¡Basta ya de imposturas!

Finaliza el año, y como siempre ocurre en estas fechas, en algún lugar del mundo y en este preciso instante, se estará publicando la boba lista de turno que proclama las (a su cuestionable juicio) mejores películas de la historia del cine. Las elegidas depederán considerablemente del lugar en que se haya elaborado la lista, pero, independientemente de que sea en Dinamarca o en Filipinas, ¿adivinen qué película estará entre las diez primeras sí o sí? Efectivamente, «Ciudadano Kane».

Basta ya de postureo. ¿Realmente cuesta tanto reconocer que ha envejecido de tal modo que hoy día solo puede ser vista como una curiosidad coyuntural? Todas y cada una de las trampas utilizadas por Orson Welles son fácilmente reconocibles y señalables. Cada recurso narrativo no es solo cuestionable hoy, sino que lo fue en 1941. No en vano la película fracasó en taquilla ante un público mucho más exigente que el actual, adocenado por la cultura rumiante en la que han crecido y narcotizado por los boles de palomitas pagadas a precio de bitcoin.

¡Basta ya de imposturas!, «Ciudadano Kane» es el fruto estéril de un novato con ganas de tocarle las narices a William Randolph Hearts, el mandamás mediático de la época al que no le costó demasiado esfuerzo torpedear una película que muestra más sus propias miserias que la del magnate.

Cesen ya las alabanzas a Welles y recuperemos la memoria de H. C. Potter, ese gigante olvidado.

 

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La Solución de Todo Problema…

«Unos dieron el gran salto desde su departamento o desde la ventana de la oficina; otros, silenciosamente, en garajes de dos automóviles, con el motor funcionando; otros siguieron la tradición indígena de la Colt o de la Smith y Wesson, instrumentos bien fabricados que con apretar un dedo terminan con el insomnio, acaban con los remordimientos, curan el cáncer, evitan las quiebras y abren una salida de situaciones intolerables, admirables instrumentos norteamericanos fáciles de llevar, de resultado seguro, tan bien proyectados para poner fin al sueño norteamericano cuando se convierte en pesadilla, y cuya inconveniente es la porquería que dejan para que la limpie la familia».

Tener y no Tener. Ernest Hemingway, 1937.

Es el año 1941. Los Estados Unidos aún miran desde lejos la gran guerra mundial. Acaban de dejar atrás la peor crisis económica de su historia en la que miles de personas perecieron por hambre o las consecuencias de una pésima alimentación. Lo que no han podido esquivar es la miseria moral que les hizo verlo todo. Lo que les impidió mirar hacia otro lado cuando el vecino languidecía.

Es 1941 y Ernest Hemingway vive su propio tormento diario. Quiere vivir, pero la muerte le llama al alba todos los días. Aquella mañana, corre el mes de mayo, ha quedado emplazado por el director Howard Hawks para salir a pescar. Una burda excusa que les sirve para beber y bravuconear. Han dejado atrás la isla de Catalina hace casi una hora. Puede que más, el tiempo pierde su entidad cuando se le enfrenta al alcohol. Mejor contabilizarlo en cervezas. Dejaron el puerto de Los Angeles hace nueve cervezas. Mejor así. Hemingway no deja de lamentarse durante la travesía. Siente que ha perdido el don. No le gusta lo que escribe; peor aún, no le gusta a casi nadie. Hawks se mofa de su debilidad.

– Apuesto a que soy capaz de convertir tu peor novela en una gran película, dice.

– ¿Estás seguro de eso?

– Por completo. Dame tu peor novela y…

– «Tener y no Tener». Es toda tuya. Nadie podría hacer nada decente con ella.

En 1943 han pasado dos años y media docena de guionistas (entre ellos William Faulkner y el propio Hemingway) sin que la novela haya podido ser moldeada. Hawks está desesperado. Ha seguido trabajando en otros proyectos sin dejar de mirar hacia la novela. Es un tipo acostumbrado a superar retos, y no piensa rendirse ahora. En un acto desesperado contrata a Jules Furthman, uno de los más prestigiosos guionistas de la época. Furthman echa un vistazo a lo ya escrito y asiente: «tendrás tu guión». En menos de un mes lo entrega. Hawks lo lee. Ahora Hawks es feliz. Añade unos cuantos diálogos con la ayuda de su esposa, entre ellos los dos más celebrados: «Si me necesitas, silba» y «¿Alguna vez le ha picado una abeja muerta?» y comienza a preproducir una película mítica que apenas se reconoce en la novela de Hemingway. Hawks ha ganado la apuesta a costa de reducir el original a la nada.

2 de julio de 1963. Ayer un programa de televisión bromeó a costa de la costumbre del viejo Hemingway de ametrallar a los tiburones. En un periódico sensacionalista se habla de sus combates de boxeo en Cuba, mientras sostiene un puro en los labios al enfrentarse a veintiañeros. Al tiempo, en Pamplona, sus amigos navarros preparan su llegada. Pronto será San Fermín. Si él no está asomado en un balcón los toros corren más despacio, se dice. Sigue siendo noticia. No está mal para un viejo. Se levanta temprano, tratando de no hacer ruído. Su cuarta esposa, Mary Welsh, tiene el sueño ligero. No pierde el tiempo en vestirse. El camino será largo, pero tiene planeado emprenderlo sin salir de casa. Baja a la armería en la que resguada alrededor de veinte armas de fuego. Elige cuidadosamente un rifle de caza que alimenta con un solo cartucho. No serán necesarios más. Se acomoda en el recibidor, toma asiento en una silla, posa el arma contra el suelo, encañona su frente y contempla cómo un león se avalanza sobre él. Dispara…

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Los que supieron malvivir…

No ocurre en todos los casos. En ocasiones, un tipo con un parche en un ojo es solo eso, un tipo con un parche en un ojo. A veces la idiotez que se pretende enmascarar utilizándolo, se resalta. En otras ocasiones denota una maldad buscada. Sin embargo, existen casos en los que cubrir uno de los ojos con un parche otorga presencia, retrotrae a épocas pretéritas en las que los usuarios de tan escueta prenda eran tipos de los que guardarse, impregna de un aura aventurera, casi mística y, puede que lo más importante, nos presenta a alguien que ha sabido malvivir. Y quien mejor que un director de cine para mostrarnos lo que es vivir constantemente en el filo.

SI NO SABES VIVIR, TAMPOCO SABRÁS MORIR

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RAOUL WALSH

Todo hombre o mujer debe ser consciente del tipo de parche que les corresponde usar llegado el caso. Walsh, pionero de aliento épico con ínfulas de dandi, fue un tipo que solo entendía la vida si la muerte asomaba tras la esquina. Siendo tan refinado, siempre vistiendo de punta en blanco, perfectamente peinado y acicalado incluso en los rodajes más duros, sorprende que su filosofía se emparentase con la que abanderó John Huston. Siendo un tipo duro, el día que durante el rodaje de «En la Vieja Arizona» una mata puntiaguda se incrustó en su ojo derecho (hay quien afirma que en realidad perdió el ojo a causa de un accidente de coche, e incluso quien niega que fuera tuerto, cosa de las leyendas que él supo levantar en torno a sí), consideró que el destino le hacía justicia.

Eligió un parche refinado para afinar la mirada de su ojo sano. Tanto que en las fiestas ejerció de imán para las mujeres que nunca le faltaron. Mientras, continuó labrando su bien ganada fama de hombre duro al que no le iban las memeces. En una ocasión, durante una cena elegante a la que asistió John Ford (tan poco dado a las apariciones en público), éste, campeón de campeones en la categoría de tocahuevos cuando el día le nacía cruzado, comenzó a quejarse repetidamente de lo mucho que le dolía un ojo a causa de las cataratas que le consumían. Walsh narró así la anécdota…

«Se quejaba de que le dolía, hasta que al final agarré un tenedor y le dije: “Venga, John, te lo saco y así no te dolerá más”. Me lanzó una mirada asesina, pero dejó de quejarse.»

Ford no volvió a quejarse en el resto de la velada y todos los presentes elogiaron al hombre capaz de enfrentarse con el gran cascarrabias y salir indemne.

EL VERDADERO ARTESANO NO CONOCE EL MIEDO

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ANDRE DE TOTH

El director de origen húngaro perdió su ojo izquierdo siendo niño. Desde entonces se encomendó una misión: hacerlo todo mejor que los demás. Y lo logró… a su estilo. Tras una temprana incursión en el mundo de la farándula en su país, estalló la guerra en Europa. Tuvo suerte y otro húngaro, éste genial en todo su ser, Alexander Korda, le ofreció un trabajo en Inglaterra desde dónde dio el salto a Hollywood. Su afán por aprender, por trabajar más que los demás y hacerlo mejor, le otorgó unos trabajados galones que le permitieron ponerse al frente de una producción poco más tarde. Pero su carácter era indómito. Rompió su contrato con la Columbia para establecerse como mercenario a sueldo de todo aquel que desease un producto sólido y de mayor envergadura de la que nunca le otorgó la crítica. Aunque su mayor logro se dio fuera de la cámara al enamorar a Veronica Lake, la más bella entre las bellas de su época. Tuvieron dos hijas y se acabó. Tomó aquello como un contratiempo y siguió adelante, como siempre hizo.

Lejos de ser agresivo, Su parche, en sintonía con su carácter, era austero y modesto sin dejar de ser elegante. Su vista sesgada no le impidió dirigir una película en tres dimensiones («Los Crímenes del Museo de Cera», 1953) ni seguir dirigiendo hasta casi el día de su muerte.

SI ESTO ES LO QUE HAY, ESTO ES LO QUE QUIERO

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JOHN FORD

Se han escrito centenares de libros sobre su peculiar carácter. Se ha debatido durante miles de horas sobre qué quiso decir, con su lenguaje gutural, cada una de las escasas veces que abrió la boca. Se han elaborado cientos de ensayos tratando de descubrir que se ocultaba tras su rostro de esfinge. Y sin embargo, fueron John Wayne y Henry Fonda (algunos de los escasos afortunados que recibieron su invitación para ir a pescar a su lado) de los pocos que supieron interpretar su profundos silencios.

Nunca fue hombre de protocolos ni parafernalias. Para él, lo blanco siempre fue blanco y lo negro fue negro. Sin embargo, muy pocos supieron definir la infinita gama de grises como él en sus películas. Gustaba de hacer sentir mal a sus equipos de rodaje cada vez que se enfadaba con el mundo… cosa que ocurría con demasiada frecuencia. Son muchas las anécdotas que ilustran su carácter huraño y práctico. Por eso, cuando las cataratas cegaron su ojo izquierdo, no dudó en colocarse un parche para enfocar la mirada que le restaba. Lo hizo de un modo «natural». Sin explicaciones. A su manera. Un día se presentó en un rodaje con un monstruoso parche sobre sus gafas. Todos le miraron aterrorizados hasta que dijo la palabra mágica: «acción». Entonces se acabaron los lamentos.

Su parche era descuidado. Mal cosido, mal ubicado en su rostro, como si se tratase de un ente transitorio destinado a un fin concreto. De hecho, cuando la cámara se detenía no era raro que despazase su parche unos centímetros, costumbre que le hubiese dotado de un aspecto cómico a cualquiera menos a él. Porque él era «el maestro». Su finalidad última no consistía en utilizar el parche para dotarse de un aura romántica. Eso se quedaba para sus películas.

LA CONTRARIEDAD COMO VENTAJA

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FRITZ LANG

Muchos de los que le conocieron aseguraron que su mejor definición era la del arribista fabulador. Su historia personal, repleta de calles estrechas y poco iluminadas, variaba en función de quien la escuchase y de los martinis que Lang hubiese ingerido. En realidad, bajo su fachada aristocrática se ocultaba un eterno fugitivo, siempre en busca de un lugar en el que descansar por una noche. Tal vez por esa razón sus películas son tan contradictorias y oscuras. En todas ellas aparece una constante: el miedo a la masa, al otro, al ser humano. La bestia no tiene una cara, tiene miles. La bestia es tu vecino, el lechero y la mujer que comparte tu cama. Huyó de la locura nazi dejando atrás a su esposa y guionista habitual Thea Von Harbou, además de enterrar un brillante futuro dentro de la industria de su país. Al llegar a los States pasó dos años sin rodar hasta que la Metro le produjo «Furia» como vehículo de lucimiento de una de sus megaestrellas del momento, Spencer Tracy. El resultado fue tan desasosegante que no volvió a trabajar para la compañía del león hasta veinte años después. La suerte estuvo de su lado (y del nuestro), pues la Warner y la Fox se interesaron por su tenebroso modo de ver el mundo. Y así se mantuvo hasta que su ojo derecho se infectó tras un insignificante accidente durante el rodaje de uno de sus Mabuse. Lo perdió, pero no extravió un pedigrí que le llevó a simultanear parche con monóculo cuando lo consideró adecuado.

Su parche era sólido que no rotundo. De líneas bien delimitadas y elegante pose. Lo lució en toda fiesta que deseó contar con su presencia cuando comenzó a pasear su figura de leyenda viva del cine tras su temprana retirada. Siempre mantuvo la habilidad para mirar por encima del hombro de los demás. No se equivoquen, no por altivez, si no a causa del miedo que siempre le invadió y supo mal disimular.

SI LA ÉPICA NO VIENE A MÍ, YO IRÉ POR ELLA

Nicholas Ray

Siempre deseó que la lírica le invadiese mediante caminos tortuosos. Rodó una de las películas más desesperadamente románticas de siempre («Los Amantes de la Noche»), pero para él no fue suficiente. Quería más, quería sangrar, quería ser un superviviente con un legado de maldito. «Seré Raoul Walsh y John Huston», decía. En realidad no quería ser ellos, querría haber vivido como ellos. De lo que nunca fue consciente es de que los superó. Un día apareció con un parche en un ojo, como Walsh. Dijo haberlo perdido de una docena de modos diferentes, y todos le creyeron hasta un día en que la resaca fue demasiado dura y amaneció con el parche en el ojo contrario. Un falso tuerto que vivió como un tuerto pero no tuvo la suerte de que un mal golpe propinado por un borracho en una pelea de bar le convirtiese en un divino cíclope. Bisexual de tortuosa vida enterrado el alcohol y la ludopatía; atormentado por la pronta muerte de sus mejores amigos, como James Dean (tal vez envidiaba la suerte del que nunca envejeció); obsesionado siempre por eludir lo convencional. Incluso su muerte, filmada plano a plano por Wim Wenders, fue singular. Debió ser tuerto. Lo mereció.

Su parche de seda era aparatoso como él mismo lo fue. Cubría demasiada piel, como mostrando que nos encontrabamos ante alguien a respetar por exceso, nunca por defecto. Fue grande incluso para eso.

Y fin…

Ser humano…

Georgie Bush Jr. es un tipo gracioso. Lo demostró en aquel debate presidencial en el que Al Gore se empeñó en defender la administración democrata con datos. Números, números, demasiado esfuerzo para una mente limitada como la suya. Por esa razón echó mano de una de las frecuentes meteduras de pata del vicepresidente saliente cuando afirmó haber sido el inventor de Internet. Miró a la cámara muy serio y dijo: «Este tipo debe haber inventando también la calculadora». Desde ese momento, el votante medio norteamericano tenía un ganador. La importancia de que Obama haya ganado unas elecciones no radica en el color de su piel sino en la esperanza que otorga el que una sociedad tan conservadora como la americana haya elegido el camino de los ideales y la esperanza ante las planas actitudes populacheras como las del campechano Georgie.

Bush Jr, sencillamente nefasto, limitado por una capacidad intelectual cercana al encefalograma plano, no gobernó los States, como muchos aseguran. Se limitó a estar mientras otros movían los hilos. Firmó decretos mientras otras manos guiaban sus manos; cargó con los errores que otros cometían en la sombra. Fue el hombre de paja perfecto.

De sus limitadas entendederas se podrían escribir miles de tomos de libros que él jamás leería. Sus detractores (infinidad y más) le descalificaron e insultaron (fui testigo de cómo un popular periodista catalán le calificaba de «hijo de puta» en su programa) sin que nadie fuese consciente de que su debilidad metal serviría para eximirle de cualquier responsabilidad directa. Sencillamente es bobo, y no utilizo el término en modo alguno peyorativo, me limito a reflejar un hecho.

Una prueba más de su debilidad mental la dio hace pocas semanas en Haití. Viajó hasta la isla caribeña, acompañado de Bill Clinton, para comprobar la situación in situ. Osease, y hablando de políticos, para hacerse la foto. Fue entonces cuando un haitiano le estrechó la mano. Su asqueado gesto, que culminó con una limpieza improvisada en la espalda de Bill, fue recogido por una cámara. ¿Por qué coño siempre hay una cámara en todas partes?

Mejor que hablen las imágenes…

La gauche est morte?…

«Yo no sé si soy de derechas, pero en cualquier caso, lo que es seguro es que no soy de izquierdas. ¿Por qué tendría que ser de izquierdas? ¿Por qué motivo? ¿Qué me obliga a ello? Soy libre, supongo. Sin embargo, las personas no lo son. Hoy, primero hay que hacer un acto de fe en la izquierda, después de lo cual todo está permitido. Yo también soy partidario -¿quién no lo es?- de la paz, la libertad, la extinción de la pobreza, el respeto a las minorías… Pero no llamo a eso ser de izquierdas.»

Éric Rohmer

Entre las Ruinas…

Es la hora de los politiqueos, las demagogias y las polémicas interesadas. De la falsa caridad, la de altisonante solidaridad de boquilla y de rellenar titulares de periódicos con fotografías de los muertos que se evitarían si fuesen de aquí o del poderoso de allí.

Haití lleva dos siglos desangrándose sin que a casi nadie le importe. Ha tenido que ser un terremoto el que los sitúe en el mapa. Y mientras la gente sigue muriendo y se suceden las peleas por un poco de agua y los pillajes de las bandas de delincuentes organizadas (el único negocio próspero del país) no tienen fin, aquí unos y otros aprovechan para cargar entre sí por bobadas que dijo uno o los hechos insuficientes demostrados por el otro.

Es la miserable realidad de este (mí) país. Lo de siempre.

Cuando Woody dejó de creer…

CECILIA: –Verás… Aquí la gente envejece y muere y… y nunca encuentran el verdadero amor.

TOM BAXTER: –De donde yo vengo las personas nunca te desilusionan. Son consecuentes, siempre puedes contar con ellos.

CECILIA: –Así no encontrarás a nadie en la vida real.

Diablogo cortesía de Mycroft…

Le preguntaba a un conocido, el pasado sábado noche, sobre la película con final más triste que había visto en su vida. Me contestó que “Titanic” tenía un final muy triste. Desde luego, le dije, y si tienes 15 años y un poster de Leo DiCaprio colgado en tu habitación debe ser la leche.

Woody Allen debió leer compulsivamente a Hobbes cuando escribió el guión de “La Rosa Púrpura de El Cairo” y tal vez quiso enmendarle parcialmente creando el personaje de Cecilia. Abnegada camarera, casada con un cretino e inmersa en una vida de mierda de la que únicamente puede escapar durante el par de horas que ocupa en su butaca del cine Jewel, el cine de su barrio.

La máxima de Hobbes consistía en la afirmación de que todo ser humano se fundamenta en el miedo y el egoísmo. Allen lo acepta y dibuja un mundo sin esperanza, cargado de miseria tanto moral como material. Pero las carencias de Cecilia no se limitan a lo alimenticio. Sus mayores anhelos no son materiales sino sexuales, físicos y sobre todo emocionales. Woody lo describe incluso de un modo visual: Cecilia es delgada y frágil, mientras su marido es un gañán obeso que al llegar a casa, tras pasar todo el día en el bar apostando con sus amigos, sólo acierta a reclamar su cena a gritos. Por ello, el santuario de Cecilia es el Jewel. Es allí dónde cada día, sin importar la película que proyecten, ocupa su butaca, se enjuga las lágrimas y, al apagarse las luces, escucha a Fred Astaire cantar: “Heaven… I’m in heaven…”. Y en ese momento Cecilia está en el cielo.

El día que Tom Baxter abandona la pantalla, asombrado por ver a Cecilia sentada en su butaca una noche más, Woody Allen hace realidad su fantasía de introducir lo ficticio en lo real. Pero el mundo real tiene dobleces y Tom Baxter no está preparado para vivir en él. Cecilia lo advierte en la inocencia de su presentación: “Soy Tom Baxter: poeta, aventurero y explorador”. Para insistir siguiendo las pautas del sueño que no puede hacerse realidad: “Iremos a Casablanca, Tánger, Mónaco o Egipto…” “Sí, pero ¿con qué dinero?”, se pregunta Cecilia. Su amor por ella es sincero e inocente, tal vez demasiado inocente. Al llegar al apogeo de la seducción: el sexo, él se detiene. “¿Qué esperas?”, pregunta Cecilia, “El fundido en negro”, responde él. Y Allen comienza a tornar la fantasía en pesadilla.

La aparición de Gil Shepherd, el actor que interpreta a Tom Baxter, vendrá a complicarlo todo. Woody le utiliza para cerrar el círculo. Tom Baxter ha sido apalizado por el marido de Cecilia, pero no ha recibido ni un sólo rasguño (no es real, no existe), lo que provoca recelo en ella. Su perfección le incomoda, pese a la confidencia que le hizo a una amiga en un primer momento: “He conocido a un hombre maravilloso; es de ficción, pero no se puede tener todo”. Por eso eligirá a Gil cuándo se enfrente al dilema…

Tom: “Pero yo te quiero. Soy honesto, gentil, valiente, romántico, y beso muy bien”

Gil: “Y yo soy real”

Tom regresa a la pantalla y el mundo vuelve a la normalidad. No así Cecilia. Ella recoge sus cosas para iniciar una nueva vida con Gil, pero a éste, una vez conseguido su objetivo de hacer regresar su personaje a la pantalla, ella no le interesa. Al fin y al cabo, no es más que una camarera flacucha, madura y no demasiado bonita. Y el Woody más pesimista cierra el círculo…

Consciente de que Gil no aparecerá en el punto de encuentro, Cecilia se dirige al Jewel una vez más. Vuelve a ocupar su butaca, se enjuga las lágrimas como cualquier otro día y escucha a Fred Astaire cantar en la oscuridad: “Heaven, I’m in Heaven»…


Gabrielle en camisón, aquella noche…

Michel Ciment: Tanto en «Avanti» como en «La Vida Privada de Sherlock Holmes» hay más románticismo, más ternura, que en resto de su obra.

Billy Wilder: No diga eso. Me da miedo. No quiero que me conozcan bajo ese aspecto. No quiero que me tomen por un blandengue.

Las películas dirigidas por Billy Wilder suelen terminar de modo esperanzador que no optimista. Con frecuencia le acusarón de misógino y de cínico, y al menos la segunda parte de esos dardos era cierta, porque la primera se contesta sola con personajes escritos por él como Sabrina, Irma, Fran Kubelik, Norma Desmond…

La norma del happy end (siempre con matices) se rompió al menos una vez. En pocas ocasiones se ha visto reflejada en una pantalla la terrible desolación que transmite el final de «La Vida Privada de Sherlock Holmes».

Wilder trató de enmendar a Conan Doyle mostrando al personaje de Holmes (Robert Stephens) como un ser inseguro que yerra con frecuencia. Le desmitifica. Por contra, dota al personaje de Watson (Colin Blakely) de una autonomía de la que carece en las novelas al cuestionar a Holmes, ofrecerle sus opiniones y señalarle caminos inexplorados.

Cuando a la indescriptible belleza del sentimentalismo (que no sensiblería) que transmite la solitaria pareja de detectives se une Gabrielle (Genevieve Page), la fotografía se apaga y la música se rompe. Es entonces cuando Wilder convierte su historia en un retrato de insoportable soledad.

La consigna consiste en derribar el mito y mostrar al hombre. Por ello, el tercio final de la cinta supone la mayor bofetada recibida por el personaje y el mayor empujón hacía su humanización. Holmes entrega a Gabrielle (la única mujer a la que ha querido) a su hermano Mycroft «porque es lo correcto» y es el precio que precisaba mantener el mito en pie, cuando lo correcto habría sido escapar junto a ella a cualquier lugar. Por otro lado, nunca creyó que ella le quisiera de un modo real. Se aferra a esa certeza. Así, su expresión de dolor cuando Gabrielle se despida de él en la lejanía, abriendo y cerrando su sombrilla, es desgarradora. Días más tarde, recibirá la noticia de su muerte, se dirigirá a Watson y le exigirá que le entregue «eso». Y el mito se desmorona para siempre al cruzar la puerta de su habitación para sumergirme en el paraíso artificial en el que no encontrará a Gabrielle.