. El niño abrió mucho los ojos cuando vio el avión, el pájaro enorme cuyas garras podían aferrarte y llevarte a otra orilla, o podían descargar fuegos artificiales para diversión de los dioses malvados que habitan el inframundo. La mujer de O’Brian había dudado mucho, pero sólo necesitaba ver la cara de su marido. Abrió la parte de la puerta de tela metálica que dejaba en verano a los insectos fuera, y vio al pequeño enemigo muy erguido, muy flaco, muy adulto, muy muy necesitado de un abrazo.

-¿Tienes hambre? He preparado unas galletas.

Nozomi quedó vacilante en la puerta, en el orfanato las galletas eran una señal, un cebo que normalmente significaba una inyección de penicilina, una extracción de sangre, o una medición de radiación.

En el momento en que entró y tomó de la mano a aquella extraña mujer de pelo rojo mate, selló su destino y se quedó a vivir en Norteamérica para siempre.

En el autobús, Nozomi se preguntaba si tendría valor para visitar la calle dónde vivió casi tres años tras la guerra, o las afueras en dónde madre y padre se habían desvanecido, un lugar de primeros juegos cuyos juguetes habían subido a la luna con el impacto. Un rebote que dejaba todo en el cielo, y el cielo desplomado sobre la tierra.

-He venido a morir a una casa que ya no es mi casa, dijo.

-No te vas a morir, papá- mintió Almah, mientras se encogía en su asiento y miraba a Japón como se mira una postal enviada hace mucho tiempo por algún pariente: Con melancolía, desconocimiento, y cierta indiferencia.

Nozomi nunca celebró la navidad como un niño más. En realidad nunca fue un niño más en un mundo de vencedores y vencidos, en el que enfrentaba cada día la bandera del país que lo había adoptado y bombardeado, y llevaba en el rostro el emblema de las bayonetas: Era en muchos casos huérfano entre huérfanos, y los hijos y sobrinos de soldados eran compañeros de pupitre.

El colegio es una selva en la cual los animales además de ser feroces, son humanos: Son crueles.

O’Brian comprendía el gesto serio, el terco silencio, la poca disposición a los amigos, y la perplejidad de asumir una fiesta que no era suya. A pesar de ser un hombre creyente, católico, era también un tipo singular.

En un mundo de imposiciones y prejuicios, no quería presionar a Nozomi a abrazar ritos, costumbres, creencias que no le eran naturales, y abrazarlas sólo por gratitud personal hacia él. Nozomi todavía recordaba, ya borrosas y diluidas, fiestas japonesas. Fiestas en febrero, la fiesta de las semillas, Setsubun. Aún desdibujada en su memoria, para él era importante. Era su forma de ser todavía fiel a sí mismo, a sus primeros padres, al día del fuego de Enola Gay: a todos sus hermanos de piel quemada y a todos sus días de niño de la guerra. A Japón, fuera lo que fuese ya aquello en su imaginario de niño, un cuento de hadas envuelto en calibre grueso.

Alguna clase de pacto llevó a la familia a celebrar las comidas de navidad, pero sin regalos para Nozomi, respetando su integridad, un Nozomi quién si procuraba de dibujos y detalles a “Papá O’Brian y Mamá Claire”.

O’Brian en cambio participaba de alguna manera en un Setsubun imaginado, aproximado, imperfecto. Un Setsubun creado por los recuerdos, los libros de la biblioteca de la ciudad, y la buena voluntad. Lanzando semillas de soja a la puerta, con su hijo de la mano, gritaba: -¡Fuera todo el mal de esta casa!

Nozomi llegó por fin a su destino, y bajó de la mano de Almah, encontrando una ciudad viva en dónde él sólo había conocido un fuerte destello con sabor a ascuas, y una melancólica infancia de guerra y posguerra entre cenizas y contadores geiger.

Caminó maravillado por una capital joven y dinámica, con Almah a su lado, mirándola de tanto en tanto con ojos incrédulos. Era, y no era Hiroshima.

Sabía que a pesar del daño enorme, el milagro de una Hiroshima viva, en la que la flor de la adelfa, hoy símbolo de la ciudad, pudo crecer, a pesar de las terribles consecuencias, los horrores en los cuerpos, el suelo, el aire, Hiroshima estaba viva. Pero saberlo, y caminar por ella, eran cosas distintas.

Pasaron por el parque de los niños (la torre de las mil grullas) y Almah dejó a sus pies un pequeño corazón que dibujó de niña. Lo había guardado mucho tiempo, sin saber bien por qué.

Lo dibujó y Cynthia, su madre, lo puso colgado de un corcho durante un año. En su interior ponía: “No seas tan serio papá. Ríete”.

Nozomi, vio el dibujo, lo reconoció. Besó a su hija en la frente y le dijo: -Ya estoy en casa pequeña. Y es una casa más grande que la que tuve- Cogió su mano, y le dijo- Y si no me hubiera ido, tú no estarías aquí conmigo, cogiéndome la mano para que no me pierda en mi casa.

El dibujo quedó en el suelo, junto a otras ofrendas y velas. A veces en el suelo hay tesoros, pero los hombres no suelen mirar ni el cielo, ni el suelo, sino sus relojes. Los semáforos. Las luces. Por eso los hombres encuentran pocos de los tesoros que abundan en la tierra, o en la bóveda celeste.

Frente al Memorial de la paz de la ciudad, un viejo edificio de promoción industrial que quedó en pie, ya algo fatigado del viaje, Nozomi le dijo a su hija Almah:

-Algunos se acuerdan sólo del infierno. Del infierno no hace falta hablar. Yo me acuerdo de ver aquel día como unos ayudaban a otros, me acuerdo que todos tenían miedo, que al principio muchos murieron y otros aturdidos pasaban de largo. Pero más tarde, todos ayudaron a mover a los heridos, incluso podías reconocer a algunos de los que habían pasado de largo. Estaban avergonzados. Pero rectificaron- Nozomi sonrió de nuevo. Estaba de buen humor, un humor excelente para un desahuciado.

El año en que murió Claire de cáncer, Papá O’Brian quedó destrozado. Nozomi tenía catorce años, y era quién salía de casa y traía todo lo necesario. Cocinaba, llamaba de vez en cuando al médico, e incluso se ocupó de tramitar la invalidez, aprovechando los años de su padre como militar primero y miembro de la cruz roja después.

Su padre había sido el motor de la familia, y ahora le necesitaba. Nozomi soportaba bien el dolor y la pérdida, eran viejos amigos. No lloraría hoy tampoco.

Claro que echaba de menos sus manos pequeñas y gentiles, su sencillez, su forma encantadora de mirar a los ojos y quejarse dulce y francamente de algo que le indignaba, sus pasteles, no tanto su cocina de batalla de cada día, desde luego si su espíritu conciliador, y el día en que se presentó en la escuela y pidió entrevistarse con cada uno de los chicos que le había dado una paliza y dejado en el hospital con tres costillas rotas.

Nozomi compró adornos navideños. Llamó a la remota familia de su madre de adopción, que nunca aprendió a pronunciar su nombre, y lo veían con los ojos de 1945. Llamó a amigos ex-soldados que admiraban y despreciaban a O’Brian a partes iguales por su “gesto de magnanimidad”. Llamó a los hermanos O’Brian, la familia irlandesa de su padre. Y aunque nadie acudió en un principio, regaló a su padre una navidad.

En realidad, el día en que debían hacer la fiesta japonesa, O’Brian no quería salir de la casa. Y en ese mismo momento, en que Nozomi, algo herido, le observaba, allí hundido en su sillón con los ojos vacíos perdidos en el televisor, llamaron a la puerta. Johnny, uno de sus hermanos, a los que no veía desde 1939, estaba al otro lado. Respondía a la llamada con retraso, y estrechaba la mano de padre e hijo. Luego juntos hicieron el ritual de las semillas. Y ese año, el mal que tenía O’Brian, fue sanando lentamente.

Descansaron el resto del día en el hotel, aunque Nozomi, inquieto como un niño, no se resistía a asomarse a un diminuto balconcillo que su pequeña pero impoluta habitación de muebles y paredes blancos como la muerte le deparaba un espectáculo de luces y neones que nunca imaginó fundir con el color sepia de sus recuerdos.

Almah bajó a cenar, en un encantador comedor con terraza en el centro, y un patio interior al que daban algunas de las habitaciones que no tenían vista a la calle. Estaba completamente sola, con excepción de un joven del equipo del hotel, que tomaba un café y miraba absorto y como encantado por la ventana. Les separaban tres mesas de distancia, pero pudo escuchar, clara y grave, la voz que le inquiría: -¿Es usted de América?

Nozomi pasó todo 1960 estudiando para técnico de hospital. Como asistente a la hora de hacer radiografías. En realidad quería ser enfermero en la unidad de radioterapia. Le fascinaba que aquella fuerza incontrolable que podía destruir, pudiera curar, y con alto grado de inconsciencia dejaba a los Curie de lado: se consideraba de algún modo inmune a cualquier efecto. Era un superviviente.

Nozomi pasó todo 1960 observando a su vecina de enfrente, que estudiaba precisamente enfermería. Se llamaba Cynthia. La miraba cada mañana a los ojos, y desviaba cada mañana la mirada para susurrar “buen día” en el autobús. No fue hasta bien entrado 1961 que tuvo el coraje de entablar conversación en la parada del bus, mortalmente serio, mortalmente asustado.

-No estés asustado, no muerdo-le dijo ella. Y aunque si mordía, no volvió a tenerle miedo.

Por la noche supo que Papá O’Brian lo había visto todo por la ventana. Era un hombre muy recompuesto ya, pero incompleto, que aún no salía mucho de casa. Le llamó y dijo. -¡Por fin hijo, ya era hora!- Y le puso la mano en el hombro. La próxima fiesta de las semillas, padre, hijo, y novia conjuraron el mal.

-Si, soy americana- dijo Almah tímidamente.

-No- dijo el hombre- No creo que lo seas del todo.

-Me has visto con mi padre…¿Trabajas aquí?

-No me refiero a eso- El hombre se levantó y se acercó lentamente, pero no de forma directa sino dando un rodeo por las mesas, paseando, muy seguro, con su taza de café en la mano- Se puede decir que soy uno de los dueños del hotel. Pero no me refiero a eso cuando digo que no eres americana- dijo, sentándose en la misma mesa que Almah. Mirando con ojos muy brillantes- Ni japonesa.

Almah sonrió extrañada y con una mirada de interrogación.

-Tú eres Kitsune. Lo sé, te reconozco. Tú misma no lo sabes, tú padre probablemente tampoco. En las leyendas de las ayas, el el Japón mítico, se creía en el zorro como un animal capaz de adoptar forma humana. No una criatura malvada. Depende del zorro.

-¿Y tú como sabes que yo soy…cómo…Kitsune?

-Porque yo también lo soy- el extraño sonrió- Somos mágicos. Sé que lo eres porque hay magia en ti, sé que lo es tu padre porque sé que, aunque no es tan viejo, ha venido a morir aquí, a su madriguera.

-Eres…demasiado directo! Papá no va a morir. Eres extravagante y fuera de todo sentido común!

-Gracias. Tú también me gustas.

Pasaron varios días paseando, con Almah preocupada por un Nozomi cada vez más despreocupado, y perturbada por el extraño dueño del hotel. Lo que podría parecer siniestro, le resultaba simplemente sorprendente.

Nozomi visitó su antiguo orfanato, y no quedaba rastro alguno en una calle comercial cualquiera con anuncios de navidad. Lo que no pudo Norteamérica con Nozomi, lo pudo el marketing con Japón.

Por alguna razón, postergaba la vuelta a sus orígenes, al barrio de extrarradio, a los años felices con su familia, aunque el dolor aumentaba y su cara se contraía en una máscara. Él era “Hibakusha”, superviviente de la explosión, y como muchos de ellos vivió en silencio sus experiencias. Seguía en silencio entre la enfermedad que lo consumía y que era la misma que se había llevado a sus padres adoptivos y a su mujer, él, obrero de la radiación, cuya ciudad se iluminó en agostó por la radiación, luces en el cielo, sombras en la tierra, y radiación en los montones de ceniza de padre y madre.

-Sabes, uno de los pilotos, tras cartearse con un filósofo alemán, se quitó la vida. Almah, si te pasa algo malo, no te lo quedes en tu interior. No hay tanto sitio dentro para ir almacenando. Somos 90% agua, no la envenenes.

-Almah- El hombre desconocido del hotel le hablaba a través de la puerta, ella no estaba dormida, le oía claramente, se incorporó un poco- me llamo Kazuo. Esta noche he soñado que tu padre partía mañana. Si puedes, haz que se despida y parta en paz. Cuando te vayas a tu país piensa una cosa. Cuando vuelvas, yo estaré aquí. Eres mágica, sabré esperarte. Cuando ella se levantó rápidamente y abrió la puerta, no había nadie en el pasillo.

Al día siguiente fueron buscando aquella vieja casa que seguramente ya no existía, con un plano de la ciudad, muchos recuerdos viejos, y unas indicaciones de puño y letra del propio O’Brian, que se informó a conciencia en el orfanato, para el caso de que los padres del muchacho pudieran estar vivos, de dónde decía proceder.

Llegaron a un descampado detrás de un parque, un lugar que parecía mucho más antiguo que la nueva metrópolis. A pesar de que no parecía haber nada allí, de pronto el rostro del viejo se iluminó. Parecía reconocer algo, y murmuraba sobre columpios. Incluso comenzó a deslizar palabras en un japonés que no hablaba desde hacía décadas.

Almah estaba sorprendida y algo alarmada y le seguía de cerca.

-Creía que ya no estabais, perdonadme, he estado fuera, si, ha pasado tanto tiempo, verdad, esta es mi hija Almah, una buena hija, salió a su madre, ¡claro! El viejo señor Akira llevaba razón. Y cómo, espero que no me echarais tanto de menos.

Almah le seguía a duras penas por el descampado lleno de bidones, tablas, maderas y una vieja estructura de piedras parecida a un muro. Su padre se apoyó contra el muro, en una esquina.

-Ah, Claire y tú también, estáis todos, y no se os ha olvidado de nada, que gran detalle que preparéis de cenar a los O’Brian en unas fechas tan señaladas. Estoy esperando a mi mujer, tan pronto como venga, podremos empezar a celebrarlo!

A Almah le daba pena ver que todo iba a acabar así, en delirio, llamando a la ambulancia.

Nozomi rió a carcajada limpia por primera vez desde que cayera la bomba. Miró a su hija con ojos felices, y levantó la mano levemente, como despidiéndose de un compañero de juegos. Giro apoyado la espalda en la pared a la otra parte del muro, y cuando Almah llegó hasta allí, no había nada. Cómo Alicia, parecía haberse desvanecido al otro lado de un espejo.

Almah se asustó y empezó a gritar el nombre de su padre. Mirando alrededor, y unos cinco minutos después decidió llamar a la policía. Corría afuera del descampado, cuando al otro lado de la calzada, en el parque, vio un grupo de zorros huyendo, jugando entre sí. Se le escapó un suspiro de estupor. Era 25 de diciembre, hacía frío, y su padre había muerto. Tal vez había muerto siendo feliz.

Kazuo la esperó cuando ella se fue. Hay quién dice que ella no volvió.

Hay quién dice que volvió. Nunca pudo hacer hogar en ningún lugar y volvió. Su avión desapareció. Ella desapareció. El hombre del hotel desapareció. Quizá aquel invierno se viera a un par de zorros cazar en pareja, y la ciudad que un día fue explosión y ahora era ciudad, se volvió bosque y su tierra envenenada, fértil allá donde el delta desemboca, sanara. Quizá por fin no quedara radiación, ni neón y asfalto.

Quizá el hotel se desvaneció y en su lugar había un castillo con mil pisos, y una colección de tazas de té de diez mil años de antigüedad llenando las paredes de cada piso por cientos y cientos, y quizá Almah sería feliz hasta que la última de las tazas fuese consumida y aún más allá.

Yo sólo sé que Kazuo esperó. Porque mi nombre es Kazuo.

TODOS LOS ABRAZOS DEL MUNDO

por Emilio Calvo de Mora

foto

con un suave balanceo voy
a la hora en que cierran los clubs

I
Habla el corazón

Víctor se levantó pensando que tenía que hacer feliz a alguien. No lo premeditó, no fue algo que rumiara muchas veces y que de pronto adquiriese consistencia en su cabeza, como una especie de gloriosa epifanía. Fue una irrupción de una lentitud insoportable. Le fue llegando la idea poco a poco. Cuando supo que estaba completa, sonrió, se vistió con esmero y salió a la calle como nunca antes lo había hecho. Celebró el vuelo de los pájaros, el color de las nubes y el ruido de los coches. No hubo nada que registrasen sus sentidos a lo que no pudiera conceder el beneficio de la alegría. Creyó ver y creyó escuchar por primera vez en su vida. Se sintió un intruso en mitad de ese festejo imprevisto. Se le ocurrió que no había ninguna señal que revelase toda la felicidad que le estallaba adentro. Imaginó que, en estados de gozo absoluto, su cara sería otra y su voz sonaría distinta; diría cosas que antes nunca habría pronunciado y el corazón, desbocado en el pecho, latiría con estruendo, haciéndose ver, solicitando audiencia con el mundo.

II
La vida gris

Se acostó sin que nada maravilloso hubiese ocurrido. No hizo feliz a nadie, no encontró nada a lo que aplicarse con esmero y salvar de la tristeza o de la pobreza. El efecto de ser una especie de ángel salvador le encantó. Daba igual (pensó) que aquella primera acometida hubiese sido lamentable. Tendría mañana y tendría otros mañanas si la empresa flaqueaba, si no tenía a quien hacer mejor su vida. De la suya, de la que tenía, no imaginaba que pudiese ir mejor de lo que iba. Vivir solo era lo que había hecho desde que enviudara. Se deshizo del piso de casados y alquiló una pieza de una casa de huéspedes, una que daba a la avenida y tenía buena luz de día y bonitos luces parpadeantes de noche. El trabajo no le quitaba mucho tiempo. En realidad era un trabajo sencillo, que no le preocupó ni un solo día, al que llegaba con puntualidad y del que se iba sin demorarse. Hacía caja, guardaba los albaranes y llevaba el dinero, el poco o el mucho, según los días, al banco de la calle de más abajo. Nadie se fijó nunca en él, no tenía nada a lo que prestar atención. Vestía como si cada prenda hubiese sido elegida para que no se notase. Aunque le gustaba, no se calaba un sombrero. Era un hombre invisible, uno de esos hombres invisibles a los que se puede ver si se acerca uno a posta y repara en lo que tiene delante, uno de los que no se ve en absoluto si no matan a un perro a patadas o son atropellados frente a nosotros, en un descuido trágico. Se durmió en la errónea esperanza de que el día vendría impregnado de la fortuna con la que hoy vino negada. Hay sueños inverosímiles que son tolerables y sueños de una verosimilitud inaceptable. Los de Víctor iban de unos a otros sin que él pudiese recordar con cuáles fue más feliz. En uno reciente, uno que supo recordar, era un viajero en el tiempo y decidía ir al futuro y ver qué había allí, si habíamos condenado al planeta o si la raza humana estaba irremisiblemente perdida. En otro iba al pasado por ver si cualquier pasado fue mejor. En otro, afligido, fue rey y fue apresado y mandado a un calabozo, en donde murió. De los sueños, Víctor se quedaba con la impresión primera, con la imagen rescatada al abrir los ojos y ver la luz del día, que fue igual que el anterior y nada fue relevante, ni hubo nada que mereciera su aprobación como ángel salvador.

III
En el centro exacto del mundo

Quizá hacer feliz a alguien no fuese una empresa tan fácil y no bastase con desearlo. Su mente emergió a una suerte de realidad distópica en la que no poseía la certidumbre de que se tratase de un sueño o de que fuese una extensión extravagante de la vigilia. No tuvo interés en indagar en cuál de esos dos escenarios estaba, no se preocupó de que una de esas posibilidades no le conviniese y se vistió con inédita morosidad, eligiendo con muchísimo cuidado qué traje ponerse, si un sombrero antiguo, uno de ala ancha, muy historiado y, en su opinión, elegante, cuadraría con el color de la chaqueta. El estampado de la corbata fue discreto, pero emparejada con el resto del atuendo le pareció un estampado soberbio, una corbata perfecta para alguien que nunca se anudaba una. Dio un portazo enérgico a la puerta de su habitación, saludó a la portera, a la que no saludaba jamás, más por tímido que por hosco, y enfiló la avenida, silbando, determinado, pletórico, sintiendo nuevamente el cosquilleo en la boca del estómago, apreciando el intenso azul del cielo con una nitidez que no conocía, oliendo matices del aire que no había registrado jamás y observando el mundo como si lo hubiesen plantado allí únicamente para que él lo paseara, como si pudiese chasquear los dedos y hacer que desapareciese los objetos que lo ocupaban. Entró en el metro, sintió el zumbido del vagón, pensó que la oscuridad que lo absorbía era luz en su corazón. De hecho notó el corazón, lo percibió con absoluta precisión. Creyó saber el nombre de cada uno de los latidos que lo movían. Se bajó cerca de Callao. La Gran Vía le pareció el centro exacto del mundo. Él era un dios caprichoso y rudimentario, un ser angelical, alguien que podría cambiar el argumento de la novela que estaba leyendo.

IV
Habla Víctor

Sentí que la avenida era anterior al mundo. Que yo recuerde, mi fascinación no decayó mientras la recorrí, sollozando por el placer de sentirme más vivo que nunca, entusiasmado por esa insensata porción de sabiduría absoluta. Hay quien anda para no pensar en que está andando, pero yo quise apreciar cada pequeño paso en la acera, notar el peso del pie, el recorrido involuntario, lento a veces, aligerado otras, con el que apuré el trayecto hasta que de pronto di con algo que no esperaba. Era una imagen en un televisor gigantesco. No entiendo de pulgadas, ni de televisores. No me pregunten de cine, no sé qué película era la que estaba siendo emitida. Era de un blanco y negro precioso. Me sedujo precisamente eso: la limpia bondad de blanco y negro. Quizá era una película que yo hubiese visto, pero no supe reconocerla. Ni el actor principal, parecido un poco a mí, debo reconocerlo. Hasta el sombrero era un poco como el mío. Y la chaqueta y la bufanda que le protegían de un frío atroz. Debía ser invierno. Creyó que podía ser Navidad. Hacía años que la detestaba, pero ahora no le incomodaba. Lejos de que le molestase, le pareció el escenario perfecto y sonrió y se quedó pegado a la pantalla enorme de ese escaparate de un gran almacén. Y el mundo se detuvo.

V
Habla el ángel de segunda mano

– Se ha tirado al río, se ha tirado para salvarlo – le dijo un hombre, a su lado, frente al escaparate.
– Ya no nadie que se tire por nadie. Es un milagro.- contestó Víctor, con la mirada fija en la pantalla, sin dejar de prestar atención.
– ¿No cree usted en los milagros? ¿No cree que hay gente dispuesta a sacrificarse para salvar a los demás? – le preguntó el hombre, uno cualquiera, no especialmente atractivo, vestido sin especial esmero.
– No estamos muy acostumbrados a eso- respondió lacónicamente, apenas interesado en continuar una conversación que no había empezado.
– Le voy a contar una historia. Espero que me escuche con atención. Trata de gente como usted y como yo, Víctor, gente sencilla que de pronto un día cree que no son tan sencillos, que poseen un corazón enorme y que el mundo puede girar mejor si ellos echan el hombro y empujan… ¿Usted ha empujado alguna vez? ¿No era hoy el día en que iba a salir a la calle y hacer que se produjera el milagro? ¿No ha pensado que es un milagro que yo sepa cómo se llama?
Víctor dejó de mirar la pantalla y miró a aquel hombre. No lo hizo con asombro. De algún modo que entonces no comprendió, supo que había salido a la calle para llegar a ese escaparate y que ese hombre, fuese quien fuese, le estaba esperando para contarle esa historia.

VI
La verdadera historia de George Bailey

En realidad todos deberíamos ser George Bailey en alguna ocasión, rebajarnos a perderlo todo e implorar después para que todo regrese, restituido de forma íntegra, impuesto a la realidad de modo que no haya indicio alguno de que todo desapareció. En algún momento de nuestra vida lo mejor que puede pasarnos es perderlo todo, Víctor. Perder a los hijos, perder la mujer, perder el amor. Si uno sabe perder, entiende de qué estoy hablando, pero hay quienes no saben encajar las pérdidas, viven después una interminable trama, un melodrama antiguo, austero, aburrido, sombrío. Por eso hay que entrar dentro de la cabeza de George Bailey, dejar que caiga la nieve y sollozar en el puente, pedir que vuelvan a vivir todos los que no están. Da igual que ya no tengas a nadie, Víctor. Marta se fue hace cuánto, ¿diez años? No has hecho nada en ese tiempo, no has avanzado nada en diez años. Has ido de la oficina a tu habitación y has dejado que los días corran sin que te salpiquen. No fuiste valiente, Víctor. A George Bailey, al verdadero George Bailey, se le ocurrió tirarse al río para salvar a otro y acabó comprendiendo que fue él quien acabó salvado. ¿Tú estás salvado, Víctor? ¿Tienes algún plan para salvarte? No hace falta que busques un puente, y además hoy no nieva. En Madrid la gente no cae al Manzanares fácilmente. Y no estemos en Bedford Falls, claro. Bedford Falls no existe. Mira lo que me duele aceptar eso de que Bedford Falls no exista, pero es cierto. Está en una película, sí, hombre, la que está en la pantalla. Ahora el policía le está diciendo que lleva todo el día buscándole, que vio su coche incrustado en un árbol…Y George corre por las calles de blanco. Mira cómo corre. Le va diciendo a todo el mundo “Felices Pascuas”. No hay nada ni nadie que se libre de esa felicidad grandísima que lleva dentro, Víctor. Es que se siente vivo. Ha sentido que la vida, la que le abandonó, ha vuelto para quedarse. Felicita incluso al señor Potter, que desea que vaya a la cárcel, pero ya tendrás tiempo de ver la película entera, Víctor. La hicieron para ti. Todas las cosas hermosas están hechas para un único espectador. George Bailey corre para que tú le veas correr. Lleva corriendo casi setenta años. ¿Te imaginas una carrera tan larga? En mi cabeza no ha dejado de correr. Yo sé de lo que hablo. No sabes lo que me costó tirarme al río, lo fría que estaba el agua, pero George se tiró, se arrojó sin miedo a matarse y nos salvamos los dos. Bueno, yo no estaba en peligro, si he de confesarlo. Luego está toda esa gente, los buenos de corazón, llegando a casa de George con los 8000 dólares que evitarán que se lo lleven preso. Sí, ya sé, no pillas del todo la historia, pero hay tiempo. Seguro que esta noche, cuando vuelvas a casa, la ves entera. Hoy es Nochebuena. Es una noche estupenda para ver Qué bello es vivir. Hay gente que lo hace en todo el mundo. No la ven en agosto ni cuando acaba la primavera. Es una historia navideña. Yo no sé muy bien qué es la Navidad, o lo sé a mi manera. Yo creo que es navidad cada vez que alguien nos salva o cada vez en que nosotros salvamos a alguien. Hay oportunidades para que eso suceda a diario. No es tan difícil sentir que nos han salvado. Esos pequeños milagros se producen sin que suenan las trompetas y los cronistas registren el prodigio en su memoria y luego poder transcribirlo todo, para que conste y los que no pudieron asistir, los desavisados, lo sepan. Ahora hay un milagro, Víctor. Tú y yo, aquí viendo a George abrazando a sus cuatro hijos, qué buen padre. Todas esas cosas nos hacen los hombres más ricos de la ciudad. George fue el hombre más rico de la ciudad en el instante en que saldó su deuda, pero ya lo fue antes. ¿Tú te has sentido así en los últimos diez años, querido amigo? ¿Crees que estás a tiempo de salvar a alguien o prefieres que te salven? Habrá ocasión para que pruebes esos dos lados. Ninguno existiría sin el otro, ninguno valdría la pena sin el otro. A mí me toca irme ya, hombre. No sé qué harás. No sé tantas cosas…

VII
La buena obra

Volver a casa despacio. Con el silencio dentro. Como una música. Sentir una paz como nunca había sentido. No volví corriendo, como George Bailey. No se puede ir a trompicones por la Gran Vía. Me bastó caminar la avenida y respirar el aire frío de diciembre. No hizo falta que nevase. Tampoco que en casa estuvieran esperándome. Antes de subir a mi habitación entré en unos grandes almacenes. Había alguno abierto, incomprensiblemente. No entiendo a qué esa voracidad en vender, en no dejar que el mundo descanse. No tardé en encontrar lo que andaba buscando. Era una caja de cartón. Dentro estaba George Bailey y estaba Clarence. En cierto modo estábamos todos. También la muchacha poco dulce (en realidad bastante adusta) que me cobró y el niño que corría por la calle y casi me hizo caer, y juro que me divirtió sentirme parte de su juego y recuperar el equilibrio. Le extrañó que sonriese. No sé qué esperaba. Quizá que le reprendiese. Ayer lo hubiese hecho. Quizá ya haya hecho una buena obra. Bien pensado, quizá sea esa la buena obra a la que llevo días acercándome y de la que no sabía nada. Un milagro sin trompetas, me dijo Clarence. No escuché ninguna, pero no dudo que alguna estaba sonando.

VIII
Un sueño

Víctor durmió en paz consigo y con el mundo. Se acostó nada más acabar de ver Qué bello es vivir. No dejó que la realidad le robase la emoción que lo traspasaba. El empeño de imponer la realidad a un sueño no es menos arduo que el de recordar en la vigilia lo que ha visto mientras dormía. Creyó que podría volver a Bedford Falls, entrar en casa de George y hacer que le presentaran a sus hijos. Le diría que fue un hombre gris y que también a los hombres grises les visitan los ángeles. Le confesaría que no hay nadie en el mundo que comprenda mejor que él lo que sintió cuando salió del puente, calle abajo, buscando a quién saludar y felicitar las pascuas, renovando su pacto con la vida, a la que había olvidado. Qué fácil es olvidar el placer de vivir, George. Le abrazaría con fuerza. George aceptaría esa intimidad imprevista. Después de haber salvado a alguien, de haberlo hecho de verdad, aceptas todos los abrazos, los entiendes todos, sabes qué cuentan. Todos los abrazos cuentan algo y nos morimos sin saber entenderlos.

NOT TODAY
por Marisa López Mosquera
To The Seagull

“La misma rutina desde hace tiempo, antes de que el despertador suelte su carga estridente ya estoy al acecho, escudriñando, echando un vistazo por si algo cambia, pero no.. Brillan en la noche los números rojos, como ojos inquisitivos, el punto intermitente que se detendrá exactamente en trece minutos pero solo después de estremecerse en un largo pitido, una aguda sirena que boquea en cuanto mi mano simplemente lo apaga, en los últimos tiempos ya sin rabia. Cuántas veces he deseado que.. Deseo. ¿Puede una simple palabra contener un mundo? Coloco la mano sobre el botón a la espera, unos segundos después el despertador vibra, aúlla y se apaga de nuevo. Descorro las cortinas y contemplo el mismo escenario que todos los días. El lago helado a lo lejos, la calle engalanada con guirnaldas de colores y abetos decorados, el muchacho de la bici soplándose los dedos para calentarlos poco antes de introducir la mano en la cesta, coger el periódico y lanzarlo contra el jardín de mi casa, desapareciendo calle abajo.

Un gesto maquinal al principio, tan pronto lo lanza aquí como reparte los demás en toda la barriada, pero ahora no se trata ya para mí de un simple periódico sino de un vuelo intrépido y desesperado. Cada día puedo ver la trayectoria en arco del pequeño bulto, su ascensión y caída en picado. Escuchar el sonido apagado del papel chocando contra el camino de piedras, bajo las mimosas, cerca de los pies del muñeco de nieve con luces del porche. Y al anciano señor Morton en pijama frente a mi casa, recogiendo el suyo y alzando la mano hacia mi ventana en ese saludo cómplice ya entre nosotros. Tres pasos de vuelta hacia su puerta, un ligero estornudo y una entrada algo accidentada a la cocina dando un pequeño traspiés. A continuación se escuchará la campanilla de la pequeña biblioteca móvil que anuncia su paso por el pueblo, en domingo, una autocaravana repleta de libros que se detiene brevemente en el semáforo de la esquina a las 11.28 y continúa hacia la zona del río. Todos los días lo mismo. Siempre he adorado la Navidad pero hace doscientos ochenta y seis días que es veinticuatro de diciembre.

Al principio resultaba excitante. La nevada cerca del mediodía y otra vez en la tarde, cuando la oscuridad hace resaltar los guiños luminosos de las tiendas, las casas, los carteles brillantes que cuelgan de las farolas. Las llamadas de larga distancia con la familia y amigos que hice en la mañana. La reunión en el Black Cat, el pub irlandés del pueblo. John el Loco, su dueño, brindó a mi salud en gaélico, nada menos. El bizcocho verde que la panadera del pueblo, la señora Wuang, me obsequió por primera vez, con las recomendaciones sobre cómo y cuánto comer en cada ocasión para que el hechizo realizado en la cocina expresamente para mí surtiese efecto. La videoconferencia con Brian Lowell, el biólogo para quien trabajo por horas transcribiendo las notas de lo que será su nueva publicación. Una reunión más festiva que laboral en la que Brian, un maduro catedrático, me aconsejó posponer mi trabajo como escritora y por supuesto el de secretaria que ejerzo para él, y salir al mundo a por todas, “Es Navidad, Angéline, nunca conseguirías un conflicto de calidad con alguien como en esta época. Imagina el desamor más adelante, recordando toda esta parafernalia intermitente”. Descreído, podría ser un buen calificativo para Brian, pero ahora sé que tras esa máscara sarcástica hay un corazón potente latiendo por una chica de Atlanta.

La primera víspera de Navidad todo era nuevo. Apenas llevaba en el pueblo unos meses, desde el verano. Ya me había roto las costillas en una caída de la bici y lo mejor de todo, no solo había conocido a mis vecinos, los Morton, seres especiales y entrañables, además de otros pintorescos habitantes de West White, sino al jefe de policía, Franz Hubbard, un tipo extraño que me fascinó desde el primer instante. Un testarudo. Encantador. Demasiado protector. Versátil. Un tipo dominante sin duda. Agudo. Con un pasado misterioso. Y una mirada tan explícita, tan deliberadamente inquisitiva, tan gráfica.. La noche del veinticuatro tendríamos nuestra primera cita.. Ahora todo parece formar parte del mismo sueño diabólico. Cuántas veces he soñado con ello.. con besar cada centímetro de ese cuerpo largo e impertinente que me transmite una mezcla de fuego y ternura. Cada vez que nos hemos encontrado en el pueblo y él me ha mirado de esa forma, como quien entra en tu alma y la saquea. Dos docenas de palabras para decorar el instante pero al final solo puedo recordar la fuerza de esos ojos, mi propia reacción acariciándome el cuello sin darme cuenta, como si pudiese de alguna forma repetir con mis dedos la trayectoria de esa mirada que no solo me desnuda lentamente sino que parece abrazarme, acunarme, elevarme a la categoría de exquisita, de elegida, de única.

Aquel primer día se complicó repentinamente. Edna Morton, casi dos metros de franca resolución y su marido, Jeffrey, habían comido unas ostras en mal estado y hacia media tarde los llevé al hospital temiendo lo peor. La palidez de Edna era alarmante, una mujer tan grande y tan indefensa.. parecía increíble. Dos horas después compartían habitación y medicinas en el West Hospital, fuera de peligro. Me impresionó el cariño que sentía ya por estos viejos encantadores, tan fuerte y genuino. Conduciendo de vuelta a casa pensé en la cita, Franz nunca me lo pondría fácil. En un juego al gato y al ratón me cazaría en poco tiempo pero aún así qué delicioso podría ser resistirse.. Cuando me ayudó a acercar mi silla a la mesa en el restaurante, en un gesto natural, casi íntimo, me relamí pensando en el tira y afloja que tendríamos durante la cena. Nada que ver con mi torpeza de los inicios y los nervios que le siguieron. Franz me miraba calibrando cada respuesta, yo me sentí a cada minuto más pequeña, más insignificante, en absoluto yo misma, deseé poder empezar de nuevo, sin titubeos, con la cabeza en los hombros y no aquel parloteo insípido que llevaba mi propia voz. Mientras esperábamos la comida Franz pidió un Bourbon y yo un Vermouth dulce con hielo y limón. Su mirada en mis labios agrietados mientras pedía mi bebida me dejó sin palabras. Descontrolada por mis hormonas, así me sentía. Inaudito. Hacia los postres Franz recibió una llamada de la comisaría que lo desconcertó por un instante. Entonces sí lo sentí cercano, contrariado, pareció dudar antes de responder pero finalmente contestó con firmeza “estaré ahí en una hora”. Algo después, cuando vi desde la ventana de la sala cómo se alejaba el Corvette, pensé en la escueta despedida, el beso de trámite en la mejilla y la seriedad de Franz. Y en mi torpeza, en la falta de tiempo para ser más directa, en cuántas cosas quedaron pendientes, en cómo simplemente bajando la guardia.. , en mí, en él, quizá en un nosotros.. “Ojalá pudiera volver a vivir este día..”, pronuncié entre susurros antes de dormirme, exhausta. ”

Cerró el diario y consultó las listas del cuaderno. Así había empezado todo. Desde aquel primer veinticuatro de diciembre todo había sido un frenesí de estrategias, un largo camino recorrido a trompicones, chocando siempre contra la falta de tiempo para conseguir algún cambio. Si de alguna forma era posible salir de ese círculo cerrado tenía que haber algún punto de fuga en el día, algún segundo desprevenido con una grieta por la que colarse y volver al futuro. En vano había intentado que los Morton no comieran aquellas ostras. Ni enterrándolas bajo la nieve o despeñándolas por la cantera cerca del río conseguía que desapareciesen de su nevera. Pero a los veinte días de intentarlo sin éxito sucedió que los Morton escucharon en el hospital su increíble historia como las otras veces pero en esa ocasión recordaron su situación de un día para otro. Le conmovía que alguien más que ella pudiese avanzar en algún sentido.

Resultaba grotesco y tan gracioso, ver a Edna en aquella cama que parecía de juguete en ella, y a Jeffrey a su lado, tomando notas, mientras ideaban entre todos la manera de terminar por fin aquel día infinito. El trenecito de enfermeras cantando villancicos se acercó a la puerta y la máquina preguntó alegremente como siempre entonando el Jingle Bells “¿Cómo estamos, cómo estamos, cómo estamos hoy?”, a lo que respondieron los tres rápidamente en la misma onda la frase de rigor, porque Jeffrey había tenido una idea excelente y querían trabajarla cuanto antes.
– Angéline, ya sabes lo que tira más que dos carretas, tendrás que mostrar carne en esa cena..
– Edna.. -Jeffrey la reprendió suavemente, colocándose el bolígrafo tras la oreja
– Sabes que tengo razón, si hasta una monja resultaría más sexy a veces.

Acudió a las siguientes cenas más provocativa, segura, la conversación se fue animando, Franz incluso llegó a confiarle algún secreto, alguna confidencia que jamás había hecho a nadie, pero el resultado era el mismo. Sonaba el teléfono, él dudaba un instante pero acababa ofreciéndose a ir a la comisaría y la dejaba cada noche frente a la puerta de su casa, anhelante, frustrada. Con el tiempo y la convicción de que su vida sería revivir interminablemente la víspera de Navidad, comenzó a aceptar la idea de ver a los Morton siempre en una cama, de saludar a diario a la familia por teléfono, a los amigos, desear felicidad y un buen año a la gente del pueblo y terminar cenando cada noche con Franz en el restaurante del señor Moscatelo, un plato de pasta italiana impecable, un vino excelente y el mejor café del pueblo, “un cappuccino hecho con corazón”, como él decía. La nieve se deslizaba con suavidad sobre el mirto del jardín, arruinando los tomates que ella se empeñaba en sacar adelante cerca de los pequeños parterres que Jeffrey le había ayudado a diseñar. Parecía un llanto silencioso a veces, una caricia suave, un ronroneo. Y al final, convino abrazándose a sí misma mientras contemplaba la belleza de los copos desde la ventana, era una suerte revivir un día tan festivo y hermoso y no una tragedia.

En adelante las charlas con los Morton se transformaron, ya no había planes, ni ansiedad, hablaban con cariño, con fluidez, como si fuesen una familia. Ellos olvidaron en poco tiempo su dilema y cada día parecía distinto, charlaban animadamente hasta que la enfermera cantaba su pregunta y los tres contestaban a coro el sonsonete que rimaba con ella. Parecía la contraseña para cambiar de escenario y Angéline volvía a casa, se arreglaba y esperaba a Franz en la puerta, su coche giraba en la curva a la misma hora cada noche. La nieve jugaba a conectar todos los mundos. El pueblo pareció sumirse en una magia especial en donde todo comenzaba y terminaba como en un cuento. Ya no le molestaba recordar los comentarios que le hacían durante el día, ahora los recitaba mentalmente, casi con complicidad, reconociendo la buena voluntad de aquella gente que apenas la conocía y le había abierto las puertas de su casa y de su vida. Pedalear casi de madrugada recorriendo el pueblo era una liberación. Los corrillos de los niños cantando con las abuelas villancicos clásicos a la entrada de la asociación de vecinos, eran como una floritura en un día tan señalado. Las cenas comenzaron a ser más íntimas, las conversaciones más profundas. La alegre infancia de Angéline, su viaje a Japón y más tarde al West, la época de agente federal de Franz, su matrimonio antes de enviudar. Los miedos de ambos, sus deseos, sus sueños más recónditos. Llegaron las risas, la ensoñación. Adoraba cada gesto en Franz, cada vacilación cuando él parecía sorprendido por haber ido tan lejos en sus confidencias. Cada instante sin palabras. Largos segundos de silencios compartidos en los que todo giraba alrededor de sus miradas.

Aquella noche sonó el teléfono y Angéline suspiró distraída, dando por terminada la cena. Franz contestó, vaciló un instante y aseguró que en una hora estaría en la comisaría. El señor Moscatelo regaló una rosa a la dama por primera vez, ella sonrió y se la colocó en el escote del vestido. Franz la miró largamente, como si la recordase de pronto tras años de amnesia. El portero les saludó con su frase habitual, el Corvette aparcó frente a la casa y Franz se inclinó como siempre para darle un beso en la mejilla. Ella cerró los ojos para atesorar el instante. Los labios de Franz apenas tocaron su piel antes de retirarse para abrirle la puerta en su ritual caballeresco. El suspiro fue más largo esta vez cuando su tacón se hundió en la nieve. No estaba segura de poder aguantar mucho más una desolación tan grande. La certeza de amar sin esperanzas, en un mundo engañoso en donde todo parecía feliz pero no lo era. Franz la ayudó en los escalones nevados, y por un momento deseó soltarse, resbalar y romperse la cabeza. Acabar con todo. Pronunció su despedida, aguantando las lágrimas, esperando la siguiente llamada, en la que Franz hablaba con voz profesional, su rostro se transformaba con la preocupación y se dirigía con rapidez al coche mientras agitaba la mano en la distancia prometiendo una próxima cena sin un final tan abrupto.

Pero Franz la arrinconó contra la puerta, un brazo a cada lado de su cuerpo. Inclinó la cabeza para besar con cuidado los labios que ella destrozaba mordiéndose sin darse cuenta, y todo pareció distinto. Como un dolor repentino, intenso, que los dejó sin aire durante unos segundos y se desvaneció lentamente poco después. El teléfono sonó varias veces, Franz contestó con voz firme asignando el trabajo a otra persona. Aquello parecía irreal. La nieve cubría el azul metalizado del coche, hacía frío, pero ellos no se movían.
– La llave – urgió Franz en su oído.
– Algunos se enamoran. ¿Sabes a qué te expones?
– A veces es necesario correr grandes riesgos.
– Juraría que he oído esa frase en una película..

Con qué viajamos, anclado en el instinto, se preguntó Angéline mientras entraba de la mano en su casa. Qué bagaje nos rompe los hombros por el esfuerzo de sostenerlo, golpea nuestro lado más vulnerable y nos ahoga en la necesidad de mejorar, superarnos. De ver más allá de más allá y todavía querer seguir viendo y puliendo y renovando, perfeccionando, culminando, sin que ello ataña a nadie más que a nosotros mismos, al voraz e inagotable deseo de comprobar que hemos hecho lo correcto. De mirar hacia adentro y saber que todo está ahí, a buen recaudo y que en ningún momento lo hemos puesto en peligro.

SANTA QUE ESTÁS EN LOS CIELOS

por Alex Herrera

Divertimento escrito en tres actos inspirado por Truman Capote y, secundariamente, por Philip K. Dick. Que su memoria disculpe la mediocridad de un texto escrito a salto de mata mientras me miraban dos bebés.
I

LOS DEMONIOS

Supongo que la cara de sorpresa de la tía Maris cuando le conté esta historia es comprensible. Ella vive en la gran ciudad, pero ni siquiera allí suelen suceder cosas como lo ocurrido en Snow Crest tres días antes de Navidad ¿Cuándo podría ocurrir una cosa así si no es en Navidad? Lo que no acabo de comprender es por qué sucedió aquí, en este lugar piadoso de Dios que nunca se ha hecho preguntas incómodas de esas que molestan a los clérigos y hacen llorar a la señorita Lambsen.

Todo empezó cuando llegó al pueblo un equipo de televisión. Lo componían tres personas: un tipo alto de pelo duro como el de un erizo conducía la furgoneta blanca con enormes pegatinas en los laterales en las que se podía leer “Recursos Imprevistos”. Él fue el primero en bajar. Se pasó un buen rato observando la plaza del ayuntamiento con desdén antes de escupir en el suelo con gesto de resignación. Se podría decir que era atractivo pese a la docena de años que le sobraban y, a juzgar por el pringoso tinte de pelo que usaba, no le gustó cumplir. El segundo tipo era mucho más joven y mucho menos atractivo. Giboso, muy delgado y lacónico, el oficio de enterrador no habría sido desencaminado para él de no haber sido el segundo de los ángeles negros que destrozó la vida de Snow Crest. Por último bajó la única mujer. Vestía un traje blanco que contrastaba con un rostro enjuto y duro, demasiado contraído como para permitir que las arrugas medrasen en él. Al verla se diría que el cielo había sido asaltado por algún íncubo. Los muchos papeles que portaba en una carpeta y el modo seco en que se dirigía a los dos hombres nos hicieron suponer que era quien tomaba las decisiones. No tardaríamos en comprender que el contenido de aquella carpeta podría equipararse al de la caja de Pandora.

No es preciso que diga que la presencia de forasteros en el pueblo se consideró un acontecimiento. Por ello es lógico que una pequeña multitud se agolpase alrededor de aquellos demonios. Fuimos presa fácil. Demasiado fácil.

La primera víctima fue el señor Johnson, el encargado del almacén de comestibles. Los tres demonios se acercaron a él y le preguntaron de sopetón.

¿Es usted creyente?

Por supuesto que lo soy. Que me muera si no es así, replicó el bueno de Johnson.

¿Entonces cree usted en Santa Claus?

Creo en Santa tanto como que los arcángeles descenderán no a mucho tardar para barrer la inmundicia de este país. Así lo asegura la biblia.

¿La biblia dice eso? ¿En qué parte?

No estoy seguro. En Jeremías, Isaías o alguno de esos santos hombres.

Dos horas más tarde el señor Johnson se indispuso a causa de un fuerte dolor de barriga. Murió antes de que su mujer pudiese llevarle a Denver en la camioneta familiar. Fue una inesperada desgracia que hubiese sumido en la tristeza al pueblo de no ser un afamado estafador que no dudaba en incrementar el precio de sus mercancías aprovechando que era una de las dos tiendas de comestibles del pueblo y la única que se mantenía abierta en Navidad.

La segunda víctima fue Joe el licorero. Cerró su local atraído por el bullicio que levantó la presencia de aquel trío infernal, y no tuvo inconveniente en atenderlos dejando sin suministro a Nathaniel el trampero, justo el día que bajaba al pueblo en busca de su suministro de whisky trimestral.

¿Cree en la Navidad?

Vea usted mi tienda. Está decorada con todos los elementos que identifican a un buen americano.

¿Entonces cree usted en Dios?

Puede apostar su brazo derecho a que sí.

Al regresar a su local echó la mano al bolsillo derecho de su pantalón para abrir las puertas del palacio de la luna a Nathaniel que aguardaba impaciente. Se sorprendió al no encontrar las llaves en su bolsillo. Buscó y rebuscó por todas partes, pero la llave supo esconderse bien. Cuando Nathaniel, desesperado, se ofreció a tirar la puerta con la culata de su rifle, Joe le detuvo asegurándole que aquello no era la acción propia de un buen americano. Las casas se franqueaban por las puertas, dijo. Puede que no sea así en esa mugre de Nueva York, pero es como lo hacemos en Snow Crest Pero aquel día no fue así. La llave no apareció, y a pesar de que Nathaniel se enfureció la puerta se mantuvo cerrada mientras Joe buscaba una copia de la llave del paraíso en su casa. Lo que ocurrió al marcharse se puede considerar el acontecimiento más trágico en la historia de Snow Crest. Nathaniel, Joel “el impertinente”, el indio Mack “aliento de dragón” y Wesson “el imberbe”, los borrachines del pueblo, intentaron tirar la puerta del honrado establecimiento de Joe que tardaba en regresar. La tienda terminó ardiendo junto a toda la mercancía que almacenaba al caer al suelo el quinqué la alumbraba (Joe siempre fue un bicho raro que renegó de la electricidad por considerarla luciferina). Como consecuencia fue una Navidad sin alcohol, y una Navidad sin alcohol es menos Navidad. Al menos en Snow Crest.

Ocurrieron más cosas nefastas. La dulce Millie fue atropellada por un trineo (algo que no ocurría desde 1934), aunque, entre ustedes y yo, la dulce Millie siempre fue una bruja cuyo accidente fue celebrado en la intimidad por no pocos buenos ciudadanos de Snow Crest. El cerdo mujeriego de Art McCaine abandonó a su esposa a sus ochenta y siete años por una jovencita de cincuenta y tres del pueblo vecino, y los gemelos Stark se perdieron durante dos días hasta que fueron encontrados en estado lamentable cerca de la casa de mala reputación de Hallie. Según le contaron al sheriff, no recordaban nada de lo sucedido en ese tiempo. En Winter Crest no somos ingenuos, sabemos que disfrutaron de los servicios de las chicas de Hallie. Lo que resulta inexplicable es que dos chicos sanos y temerosos de Dios acudiesen a ese antro de lujuria justo después de hablar con los reporteros.

Juro por la santa Biblia que esos demonios llegados de la gran ciudad dominaban las artes del mal. Solo así se comprende que adivinasen el número de canicas que contenía el tarro del café de Horace cuando entraron en busca de un café. Al salir llevaban consigo el jamón dulce que el inguenuo de Horace prometió a quien adivinase el número exacto de canicas: mil cuatrocientas ochenta y ocho bolitas. La misma cifra que salió de la boca del giboso tras pasar sobre la superficie del tarro un extraño artefacto del que emanaba un zumbido.

Malditos demonios.

Sin embargo, el suceso más asombroso me sucedió a mí. Que el señor acoja mi alma si cometo algún pecado al rememorarlo.

¿Cree usted en Santa Claus?, me preguntó con desgana “el erizo”.

No, contesté. Se trata de una simple alegoría que hace referencia a un turco. Una representación del espíritu navideño adaptada para la buena gente blanca. De hecho, ni siquiera se requiere que las personas que interpretan el papel de Santa sean un modelo de virtud, al fin y al cabo se trata de un coloreado. Basta con recordar que el año pasado Fred el gordo, al que la gula hacia la comida y las mujeres de los demás convierte en un pervertido repugnante, fue quien vistió las ropas de Santa.

Al pronunciar aquellas palabras pareció que la mismísima divinidad recorría cada surco del castigado rostro del tipo alto. Me tomó de la mano y clavó en ella un punzón del que siempre recordaré su sonido al presionarlo sobre mi muñeca: ¡¡Clock!! Después hizo un gesto a sus compañeros indicándoles que se montasen en la furgoneta. Fue tan precipitado su huida que olvidaron algunas de sus pertenencias. El jamón dulce, sin embargo, no lo olvidaron. ¡Malditos sean mil veces!

La vida en Snow Crest se construye sobre los sólidos cimientos de la rutina; y en regresar a ella nos dedicamos los trescientos cuarenta y siete habitantes de este hermoso lugar en cuanto perdimos de vista aquella furgoneta. Me hubiese gustado contar que lo conseguimos… pero no fue así.

El parte meteorológico anunciaba nevadas durante toda la mañana del veintitres de diciembre. Por esa razón no me extrañó la negrura del día cuando franqueé la puerta de mi casa. Fueron los gestos aterrorizados de la docena de mis conciudadanos que se congregaba frente a mi puerta lo que me alertó.

¡¿Qué os ocurre?! ¡¿Estáis lelos?!

Contestaron a mi pregunta entornando los ojos hacia el altísimo. Entonces miré y le vi. Un enorme rostro adiposo y barbudo me miraba fijamente suspendido en el cielo. Tan grande como cuatro campos de fútbol, su posición era cenital, completamente volcado hacia abajo. Los ojos, abiertos como enorme lupas, seguían cada uno de mis agiles movimientos. Miré a mis vecinos con incredulidad y ellos me devolvieron la mirada en tono acusador. Qué injusticia ser tachada de bruja para una mujer virtuosa de setenta y dos años, suficientemente honrada para devolver doce centavos de cambio de más a Joe el último día que compré mi botellita de licor de hierbas para dar calor a mis noches, y que puede presumir de no haber conocido el pecado de la carne. Pero allí estaba, tan fijo en mis movimientos, tan silencioso tan intrigantes que mis el número de conciudadanos reunidos frente a mi puerta se fue multiplicando a lo largo del día pese a que, como me diría después el alcalde Murphy, “se aburrían”. El último en irse fue el alcalde Murphy.

Allí estaba yo, con aquella monstruosa gárgola sobre la cabeza y un centenar de vecinos atentos a mis pasos. Decidí caminar para despistar a la visión, pero me siguió por todas partes e incluso me esperó cuando pasé por la iglesia en busca del consuelo espiritual que me pudiera ofrecer el pastor Truman. No fue mucho, la verdad. El pastor salió del templo, observó durante un rato el enorme rostro y se marchó silbando “Hallelujah” tras asegurarme que debía tratarse de un milagro o algo así, pero que aquello más cosa de católicos que de baptistas y, por lo tanto, el fenómeno no le interesaba. Al cabo de una hora, sentada en un banco nevado del parque Nixon, conseguí reunir el coraje suficiente para gritar a la cosa.

¿Quién eres y qué quieres de mí?

No obtuve más que silencio.

¿Acaso no dije la verdad? ¡Eres una alegoría! ¡No eres más que el fantasma de un turco actualizado por la Coca-Cola! Ni siquiera eres blanco. No me asusta tu cara tiznada ni tu silencio.

Más silencio.

Voy a irme a casa y no voy a salir de allí en lo que resta de día. De modo que ya puedes ir marchándote.

Entonces aquella cosa rompió su silencio.

Coca-Cola…

¿Coca-Cola? Detesto ese mejunje destinado a gordos, negros y asiáticos. En Snow Crest no encontrarás esa porquería. Aquí siempre se ha bebido Dr. Pepper

Caminé hacia mi casa dando rodeos con la vana esperanza de que aquel Polifemo se esfumase. Pero daba igual donde fuese, al mirar hacia arriba seguía ahí. Por entonces la multitud había doblado su número, e incluso habían venido personas de pueblos cercanos. Fue una terrible contrariedad que ni siquiera fuese correctamente vestida.

Entonces la bestia volvió a hablar.

IKEA…

¡Demonios suecos!, grité a la cosa. En Snow Crest no hay suecos. Gracias a Dios esa plaga se mantuvo alejada de este hermoso lugar.

TOSHIBA…

¿Toshiba? Ni siquiera sé qué es eso. ¿Qué quieres de mí? ¿Qué buscas? Solo quiero llevar una vida tranquila amando a mi prójimo, como enseña el libro santo.

HEINEKEN…

¡Cuánto durará esto, Señor!

II

EL INFORME CONFICENCIAL

De: Recursos e Imprevistos Ltd.

Para: Departamento de control mental

Agente Oates

El experimento fue bien en mi opinión. Cuando llegamos a ese pueblo de mala muerte arrasado por la endogamia pensé que nos llevaría todo el día encontrar a un idiota lo suficientemente indigno de llamarse humano. En realidad fue fácil. Aquella viejecita con ojos de reptil era un ejemplar extraordinario. Inyectarle el chip fue tan fácil como robarle el caramelo a un niño. Ni siquiera se hizo preguntas cuando sintió el pinchazo en la mano, no entiendo por qué critican nuestro método. No fue demasiado sutil, pero si hubiese visto a esa gente, señor director, sabría que nunca se hacen preguntas. Completamente aborregados, son las cobayas perfectas.

Agente Smith

El indio que contratamos para realizar el seguimiento terminó por ser completamente innecesario. Se empeñó en cobrar en especie a cuenta de veinte botellas del mejor bourbon. Le enviamos dieciséis porque los chicos de intendencia hicieron desaparecer cuatro para celebrar la Navidad. De todos modos seguro que no sabe contar más allá de diez. En cualquier caso fue un dinero gastado inútilmente porque al final todo ese jodido pueblo siguió a la vieja allá donde se movía. Le sacaron fotos, las enviaros por whatsup a las redes sociales e incluso se hicieron selfies con la cabeza gigante de fondo. Afortunadamente nadie ha dado crédito a esas imágenes. Incluso hay quien dice poder demostrar que se trata de un efecto de photoshop. Nuestros mejores aliados, como suele ocurrir, han sido los escépticos. Al menos nadie podrá seguir nuestras huellas.

Agente Padilla

El director de la agencia me acaba de abroncar a través de un mail interno. El fracaso ha sido tal que la operación se ha anulado de modo inmediato. Cierto que jubo pequeños errores, como la enorme cabeza que techó el pueblo durante tres días. En principio no debía ser más que del tamaño de una mosca, debía afectar a una zona concreta del hemisferio cerebral izquierdo para ser visible solamente por una persona, pero algo se nos fue de las manos. Después está el hecho de que el holograma repita sin cesar marchas publicitarias. Los técnicos insisten en que es cosa de la vieja: el holograma está diseñado para repetir las obsesiones del que lo proyecta. Qué coño tendrá en su jodida cabeza. Otro proyecto de cientos de millones de dólares que se va por el retrete.

III

LA AUSENCIA

La cabeza gigante desapareció ayer. De vez en cuando echo un vistazo al cielo desde mi ventana esperando encontrarle allí arriba. Al menos me sentí acompañada durante la Navidad. Mi primera Navidad acompañada desde hace cuarenta años. Hacía dos décadas que no permitía que nadie franquease mi puerta. Por eso, cuando medio pueblo se presentó ante ella portando pavos, pastas de chocolate, ponches de huevo y montones de viandas más no entendí qué había sucedido. El alcalde se erigió en portavoz de la masa al dar un paso adelante cuando abrí la puerta.
Eres una mala arpía, Jezebel. Cuando tus padres te bautizaron sabían lo que hacían. Arisca, criticona, egoísta. Una mala persona. La peor de Snow Crest. Una zorra desdentada que…

Vale, vale. Ya lo cojo, contesté. ¿A qué habéis venido a mi casa?

Hemos decidido que aunque eres una persona despreciable debes tener alguna virtud por la que Santa te ha elegido para manifestarse ante ti.

Santa ya no está. Podéis iros.

Pero tú sigues aquí, y queremos pasar la Navidad contigo.

¿Conmigo?

Eso es. Si Santa ha sido capaz de ver bondad en ti es que no eres un caso perdido. Queremos aceptarte en nuestra mesa. Ven al ayuntamiento y cena con nosotros.

En ese momento vi claro qué tenía que hacer. Entré dentro de la casa, cogí el viejo fusil de mi padre y volví a salir fuera maldiciendo a aquella turba de majaderos. Fue divertido ver cómo huían del plomo que les aguardaba moviendo sus torpes patas demoniacas sobre la nieve.

Pasó media hora y anocheció. Cerré la puerta con llave, bajé el pestillo y me dirigí al salón. Seguro que esos bastardos de Snow Crest comprarán compulsivamente estanterías Köping, automóviles japoneses y cargamentos inmorales de ese potingue con sabor a cola. Bárbaros. No tienen ni idea de lo que significa la Navidad. Azucé el fuego de la chimenea, recogí mi plato de sopa y me senté en la mecedora cerca del fuego. Mañana visitaré al doctor Hiberg para que eche un vistazo a mi mano… si quiere verme después del numerito del fusil. Cómo corría el condenado. No, seguro que no querrá verme. Qué más da, no parece que tenga ninguna herida. Dejó de dolerme hace días. Umm… dos horas y la Navidad habrá acabado. Un año más sola. Creo que me levantaré y volveré a echar un vistazo al cielo. Si Santa no está no me preocuparé. Seguro que el año que viene volverá.

Ranuras por las que mirar…

Hace pocos años asistí a una exposición de la fotógrafa Isabel Muñoz en la que algunas de sus fotografías únicamente podían ser visualizadas a traves de las rendijas de robustos tablones. Aun así, había una franja de cada fotografía que no podía ser vista. Sabíamos que se encontraba allí, pero aquello que escondiesen no nos pertenecía. Por muchas maniobras que realizases, en un claro y humano afán por invadir lo que nos está vetado, no había forma humana de ver su contenido. Me gustó la interpretación (que comparto) de la fotógrafa sobre la intimidad ajena y el modo en el que se nos permite acercarnos a ella. Se nos permite acceder a una pequeña fracción de verdad. El resto no nos incumbe.

Recuerdo, enlazando apuradamente con mi recuerdo de aquella expo, la frase de José Luis de Vilallonga: “Necesito un par de horas de completa soledad al día. A riesgo de enloquecer si me faltan”.

Un nuevo arabesco me lleva a la reflexión final que, cómo no, procede de un recuerdo. El del primer episodio de la primorosa serie “A Dos Metros Bajo Tierra”. Artefacto delicado creado por Alan Ball en el que Eros y Tánatos ponían hacían saltar por los aires el frágil equilibrio de una familia disfuncional californiana que regenta una funeraria tras la muerte del patriarca. A la conmoción inicial familiar, le sigue una enloquecida  búsqueda de amor y sexo en un enternecedor intento de dejar atrás la sombra de la Parca que decidió un día acampar en su puerta. Apenas asentados tras el estallido, los dos hijos varones descubren que su padre mantenía alquilado un apartamento del que nadie sabía nada. Las sospechas iniciales de que se trataba de un lugar en el que ocultar sus infidelidades se esfuman al girar la llave de la puerta para descubrir que en su interior solo se almacenar libros, discos y una pipa para fumar marihuana. Su padre, del que creían saberlo todo, fue un hombre con dobleces que necesitaba un escondite en el que, al cerrar sus puertas y ventanas, todo lo que un día pudo ocurrir fuese aún posible.

El jardín secreto.

Este lugar, muy trastabillado en el año que está a punto de terminar, es mi jardín secreto. Mi rincón para acumular recuerdos. El lugar en el que escuchar otras voces. Y así seguirá siendo mientras pueda teclear bobadas importantes.

Feliz año a todos aquellos que se perdieron en estas páginas alguna vez a lo largo de este 2013 que ya se despide. Tengo tres deseos que formular para ustedes. Sigan buscando Bedford Falls e ignoren las luces de neón de Pottersville. Hagan ruido también. Mucho, tanto como puedan. Y, sobre todo, sean felices…

You-Are-Now-in-Bedford-Falls

 

Cuatro cuentos y una canción de Navidad…

Cantaba Gardel que treinta años no son nada pero para mí ocho son mucho. Ocho años de cuentos navideños en los que los nombres han sumado y la calidad ha crecido. Mycroft (mi querido Fran), Emilio (hermano sureño), Marisa (mi hada de las nieves) y yo mismo deseamos feliz navidad a todo aquel que se pase por aquí a golpe de cuento. He vivido muchas sensaciones leyendo y editando sus historias. Confieso que me he emocionado, que he llorado y que incluso he reído de modo cómplice. Uno, que cree estar inmunizado contra casi todo, es una víctima más de la Navidad. No esa que marcan los grandes almacenes, ni los convencionalismos sociales, no. Mi navidad, la de mis amigos, es la que cala dentro hasta hacer brotar emociones que creías perdidas. Esa nuestra suerte, la de no odiar a la Navidad. Al menos no a la nuestra.

Como villancico recurro en esta ocasión a los Pogues acompañados por Kristy McColl. La esencia pura de la Navidad esta ahí, en sus boca podridas, en sus ademanes barriobajeros y en la botella de whisky sobre el piano. Consiste no en exigir sino en saber aceptar. Y si no recibes nada, en tener valor para seguir en pie y cantando.

Sean muy felices en la noche mágica. Tanto como yo lo he sido acogiendo en mi casa virtual a tres amigos muy queridos.

LIBERTAD

Por Mycroft

Para Rox,

Para Christian,

Para Alex.

“El rey Lear le preguntó a Gloucester: ¿y tú, cómo ves el mundo? Gloucester, que era ciego, le respondió: lo veo con el sentimiento… lo veo, con el sentimiento”.

 

“Si de mí dependiera- dijo Scrooge con indignación-, a todos esos idiotas que van por ahí con el Felices Navidades en la boca habría que cocerlos en su propio pudding y enterrarlos con una estaca de acebo clavada en el corazón. Eso es lo que habría que hacer”

 

Érase una vez un niño que nunca tenía miedo. Saltaba sobre los charcos, miraba directamente al sol, no buscaba por si había monstruos bajo la cama, y pegaba a las brujas escobazos las noches de difuntos.

Le echo de menos.

Conducir, puñales en los ojos y noche en el parabrisas. Es difícil manejar con la estrecha luz de los faros, y yo me esforzaba, sí, lo hacía, aunque me faltaba la respiración. ¿Qué haría si se cruzaba un animal? Matarlo por supuesto y matarme de paso quizá. Otra curva cerrada, otra noche tras el recodo para devorar la noche que persigue atrás.

Yo no piso a fondo, pero a veces el corazón llega hasta el pie, y el pie hasta el freno, y la cabeza ausente, y la mirada perdida. Fue así entonces. Cuantos kilómetros y cuanta tristeza y cuanto viaje a ninguna parte, y cuanta gente que pudo estar en ese coche, y no estaba.

Pisar el freno. La fiebre instalada. Pisar el freno y poco a poco, acercarse disminuyendo al primer semáforo de la ciudad. Cuando los túneles se tragan los coches y de pronto uno amanece al otro lado del asfalto en un mundo de maravilla luminosa y miseria personal.  Una ciudad en un país en un continente en un mundo dentro de una bola de cristal que agitas para ver caer la nieve, hasta que se rompe.

Y el niño sin miedo siempre la rompe.

Cuando una boca se aprieta tanto como prensas, alguna mala palabra anida, y la voz sabes que saldrá ahogada. Eso pasaba, eso pasó, horas antes de partir. Partir, es además romper en dos, sesgar, romper con el punto de partida.

No volver a dónde el dolor es la caricia equivocada, que los que amas te reservan. Estaba sin aliento y me sentía perdido.

No sería navidad sin una buena pelea. No sería navidad sin las estadísticas de asesinatos. No sería navidad sin el cuchillo de cortar jamón sobre la mesa. Bien cerca, demasiado cerca. No sería navidad, no lo sería, desde luego, sin lágrimas en los ojos. Hace bien llorar, lo que hace mal es llorar por las razones equivocadas.

Ahora el niño temía a las nubes cuando dejaban de ser de algodón blanco, temía al viento y a las sombras, que aullaban y crecían, temía no a los seres misteriosos, sino a los seres humanos. Qué esplendida y letal bestia, un ser humano. Qué esplendida y letal garra, una palabra.

Dejé el coche y eché a andar. Y, con los ojos cerrados y el aire húmedo de una ciudad mediterránea perezosamente encerrada en sí misma, caminé mientras otros hablaban del amor en sus casas, y unos pocos, unos pocos, lo llevaban a la realidad. Por esos pocos que existen, por ellos, y no por plegarias o signos, canté una canción en mi interior. Creo que estaba, más o menos, lo que tantos llamarían enajenado.

Todo comenzó de la manera más tonta, con un billete de lotería. ¿Tan sólo eso? Nunca una cosa es solo esa cosa. Son los ojos y los días y los pensamientos de quién la contemplan. Es una religión, una fe en un mundo mejor, una liturgia con salmodias y letanías, conjuros y supersticiones. Si, para algunos la lotería es su fe en la salvación.

Un coche pasó muy cerca y casi me atropella, y yo, en la avenida, caminando a ciegas. Frenos, aspavientos, y, luego, silencio. Porque hay quién sabe cuando callar ante lo imposible.

Me habían encargado la compra de los décimos, todos del mismo número, para El Niño. La lotería, el impuesto del pobre. Probabilidad y estadística. Espanto y pobreza. Juegos de manos del trilero mientras pone sus manos en nuestros bolsillos.

La frialdad habitual en una familia con disputas, esa estrella de navidad que me recibió en la casa familiar de mi abuelo. Estaban casi todos. Todos los lobos de nuevo al cubil. Todos pensando en agravios, reales o imaginarios.

Y ahí llegué yo, con un décimo de menos, y una gran sonrisa, felicitando, pero desviando los ojos ante los duros disparos de algunas miradas.

El viejo patriarca, mi abuelo, estaba junto a una estufa de leña, su mano todavía inmensa echando troncos, con su nariz bulbosa, su cara enrojecida y desgastada por el aire libre, tantos años subido a postes telefónicos. Me saludó afectuosamente, pero era alguien voluble, temperamental. Uno no podía fiarse de sus buenos o de sus malos modos.

En los entrantes, ya comenzaron las palabras en forma de saeta envenenada, y las bocas se llenaban de repartos; de riquezas (inexistentes), y de obligados cuidados a la vejez (me temo que reales, pero siempre fuente de agravios, escaqueos, envidias, y, cómo no, esperanza de nuevas contraprestaciones).

Me hubiese gustado decirles, dejen de llenar de fango esta casa, pero no era mi casa y llegaba ya el primer plato, y las primeras quejas: -Estás muy callado, será que no estás muy contento de estar aquí, vienes tan poco, claro, no te conviene.

En efecto, me callé, o mejor, hablé de temas que no incluyeran coger el cuchillo del jamón.

El niño que fui y que había dejado de ser valiente,  temía a los gritos, a los gigantes, al hielo en los corazones, al dolor, a la mirada de un viejo, al fuego en donde vivían murmullos, y a las casas viejas, y tétricas, y frías a pesar de la chimenea.

Me apoyé en un edificio junto a un hombre tumbado en el suelo. Era un hombre que podía haber sido y no fue. Ni el ni yo estábamos en verdad allí, a pesar de mi abrigo, a pesar de su manta verde con cuadros marrones, raída. Fantasmas. Sus ojos eran duros como mirar el cadáver de un recién nacido. De mi boca y de la suya salía humo, y en sus manos y en mis manos había lo mismo, nada. Hurgué en mi bolsillo, le di mi cartera, más bien poco caudalosa. Y con ella mi identificación, mi nombre, mi apellido.

Segundo plato.

Pollo al horno, y manos repartiéndoselo, celosas, mientras el diminuto belén de navidad temblaba, alojado en un candel viejo colgado del techo y vacío de luz, una pequeña familia, apenas, tres personas a la intemperie, desahuciados. Los echarían también a ellos, hoy, los echarían.

Y los labios como espadas, que decía el poeta. Las voces que suben, -“No a ti ya te repartió un buen pico cuando hiciste la reforma. – ¿Y tú dónde estabas cuando…?” Algunas de esas piedras dirigidas a mí rompían el nido de mi corazón.

Buscando, buscando el refugio nocturno. La pequeña madriguera, el fuerte de mantas de la esperanza de los sin esperanza.

Al lado de la administración de lotería, en dónde a última hora de la tarde tropecé con unas piedras azules, hendidas en un rostro, bajo el cual había un latir de mi corazón, un súbito desafinado en la melodía de la sangre. Una dimensión de mi mismo que no tiene palabra correspondiente, que se resiste a ser explicada.

El niño no se rendía, y el valor ahora es sólo el temor resultado de la consciencia, de saber que existe el dolor, y los monstruos, y que las raíces en ocasiones pudren el muro más fuerte, y anidan cuervos en la cabeza. Pero saberlo, temerlo, y sin embargo seguir subiendo por la gigantesca planta de los guisantes mágicos hacia el cielo. Eso, sencillamente, es el coraje.

Yo no tenía batería, y ella tenía los brazos repletos de juguetes que iba a repartir, y a pesar del peso, se había detenido ante mi palabra, y sonreía y sólo tenía los décimos a mano, y un raído lápiz sin filo, y apunté mi número al dorso, en un lado, le pregunté el suyo, y lo apunté en el otro. Rasgué el billete en dos, como una entrada de cine, y esta vez la película iba a hacerme abrir los ojos de par en par, lo esperaba, lo creía, lo sabía.

El postre, y el momento en que debía repartir los números. Yo no jugaba ninguno, por principio. Pero llegado el momento, sabía no aceptarían el que había traído con numeración diferente, comprado de camino. No podrían soportar que a uno le sonriera la suerte y a otro no.

-Era muy fácil, cómo has podido, eres un inútil

-¿Y ahora qué hacemos? Yo no quiero participaciones.

-Me quedaré los dos billetes. Al fin y al cabo esta familia me lo debe.

-¿Qué te lo debe, que has hecho tú por ella?

-Más que tú…

El viejo estaba callado, pero el color iba subiendo de sonrosado a bermellón…La situación en la que el equilibrio inestable se mantenía podía explotar y él con ella.

Cuando llegué a la recepción del refugio, y pregunté por la chica, me dijeron que no conocían ningún dato de contacto. Miré a algunos de los que esperaban una cama, y no tenían posibilidades de obtenerla. Miré a los ojos de la recepcionista.

-Esta es la llave de mi casa. Esta la del coche. Esta aparcado en el parking del estadio.

-¿Qué?

-Llévelos allí. Mañana ya me abrirán.- Le di la dirección.

De pronto estaba muy ligero de equipaje. Después de muchos años de hijo único, sin regalos que hacer, estaba descubriendo el hecho de dar, de dar historias, de dar relatos, de darme a mí.

Además de dar, esperar un regalo es mejor que recibirlo. El niño sin miedo que era pasaba todo el año imaginando los libros que me habían comprado, y que no me dejarían leer hasta el verano. En la estantería, mudos, me hablaban en la lengua de la imaginación, y yo los escribía en mi cabeza. Así, tenía el doble de historias.

Así me sentía, vivía la expectación y la mezcla de desesperanza y esperanza. Y la libertad de no tener nada, nada, nada que perder.

La situación explotó cuando expliqué mi razón, mi historia, despertando el desprecio y la burla, como una excusa, una apropiación por mi parte, o peor, la necedad naif de un simple. Mi tío mayor me cogió de la pechera, y registró mis bolsillos por la fuerza. Cogió el número, y lo echó al fuego. El anciano exclamó, con satisfacción: -Bien hecho.

Me fui sabiendo que nunca volvería. Había escarcha en mis lágrimas.

Caminé dando vueltas, y a cada esquina habían ojos destruidos, camas de cartón en los cajeros, mientras el cielo de plomo negro se empapaba con el frío húmedo de la región, calándonos. La iglesia de san Agustín, austera piedra blanquecina, santuario a orillas del barrio chino, cerraba a cal y canto sus puertas, y las almas en pena se refugiaban junto a la verja del FNAC de enfrente, templo pagano de una religión fiera.

Me quité el abrigo. Se lo di a unas manos ásperas y desnudas. Dónde está el calor cuando se lo necesita. Así, despojado, me aposté tiritando junto al último lugar en dónde la había visto. Era el niño, era el hombre, tenía miedo, sentía coraje, estaba vivo. ¿La vería llegar con la mañana, doblando esta misma esquina, en la avenida en donde su delgadas manos me habían inspirado la ternura, el valor de ser sólo un poco mejor, no por las fechas, sino porque es lo correcto?

El la casa de mis ancestros, continuaría la lucha sin cuartel. Habría un fuego, habría comida, habría hermanos, pero estarían más a la intemperie, más míseros, más pobres, y más cercanos de matarse, si es que no había pasado ya.

El billete ardió, y con él la certeza. ¿Llamaría ella? ¿Habría ardido su parte de mi suerte? ¿Se habría perdido el papel en el que duerme mi esperanza? Ahora en la incerteza, bailando de frío, cambiando el peso de un pie al otro, he de decirlo:

Me siento libre. No con la libertad de tener la potestad de hacer lo que me plazca. La libertad responsable de hacer lo que pueda, de caminar entre otros como yo.

La libertad de la esperanza. De sentir que es posible lo improbable. De vivir al máximo esa esquina, esa noche, esa ardiente necesidad de ver que ocurrirá lo que esperas. No es una lotería, ni una religión, no es una fe ciega. Es una manera de existir.

Es la manera de ser libre.

 CODA

Me han contado que en Nueva York

en la esquina de la calle 26 con Broadway

se pone cada atardecer un hombre

durante los meses de invierno

y, pidiendo a los que pasan,

consigue un techo para que pase la noche

la gente desamparada que allí se reúne.

Con eso no cambia el mundo

no mejoran con eso la relaciones entre los seres humanos

no es ésa la forma de acortar la era de la explotación.

Pero algunos hombres tienen cama por una noche

se les abriga del viento durante toda una noche

y la nieve a ellos destinada cae en la calle.

No abandones el libro, tú que lo estás leyendo.

Algunos hombres tienen cama por una noche

se les abriga del viento durante toda una noche

y la nieve a ellos destinada cae en la calle.

Pero con eso no cambia el mundo

no mejoran con eso las relaciones entre los seres humanos

no es ésa la forma de acortar la era de la exploración.

(Bertolt Brecht)

EL FRANCOTIRADOR

Por Emilio Calvo de Mora

Las noches son frías y el sueño, cuando vence, las puebla de fantasmas, pero incluso las prefiero: la oscuridad me alivia, la luna me escolta, el silencio me protege. No sé en dónde refugiarme, pero ese lugar no es el día, no son las luces mostrando el horror de las calles, los muertos malamente escombrados, marcando el paso de los días. Ninguno me conforta, de ninguno guardo recuerdo que borre el mal, ninguno lo aleja, pero no siempre fue así, casi nunca fue así, no fue esta la forma en que los días ocupaban las calles y las noches tutelaban mi sueño. Cuando vence, el dolor aumenta. Parece imposible que pueda soportar más dolor, que mi cuerpo resista un castigo mayor, pero logro superar la cumbre y me aposento en esa altura. Es entonces cuando me pongo a disparar. Los muertos están en mi cabeza. Los tengo a recaudo. No sé quiénes son, pero conservo cómo cayeron, qué pie restablilló primero. No estoy orgulloso, pero no quiero hacer otra cosa. La hago bien, me han adiestrado bien. A medida que pasan los días, adquiero más oficio. Como en todo, también aquí valen los galones. No es lo mismo realizar un trabajo fullero, pensado sin esmero, ejecutado con ligereza, que hacer lo que hago yo. No podemos comparar. Está el francotirador chapucero, que solo desea acaparar unos titulares, estar en las noticias unos días, y estoy yo. No me importan que me conozcan. Da igual que digan mi nombre. No albergo anhelo alguno de posteridad. La trascendencia de mi trabajo no entra en ninguna de mis consideraciones morales. Solo disfruto disparando. Quizá disfrute más preparando los disparos, eligiendo los puestos, dejando pasar los días observando una calle. Llega un momento en que incluso conoces la rutina de los viandantes. Sabes quién coge el autobús y a qué hora o sabes que unos escolares cruzan el paso de peatones y comparas cómo corren un lunes y cómo un viernes. Ojalá nadie viniera aquí nunca y me descubriera. No porque yo desee vivir más o porque me aterre que me encarcelen o me ejecuten. Si me atrapan, dejaré de disparar.

El momento más dulce se fragua cuando mi ojo recorre las aceras. A mi ojo le concedo todo lo que me pide. No capricho al que no se incline que yo prohíba o al que yo no me incline también. A veces pienso que es el ojo el que me deja aquí, a distancia de la realidad, malográndola, interfiriendo en la rutina, abonándola de muertos, implacablemente sembrándola de muertos. No llevo la cuenta de todos. No me interesa el cómputo. No fui bueno en matemáticas. No creo que haya sido bueno en nada. Todo a lo que arrimaba mi interés termina desvaneciéndose. Ahí empezaron los fantasmas. No sé consignar aquí una fecha, una sobre la que se pudiera decir luego algo, sobre la que hilar una trama y ponerle un principio y contar unos motivos. Tendríamos que preguntarle al ojo. Él sabe las respuestas, él explica los porqués.

Esta finca de la calle Madrigal tiene nueve plantas. Este piso abandonado, al que accedo sin mucho esfuerzo, pasaría por ser uno en uso. Bastaría con terminar de quitar el sucio papel pintado de las paredes. La luz es generosa a primera hora de la mañana. La oscuridad es absoluta cuando cae la noche. En las contadas veces en que encuentro un piso al que no le han cortado el suministro eléctrico, me instalo como si no fuese a salir nunca de allí. Si hay luz, aprovisiono el frigorífico de algo de leche o de embutido o de cerveza y hasta adecento la cama. En esta ocasión no he tenido suerte. No tengo los lujos que no preciso, pero es verdad que a veces echo en falta algunos de los privilegios que reporta la vida de los otros, la de quienes no se apostan en una ventana y disparan. Yo soy de esos. Tengo que aceptar algunas penalidades. Duermo en el colchón y me cubro con lo que buenamente pillo. A veces basta una manta y otras veces ninguna manta es suficiente. A todo se acostumbra uno, en todo encuentra uno su reposo, de cada acontecimiento extrae uno una enseñanza o un propósito. Incluso esta bajada al infierno. Se está bien aquí dentro. No creo que afuera nada se parezca a esto. Ninguno de los prodigios del exterior amaina mi ira. Estoy a salvo del mundo. Soy un muerto que no desea estar solo.

Anoche tuve un sueño del que todavía no he salido. Ando en su bruma, emboscado en el limbo dulce que deja mientras transcurre. Era una escena plausible, cargada de una verosimilitud esclarecida. Me hablan en una sala grande en la que no encuentro nada que conozca. No he estado nunca en ella. Tampoco quienes me hablan son gente que conozca. De hecho no entiendo las palabras que dicen. Un rostro desconocido que usa contigo un idioma que conoces. Lejos de violentarme, me esmero en entenderlos. Les pide que gesticulen. Me esfuerzo en hacerles ver que estoy disponible o que no tengo intención alguna de escabullirme y dejarles allí, sin que hayamos llegado a ningún sitio. Las conversaciones se amontonan y se van acumulando en mi cabeza. Al principio no me molestan. Están ahí dentro, van y vienen, se mezclan con conversaciones antiguas y hacen que yo escuche conversaciones nuevas. Es como si dentro de mi cabeza se produjese un diálogo en el que, sin que intermedie mi voluntad, soy parte. Incluso una parte activa. En este momento en el que escribo tengo cierta tendencia a dejar que fluya lo que mi cabeza escucha. Supongo que si lo alojo en este registro escrito y lo releo después, tal vez saco algo en claro. De verdad que necesito aclarar las ideas.

Una palabra que escucho con cierta insistencia es Navidad. No sé en qué parte de mi cabeza anda enredada con otras palabras a las que ya les tengo cierto afecto o con las que siento una afinidad que me resulta más grata. Navidad. No la había percibido antes. Hasta anoche. En el sueño alguien la decía con una voz superlativa. Ho ho ho. Algo así. Me estremecí y me desperté. Lo hice con la palabra navidad en mis labios. Navidad. La dije las veces suficientes como para que no se me olvidase. Nada más verbalizarla, al airearla, sentí que debía escribirla. La he colocado en las paredes del piso que he tomado como residencia circunstancial. Tiene buenas vistas. Todavía no he apostado mi rifle y me he vuelto loco derribando todo lo que se mueve. Las noches son frías y el sueño, cuando vence, las puebla de fantasmas. Tengo cien deambulando por dentro.

Le he tomado cariño a este piso de la calle Madrigal, del que salgo muy de vez en cuando y con un cuidado extremo. Nunca uso el ascensor. Bajo las escaleras. En estos días no me tropezado con nadie o nadie se ha tropezado conmigo. Tal vez debiera expresarse así. No compro en las tiendas del barrio. Me alejo lo que puedo y regreso al final del día. Vengo con provisiones para una semana. Un par de bolsas bien llenas. Renuncio a los productos que requieren frío para su conservación. Mi cabeza entiende que esto que hago debe tener un precio. A lo que no me he acostumbrado y lo que muy probablemente acabará con desquiciarme son las voces. Están ahí adentro. Casi creo que crecen. Cuanto más pienso en ellas, con más saña se manifiestan. Dios sabe que intento no pensar, pero no he sabido callarlas. Vienen y me aturden. No vienen: las tengo ahí, quizá las tengo desde siempre. Son las palabras que no conozco las que me confunden más. Navidad. La escuché anoche, en el sueño. La repetí al despertarme. La escribí en la pared hasta que razoné que ya no se me olvidaría. No tengo a quién preguntar. No sé qué es. Suena a algo hermoso, pero no tengo razones que apoyen esto que se me acaba de ocurrir. Igual es un veneno. Debe ser eso. La navidad es un veneno. Me está corrompiendo. Opto por dejarme corromper. No creo que me convierta en una criatura más perversa ni que el veneno me cause más dolor del que ya padezco. Porque no siempre es dulce y es hermosa la muerte que causo. Hay días en los que las voces me castigan. Navidad. Tienes que parar. No está bien lo que haces. Qué ganas con todo esto. Arderás en el infierno.

Del infierno tengo unas nociones muy frágiles. Las oí muchas veces y en circunstancias muy penosas. Por eso nombré antes a Dios. Lo nombré porque el infierno siempre me ha perseguido. Desde que, siendo muy pequeño, mutilaba insectos con unas tijeras de cortar las uñas que usaba mi madre. Después de los insectos vino todo lo demás. El infierno me escoltó durante cada día y todavía hoy me observa mientras escribo. Leer y escribir me hicieron no merecer más infierno del que tengo. Hay algo maravilloso en registrar lo que uno piensa. No importa que nadie vaya a leerlo. Se aclara la cabeza cuando uno lo suelta. Se queda el cuerpo manso, se queda libre, se siente el peso del alma yendo y viniendo por la sangre y refugiándose después en el corazón. La palabra corazón me parece una de las más bonitas que recuerdo. Las voces intentan robármela, pero me cuido mucho de que no lo hagan. A Navidad no les pongo tantos impedimentos. Que se la lleven. No sé qué me están robando. Si alguien pudieras contármelo, si me dijeran en qué consiste, la hermanaría con corazón y la guardaría dentro como un tesoro. Al infierno lo tengo a raya. A pesar de que vaya de cabeza a su boca, no le tengo miedo. Ya he dicho que no me afecta la idea de que un día muera. A diario, enfrente mía, elegidos por mí, mueren otros, y el mundo sigue girando y los niños cruzan alegremente los pasos de peatones y las voces me percuten la cabeza. Da igual que alguien nazca o muera. Solo me preocupa que alguien descubra este agujero. Me he hecho a su suciedad. He encontrado un hogar. Tengo mi rifle. Tengo mi cuaderno de notas. Están las voces. En cuanto sepa qué falta para que todo sea perfecto, lo consigno aquí y me pego un tiro.

Cuando yo era pequeño, y muy pequeño que era, mi madre me contaba cuentos. Los hilaba unos con otros. Me los susurraba muy despacito, recorriendo la altura de las  palabras, deteniéndose en la comisura de las más importantes, ofreciendo, pero sin entregar nada. Dejaba las historias a medio contar. Me pedía que yo las acabara, pero el sueño me vencía. Es posible que allí zanjara yo mis dudas y cerrara todas las tramas que ella dejaba abiertas. Recuerdo el placer de despertarme con una revelación y el dolor infinito de no saber fijarla en mi memoria. Escribí porque hay que guardar todo lo que uno piensa. Si no se guarda, se pierde. No hay posibilidad de que ningún encantamiento, de los que tanto me gustaba entonces, rescata las palabras perdidas, las historias que no se han metido en un lugar seguro, en donde nada las emborrone o las modifique. Si me preguntan los motivos por los que disparo no sabría decirlos. Se me ha dado muy mal decir las cosas. Está todo aquí. En la libreta. Alguien sabrá entenderme. Me conformo con entenderme yo. Lo consigo a medias. Ya ven. Desbarro, no cuajo en esto de contar nada, empiezo por un hilo y luego termino en otro. Por lo menos no me aburro. Nunca lo hice. En el mundo que he ido construyendo el aburrimiento no existe. Están otras cosas, algunas terribles, pero no dirán que fui aburrido o que en los cientos de papeles que he manuscrito hay una sola evidencia de que yo me hastíe o de que no sepa qué hacer con mi vida o con el tiempo que la cruza. Sé disparar. Eso lo hago cada vez mejor.

Hace una semana que no salgo a la calle. No tengo nada con que comer y el frío me está matando. Confío en que a nadie se le ocurra alquilar este piso o venderlo. Nunca he disparado a nadie a menos de treinta metros. Sería la primera vez. No soportaría ver la cara del muerto que he fabricado. Las de los otros no las veo. Son las figuras las que mi ojo aprecia y con las que disfruta. Caen de un modo o de otro. Lo curioso es que todas terminan quietas. Lo he pensado muchas veces: una vida entera sin un solo momento de quietud absoluta y basta un gesto, uno sencillo, sin excesiva maquinación, para que todo finalice y esa quietud absoluta aparezca. Deja de latir el corazón, no entra aire en los pulmones, no hay nada que los ojos puedan ver o que los oídos escuchen. El muerto es un ser limpio, un objeto entre los objetos, pero tiene un pasado. Las piedras no lo poseen. Ni los árboles. O si lo tienen nadie me ha contado en qué oscuro lenguaje se escribe. Quizá sea Dios quien maneje esos asuntos. No hay otro más capacitado. Incluso debe saber qué es la Navidad, esa palabra que me asaltó el otro día, en el sueño que no me deja vivir. Creo que es algo hermoso, ya digo, pero me atrevo a decir que es una impresión, rebatible, desmontable en cuanto alguien me rebata.

He comprendido todo. He tardado lo mío, pero ya estoy capacitado para responder a todas las preguntas. Sé qué es la Navidad. Y no me gusta. No me gusta nada. Es algo sucio o es algo ridículo. Estoy por pensar que sea ambas cosas a la vez. Lo de la suciedad es una idea de índole moral y lo del ridículo apela a las emociones. La Navidad es una inmoralidad ridícula. He entrado en un bar a comprar tabaco. Fumo poco, pero lo hago con pasión. Entablo con el humo un diálogo que las voces de mi cabeza no comprenden. Lo mejor es cuando el humo circula por  mi cabeza y libra con las ideas que no gobierno un combate. El humo busca liberarme. Pierde siempre, pero le agradezco el esfuerzo. El bar está lejos. He tardado una tarde entera en llegar. Por no frecuentar mucho el barrio en el que está el piso en donde me hospedo, sobre todo. Era un bar muy moderno. Una pantalla enorme ocupaba uno de los laterales. Debajo estaba la máquina expendedora de cajetillas. Cuando la palabra navidad sonó, sentí un dolor agudo en el pecho. No creí morir, pero no he estado nunca tan cerca. La navidad. Estaban nombrándola. En la televisión. De la televisión guardo recuerdos muy nítidos de cuando mi madre y yo vivíamos en armonía. Justo antes de que mi padre lo jodiera todo, ya saben. Navidad. Dejé de echar monedas en la ranura, di unos pasos atrás y miré la extensión asombrosa de la pantalla. Era un grupo de cinco personas. Vestían como de fiesta. Dos hombres y tres mujeres. Me aterraron los personajes de más edad. Estaban cantando algo de una luz y de campanas. Decían que la suerte se comparte, cosa que no entendí en absoluto, o que la felicidad se regala. Despedían años, saludaban los entrantes, no sé, cosas de tan poco sentido que sentí, aparte del dolor, una decepción muy grande. No había magia ni esperanza, como pregonaban. Nombraba también al corazón que tanto amo y decía que soñaba. Lo de poner los sueños a jugar no lo entendí. Eso menos que nada. Un señor muy amable me explicó en qué consistía la Navidad. Ya me puedo pegar un tiro. Este mundo no está bien hecho. Seré un muerto, dejará de latir mi corazón, no entrará aire en mis pulmones, mi ojo no buscará más piezas a las que abatir, seré un pobre encontrado en un piso abandonado. Acabo de dejar arrojar mi rifle al río. Lo he hecho de camino de vuelta a casa. Ahora no sé con qué pegarme el tiro. No tengo valor para tirarme por la ventana. Temo hacerme daño. No me importa dejar de existir, pero no acepto el dolor. A mis muertos no les causaba dolor alguno. Un tiro. Uno limpio. Ahora tengo sueño.  Ojalá me despierte y se haya borrado todo. Que lea esto y no reconozca mis palabras. Ya estoy haciendo mal con escribirlas. Haré que todo vuelva. Si leo esto, todo comenzará de nuevo. Escribir es un oficio de riesgo. Al menos me he deshecho del rifle. Lo que no se me va de la cabeza es una señora gorda, en el anuncio de la televisión, haciendo unos gestos espantosos, abriendo mucho la boca. Ahí me dan ganas de no haber sido tan ligero con lo del arma.

LA NOCHE TRANQUILA

Por Marisa López Mosquera

Parpadeó con fuerza pero nada cambió, sin duda se acercaba algún desastre. Desde el portal de su casa podía ver la calle hasta el final, justo donde el paso a nivel la bloqueaba para convertirla a continuación en una gran vía, con una preciosa y florida rotonda en el medio, un pequeño oasis de color en el asfalto infinito. Los coches circulaban despacio, la nieve descendía perezosa, recién llegada a la ciudad, las luces de los escaparates parpadeaban con suavidad, pero ni aún así llegaba hasta sus oídos la música especial de la navidad. Un siseo dulzón, cantarín, melodías internas que se encadenaban en sus oídos desde la infancia pero que este año no conseguía escuchar. Otro síntoma del desastre era la cantidad de palabras que se amontonaban en su garganta, amordazadas con el invisible lazo de una simple pregunta, la desnuda y sencilla intención de saber. ¿Por qué..? Pero el definitivo y más terrible de todos ellos era que tampoco había destellos en las fachadas, las farolas, los árboles iluminados que bordeaban las aceras. Ni una sola luz sesgada, una chispa rebelde escapándose de algún cigarro. Ninguna estrella alocada jugando en la noche azul.

Camino de casa saludó a distintas personas, vecinos animados con la inminencia de la  cena familiar en Nochebuena. Las tiendas apuraban las ventas, en breve pondrían el cartel de Cerrado y la calle se sumiría pocas horas después en un silencio repleto de ecos. Voces con distintos acentos, risas explosivas, cubiertos sobre platos cayendo al descuido, tapones de corcho rebotando en los techos, aplausos. Sonidos que escaparían por las rendijas de las ventanas, danzando en una espiral festiva sobre el barrio, colándose por las delgadas paredes de los pisos, la fina línea desprotegida en la base de las puertas de algunas casas,  las ventanas semiabiertas de las cocinas, todavía aireando el humo de los hornos donde se habían cocinado pescados que tardaban horas en evaporar su olor. Deliciosos asados que provocaban una inspiración profunda en quien percibía el aroma de lejos. Mariscos en planchas que descansaban para su limpieza cerca de las corrientes de un aire juguetón, impertinente, que se unía a los sonidos en su curioseo y descargaba un fuerte soplido sobre el cabello del anciano Morse, aturdido mientras cerraba el ventanuco del baño. Apagaba una y otra vez la vela central del adorno de la hermosa viuda Hughes, quien cada poco llevaba algo nuevo a la mesa y advertía sorprendida, alzando el arco delicado de sus cejas, la sombra de la llama; un ondulante reguero de humo que parecía burlarse de ella cuando la veía echar de nuevo la mano al bolsillo de su mandil de volantes y prender la mecha con un gesto adorable, como quien huele una flor, la expresión limpia, paciente, serena. El mismo viento que le hacía correr en ese instante tras su sombrero, al que veía dando pequeñas volteretas antes de alcanzarlo, incrustado desesperadamente en el contenedor del vidrio.

Fue al colgar la gabardina en el perchero de la entrada, exactamente cuando el cuello se acopló a la madera, como quien deja caer la cabeza, aliviado, en una almohada mullida. La sensación duró unos segundos, lo suficiente para desubicarlo, para dejarlo sin aliento, deslumbrado. En cuanto sus dedos tocaron la percha su cuerpo sintió el mismo efecto, el abrazo inesperado de una prenda sobre sus hombros, un calor reconfortante, el peso exacto de la seguridad, la confianza, pero no estaba allí sino en un lugar diferente aunque vagamente familiar. Cuando el efecto desapareció se sumó al juego de sonidos cacharreando en la cocina, desmoldando un pastel, terminando la salsa en la batidora. Por inercia sacó dos copas que chocaron, abriendo un poco más el abismo de su soledad, al brotar imágenes de tiempos no muy lejanos en los que había motivos para celebrar, manos dispuestas colocando detalles, labios que dejaban fugaces besos en su mejilla al pasar cerca de él. Vivir solo no sería tan demoledor a veces si no hubiese probado antes la dicha de hacerlo con quien había considerado la compañía perfecta, erróneamente. La cena le distrajo, disipó sus reflexiones, mientras veía en la tele un documental sobre la migración de las ballenas. La vida en el mar había formado parte de su pasado también y le agradaban estos programas. El whisky era estupendo, giró el vaso creando una pequeña marejada de licor, intentando buscar una respuesta a la pregunta que le atenazaba la garganta. Y no era que la echase de menos, no, su matrimonio había muerto años atrás, era la autocompasión de una noche perfecta para ello. Por qué él. Por qué no más de otras cosas después, felicidad para variar.

– El desastre, Thorton – se levantó para recoger la mesa, la servilleta al hombro, nombrándose con el mote que le habían puesto en el gimnasio por sus similitudes con el personaje de la película de Ford – es que está solo. Varado en esta maldita ciudad. Y ahí mismo, frente a tu casa, está otra vez esa mujer que no consigues sacar de tu cabeza, tan inquietante, tan deseable..

La viuda Hughes miraba absorta el escaso tráfico de la calle, abrazada a sí misma con la exquisitez con la que siempre se movía. Cerca de ella brindaban una vez más, la llamaban para que se uniese al grupo. Se giraba sonriendo pero volvía sus ojos soñadores hacia la gran vía, la rotonda, rodeándola mentalmente mientras tenía aquellas locas fantasías con .. El anciano Morse limpiaba su pipa en la palma de la mano, el último golpe lo dio en el bureau, cerca de la ventana. Su vecino, el boxeador, recostaba su largo cuerpo en el ventanal de la sala, apoyado en el brazo, una pierna flexionada, fumando un cigarro. Se le veía relajado pero de una forma lánguida, nostálgico. Qué desperdicio, se dijo al meter una nueva carga de tabaco en la pipa, tanta gente sola en el barrio, tanto silencio, tantos días iguales. En ese instante, en el que el viejo miraba a su vecino, éste a la mujer y ella hacia los dos, abiertamente, se desprendió un adorno pesado de la fachada y en cuanto empezó a caer también ellos fueron engullidos por una grieta del tiempo que los transportó a una estación de tren sesenta años atrás.

Thorton se encontró cerrando las puertas de los vagones con una ira inusitada, sin saber realmente qué buscaba hasta que llegó a uno de ellos y vio a la viuda Hughes, encogida, intentando esconderse de él. Incluso en aquella postura forzada estaba preciosa. Su bolso de mano por delante, una protección extra que ya no tenía sentido. En la estación la gente se impacientaba por presenciar el desenlace pero ellos no habían visto la película. Sean conocía algunos detalles sobre ella por las bromas del gimnasio pero desgraciadamente era un irlandés poco aficionado al cine y no podía ni imaginar que lo que aquellas personas querían era nada menos que ver cómo arrastraba a la mujer que llevaba meses en su mente, tan inalcanzable para él como un faro en medio del mar durante un temporal y la estampaba en el suelo contra su hermano, el tacaño. Tampoco ella sabía qué hacían allí ni por qué le temía, cuando las veces que le había encontrado en el edificio le parecía siempre tan espectacular, tan atrayente y sobre todo tan accesible, como si estuviese esperando una seña suya para complacerla. Aún así se replegó sobre el asiento al ver su mano extendida, esperando que el mismo fenómeno insólito que los había colocado allí se los llevase de vuelta pero el tiempo pasaba y nada sucedía así que se dejó conducir por él hacia el andén y caminó a saltos a su lado, enredándose los pies, porque su paso era mucho más largo que el suyo y no conseguía ponerse a la par.

Lo extraño era que por donde pasaban la gente les seguía, gritándose consignas que ellos no comprendían. La mano de su vecino comenzó a cerrarse sobre la suya de una forma protectora que le infundió valor y también ella se aferró a él, sintiendo un placer especial al ver cómo el contacto les afectaba a ambos. Desconocían la inocencia de todo aquel despliegue por lo que se veían en peligro, perseguidos por una horda de gente enfebrecida, en un mundo anticuado, un día de sol radiante, tan lejos de la noche solitaria y nevada de su barrio. Una noche en la que cada uno soñaba con un cambio, un giro en sus vidas, algo que terminase con la mediocridad de su presente. Horas después, en su carrera ya por una colina empinada, apareció el viejo Morse a caballo, con otro de refresco para ellos que Sean montó de un ágil salto, como si fuera John Wayne, acomodándola de un tirón a su espalda. Aquello era demencial, tras ellos había cientos de lugareños gritando combinaciones numéricas y la palabra ¡Danaher!  Poco antes de llegar a la cima, donde les esperaba la otra parte del pueblo, con un hombre fuerte y decidido al frente, algo asustó a los caballos que, encabritados, lanzaron su carga por los aires. Lejos de controlar el cielo y el suelo, esperando que su cuerpo recibiese un buen golpe de un momento a otro y que aquellos hombres llegasen por fin hasta ellos y los hicieran prisioneros, de nuevo les envolvió una nebulosa oscura de la que salieron justo a tiempo de escuchar el boqueo del desprendimiento, un corto jadeo de la piedra al chocar con la tierra del jardín del patio.

Morse agitó la mano tras el cristal, saludando con calidez a Sean, que le respondió desde su ventanal, todavía confuso, levantando el pulgar en una señal de victoria. Se sentía ligero, el nudo de las palabras había desaparecido y hacia donde mirase surgían poco después intermitentes puntos de luz flotando. Por la ventana de la viuda Hughes salió una música pegadiza pero ni rastro de ella. Bajó las escaleras del único piso que los separaba, llamando enérgicamente a todos los timbres, no sabía cuál sería su apartamento pero estaba dispuesto a averiguarlo. Entre disculpas y suaves rechazos a una copa, finalmente llegó a su puerta. Se había soltado el cabello, sus mejillas todavía estaban rosadas, nunca la había visto más bella, ni más dispuesta. Sin tiempo para una escena la sujetó por la muñeca con firmeza y echó a correr con ella, bajo la mirada atónita de sus vecinos. Poco después escucharon el portazo arriba y unos segundos más tarde un sensual gemido, largo y ronco, seguido de unas carcajadas felices. El viejo Morse sacó la basura al contenedor del rellano, mordiendo su pipa de medio lado. Poco antes de entrar en casa sonrió al mirar hacia el techo, movió la cabeza hacia los lados y masculló entre dientes “¡Homérico!”, radiante, cerrando el cuento.

PEREGRINOS

Por Alex Herrera

A los que están por llegar.

Si es nochebuena y estás solo, no le importas a nadie.

Lo leyó otra vez.

Si es nochebuena y estás solo, no le importas a nadie.

Palmó la tinta con sus manos, como queriendo asegurarse de que aquella triste frase había sido escrita hacia tanto tiempo como el que indicaba la rúbrica.

Hans, 24 de diciembre de 1913

De todas las historias que había leído aquella noche, la de Hans era la más concisa y turbadora. Superaba en elocuencia las doce páginas que Asunción había empleado en relatar las terribles palizas que le propinaba su marido cada vez que llegaba a casa tambaleándose por el aguardiente.

Decidió pasar la página, no sin echarle un último vistazo al sinsabor de Hans. La siguiente historia la narraba Jonás, un viajante aprisionado por la nieve en el hotel Etxeluz que temía haber heredado la locura de su padre. Jonás hablaba de voces que cruzaban su cabeza y de la nieve que se acumulaba en los caminos que veía desde la ventana. Debió nevar de modo considerable aquel día 24 de diciembre de 1963 pensó antes de caer en la cuenta de que todos los relatos que había leído hasta entonces estaban firmados el mismo día de nochebuena de años asimétricos. Ni una sola anécdota veraniega. Ni un sombrero volado por el viento del otoño. Ninguna fugitiva adolescente primaveral. Comenzó entonces una frenética búsqueda de una rúbrica que no hubiese sido escrita durante la noche mágica. Revisó frenéticamente el diario desde la primera hasta la última página. Desde la primera entrada fechada por Ismael un 24 de diciembre de 1897 hasta la última, escrita con caligrafía titubeante por Esther en 2011, todas las palabras contenidas por aquellas páginas fueron escritas en la nochebuena de años dispares y sin embargo extrañamente conjuntados.

Decidió no seguir un orden correlativo en su lectura. Algo inútil, teniendo en cuenta que los relatos no mantenían orden cronológico alguno. A una historia escrita en la década de los cincuenta la seguía otra narrada a principios del siglo XXI. Así que dejó que sus dedos se deslizasen entre las páginas en busca de una nueva historia. La de Eva.

“Ayer no quise importunarte, por eso te hablé bajo tu puerta, en susurros que sé no escucharías, con la vana esperanza de que la resonancia de tu casona las llevase hasta donde tu estuvieses. Quise decirte que no tengo fuerzas. Que no quiero ser tu esposa. Ese papel se lo cedo gustosa al fantasma que se desplaza colgada de tu brazo cuando paseas por las plazas. Prefiero ser tu mujer. La que desprecias tras sentir su calor y aun así te sigue guardando un hueco en la cama que ningún otro podría llenar.”

Una lágrima escapó de los ojos que creía secos para caer sobre el papel amarillento sin que la tinta llegase a emborronarse. Rápidamente la limpió. La secó con su aliento, tratando de impedir que la desazón de aquella mujer escapase del cerco rectangular de aquel libro. Después miró hacia la ventana, tratando de acumular fuerzas para no arrancar aquella página del diario y guardarla en sus bolsillos. El relato de Eva acababa ahí, con el juramento de que su corazón, su alma y su cuerpo soportaban el insoportable peso de los huecos sin cubrir.

Ya era de noche. La lectura de aquel turbador libro manuscrito había acortado las horas hasta conseguir que el día fuese manejable. La nochebuena había dejado de ser abstracta a sus ojos. ¿Pero por qué él, hombre episódico, leía aquel libro de nochebuenas infelices en su nochebuena más negra? ¿Por qué se sentía impelido a escribir los motivos que le habían llebado hasta allí, como al resto de sus invisibles compañeros de cuarto, un día 24 de diciembre? 

La historia de Manuel fue la siguiente. La que le turbó especialmente.

“No conseguí las pastillas que me garantizaban un trasiego indoloro. Me quedan las cuchillas de afeitar. Estoy seguro de que alguna terminará astillándose al contacto con mis brazos, de modo que he comparado tres pares. El tendero se ha burlado de mí al envolver la mercancía. Al recibir mi errática respuesta se ha puesto triste. No serio, sino triste. Cuando me marchaba me ha detenido en la puerta con su vozarrón contralto. En tres días recibiré nuevos cuadernillos de caligrafía, me dijo. Sé cuánto te gusta tocarlos y oler su poso de papel recién cortado antes de garabatearlos. Te reservaré dos. ¿De acuerdo? Le contesté que no. Ahora ya es de madrugada y acabo de conocer la historia de Julián” 

¿Murió Manuel en aquella habitación cuarenta años antes? ¿Lo hizo en el cuarto de baño desvencijado o tumbado en aquella cama de muelles? No pudo evitar husmear bajo la cama en una inútil búsqueda de gotas de sangre que hubiesen sobrevivido a una concienzuda desinfección del suelo de madera. Por supuesto no encontró nada. Después se sintió tentado en llamar a recepción en busca de información. Descartó la posibilidad por estrambótica. ¿Qué podría saber el joven e imberbe portero de noche de lo ocurrido en aquel lugar cuarenta años atrás? No llamaría. Tampoco leería más. Demasiado doloroso incluso para alguien que creía haber perdido la empatía. Solo una historia más, la de Julián, pensó. Al fin y al cabo aún era temprano. Después se iría a la cama. Apagaría la lámpara que emanaba una débil luz amarilla desde la mesita y escaparía para siempre de la sensación de vacío que le producía la lectura del manuscrito. Buscó a Julián. Lo encontró en la última página. El papel estaba escrito con dos caligrafías y dos tintas de diferente trazo y color. Las líneas manuscritas se superponían en ocasiones, pero seguían resultado legibles. Naroa confesaba su relación sexual con un hombre casado, mezquino y desdeñoso. Le quería y le odiaba. Le quiso y le odió en 1979. Julián relataba cómo cada noche se marchaba solo a su cama. Su imposibilidad para establecer relaciones de cualquier tipo con otra persona le atormentaba en 1989. Al final, las líneas se entrecruzaban formando una curiosa frase: No sabes vivir una historia de amor. Julián y Naroa hicieron el amor en una página de papel a través de mecánica cuántica y tinta azul y roja. 

Eran las tres de la mañana ya. Tal vez había llegado el momento de llamar a casa y decirle a Susana que había cometido un error. Que necesitaba desandarlo y retomar el punto de partida. Seguramente los niños habrían preguntado por él durante todo el día. No dejaba de hacerse la misma pregunta: ¿Quién se habría disfrazado de Papá Noel para entregarles los regalos? Qué pregunta tan estúpida. Tan estéril. Tan sin respuesta.

Guardo el libro en el cajón de la cómoda con tan mala fortuna de que cayó al suelo haciendo tronar la habitación entera. Al recogerlo lo encontró abierto en la página de Ulises, de Uli, hombretón que aseguraba haber cazado ballenas en Terranova y haber asesinado al hombre que se casó con su prometida. Su mejor amigo. Treinta y cuatro años en la cárcel atestiguaban un error del que Ulises no se arrepentía. Ahora, con más de sesenta años cumplidos, esperaba su final mientras observaba árboles y trenes sentado en tapias y bancos. Fantaseando con los barcos que podrían llevarle lejos y nunca volvería a tomar. No acertaba a comprender el motivo que le llevó al hotel Etxeluz una nochebuena de 1983. Sintió que debía ir hasta lo más alto de la colina que custodiaba la ciudad y quedarse allí toda aquella noche, sin importar lo que ocurriese al día siguiente. Su narración terminaba con una enigmática frase: Nunca supe.

Nadie sabe.

Eran las cuatro de la madrugada. Antonio observó la ciudad prendida de luz desde la atalaya de su habitación. Estaba tan cansado que apenas alcanzó el interruptor de la luz. Entonces, mientras lo rebuscaba a ciegas en la pared, la epifanía se dio.

Y si Jonás no estuviese loco sino que fuese un transmisor de vidas que se buscaban y jamás se encontraron. Y si, al comprenderlo, fue feliz. Y si Asunción decidió quemar la casa en la que su cuerpo fue martirizado. Y si Manuel, cuando las cuchillas marcaban el trazado que atravesaba sus muñecas, cayó en la cuenta de que la gramática y el olor del papel recién cortado puede hacer feliz a quien lo sabe apreciar. Y si Julián y Naroa cruzaron sus miradas en algún vagón de tren. Tal vez habrían encontrado la fórmula alquímica que permite traspasar los muros de tiempo. Y si Hans encontró en el último instante un comensal que le hizo frente en su mesa. Puede que bebieran vino, rieran y corrieran desnudos sobre la nieve buscando alcanzar la luna antes de ser opacada por la nube siguiente. Y si Eva, mientras miraba desde su balcón los paseos matinales de su objeto de deseo junto a su esposa, recibió un tiesto en la cabeza que le permitió olvidar quien era y de quien estuvo enamorada alguna vez. Un nuevo comienzo, en un hotel. En un refugio durante la noche de las noches. En las que todo es posible. ¿Por qué no? Incluso puede que Uli algún día llegase a tomar un tren.

Antonio se sintió aturdido. Se irguió sobre la cama. Repasó los motivos de su huida: se sintió estafado por la vida que le dio un matrimonio y dos hijos a cambio de aventuras con los bosquimanos del desierto del Kalahari. Cuando comenzó a reconocer a las personas por sus zapatos, cuando se sintió incapaz de alzar la vista, se fue. Solo habían pasado unas horas de aquella locura que pensó le devolvería el tiempo que voluntariamente ya había entregado y no volvería. Un irrefrenable deseo de escribir sus motivos en el cuaderno gris le poseyó. Se levantó, se sentó en la butaca de madera y cogió un bolígrafo cuya punta estaba anudada con celofán. Entonces amaneció.

Cuatro Cuentos y una Canción de Navidad…

Han pasado siete años, siete navidades, desde que le pedí a Mycroft que escribiese un cuento de Navidad para sobrellevar unos días especialmente amargos por entonces en este lugar. Después se unió Emilio a la nuestra fiesta, y hoy lo hace Angéline hasta que ella así lo quiera. Y aquí seguimos. Más cansados y más viejos pero no más sabios. Siendo felices por compartir espacio una vez al año. Así pues, engalano nuestro rincón navideño con la esperanza de que estos cuentos ayuden a que la noche mágica lo sea realmente para todos aquellos que visitan este lugar. Y empiezo con una canción. Este año el privilegio antártico es grande al poder recibir a los Monty Python y su glorioso villancico “Christmas in Heaven”. Irreverente, gamberro y, en cierto modo, crepuscular. Un epílogo adecuado para el año en el que el fin del mundo no llegó.

Feliz Navidad a todos. Sean felices.

HEREDARÁS LA TIERRA

por Mycroft Barret

“Pero al final uno necesita más coraje para vivir que para matarse”
(Albert Camus)

 

“Que la vida iba en serio

Uno lo empieza a comprender más tarde”

(Jaime Gil de Biedma)

                                                             

                                                        “…no quisiera morir

Antes de haber gastado

Su boca con mi boca

Su cuerpo con mis manos

El resto con mis ojos.

Ya no digo más es mejor

No ser irreverente.

No quisiera morir

Sin que se hayan inventado

Las rosas eternas

La jornada de dos horas

El mar en la montaña

La montaña en el mar

El fin del dolor

Los diarios en color

La alegría de los niños

Y tantas cosas más

Que duermen el los cráneos

De geniales ingenieros…”

                             (Boris Vian)                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                       

 

“No voy a decir que cuidaré de ti,
ni siquiera sé cuidar de mi.
Es posible que sea yo quien necesite que lo salven…”

(Los Planetas, Canción para ligar o para que no me dejes)

Noviembre en la ciudad de cielos desmesuradamente azules, como lágrimas inmensas, acumuladas en el techo. Haces de luz inapropiados para la gravedad otoñal, cuelgan juguetones por las fachadas y juegan a alcanzarse unos a otros, derramando sombras al mediodía, por entre los vericuetos de hormigón y los tendederos atestados de ropa húmeda y fría, goteando al abismo cotidiano de las calles, lágrimas cayendo por entre las azules lágrimas celestes.

Caminaba un hombre ni mejor ni peor que los demás, probablemente. ¿Quién sabe qué aspecto tiene un hombre malvado? Por fuera todos están cubiertos de la misma fina capa que tiembla en invierno, y suda en verano, que se estremece ante lo bello, que se desgarra ante un filo. En los brazos del médico,  con sus apenas dos kilos de carne suplicante y confusa, el aspecto de un hombre es muy semejante, y uno no cambia tanto con el tiempo.  El llanto queda en reserva, silencioso, paciente, esperando su momento para volver.

Este hombre había decidido matarse. Hasta ahora nada singular. De muy poco dispone un hombre, sino de su vida. Es en el equipaje, la valija más pesada. Uno no puede regalarla, o cambiarla. Uno no puede pedir un modelo más cómodo, sin botones tan estrechos, o con holguras distintas que le permitan a uno respirar. Uno no puede remendarla, como se hace arreglar los bajos de un pantalón.

Se levantó por la mañana como muchos otros, y dejó la cama por hacer ¿para qué molestarse? El despertador sonó con un matiz distinto, y no fue el penoso recordatorio del pasar absurdo del tiempo que era en otras ocasiones. Desayunó poco, como siempre, con la galería en frente de su silla en la cocina, viendo al pequeño vecino comer sus cereales deprisa al otro lado del patio de luces mientras gritos violentos caían a su alrededor, gritos desesperados. Cuando la pobreza entra por la puerta, el amor sale por la ventana, dicen. El joven y él cruzaban una mirada de entendimiento, y esos pequeños estiletes grises eran un recordatorio de un mundo desmoronándose allá afuera, mientras el suyo se deshacía por dentro como un glaciar en verano…

Un hombre muy sabio, pero quizá no lo suficiente para su propio bien, dijo que uno no elige morir, sino en realidad elige entre dos males, el insoportable incendio de su dolor, o la escapatoria por la ventana. No se elije muerte, se elije no enfrentarse a las quemaduras anímicas de tercer grado, a arder sin fuego, a quemarse en vida, a quemarse con la vida, ígnea condena, bendita (o maldita) esperanza en la desesperanza.

El hombre ha bajado por la calle arrastrando los pies, con sus castaños ojos entrecerrados, su pelo negro, revuelto y mal cortado, buscando con la vista la relativamente esquiva posibilidad de dejar de existir sin posibilidad de fallo, dolor, error, o efectos secundarios no deseados y no incompatibles con la vida (secuelas); las alturas, las ventanas, los cruces de avenida, los puentes, los lagos artificiales, y los lugares peligrosos y solitarios cobran un nuevo matiz, y son los favoritos de los desesperados.

Matarse es una tarea difícil, en el cual uno debe invertir muchas noches de insomnio y detallada reflexión. Para algunos, es un trabajo que dura toda la vida, en el cual no puede faltar una fase de documentación, aunque uno no deba creer todo lo que lea por la red; requeriría un estudio médico de las diversas opciones, un concienzudo y realista método de clasificación teniendo en cuenta presupuesto, oportunidad, dolor implicado, tanto por ciento de éxito, estadísticas, resultados, y no menos importante, cuestiones de decoro y limpieza una vez acabado el trabajo.

El suicidio es una materia relativamente desconocida en muchos círculos, al menos desde el punto de vista del interesado.

Nuestro hombre llevaba unos años desesperado. Había llamado a las líneas de prevención, había sido psicoanalizado, medicado, hipnotizado, tratado por un chamán africano, había hablado con genetistas que afirmaban que su alma estaba predestinada a consumirse a si misma, había sido llevado a reuniones de grupo, a ceremonias religiosas de una vasta infinitud de diferentes y bienintencionados (o no tanto) creyentes que creían portar la respuesta…

El agujero de su corazón seguía intacto, se agrandaba de hecho. Todo era arrojado a él. Era un pozo, una estrella que había implosionado y arrastraba hacía sí, hacia la nada, cuánto la rodeaba. Nada existía más allá de su propia tristeza. Se veía devorado por si mismo, su misma condición era su propio tema obsesivo. Más sólo estaba, más extraño era al resto, más monstruoso se sentía, más sólo quería estar. La empatía se atrofiaba, su corazón sólo latía al ritmo lento de una letanía amarga y egocéntrica. Su pena era su mundo, y el mundo era una pena sin solución a la cuál él no pertenecía.

Era reconfortante, allí, perdido en medio del tráfico de bicis y peatones, en la parte nueva y comercial de la ciudad, en la orilla norte del viejo río, ahora un parque, haber solucionado ya el problema de mañana. Si no hay mañana no hay problema.

El método era lo único que faltaba, pensaba absorto, sin reparar en otros rostros, otros gestos, otro dolor en medio de la miríada de dolores (aquí una chica demasiado joven, demasiado delgada, con pelo cobrizo y fino, azotado por la brisa, y su cuerpecito a punto de quebrarse, sus afilados cantos aullando por la privación; más allá un anciano con gesto contenido, cuyos huesos pulverizados están plagados de células hacinadas como avispas en la colmena, zumbando y royendo…)

Hay en esta parte de la tierra, despejada, cálida, benigna, una infinita y espléndida luz que haría que un montón de basura pareciera un lienzo de Sorolla. Pero de nada sirve si se hace de noche en el corazón. Han apagado las luces del cuarto de estar del corazón, y desde fuera sólo se ven abandonados muebles en la oscuridad, espejos deformantes, y ahí  reflejado un hombre, ya no joven, de gesto triste, y una sombra sobre él.

Puedes luchar y zafarte, piensa el hombre, pero tus propios puños no te obedecen, y se vuelven contra ti. Tus pasos siguen a tus pensamientos, no eres dueño de tu rumbo. Eres un suspiro en la historia de un dolor tan largo y grande como el mundo, el dolor humano, no eres nada, no te espera nadie, no has conseguido nada, y nada esperas, y a nadie complace tu existencia. Nada y nadie son tus compañeros. Nadie te ama, te dices, nada ocurre, piensas, y si estás sano, y tienes fuerzas, imaginas tempestades en tu sangre. El cáncer seguro, a la vuelta de la esquina. Si a alguien importas, su vida será mejor sin ti.

Todas son las palabras que alguien susurra en tu oído, un enemigo íntimo, nadie distinto de ti mismo. Finalmente uno recibe su merecido. Excusas de mal pagador, porque vivir agota, y estás agotado. El hombre que quiere matarse lo sabe, con su cabeza, pero resulta difícil saberlo con el corazón. Complicado convencerte, enemigo íntimo.

Finalmente tras mucho vagar, horas y horas de hablar entre dientes, y de mucho pensar en si mismo, pues el enfermo de tristeza es una criatura tremendamente egocéntrica, llegó a cierto puente que se había hecho popular últimamente entre los de su clase. No era su muerte preferida, pero encaramarse a los adornos de Calatrava, el infame arquitecto, era algo relativamente fácil, una sutil venganza contra los atropellos estéticos y económicos, y un medio, en fin, al alcance de cualquiera. Subió, azotado por el viento, frente a la indiferencia o la curiosidad de quienes, a esa hora ya relativamente tardía, pasaban de largo esquivando problemas.

Sin embargo el punto más alto y mortal del armatoste resbaladizo, blanco, casi de apariencia hospitalaria o médica, estaba ya ocupado. No supo qué decir a la menuda mujer que le miraba espantada, excepto:

-Disculpe- ¿Debía pedir turno hasta para esto? Gran parte del entusiasmo inicial se iba enfriando con el contacto humano. Ojos como ascuas le radiografiaban, y el pelo enredado en viento, viento de sitio alto y frío y apartado, un viento especial, un viento con personalidad, casi le rozaba la cara, el cabello estirado en la oscuridad, meciéndose en el aire de la noche.

-No trate de salvarme. ¿Se ha creído un héroe?- Palabras escupidas, pero gestos que casi las desmentían.

-No lo soy-escupe con voz ronca y entrecortada- No soy un héroe ni en mi mejor día. No he venido a salvar a nadie. A lo mejor me salva usted a mí…

-¿Qué dice?

-Digo que podemos matarnos mañana. Pero si nos lanzamos los dos quedará un poco raro, ¿no?

-¿Por qué?

-No sé, como si fuera un pacto o algo. ¿Por qué no bajamos y lo hablamos? De todas formas esta forma de morir no me acaba de convencer. Subí sólo como por un impulso, para no perder la resolución del momento Además ¿Y la gente que nos tiene que recoger? ¿Ha pensado en ellos?

-…No…-Murmuró, y le tendió la mano, y de pronto ninguno de los dos tenía tanta prisa por acabar con todo.

II

De estas casas
no ha quedado
más que algún
pedazo de pared

De tantos
que me apreciaban
no ha quedado
ni eso siquiera

Pero en el corazón
no falta ni una cruz

Es mi corazón
el país más desgarrado

(Ungaretti)

 “Hoy necesito el cielo más que nunca

No que me salve. Sí que me acompañe.”

(Claudio Rodríguez)

“Pre­cisa­mente porque es imposi­ble de ser vivida, para Camus la vida vale la pena de ser vivida. Vivir es una rebeldía”

(Eduardo Sabugal)

 

Y la ciudad era una escuela de tristezas, y todos lo sabían y unos y otros pasaban de largo sin mirarse a los ojos, porque en las córneas se veía reflejada la propia mirada aterida, agotada, y nadie quiere ver en las pupilas de otro sus propias pupilas abismadas en aullante fuga.

Arden las flores en el puente, a ambos lados cubriendo las barandillas, un puente de flores demasiado caras que están ardiendo, se queman en su propia y desesperada soledad. Algunos las roban y otros las arrancan por pura maldad, pero lo mejor del puente de las flores, es que las pupilas jadeantes pueden escapar de las miradas y descansar en los amarillos pétalos, en los rojos prodigiosos, en la llameante imagen de la luz convertida en colorines…

Pero de pronto uno cabalga el asfalto como quién intenta domar a un animal salvaje, y el sucio suelo quema en los pies y los pasos sólo nos llevan a sitios que no son ningún sitio, y el hombre que se asfixia intoxicado de si mismo se pregunta ¿a dónde voy, qué hago, y, sobre todo, quién soy?

Porque una resolución por cobarde que sea da cierta sensación de amparo. Pero estar perdido y sentir la aguja del reloj traspasar tejido sensible y trémulo, pobre carne humana mortal e inmortal, material para el olvido, duele. Ah, existir y no existir, piensa el hombre estremecido, estar y no estar, dudar entre lo posible y lo imposible, ser fantasma, desaparecer, ser testigo del propio desvanecimiento. Estar cansado del cansancio, pero aferrarse a pesar de todo.

Ahora es tibia la fiera corriente que le empujaba a saltar no importa a dónde, la ciega desesperanza, ahora camina igual que entonces, y siente en cada cruce todavía algunas veces la tentación de caminar en dirección a la velocidad mortal de un autobús en ciega y contundente progresión, un golpe sordo nada más, pero hay también una tentación diferente, quedarse muy quieto, muy callado, simplemente estar, aguardar al verde luminoso, ser uno entre cientos. Ser.

La palabra es arma que la carga el diablo, la palabra ha sembrado, si no un amor trágico, si no una heroica salvación en la exaltación de unos ojos cualquiera, si no esa historia sentimental que sin duda aguardáis (la tibieza de un cuerpo próximo, cartografía del endeble deseo humano, batalla contra dos soledades, anhelante carne en busca de un firmamento con forma de epidermis) si al menos el compromiso nacido de un dolor común, una amistad frágil y todavía titubeante que danza por encima de la compulsiva necesidad de sentir dolor, y de poner fin de una vez por todas a ese dolor.

Comenzaron a reunirse callados, guardianes el uno del otro, confidentes, con el tiempo, de pensamientos y pesares, de egocéntricas fábulas del depresivo, ese ser monstruoso que se intuye como tal, se descubre como horror, se enclaustra en lo imposible, se obceca en sus sueños, se frustra con sus torpes incursiones en la realidad, y camina como dormido, como sonámbulo. Apoyados el uno en el otro, eran dos malabaristas que caminaban por una cuerda, y de pronto, al mirar abajo, descubrían que no había cuerda. El milagro, y el terror, era que flotaban en el aire, y se miraban uno a otro aterrados esperando caer.

Secretos verbos afilados como puñales herían los labios, y laceraban sus bocas con el pudor manchado de vergüenza y debilidad, pero en realidad no era tal, sino fortaleza. De improviso, el hombre no estaba tan absorto en sus propios demonios, y contemplaba el temblor y estupor ajeno como un jardinero contempla un capullo de flor especialmente hermoso que está sufriendo síntomas de congelación, y al que un soplo de más de una corriente helada podría comprometer.

Él le contó sus propios miedos, sus soledades, sus simas, sus abismos, sus oscuras entrañas de madera en descomposición, sus supurantes heridas mal cosidas, sus miserias cuando salpicaban a otros, casi siempre por error, y no por maldad.

Pronto, más él que ella, pensó que algo estaba cambiando. Algunos momentos los veía con ojos distintos, o simplemente, los veía, antes estaba ciego ante ellos (un amanecer silencioso, un paseo nocturno por la parte vieja de la ciudad, una conversación con un vecino a quién creía, equivocadamente,  caer mal, y sobre todo una mañana en su azotea, un escenario posible pero improbable para su consumación suicida, demasiado cercana a su círculo)

Conforme noviembre se consumía en el fuego de un renovado ardor en el alma, se iba llenando la ciudad de ruinas iluminadas con bombillas LED, anuncios de juguetes, personas corriendo de una tienda a otra, pobres pedigüeños apelando al diezmo de la mala conciencia, abrigos negros como alas de cuervo aleteando nerviosos y sin mirar abajo, y abajo, tumbados, sentados, derrotados pero no vencidos, demasiado agotados para estar en pie,  gentes con ojos tan negros como el hambre de varios días.

Rojos papas noeles en vallas publicitarias, buenos (malos) sentimientos, y una pesadez agobiante en el pecho de nuestros dos huérfanos de cuento de Dickens. Las palabras a ella le faltaban ahora como el aire en los pulmones. El aire dulzón del café olía a chocolate, a infancia, y la suya propia era una gangrena que llevaba supurando, según había podido intuir él.

Un día, tras semanas en que se les iba el aliento con cada noticia de abismos y caminos hurtados al viento, de desesperadas huidas de hipotecas y desahucios, por la expeditiva y cada vez más frecuente salida de una ventana convenientemente alta (los periódicos venían llenos de compañeros y compañeras de penas), ella dejó de ir.

De pronto, el cielo se resquebraja, caen vidrios sobre su cabeza, y entra otra vez el frío invernal y las luces producen sobras monstruosas y sus calcetines cuelgan siniestramente esperando un regalo envenenado: “Santa Claus, tráeme una pistola”. Vuelve a caminar en círculos con media vida entumecida y la otra media temblando, y sin embargo.

Sin embargo hay una llama que no se apaga, como dice la vieja canción. Hay un fuego que arde, hay una esperanza que no tiene que ver con ángeles o milagros. En sus sueños poblados de puños apretados, de afilados picos de aves que le sorben la sangre directamente del pecho, de días pálidos y azules semejantes unos a otros, de absurdos minutos sinsentido, de sueños que se parecen a la vida y vidas que son malos sueños, recrea el blanco y el negro de Capra, y a James Stewart nervioso, su propia versión de la película, con Stewart al borde del borde, y no ahí hay milagros, no hay ningún milagro, ni ángeles, ni alas que ganarse, sólo un hombre y su corazón, sólo el miedo, el dolor, y su lugar en el corazón del hombre.

Y ahí es cuando la chispa prende, y aún cuando no hay por lo demás respuesta en el otro, ella sigue sin aparecer, esa mujer que es interrogante, que no lo ama, a la que no ama, no vuelve, no aparece, esa mujer no ya joven, con ojos fieros y triste estampa, plena de cicatrices, a la que no se hace ilusiones de salvar, como caballero andante o como héroe, él, precisamente él, pero por la que se preocupa, se preocupa sinceramente, sin ganas de realizar el gran gesto, la gran gesta, el ampuloso ejercicio de salvamento que en el fondo de su ego necesitaría hacer.

Sólo palabras, preguntas, casi ninguna certeza, y hombro que se apoya en otro hombro. El fuego, la chispa emerge, y su boca se descongela, y accede al verbo, accede a la palabra, accede a una forma de estar en el mundo, de ser responsable. Tal vez no de todo, tal vez ni siquiera de sí mismo. Pero de lo que pueda abarcar, de la parte de su sombra que no está completamente consumida en su propia negritud.

La mañana en que subió a la azotea algún relé en su interior se activó.  Era el día de noche buena, y el silencio era más denso, aunque uno no creyera, rodeado de tantas luces, y tantas risas forzadas, y tantas ausencias.

Cuando uno se detesta, y todo es niebla, y todo es frío, y las gotas de rocío no son más que escupitajos, y no hay nada ni nadie a lo que apelar, y sólo hay entrañas que se vuelven contra uno mismo, resulta difícil dejar de estar decidido a no ver. Y cuando finalmente, hay una pequeña sacudida que le introduce a uno a un mundo que había dejado confortablemente al otro lado de la puerta, tras la pared, en el afuera, uno se conduce con la lucidez como si estuviera embriagado, y no acaba de creerse esa grieta en su negra visión y esa apuesta por hacer algo para cambiar alguna cosa, esa apuesta arriesgada por el acto, por la vida, por uno mismo, y por los demás. Se acaba el egoísmo de la cobardía, pero queda el miedo tibio de la duda. Insidiosamente, le socaba a uno, y le puede ahogar en el más puro de los días, en la mañana más azul, en el momento más dulce.

Cambiar entonces no es cosa de un momento, de una decisión, cambiar es un modo de vida, de apegarse de nuevo a la vida, algo agotador, inacabable, continúo, con altibajos.

Allí, en la azotea, oteando el cielo liviano que hay por arriba del humo, enfriándose, andaba soñando despierto y tratando de cambiar su duda, por la fe necesaria al menos para realizar el acto, representar su papel, encontrarla, encontrase.

Subió entonces su joven vecino, con triste mirada divertida, vestido con una sudadera con capucha que ocultaba sus rizos descuidados y algo sucios, y le preguntó de golpe:

-¿Ya te dejan subir aquí?

Parece que todos los vecinos sabían que incluso en vida de su madre, había tratado de darse de baja del mundo, sin, como decía cierto poema, encontrar el formulario adecuado para ello.

Se encogió de hombros. El chico se puso un cigarrillo en la comisura de los labios, y esperó la mirada reprobadora con un brillo malicioso en los ojos. El hombre siguió el juego. Le caía bien el chico.

-No deberías fumar.

-Y usted no debería saltar desde la azotea. Es malo para su salud.

El hombre rió despreocupadamente la ocurrencia, y le preguntó de golpe qué opinaba de la vida. Casi con seriedad. Casi buscando consejo en unos ojos que no estuvieran desgastados a fuerza de mirar y no ver.

Esta vez el chico se encogió de hombros.

-Sólo la conozco de oídas. Parece terrible.

-Pero estás vivo

-¿En serio? Apenas por poco. Yo no existo, debes estar más loco de lo que dicen. ¿No sabes que soy invisible?- esta vez sonrió sin ganas-Estás hablando solo.

-¿Podemos continuar haciendo como si existieras?

-Claro, es mejor que estar en clase.

-Sobre eso…

-No te preocupes vecino, no me quieren allí, ni me quiero yo allí. No hay problema. Y con mis tíos tampoco. Hace días que no paran por casa.

-¿Estás sólo?

-Si, pero no mal acompañado. Creo que me han dejado para que me las vea con los agentes judiciales.

-¿Y qué vas a hacer?- la voz le salía como entrecortada, por la falta de costumbre. De hablar con alguien, de que le importe alguien.

-Supongo que escapar. Pero es una pena.

-¿Una pena?

-Ya no hay ningún lugar al que escapar. Ya sabes, como la frontera en el oeste, o los buscadores de oro, o los exploradores. Allí donde vaya habrá servicios sociales, turistas, reporteros de tele-realidad, colas del paro, hipotecas, colegios, ya no hay aventuras. Incluso en el polo norte todo son turistas, científicos, algunos pingüinos posando para los documentales.

-Ya no lo hay, tienes razón. Es una pena. Ya no hay glaciar sin sesión fotográfica. No se puede ir a ningún lugar.

-No, no se puede. Tampoco puedes coger atajos- dijo el chico, y señaló el borde de la azotea.

-No pensaba cogerlos. Hoy.

-Eso pensaba- dijo el chico apurando el cigarro, y mirando seriamente a su nuevo protegido- ¿Si quisieras hacer algo, estar en algún sitio, dónde irías, qué harías?

Y aquella era una pregunta condenadamente buena.

III

“…pero si
pese a todo
no puedes evitarlo
y congelas el júbilo
y quieres con desgana
y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
entonces
no te quedes conmigo.”

(Mario Benedetti)

 

« Heureux qui chante pour l’enfant
Et qui sans jamais rien lui dire
Le guide au chemin triomphant »

(Hereux, Jacques Brel)

“En el curso del invierno, he descubierto un infinito verano en mí”

(Albert Camus)

“Cada uno está solo sobre el corazón de la tierra
traspasado por un rayo de sol:
y de repente la noche.”

 (Salvatore Quasimodo)

No podía vivir muy lejos del puente, de la cafetería, de su propia casa. Alguna cosa sabía de ella, sabía en que colegio había estudiado, y que le gustaban las flores, y que su padre, bueno, no era una buena persona, y que la reunión familiar de navidad no podía hacerle ningún bien.

Sabía que era menuda, y que tenía un coche amarillo que había fantaseado con aplastar contra un muro, y convertir su carne en hierro manchado de rosas. Sabía que trabajaba cosiendo para un taller sin contratos. Sabía que estaba triste, sabía demasiado sobre eso, sabía que iba a intentarlo esa noche. Sabía que quería encontrarla. Pero no dónde.

El chico lió otro cigarro y juntos caminaron, y caminaron, y la noche se iba muriendo, y el corazón de él se encogía, y pensaba, quiero vivir, quiero que viva, quiero escapar a un lugar sin fotógrafos del National Geographic. Quiero que ella conduzca su coche amarillo sin sentir ganas de hacerse daño. Quiero que pase esta falsedad, esta noche sin milagros, pero no sé todavía cómo hacerlo.

El silencio era la prueba de que se iba forjando una cierta confianza, una complicidad entre el chico y el hombre. Su propuesta había agradado al chico, le había dibujado no como un desesperado buscador de agujeros en los que perderse, sino como un hombre entre tantos, manejando su dolor, conduciéndose lo mejor posible, luchando por la vida de otro aún sin saber muy bien qué valor darle a una vida. A su vida.

El hombre no era tan viejo como para no recordarse a si mismo como chico, recordar todas las promesas de una era de esperanza, y lo que vino después.

El chico, al que venía contando los lugares que ella pudiera frecuentar, sus penas y pensamientos, comenzaba a dibujar en su mente la desdicha y la pena de un alma de mujer torturada, una y mil veces, con el tacto de una pesada mano cuya caricia quemaba como fuego y que hoy, en familia, tal vez iba a tener que rozar.

Como caballero andante ya en el final de sus viajes, que se cree ya poco heroico y casi ridículo, y su realista escudero con la cabeza en el fondo llena de sueños, caminaron buscando trifulcas familiares (no faltaron falsas alarmas, y llamadas a telefonillos) y sombras acurrucadas en los portales, casi siempre bajas colaterales del sueño de prosperidad, espectros con figura de espantapájaro, sabios del frío, catedráticos en la intemperie, metáforas vivientes con agujeros en los zapatos.

El espíritu navideño brilla incandescente por su ausencia.

Y finalmente, llegaron al único lugar posible. El puente donde una vez quiso saltar, y en efecto saltó. (Saltó sin saltar, hacia un lugar menos confortable, hacia un modo diferente de desesperación, hacia otro dolor)

Ya amanecía casi, el día de navidad, si es que eso significa algo, y ella temblaba, y a él le hubiera gustado romperle todos los huesos a quién sembró en aquel pequeño cuerpo un dolor tan grande. El dolor no responde a un creador, el dolor está allí antes, y permanecerá después de que cierre cada herida a la que culpamos de su existencia, es alimentado o es reprimido, y se parece mucho a nuestro rostro, pero desfigura nuestro rostro. Nosotros, más bien, como dijo un escritor, nos parecemos a nuestro dolor.

Él tendió la mano de nuevo, y ella le miró cansada. Dio un paso adelante, y cayó.

De repente el amanecer se desdijo ante los ojos de él y fue noche otra vez, y no quiso mirar, y miró, y ahí, si uno hubiese querido creer en los milagros en vez de en las casualidades (o en las causalidades, diría maliciosamente Freud) creería, porque ella había saltado y bailado en los aires, con gesto de espanto, y resignado alivio, pero la vida no le huía, ya que el parque bajo el puente, muchos metros más abajo, era ahora un circo navideño.

Ella cayó esperando el suelo y su beso descarnado, pero se encontró con un enorme castillo hinchable. El hombre y el joven corrieron, calle abajo, escaleras abajo, hacia el parque que una vez fue río, y la cogieron de la mano, y le gritaron alborozados, y le dijeron cosas que ahora no recuerdan, y callaron y preguntaron con los ojos si tenía ahora ella pena o alegría de haber sido salvada, aún por casualidad, pero me temo que uno no se cura de súbito de estos males, ni siquiera por un susto tan grande, y que la mujer estaba tan sólo agotada, demasiado cansada para estar realmente decepcionada o para intentarlo muy pronto, ni mucho menos era aún una conversa. Agotada de la vida, de la muerte, de las luces y fiestas y trabajadores circenses y de la policía que llega y se va, y de ellos mismos huyendo de los consejos bienintencionados y los trabajadores sociales.

Pero algún momento ha de ser el principio, y este pudo ser el momento previo al momento inicial, y quizá sería la hora de mentiros y deciros que fueron muy felices, y que la policía no preguntó por el chico para darlo a servicios sociales, y que el hombre avivó definitivamente la chispa de su pecho, la que le movía a no ser, ya más, un muerto viviente, y nunca más se asomó a un precipicio, y que ella empezó a pensar que tenía toda la vida por delante para matarse, o que todos los sin techo durmieron en lugar caliente esa noche.

Si me gustaría mentiros, me gustaría ser un condenado mentiroso, y deciros que los tres individuos, una extraña familia que el azar y la desesperación juntó, cogieron el coche amarillo, y buscaron un lugar sin reporteros de tele-realidad, sin policía judicial, sin colas del paro, sin señoras con abrigos de pieles dando limosnas, sin luces de navidad, sin pingüinos posando para documentales. Un lugar apartado. Un lugar diferente, un lugar que no existe.

No os mentiré. No fueron a ese lugar que no existe, pero se quedaron juntos, un momento, callados, y creo que entonces, decidieron construirse ese lugar. Y caminaron, entre la gente que no reparaba en ellos, atareados, ajetreados, perdidos, y el hombre y el chico se miraron orgullosos, pero sin la vitola de creérse héroes de nada, y sin abrumar con solícitas preguntas y sermones y consejos a la mujer.

Para el chico una aventura más. Para la mujer, un momento más ganado a sí misma. Para el hombre, el descubrimiento de ese lugar, en el mundo, en el que querer estar, la invención de ese lugar.

Pensemos que el chico no acabó con sus huesos en una institución pública. Tal vez acabó muy cerca de allí, en una familia de acogida. Tal vez al hombre le gustaba verlo por su antiguo edificio, pidiendo un cigarro. Tal vez le decía al pasar, en tono de burla, medio como amenaza, sin que él comprendiera bien “Heredarás la tierra”.

Pensemos que, por fuerte que fueran los estremecedores vientos que le congelan a uno las entrañas, el hombre y la mujer siguieron firmes, en pie, precisamente por ser imposible permanecer de pie, por sentir la vida casi invivible.

Y, por último, la navidad siguiente. Apenas una coartada. Para seguir vivos. Un año más.

 VEINTE DE TRISTANCHO

por Emilio Calvo de Mora

El día de Navidad sin regalos iba a ser el más duro para la familia Martínez Granados. Lo sería porque siempre los hubo y porque el árbol plantado en el salón, en su lado noble, junto a las cortinas con pompón dorado de flecos y el balcón adornado con un Papa Noel de los chinos, luciría flaco y triste, huérfano de las cajas de antes, sensible a la malos tiempos. Por eso Juan no durmió esa noche. Se quedo en vela, de guardia. Durante horas se dedicó a escribir cuentos pequeños para sus pequeños. Cada cuento que iba escribiendo lo doblaba hasta que se hacía más pequeño todavía y lo metía en un calcetín. Luego colgaba el calcetín en el árbol y fue llenándolo de historias. Al amanecer, escribió el último y usó el último calcetín. Después sus hijos se fueron levantando y empezaron todos a leer.

1 Un perro elefante

El perro que encontró Tristancho de Carambel tenía trompa.

Trompa y dos colmillos enormes.

Que no es un perro, le decía su madre.

Que no es un perro, le decía su padre.

Los abuelos de Tristancho, nada más ver al animal, dijeron:

– No es un perro, Tristancho.-

Y en ese momento, el elefante ladró.

2 El lápiz mágico

El lápiz que encontró Tristancho era un lápiz mágico.

Uno de los que cuando se cogen y se enfrentan contra una hoja en blanco dejan escapar historias maravillosas que dejan sin aliento a quienes las leen.

Escribió Tristancho tanto con su lápiz mágico que se acabó gastando.

Las cosas, de tanto usarlas, se gastan.

Las lágrimas, en cambio, se escurren por la mejilla y a veces no hay quien las pare.

De menudito que era, el lápiz se encogió hasta perderse entre las yemas de los dedos pequeñitos de Tristancho

Y ahora les voy a contar la magia. Las lágrimas hicieron un charquito sobre la hoja en blanco. Justo cuando el fantasma entraba por la ventana o cuando el príncipe bizco besaba a la rana en un anca.

Y antes de que el niño asustado por el fantasma llorara o de que la princesa diese un brinco y se echase en brazos de su amor estrábico, el charquito formó un lápiz nuevo.

Es que era un lápiz mágico.

3 La tos más fea del mundo

Tristancho tenía tos.

Una feísima.

Bueno, no tan fea como para asustarse, pero una tos considerable.

Quiso Tristancho tener la tos bonita y preguntó a su madre si había algún jarabe que acicalase la tos.

Es que Tristancho quiere ser perfecto en todo.

4 El zoo de las cabezas perdidas

Tristancho fue al zoo para perder la cabeza.

Esto no había ocurrido nunca, pero una vez tiene que ser la primera.

Su madre, trastornada como solo lo están las madres de niños como Tristancho, es decir, ninguna, preguntaba aquí y preguntaba allá.

Nadie había visto la cabeza de Tristancho.

Es una cabeza rubia con ojos azules y tiene pecas a cientos, contaba la madre.

La buscó en la jaula del oso y en la del tigre.

Miró en la jaula del zorro. Por si acaso.

Y no se le escapó darse una vuelta por la jaula del elefante y de la jirafa, que estaban enamorados como solo se pueden enamorar dos criaturas de varios cientos de kilos.

Cuando más triste y desconsolada estaba  la mamá de Tristancho, apareció el guarda del zoo, un señor con un bigote amazónico y una calva siberiana.

Aquí tiene usted la cabeza de su hijo. Estaba en la jaula de las cabezas perdidas. Por favor, dígale que la próxima vez procure no perder el corazón. Al no tener jaula de corazones perdidos, jamás recuperamos a esos niños y luego cuentan historias terribles que hacen que todos los pobres de ánimo lloren.

5 Carnaval

Tristancho, por carnaval, se disfrazó de gente.

Tan estupendamente iba que nadie lo vio.

O bueno, sí, todo el mundo lo vio, pero sin reconocer a Tristancho, el niño rubio, el de los ojos azules y pecas a cientos.

Ni su madre, al darse de bruces con él, lo reconoció.

Estuvo todo el día disfrazado de los demás.

Fue el tendero y fue el maestro de Matemáticas.

También el panadero, la hija de su médico de cabecera, que era guapa hasta no poder soportarlo, y hasta fue Tristancho durante unos minutos en los que se sintió desprotegido, desvalido, vulnerable, enfermizamente débil.

Lo mejor de todo fue cuando se disfrazó de su madre y la buscó por las calles hasta que dio con ella y la miró durante unos interminables segundos.

La impresión fue tan brutal que le dio un abrazo y, ahogado en llanto, le pidió perdón, perdón, perdón por lo menos veinte veces.

– Te juro que nunca volveré a ser como tú.

Es una experiencia terrible.

Todavía me duele la cabeza y se me encabrita la boca del estómago.

6 Prohibido aburrirse

Moscas aparte, Tristancho estaba solo en su habitación, aburrido como un caracol en un espejo.

Estaba aburrido como un contador de nubes.

Tenía cinco y una se la llevó el viento.

Ahora quedan solo cuatro.

Aburrido, como un vendedor de eñes.

Los ingleses no comprarían ni una.

Ni lo chinos. Ni los árabes. Ni los coreanos.

Cuando uno está aburrido, repasa todos los países que no tienen eñe.

Y se da cuenta de que España es el único país del mundo que la tiene.

Igual la inventaron los primeros españoles para que los niños como Tristancho se desaburran pronto.

7 Palabras coloradas

La cabeza de Tristancho, cuando bulle en ideas, cosa que no pasa cuando duerme, por ejemplo, se pone colorada como un tomate.

El pelo colorado.

Los ojos, colorados.

Todo muy tomate.

 Hasta la lengua, si es un maleducado y la enseña, es colorada.

 Y las palabras salen coloradas, por supuesto.

Una palabra colorada es una criatura con cien venenos en cada letra.

Para poder ver las palabras coloradas que Tristancho suelta por su boca cuando las ideas le bullen en la cabeza hace falta ser un poco como Tristancho.

Como eso es una cosa dificilísima que casi nadie consigue, pues no se pueden ver las palabras coloradas, pero Tristancho jura y rejura que él las tiene y no es en absoluto tacaño con ellas.

8 Calvo

Tristancho se ha levantado hoy calvo.

Calvo del todo.

Lo mires por donde lo mires, no ves un solo pelo.

No parece ni Tristancho, el niño rubio bla bla bla.

Para que nadie se ría de él como algunos se ríen de los calvos, se ha puesto una gorra.

Ha llenado el armario de gorras.

Ha pedido que su madre le compre gorras verdes, azules, con un pompón carmesí, gorras con orejeras para el invierno, gorras con agujeritos para el verano.

Tanto gusto le ha cogido el calvo de Tristancho a eso de llevar una gorra que ya no quiere que le nazca el pelo.

A partir de ahora, siempre que nos cuenten una historia de nuestro buen Tristancho vamos a imaginarlo con gorras, pero no se nos puede ocurrir quitársela.

No le gusta nada que le vean la calva.

Dice que de repente se ha vuelto coqueto. Que esté enamorado y que los que caen en los asuntos del amor hacen cosas espantosamente ridículas.

9 Un tigre, un tigre, un tigre

TRISTANCHO DE CARAMBEL, DOMADOR DE TIGRES DE BENGALA

Con este letrero en la puerta de su dormitorio quería Tristancho poner en aviso a quienes pasaban.

Como los que solían hacerlo eran papá, mamá y el hermano y todos sabían que Tristancho era un gran embustero, nadie se tomó en serio el asunto.

Fue mamá la que sintió la punzada de la intriga y puso la oreja en la madera de la puerta.

De pronto el corazón le trepó garganta arriba y se le derramó boca abajo.

En el cuarto de su hijo, detrás de la puerta con el letrero TRISTANCHO DE CARAMBEL, DOMADOR DE TIGRES DE BENGALA, había escuchado, claro como una campana en mitad de la noche, un rugido.

– Es que me falta dos sesiones para tenerlo a raya, mamá. Bien domado, no habrá que tenerlo miedo- dijo el niño, medio gritando, desde el interior.

-Te aseguro que mañana no rugirá. Nada.

Y se oyó un chasquido como de látigo.

Ni papá, ni mamá ni el pequeñajo del hermano han entrado en los últimos días al dormitorio de Tristancho.

Huele a estiércol de tigre.

Todos juran que huele a estiércol de tigre.

10 Piratas, zanahorias

La lustrosa zanahoria que Tristancho había birlado de la alacena fue un puñal que atravesó la barriga del oso de peluche que trajeron los Reyes al pequeñajo.

Al oso le sacó un ojo y le puso un parche para que matarlo fuese más fácil.

En las películas de piratas siempre hay un plano de un tesoro debajo del parche del ojo, pero Tristancho ha mirado veinte veces el ojo del oso y ahí no hay nada.

Tampoco tiene una pata de palo.

Ni una novia en las Islas Vírgenes.

Tristancho no sabe nada de piratas, de tesoros y mucho menos de vírgenes.

11 Ruidos

Las ideas son cañonazos en la cabeza.

Esto lo sabe Tristancho y lo sabe cualquiera que en alguna ocasión haya tenido una idea, claro. No digo una idea normal y corriente.

Las ideas de las que hablo son grandes ideas.

Una de ésas que, pasados los días, todavía juegan un partido de tenis en la memoria.

Tristancho, cuando tiene buenas ideas, nota que la cabeza va a estallarle.

Lejos de disgustarle, le encanta esa sensación de olla pitando y de mamá gritando, pidiendo a todos que se quiten de en medio.

Lo que teme mamá es que Tristancho crezca y se enamore.

El amor es una fábrica de ideas.

El amor es una pared cayéndose.

O una planta entera.

Si te gusta una chica, me lo cuentas, hijo mío – le confiesa mamá. – No vaya a ser que pierdas la cabeza de verdad. No como el día del zoo. Digo perder la cabeza con los dos ojos azules y el pelo rubio y esa cara de tonto que se pone cuando a mí se me ocurren las buenas ideas. Y yo no hago ruido.

 

12 Esto es el mar

Al ver el mar, Tristancho quiso ser marinero.

Se vio en cubierta.

Un barco enorme.

Una legión de olas como torres de iglesia.

Millones de peces en las redes.

Luego se vio en cama. Resfriado. Nunca le gustó el agua.

13 La bruja mala de todos los cuentos

La bruja mala de todos los cuentos buscó una noche en los bolsillos de su traje feo de bruja mala y, entre cabezas machacadas de rana sietemesina y saliva de alce noruego, encontró el encantamiento que andaba buscando.

Lo echó en la olla de la forma en que los encantamientos de los bolsillos de las brujas se echan en las ollas.

Así: zas, zas, zas.

Zas.

Zas.

Encantamiento en olla.

Esperó trece segundos a que hirviera y lo miró trece segundos más.

Trece más.

Todas las brujas se equivocan.

En fin.

El puré de patatas más feo del mundo estaba allí, dentro de la olla.

El grumo más feo de todos los grumos.

 Y salía un humor parduzco, pestilente, que se coló por la chimenea y se encaramó al cielo.

Tristancho estaba a miles de páginas del cuento de la bruja mala de todos los cuentos.  Amaestraba tigres de Bengala.

O eso al menos ponía en un letrero colgado en la puerta de su dormitorio.

Lo que le molestó a Tristancho no fue el olor. Ni siquiera que el humo diera vueltas a la habitación.

Lo que le puso de los nervios es que el humo se detuviese al final encima de su cabeza y pareciese enteramente una nube.

Desde hoy podemos imaginar a Tristancho con esa nube de gorro.

Lo malo son los días que llueve.

Lo malo del todo son las noches de tormenta.

Con una nube en la cabeza, uno no pilla el sueño, le ha dicho Tristancho a su madre.

Un mago siberiano auténtico ha venido a verlo desde la Siberia profunda.

Anda como loco con la historia del niño con una nube encima de su cabeza.

Cuando lo ha visto, se ha frotado trece veces los ojos.

La madre de Tristancho le ha dicho no trece veces.

– No se va a llevar usted a mi niño a ningún circo. Eso que le quede claro. Y ahora márchese a la Siberia profunda, si no quiere que le diga a Tristancho que saque del armario al tigre de Bengala.

Como todo lo que se ve mucho acaba por no asombrar, ahora nadie se fija en el humo, en la nube encima de la cabeza.

Ni Tristancho se acuerda de que la lleve.

Vamos, que es como si la bruja mala de todos los cuentos hubiese echado un encantamiento torpe.

A mí me dan mucha pena las brujas, ha dicho Tristancho, bajito, como para que nadie lo oiga. En ese momento, la nube se ha marchado.

14 Sin pelos en la lengua

Tristancho era un niño sin pelos en la lengua.

Hasta doña Cloti, que es una sargentona de cuidado que no regala ni un buenos días a la entrada a misa, lo reconoce.

– Este niño es que no tiene ni un pelo en la lengua.

Pero eso es porque la seño Cloti no se ha fijado bien en la lengua de Tristancho.

Hay uno largo que, al hablar, se mueve con el aire como si un ventilador gigantesco lo empujase y pusiese a bailar como un pelo loco.

Era el pelo molesto que se caía, como sin querer, en la sopa.

Era el pelo del que todos los niños se acaban riendo en el patio del colegio.

Harto de pelo y de risas, decidió Tristancho confiar su muerte a unas buenas tijeras que mamá tenía en la cesta de la costura.

Eran unas tijeras de Albacete.

Las mejores tijeras del mundo se hacen en Albacete, le dijo una vez su madre.

Si ésas fallaban, tendría que cargar con la pena del pelo toda su vida.

Igual ni se echaba novia.

Así que Tristancho se quedó frente al espejo, tijeras en mano, mirando la extensión horrorosa del pelo.

Abrió el instrumento de la salvación y se dispuso a dar el severo corte cuando llamaron a la puerta.

Eran sus amigos.

Uno de ellos traía a un primo suyo que quería ver el pelo gigantesco de Tristancho.

Así que guardó las tijeras, abrió la puerta del cuarto de baño y canturreó por el pasillo, orgulloso de ser un niño con un pelo en la lengua.

15 Quedarse sopa

-¿Y tú sabes dónde nace el Ebro, niño?

En clase de Geografía, Tristancho se duerme.

Así nunca se entera dónde está el Sur y dónde el Norte.

Si Cuenca es provincia o afluente del Bidasoa, que tampoco sabe bien si es río o pueblo de montaña.

-Tristancho, dime, ¿Y el Volga, tú sabes dónde desemboca el Volga?, preguntaba de buenas maneras Don Alberto.

¿En el mar?- respondía Tristancho sin mala intención.

Aparte de quedarse sopa, tampoco le gustaba mucho la Geografía.

NI las matemáticas.

Prefería el inglés, que ya sabemos que no tiene eñes.

O las manualidades.

Son famosas las pajaritas de papel de Tristancho.

Pero todo esto no tiene importancia porque en un cajón, entre los calcetines y una caja con cromos del Atlético de Madrid, Tristancho tiene su lápiz mágico, sí, el que canta todas las respuestas.

16 Pies de plomo

Tristancho, conforme se iba haciendo mayor, andaba con pies de plomo.

El día en que volvió al zoo en donde perdió su cabeza, su madre le advirtió:

– Hijo, no vuelvas a perderte y, sobre todo, no se te ocurra perder otra vez la cabeza.

Tristancho no se perdió en el zoo y su cabeza estuvo siempre encima de sus hombros.

En tres horas no se movió de la valla que separaba un jardincito de buganvillas de la jaula del tigre de Bengala, con quien tenía cierta complicidad que no encontraba en otros animales.

Eso es lo que pasa cuando uno anda con pies de plomo.

Que luego quieres ponerte a andar, pones toda tu voluntad en mover un pie y luego el otro y el plomo no te deja levantar los zapatos del suelo, junto a las buganvillas, frente al tigre de Bengala.

17 Inventos

No daba Tristancho con la tecla que abría todas las demás teclas para inventar algo que no hubiese inventado nadie antes. No daba resultado pensar ni tampoco dejar de pensar. Si pensaba mucho, se le ponía la mente en blanco. Si pensaba poco, se le ponía la mente en blanco.

Si no pensaba nada, se le ponía la mente en blanco.

Pensase lo que Tristancho pensase, pensase o no pensase, mente en blanco.

En un hueco entre pensar mucho y no pensar absolutamente nada, se le ocurrió la idea genial, la gran idea.

En un periquete, inventó la rueda, el teléfono, la televisión por cable, el wifi, la aspirina, la goma de borrar, el pegamento, la imprenta, los autobuses y la pasta de dientes.

En otro periquete, este periquete un poco más largo, pero periquete de todas maneras, volvió a inventar la rueda, por si no estaba inventada del todo.

Hay cosas que se inventan y luego desparecen y no hay forma de dar con ellas. Hay montones de cosas inventadas que están perdidas en las ideas de la gente.

Contento el gran Tristancho por todo esto que había inventado, salió a la calle y se sintió importante.

No se lo contó a nadie.

No lo iban a creer.

En el fondo, le daba lo mismo.

Inventar es fantástico sin tener que contar lo inventado.

18 Brujitas y brujitos

Verónica era brujita antes de nacer porque su madre fue bruja y antes de ser bruja, mucho antes, fue brujita también, en la barriga de su madre, que era una bruja antigua, con una mamá bruja y todo eso.

Tener una familia bruja da ciertas ventajas sobre otras familias.

Cuando llueve, una buena bruja, si de verdad se lo propone y da con el hechizo verdadero, no se moja.

Mira al cielo y lanza un encantamiento a la nube incordiosa.

Así por donde la bruja pasa, no hay nube encima que la incomode.

Ninguna nube, por osada que sea, se atreve a chistarle a una bruja.

Cuando hace un sol de ésos que aplatanan a los perros en las aceras y hacen sudar a las moscas, una bruja, si de verdad se lo propone, no pasa calor ni suda un poquito siquiera.

El encantamiento que inventa sombra le pone una encima.

Un fresquito agradable como pocos invita que invita a la gente a arrimarse y a decirse cosas bonitas y a tenerse cariños que con el calor no se tienen.

Y Tristancho de Carambel quiere ser brujo para que la gente se quiera más y se besen por la calle y se abracen en las colas de la charcutería.

19 Ya no quiero llamarme Tristancho

Harto Tristancho de ser Tristancho, quise ser otro sin dejar de ser Tristancho.

-Cámbiate el nombre, so bobo- le dijo Ulises de Calanda, su mejor amigo.

Y probó con algunos nombres y, viendo que eran pocos y que ninguno le gustaba del todo, probó con más nombres.

Los escribía y luego los decía en voz alta para oír cómo sonaban.

Y sonaban a latas rotas o a cri cri cri de grillos viejos.

Incluso había algunos nombres que sonaban a tormenta  o a día del fin del mundo.

Uno de los que más le gustó sonaba a helado de vainilla con trufa.

Otro no sonaba a nada y le daba dolor de estómago. Otro sonaba a lunes por la mañana. Ese fue el que menos le gustó.

Popof le pareció un nombre fantástico.

Le vino sin pensarlo mucho.

Ya sabemos que si las cosas se piensan mucho, no salen bien.

Popof sonaba a circo ruso.

Como Rusia le quedaba muy lejos y se imaginaba caminos de nieve y gente con la cara de vinagre, dejó a Popof en un rincón de su asombrosa cabeza.

Ajonjolí  era el mejor nombre de todos los nombres posibles.

Después lo cambió por Robert Parker, aunque no era un tigre, y por Clark Kent, sin tener una capa y cagarse de miedo delante de un mendrugo de kriptonita.

– ¿Te gusta Peter Pan? – dijo Ulises de Calanda.

Y Tristancho fue todo el día de Popof a Peter Pan, de Clark Kent a Ajonjolí, sin decidirse seriamente por ninguno.

Por la noche, a poco de meterse en la cama y cerrar los ojos y pensar en su tigre de Bengala, Tristancho dijo en voz alta_

– Me llamo Tristancho de Carambel, me llamo Tristancho de Carambel-

Debió decirlo veinte veces porque su madre abrió la puerta y le preguntó si le pasaba algo.

– Nada, mamá, descuida. Es que estoy cambiándome de nombre y ninguno me gusta.

Duerme, hijo, duerme, piensa que no hay nadie en el mundo que se llama Tristancho de Carambel. Había un Tristancho en un cuento que leí hace muchos años, pero he perdido el cuento.  El día en que lo encuentre, si tengo esa suerte, lo guardo para no encontrarlo nunca más. Y podrás ser el único Tristancho de Carambel del universo.

Y se durmió pensando en las rayas del tigre de Bengala y en el ruido que hace la lluvia cuando despierta a las flores.

 

20 Canicas, cromos, trompos

A Tristancho le sobran catorce canicas azules y cuatro rojas, trece cromos y un trompo muy viejo.

Es que no le cabían en ninguno de los bolsillos que llevaba.

Ni en el pantalón.

Ni en el abrigo largo.

Esos estaban llenos de canicas verdes, amarillas, azules, blancas, rojas.

Y había unos cien cromos y un trompo nuevo a estrenar.

En el cajón en donde estaban sus calcetines, había más canicas, más cromos y otro trompo, cascado, con la punta metálica vencida por un golpe extraordinario.

Como no tiene sitios en donde guardar todas las canicas, todos los cromos y todos los trompos que va encontrando por ahí, ha decidido meterlos en un cuento.

Ha cogido un papel en blanco y ha escrito un cuento.

Después de leerlo, contento como nunca, ha pensado que los cuentos son escondites formidables para las cosas que no saben qué hacer con ellas.

En el que está escribiendo ahora hay un elefante y doce lobos siberianos.

Está aterrado pensando que salgan de las palabras y despierten a toda la familia en mitad de la noche.

Fue la navidad más hermosa de todas para la familia Martínez Granados. Ni George Bailey, abrazado a todos los suyos, sintió una felicidad parecida. Y os aseguro que en navidad no hay nadie como George Bailey. Ninguna criatura del cielo o del infierno, que ande, tosa, hable o duerma posee la alegría infinita que tuvo George Bailey poco antes de que Frank Capra terminara de montar la última escena de la mejor película navideña del mundo. Se admiten otras posibilidades.

LA PIEDRA AL AGUA

por Angéline

Aunque deseaba más que nada en la vida ser un niño, el pequeño muñeco de nieve escudriñaba la habitación buscando alguna imagen familiar sin conseguirlo, alguien como él, de lana, que le infundiese tranquilidad en aquella eterna contemplación sin objetivos. Desde donde estaba sólo veía en aquel instante a Ilena colgando alegremente adornos navideños por la casa, con sus rastas al viento, los pantalones de colores, las botas aparatosas, la casaca brillante, un ojo violeta, el otro azulado, la sonrisa más franca y desenfadada que una joven maga pueda exhibir. Y un ambiente limpio, luminoso, pero continuo, lineal, asfixiante. Mientras tanto él se encontraba en la segunda fila de ningún sitio. A cada lado de su cara había un farol en el estante que lo dejaba medio escondido, fuera de la vista de cualquiera a no ser que uno se fijase bastante en un sombrerito rojo con una flor del que, hacia abajo, surgía milagrosamente un muñeco, pero era tal la actividad en la casa de día y la quietud en la noche que ninguno de los visitantes amigos de Ilena, de los objetos, de las luces, sonidos, reparaba en él. Y después estaban aquellos sueños, aquella playa nocturna en verano, un horizonte que se acercaba suavemente hacia él, como si la distancia cobrase vida por la noche y jugase a desperezarse. También una cierta alarma, aunque no alcanzaba a saber de dónde salía, mientras en la casa pasaban interminablemente los días y él era sólo una presencia estática, un par de ojos que escrutaban día y noche, una sonrisa permanente bajo una nariz de zanahoria, un formulador de susurros mentales. ¿Hay algo más terrible que no formar parte de nada? – se lamentaba el muñeco en la oscuridad, soñando de nuevo con tener un cuerpo ágil que chapotease en la playa antes de volver a casa por la noche. ¿O acaso su existencia se reduciría a mirar perpetuamente una habitación tras unos faroles? Sin duda no hay mayor terror que la soledad descarnada, cuando cada minuto se apila sobre el siguiente creando una eternidad inservible, un cúmulo de horas para dedicar a nada, faltando los afectos, la intención, la necesidad de ser, de hacer, de esperar algo o a alguien que cambie esos minutos y los transforme en tiempo, en presente, en motivo para que la vida tenga un sentido. Y de repente, sin tiempo para maravillarse de algo semejante, la magia del veinticuatro de diciembre estaba consiguiendo algo inaudito, arrastrarle a otra dimensión en la que podría al fin cerrar los ojos, dormir y ser un niño al despertar.

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La piedra rebotó tres veces sobre el agua y pareció fundirse con la noche, privando al oído que la esperaba, atento, de ese último sonido entre rendido y festivo que tienen los chapoteos. Daniel sonrió desde su escondite, en cuclillas sobre sus pies descalzos, al abrigo de la muralla del malecón. Las olas mecían entre destellos plateados la basura del final de la jornada. Cartones y plástico que los turistas habían abandonado en la arena durante el día y que en la penumbra formaban como un ejército de sombras a la deriva, un desolador batallón de cuerpos inertes. Se levantó con pereza y cogió el carrito, una chapa desvencijada a la que había instalado las ruedas de unos patines viejos. Colocó con cuidado el cartón en la bolsa más grande y cruzó la arena hasta la carretera. Del bolsillo sacó un pedazo de tasajo y lo masticó, somnoliento, camino de la chabola. En la negrura del paso que bordeaba la playa parecían converger todas las fuerzas. El sueño, el cansancio, la poca energía con que movía los dientes. No supo en qué momento dejó de masticar, de tirar del carro por una cuerda que ya había construido su propio canal entre la piel de su mano infantil, a fuerza de repetir el esfuerzo uno y otro día. Sólo distinguió el mástil de la bandera que a esa hora descansaba en el puesto cerrado del socorrista y poco después se sintió engullido por el paisaje, arrastrado a una larga caída que terminó a escasos centímetros de un suelo que no llegó a estremecerse porque no hubo impacto.

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El árbol se encogió, indulgente, esperando la descarga. El túnel situado bajo sus raíces retumbó con las ruedas del carrito, con la risa siempre incandescente de la maga y poco después, apagados los ecos felices de aquel descenso loco, pudo escuchar el familiar ritual sonoro de la vivienda de su estrafalaria vecina. Entretanto Ilena saludaba como siempre a la casa con una frase alegre, abría y cerraba los cajones de la cocina regocijándolos con el pequeño paseo al que los sometía. Tiraba de las cintas de las campanitas que colgaban del techo, ruborizando a las más antiguas que se entregaban a un baile pendular espontáneo hasta que volvían a su lugar, expectantes. Escribía en la pizarra de la pared, que parecía hinchar el pecho para ello, un número al azar, una palabra interesante y un nombre. Pasaba su mano por las encimeras haciendo brotar destellos, agradecidos por la caricia. Se abrazaba al busto de costurera que dividía los dos ambientes de la casita y danzaba unos pasos con él, arrancando leves tintineos a las campanitas cuando revolvía el aire, imperceptibles movimientos a los cajones que no podían evitar abrirse levemente para atisbar con timidez y una sonrisa niña la acostumbrada danza de Ilena, que era como un saluda siempre refrescante. Hacia la noche todo pareció quedar reducido a un silencio mullido y confortable, apenas roto por el leve roce contra la chapa de la rueda del carrito de Daniel; la última vuelta antes de detenerse por completo junto al resto de los objetos inquietos de este cuento, en el sótano.

 

Ahora es cuando Ilena podría decir con ternura aquello de “La miseria, Daniel, no es solo la ausencia del bienestar. Algunas veces la gente ..” pero no le gusta teorizar en abstracto. Si le ha secuestrado un instante ha sido para protegerle, para evitar que al llegar a la chabola le molieran a palos. Era tarde, su padre estaba borracho y Daniel tenía sueño, la guardia baja, ganas de fundir todos los mundos en uno y abandonarse al descanso sobre el camastro. No hubiera podido defenderse, escondiendo su cuerpo larguirucho tras los brazos, como las otras veces. La joven maga sabe que algunas noches sueña que es un muñeco de nieve, que le gusta pensar en la navidad de las películas. Esas habitaciones tan llenas de luces, centelleos, manjares sobre fuentes, manteles de colores. Rojos y verdes junto a dorados y amarillos. Regalos con papeles brillantes, figuras de Papá Noel, risas. Y aunque le fascinan los villancicos, los tintineos de los cascabeles, el crepitar de las llamas en las chimeneas, como le gusta escuchar el volteo de las olas cuando se estrellan contra la orilla, lo que realmente desearía esta navidad, más que tener un muñeco de peluche al que abrazar sería ser uno de ellos durante unos días y contemplar la vida sin interrupciones, dejar volar la imaginación arropado en un hogar cálido, acunarse en los brazos de alguien, sentir una caricia espontánea que no terminase en un golpe. Cuando despierte se encontrará en su cama, su padre habrá curado la borrachera con una extraña noche de sueño profundo y reparador y en cuanto se levante lamentará la mala vida que da al chico y pensará en viajar hacia el norte, regresar al pueblo donde nació, buscar un trabajo entre la gente que le conoció antes de haberlo perdido todo.

 

Sería fantástico terminar el cuento diciendo que a estas horas Ilena baila con el busto, el muñeco y Daniel son un único ser, aunque por momentos puedan ser dos y que una sensación de felicidad nos inunda pero no sería del todo cierto porque he visto salir disparada a Ilena por la ventana del ático con la cadenita de espejos rodeando su cuello y eso es, al menos, preocupante. En otro cuento, claro, por hoy ya hemos tenido bastante. Sólo nos queda cerrar los ojos y escuchar el leve chapoteo, la piedra al agua.

EN BEDFORD FALLS SIEMPRE NIEVA EN LOS PUENTES

por Alex Herrera

“Llegué a mi hogar, que ya no era mi hogar,

pues ya no estaba cuanto hacía que lo fuese”

Edgar Allan Poe

En su decimotercer cumpleaños, Javier recibió como regalo un cuaderno de tapa dura de color gris plomizo adornado con la silueta ennegrecida de un escarabajo en la esquina inferior de cada una de sus cien páginas blancas surcadas por doce renglones horizontales azules. Desde aquel mismo día, Javier abrió el cuaderno para dedicar el último tramo de sus noches a recopilar cualquier suceso reseñable acaecido en su vida con la pluma rota que una vez perteneció a su madre; la misma que trazaba dos líneas paralelas, una constante y otra difusa, en el papel delicado de aquel cuaderno que su padre compró durante un viaje a Suiza. Y así fue que escribió cada detalle de las reprimendas recibidas en el colegio, sus primeros y frustrantes escarceos sexuales, las lágrimas que brotaron de los ojos de su madre cuando recibió aquella carta en la que su padre le anunciaba que no regresaría jamás, la angustia que invadió las calles de la ciudad el día que estalló la guerra civil, su primera noche uniformado tras ser reclutado por el bando republicano cuando trataba de cruzar la frontera francesa junto a su madre y su hermana, el trozo de metralla que se incrustó en su pierna izquierda en un prado aragonés una noche de luna llena y los largos meses pasados en un campo de prisioneros hasta que un día, un cabo gordo de espeso bigote rubio, le entregó una cartilla militar en blanco, un abrigo raído que habría tenido no menos de una docena de dueños, una maleta de cartón agrietado, siete pesetas y le dijo: “Ahora tu vida no nos pertenece. Aprovecha tu suerte” y le dejaron marcharse por una calle de Ávila empedrada que olía a leña y a castañas asadas.

Consideró una señal que cien metros después de haber dejado atrás su cautiverio, se encontrase frente a un comercio en el que invirtió quince céntimos de su nuevo capital en comprar su vigésimo quinto cuaderno. Éste tenía las tapas blanquecinas, como de un gris gastado por el tiempo pasado apilado en cajas de algún sótano húmedo. El papel de sus páginas tan era grueso y legañoso que impedía que la tinta se deslizase por él sin provocar un ruido tan áspero como los campos helados que se extendían frente a él en la encrucijada de caminos en la que decidió su destino. Hacia el norte le esperaba el frío y lo austero. Hacia el sur el calor tórrido y la penuria. Pasó un buen rato mirando hacia ambos lados sentado sobre su maleta de cartón hasta que un camión lo recogió. El camión se dirigía hacia el centro, y a Javier le pareció bien.

Instalado en Madrid, no le costó demasiado esfuerzo encontrar trabajo como corrector de pruebas en una de las tres editoriales que aún sobrevivían en una ciudad teñida de gris. Pocos sabían leer correctamente, y de éstos eran aún menos los que habían logrado sobrevivir a las balas y al hambre. El día que una joven de diecisiete años llamada Adela se incorporó como aprendiz, Javier escribió en su cuaderno que aquella chica de nariz larga y respingona sería su esposa. Se casaron en nueve meses después. Era el año 1941. Ella, huérfana de padre y sin hermanos, apenas pudo presentar cinco invitados en su lado de la iglesia aquel 12 de abril. Cinco invitados más que en el lado de él. El padre de Javier había dejado de enviar cartas hacía demasiado tiempo, y de su madre y su hermana no tenía noticias desde hacía años. Las dio por muertas o cautivas en algún campo de refugiados francés. No podía hacer nada salvo jurar que bautizaría a su primogénita con el nombre de su madre. El cura bendijo su unión mientras Javier murmuraba algo inaudible. Adela le miró entonces. Javier miró a Adela.

En 1943 nació Clara, siete meses después de que Adela fuese despedida por quedarse embarazada sin pedir permiso a su jefe. Javier salió en su defensa, y como resultado fue despedido por faltar al respeto a un superior. Se marcharon de la editorial cogidos de la mano por las calles de la ciudad gris. Se marcharon felices porque, como dijo Adela, sus padres llamaban amo a su jefe y ellos se había marchado de allí llamado cretino al suyo. Javier encontró trabajo en la segunda de las tres editoriales que sobrevivían en la ciudad gris. Si las cosas iban mal, bromeaba, aún les quedaría una más.

Pasaron los años. Tres años con las paredes de su casa sin encalar y las manchas de humedad crecientes. Acababa de comprar su cuaderno cuadragésimo séptimo, de pastas negras flexibles poblado por hojas duras de color blanco amarillento, cuando dejó de escribir para siempre. Su última entrada la garabateó un 25 de diciembre de 1946.

“Clara nació rubia, pero su pelo se oscurece cada día que pasa, como si el hollín que cae del cielo se fuese a posar únicamente sobre su cabello. El mío comienza en blanquear por los costados. Adela se burla de mí, diciendo que me aporta un aspecto distinguido, como si mi porte fuese del de un embajador de un país venido a menos. El cabello de Adela sigue siendo cobrizo. Lo cepilla exactamente 53 veces cada noche por cada lado antes de acostarse. ”

El 26 de diciembre de 1946 no ocurrieron demasiadas cosas reseñables en la ciudad gris. Un gorila traído del Congo escapó de su jaula e hirió a dos de sus cuidadores. Uno de ellos perdió un brazo a causa de las heridas. Uno de los ganadores del sorteo de Navidad extravió su boleto en el asiento trasero de un taxi cuando se dirigía a cobrarlo. El taxista se lo devolvió, y la ciudad tuvo un efímero buen samaritano que fue olvidado la semana siguiente. Se  produjo un incendio en la calle del Espíritu Santo. No hubo heridos, pero el seguro se negó a hacer frente a ninguna indemnización pues los recibos de pago no estaban al día. Nada estaba al día en la ciudad gris. Se produjo un suceso más, penoso, del que se habló en cada tasca, en cada portal, en cada esquina mohosa de la ciudad: un atropello mortal en la calle del Barco. Una mujer joven de pelo cobrizo y una niña de pelo castaño oscuro fueron atropelladas por un camión de reparto de gaseosas que daba marcha atrás. Fue la noticia de portada en los diarios del día siguiente. No circulaban demasiados coches por la ciudad gris, y aún eran menos frecuentes los atropellos. Javier compró los siete diarios que encontró en el kiosko cercano a su casa, recortó la reseña cuidadosamente en cada uno de ellos y las quemó en un infiernillo. Después devolvió los periódicos al atónito kioskero. “Ahora están bien”, le dijo.

Había pasado semanas cuando Javier volvió a atreverse a pisar la calle, amenazadora y siempre gris. Lo hizo para buscar en tiendas de segunda mano un arma de fuego que aún funcionase. La encontró en una de ellas, cerca de la calle del Pez. El vendedor le advirtió de que el percutor fallaba en ocasiones y de que no tenía munición para el arma, ni siquiera tenía autorización para venderla. Debía ser consciente de que le estaba haciendo un gran favor, y por lo tanto su precio debía ser ligeramente superior al del resto de sus baratijas. A Javier no le importó. Sacó todo el dinero que guardaba en su cartera y lo dejó sobre el mostrador sin preguntar el precio y se marchó. La pistola era suya, un revólver Nagant de fabricación rusa que guardó en un cajón de la cómoda de la habitación que compartió con Adela. La cuestión de la munición no le importaba, estaba seguro de encontrarla llegado el caso. Lo importante era que ahora disponía de una puerta de salida a su angustia. Por las noches, sacaba la pistola de su cajón, la desprendía del paño de cocina que la envolvía, y se sentaba frente a ella, mirándola fijamente hasta que el sueño le vencía. Entre las tres y las cuatro de la mañana, invariablemente cada día, se despertaba, apagaba la luz de la lámpara de mesa del salón y se dirigía a la cama que compartió con Adela y en la que jamás volvió a dormir. Se sentaba sobre ella y guardaba la pistola en su cajón antes de regresar al sofá para agotar allí el resto de la noche. Y así pasaron los días, después los meses y más tarde los años, si bien, en cada ocasión que Javier ponía los pies en la calle, parecía invierno  como si los meses oscuros hiciesen juego con su estado de ánimo. Ocurrió entonces que Carmela, la portera, comenzó a evitar su mala sombra. Después fue Agustín, el kioskero, quien le retiró el saludo y la mirada. Más tarde Concha, la vecina del segundo D. Finalmente la marea negra que parecía seguir sus pies alcanzó la oficina color ocre en la que trabajaba. Allí fueron sus compañeros los que se alejaron de él. Un día entró en el despacho del director, reclamado por los excelentes resultados obtenidos en su trabajo. Un ascenso a supervisor le esperaba en un sobre cerrado que nunca se abrió. El señor director se angustió tanto al verle que al salir del despacho llevaba entre sus manos una carta de despido.

Le quedaba una editorial en la que Javier ni siquiera se molestó en visitar en busca de empleo. Decidió soportar su perenne invierno con el dinero ahorrado en la cartilla del banco. Ya pensaría después qué hacer. En realidad, Javier no tenía ganas de pensar en un plan. Su rebelión contra la fatalidad consistiría en brindarle su propia muerte por inanición si es que el frío no se lo llevaba antes. Miró la cartilla del banco:  Nueve mil trescientas catorce pesetas en el haber. Suficiente para ocho o nueve meses calculó. Era marzo de 1948.

Sin embargo Javier no se convirtió en un monje. Así lo creyó al menos Felisa, la vecina del tercero C, quien desde hacía meses había comenzado a visitarle cada domingo atraída por sus sienes blanqueadas y el estado civil de Javier. Viuda a sus 44 años, el haber tenido cinco hijos con su finado esposo no la impedía mantener una voluptuosa figura que hacía girar los cuellos de muchos hombres que se cruzaban en su camino por las calles de la ciudad gris. Pero ninguno de ellos fue nunca Javier, quien correspondió a sus visitas ofreciéndole pastas arenosas mientras ella aportaba una botella de anís aguado que nunca parecía tener final. Un día ella, cansada de los escasos avances obtenidos en meses, se quitó la ropa frente a él. Javier la miró, se levantó de su butaca y le alcanzó el vestido que se acababa de deslizar por sus piernas. Felisa nunca volvió. Javier no la echó de menos.

Decidió emplear sus ahora disponibles domingos en acudir al cine Callao. Le gustaban los westerns, las comedias que incluían hombres con frac y mujeres con vaporosos vestidos de noche y las películas de James Stewart,  y aquel domingo tardío de marzo estaba anunciada una película de James Stewart . “Una película navideña en marzo. Que desatino”, se dijo, pero compró su entrada y ocupó una butaca lateral en la enorme platea casi despoblada. Dos horas más tarde, al abandonar la sala, su rostro parecía iluminado, como si Javier fuese portador de una buena nueva o víctima de una inesperada epifanía. Era ya noche cerrada, pero decidió recorrer las calles desiertas en aquella noche de fría primavera temprana. De camino, buscó flores en las rendijas de las agrietadas aceras. Signos del triunfo de la vida similar al que acababa de presenciar, pero no encontró ninguna. Llegó a casa pasadas las diez. Aquella noche, por primera vez en años, no sacó la pistola de su cajón.

Fueron tres noches sin dormir lo que siguió a aquel domingo en busca de flores. Tres noches en las que Javier miró por la ventana del salón en busca de nieve. “Casi nunca nieva en Madrid”, pensó, “y nunca lo hace en Navidad”. Se dio cuenta de que la nieve nunca había aparecido durante los largos inviernos. La echó de menos, del mismo modo que le faltaron los puentes de madera, los gimnasios reconvertidos en pistas de baile, los envilecidos banqueros minusválidos y las chicas bonitas con blusas ajustadas. Las chicas de la ciudad gris nunca vestían blusas ajustadas. Debía recuperar la ilusión, del mismo modo que lo había logrado George Bailey en la película que vio el domingo en el cine Callao. De acuerdo que no estaba Adela ni estaba Clara ni estaban su madre y su hermana, pero él aún seguía marcando huellas con sus zapatos. Javier abrió cada cajón y cada puerta del armario. Miró en las cajas apiladas bajo la cama y en el maletero del pasillo. Abrió incluso las cajas con ropa de Adela y Clara que él mismo había sellado hacía cinco años. Pero no encontró ni uno solo de sus cuadernos. Buscó en sus bolsillos unas monedas que diesen alivio a su angustia. Ni siquiera las extrajo de su escondrijo, bastó con palparlas. Después descendió por las escaleras y pisó la acera agrietada. La ciudad seguía siendo gris, pero la marea negra que le perseguía ya no estaba. Javier la buscó, dando vueltas sobre sí mismo al punto de hacer creer a los transeúntes que se trataba de un loco. Después sonrió antes de dirigir sus pasos hacia la papelería más cercana.

El nuevo cuaderno fue el primero después del último. Una frase que no tenía sentido para nadie salvo para él. Sus pastas eran azul cobalto y estaban decoradas por la silueta de un centauro en la esquina inferior. Sus páginas eran de un blanco inmaculado similar a las de su primer cuaderno. Sin embargo no eran suaves como aquellas, pero su rugosidad no impidió que las acariciase. Escribió su primera frase de un modo ceremonioso, tomando un bolígrafo de color negro con delicadeza, como si de una mercancía valiosa se tratase. “Tengo un plan”, escribió.

El plan se puso en marcha al día siguiente. Javier no tenía tiempo que perder. Primero buscó mapas específicos de los Estados Unidos de América en los que pudiese localizar con exactitud la situación de la ciudad de Bedford Falls. Sabía que se encontraba en el estado de Nueva York, sin embargo le resultó imposible localizarla en los dos únicos libros al respecto que encontró en las bibliotecas. Ni en “Geografía de Norteamérica”, ni en “Estudio de geografía, orografía e hidrología de los Estados Unidos de América” logró hallar rastros de la ciudad. Después se le ocurrió escribir a la embajada norteamericana, solicitando información sobre la ciudad y cómo podría viajar al país. Recibió respuesta cinco días más tarde, indicándole que necesitaría un visado que variaría en función de la naturaleza de su viaje y que la ciudad de Bedford Falls no figuraba en ningún listado federal. Por lo tanto, la ciudad no existía.

Pero Bedford Falls existía. Tenía que existir. A tal conclusión  había llegado Javier cuando vio por octava vez la película en el cine Callao. Optó por una alternativa improbable, envió una carta a los estudios Liberty Films, Los Angeles (California), confiando en que la pericia del servicio postal estadounidense haría que la misiva alcanzase a su destinatario. Más complicado fue rellenar la carta con frases legibles. El nivel de inglés de Javier era nulo, por lo que se afanó en encontrar ayuda que encontró rápidamente en los perplejos ojos de un catedrático universitario de filología inglesa al que abordó a la salida de una clase. El profesor se encontró ante sí con un hombre de mediana edad, estatura justa y modales pulcros. Un hombre que le extendía la mano junto a una extraña petición. Media hora más tarde, ambos escribían una carta sobre una fina lámina de madera que coronaba una mesa del café Ártico. El profesor se entusiasmó tanto con la historia de Javier que, al despedirse, le pidió que le mantuviera informado sobre sus avances en busca de la enigmática ciudad de Bedford Falls.

El esfuerzo obtuvo recompensa. Siete semanas más tarde, el buzón de Javier abandonaba su estéril estado natural para ofrecerle una carta llegada desde Hollywood (California). Las manos de Javier temblaron al rozar con sus yemas la palabra Liberty. Subió las escaleras de modo aturullado en busca de un lugar cómodo en el que comprobar las sorpresas que guardaba aquel sobre de dimensiones colosales en su interior. Preparó café, se sentó junto a la ventana, provisto del diccionario inglés/español que debió entregar en la biblioteca tres semanas antes, y abrió el sobre. La misiva, escrita en un suave papel de color celeste (detalle que embargó a Javier)  estaba redactada en un perfecto español con dejes latinos e incluía una fotografía del agente de policía Bert forcejeando con George Bailey sobre un puente mientras la nieve arreciaba.

“Estimado señor. En respuesta a su correspondencia le informamos que la ciudad de Bedford Falls no existe. Se trata de una creación de nuestros guionistas inspirada por la ciudad de Seneca Falls, NY. En cualquier caso, el rodaje, en modo íntegro, se llevó a cabo en nuestros estudios de la ciudad de Los Angeles. Agradecemos su cálido interés y le remitimos una estampa del film. Gracias. Agnes”.      

Y Javier se derrumbó. Necesitaba creer que Bedford Falls existía. Era todo tan convincente, tan impregnado de verdad. No, Agnes se equivocaba. Bedford Falls existía. Y él no iba a demostrar.

Empleó los meses siguientes en recolectar el dinero necesario para viajar hasta Nueva York en busca de una ciudad evanescente. Limpió sus zapatos, se vistió en su único traje y se presentó en la tercera editorial de la ciudad gris en busca de un empleo como corrector. Dadas sus credenciales fue rechazado sutilmente, pero con firmeza. Aún pasaron tres semanas hasta que Javier encontró trabajo como mozo de almacén. Era el doble de viejo que sus compañeros, pero cargaba más peso que ninguno de ellos. Pronto su espalda comenzó a crujir y sus manos delicadas se agrietaron, lo que no impidió que dedicase la última hora de su vigilia a seguir rellenando cuadernos con planes de viajes, rutas de rastreo y torpes bocetos difícilmente reconocibles para nadie que no fuese él. En uno de ellos aparecía el puente de Bedford Falls. En otro la fachada del bar de Nick. En otro, George y Mary besándose en unos matorrales. En otro, Adela atusándose el pelo con un peine de falso marfil…

Javier previó su partida en un máximo de dos años, pero pasaron cinco. El día previo a la nochebuena de 1952 hizo sus maletas y comenzó una ronda de despedidas que incluía a sus compañeros, sus jefes, sus vecinos (incluida Felisa, quien le dedicó una amarga sonrisa) y el kioskero que seguía desviando la mirada cada vez que le veía pasar. Años de austeridad comiendo sopas de ajo a diario, negándose el placer de leer el periódico un domingo por la mañana al calor de un café y habían dado sus frutos. Una consistente cantidad de dinero ahorrado le serviría para emprender un viaje que no tendría retorno. La primera etapa le conduciría hasta Bilbao en autobús. Desde allí, tomaría un ferry hasta Southampton donde embarcaría hacia Nueva York en el primer barco que tuviese pasajes a la venta. Con suerte, antes del nuevo año. Luego, en los Estados Unidos, sería cuestión de buscar en las coordenadas adecuadas porque Bedford Falls estaba allí, Javier lo sabía. El lugar en el que comenzar una nueva vida. El lugar en el que poder bailar hasta que le doliesen las rodillas. En el que los milagros podían hacerse realidad.

La noche previa a su partida, empaquetó cuidadosamente todo aquello cuanto no pudo introducir en su maleta y lo apiló en el cuarto de Clara. Después se sentó junto a la ventana para ver cómo su último día en la ciudad gris se desvanecía. Durmió tan profundamente como no lo había hecho en años.

Un cegador resplandor le despertó antes de que lo hiciera el despertador. Javier no se sorprendió al ver lo qué le aguardaba tras los cristales de la ventana. Una tupida capa de nieve de más de un metro de espesor cubría una ciudad ahora blanca y en silencio. Puso la radio.

“La inesperada nevada caída en Madrid ha obligado a suspender los servicios ciudadanos hasta nuevo aviso. Las carreteras están cortadas y las vías de tren colapsadas por la nieve. La ciudad está incomunicada. Las autoridades recomiendan que no salgan de casa hasta que la situación esté controlada”

Javier hurgó en su maleta hasta rozar con los dedos la estampa ofrendada por Liberty Films. La prendió de una pared con tres chinchetas de cabeza esmaltada. Volvió a sentarse junto a la ventana. Miró la nieve…

All I Want For Christmas…

El estar perdidamente enamorado de la que es, y siempre será, la mujer de mi vida no impide que en ocasiones me estremezca ante un despliegue de feminidad superlativo como el que realiza Evelyn Brochu en “Café de Flore”. Pomposa película inflamada de intenciones no fraguadas que tiene en su haber la aparición de la carnilidad desatada de la Brochu, tan hermosa como sexy.

Llevo varios años pidiendo al gordo vestido de rojo que haga realidad mis deseos. Que haga saber de mi existencia a Evelyn Brochu (por si suena la flauta y resulta que soy correspondido). La cuestión sería genial de no ser porque hace tres años y medio ya puso en mi camino a la mujer más sensible, inteligente, hermosa y sexy del orbe. De modo que, una vez más, si no me hace caso lo entenderé. De hecho, lo preferiré.

Feliz Navidad a todos. Ojalá todos nuestros deseos se hagan realidad…

brochu