Cuatro cuentos y una canción de Navidad…

Han pasado doce años desde que en este blog se celebra la navidad con una reunión de amigos contando historias alrededor de una hoguera virtual. Nunca pensé que fuese a durar tanto, y este año (tortuoso) está suponiendo una prueba esa convicción. De hecho, en esta ocasión la logística ha sido tan compleja que la publicación de los cuentos se ha desplazado del día de nochebuena a la noche de reyes, día con menos pedigrí pero suficientemente evocador.

Lo cierto es que ya no somos los mismos. Envejecemos y mostramos los cambios que experimenta nuestra alma a través de cuentos que deben leerse entre líneas. Las huellas de nuestra trayectoria vital se encuentran en nuestros cuentos. Nuestros momentos vitales están ahí, ocultos entre las letras. La navidad es el pretexto perfecto para vaciarnos un año más.

Pero antes de leer, escuchemos una canción. Desencantada y melancólica como lo es la navidad, como lo son los cuentos de este año. Una canción tan hermosa que no parece carcomer por dentro cada vez que  Tom Waits lanza una andanada de su voz cavernosa directa a nuestro flanco más vulnerable.

Sean felices. Feliz Navidad a todos…

UN LUGAR EN EL MUNDO

Por Mycroft.

El mundo nos rompe a todos, más después, algunos se vuelven fuertes en los lugares rotos.”

(Hemingway)

«Cuando comparas los dolores de la vida real con los placeres de la vida de la imaginación, nunca querrás volver a vivir, solo soñar para siempre».

(Alexandre Dumas, El conde de Montecristo)

No se puede simplemente idear una buena historia; tiene que ser destilada».

(Raymond Chandler)

*

Crujía la habitación con el frío, crujían los azulejos de mosaico de las paredes, crujía el cabezal de la cama de madera carcomida, crujían las ventanas con barrotes y cristales rotos, crujían hasta las magras sábanas

En ocasiones ella se despertaba y no sabía donde estaba, o más bien creía estar en otro lugar. Creía sentir el peso de las mantas lejanas de la habitación de su infancia, sentir el calor confortable del viejo cubil, cuando todos no estaban todavía muertos o perdidos por el mundo. Era una sensación espectral, como un miembro fantasma que le pica a un tullido, un cálido espejismo que se desvanecía para dejarle con el frío crujiente de la calle o del sanatorio.

Era más piadoso llamarlo sanatorio que manicomio. Sus muñecas despellejadas por las correas palpitaban a la luz de la luna, un dolor sordo, pulseras ceñidas teñidas de sangre seca, sangre vieja, sangre antigua, de horas, días, ¿meses? Pasados,

Soy un peligro para otros y para mi misma. Soy un peligro para otros y para mi misma. Un ejercicio de cambio de conducta prescrito por los sabios de bata blanca. Escríbelo mil veces en tu cuaderno. Al finalizar, escríbelo mil veces más, hasta que dos mil veces se vuelven diez mil veces, y cúantas diez mil veces hacen una vida entera, con los lápices de punta roma, nunca afilada, requisados cada noche, porque la pluma es a la vez una espada, y los renglones pueden torcerse en versos por los márgenes del papel pautado en líneas azules e infantiles, líneas que la definen. Un peligro.

En ocasiones ella despertaba y pensaba que seguía en la calle, un fardo en el suelo cuyo pecho rítmicamente se movía como un fuelle, mientras soñaba con una libertad basada en la falta total de expectativas. En una brújula rota, en un reloj parado que había sido toda su herencia. La calle significaba precaución, especialmente en los últimos meses que veían la década de los sesenta morir.

Despertar de pronto y notar una mano encallecida, marrón, de largas unas ennegrecidas taparle la boca mientras su par le subía la falda, sabedora de la impunidad de joder a una paria, a alguien que es nadie para todos. Los grupos de idealistas y buscadores de una vida auténtica de unos años antes habían aumentado en manadas de gentes desconcertadas, famélicas, y desesperadas, adictos a las drogas, y con ellos habían venido los proxenetas, los dealers, los salvajes, rompiendo el sueño, rompiedo a la gente.

Negarse a moverse de un parque cuando un policía le había zarandeado como a un muñeco en el aire, como quien lanza piedras a un perro para que se aleje. Resistir, reivindicar su derecho a vagar libre, sin rumbo, a no ser un objeto útil de la sociedad, un ama de casa, una secretaria, una madre, un papel en una película que no hubiera escrito, se tradujo en un golpe que le saltó cuatro dientes, se tradujo en el internamiento. Histeria primero. Sociopatía después. Etiquetas que colocar a un abrigo viejo que se entierra en el desván.

-Tengo frío- se escuchó decir.

-Yo también- dijó habitación 36. Habitación 36 era la chica del habitáculo contiguo.

**

-Dos chicas de Las Hermana Caritativas de San Francisco han desparecido. Una de ellas, pobre saco de huesos, una vagabunda. La otra la heredera del imperio de ketchup Heiss. Psicótica. Como una cabra.

Phillipp Chandler escuchaba al policía recitar con voz monótona la historia, mientras liaba un cigarrillo. Como todas las historias, uno no puede fiarse del narrador. Especialmente de un narrador desganado. Smith Jones había decidido subcontratar el caso, porque exigía demasiada imaginación.

-No me gusta, Chandler. Dos habitaciones cerradas con llave, ventanas con barrotes. No me gusta. Y no quiero ser el que señale con el dedo a nadie.

-Eso me lo dejas a mi, claro.- Acabó de cerrar el cigarrillo lamiendo el papel y lo dejó junto a otros tres en su escritorio. Tal vez más que un vicio era un hobby basado en las manualidades.

-Por un precio- ¿Por qué tenía la bofia que ser siempre tan despectivos? Como si ellos no tuvieran cada mes un cheque.

-Por un precio- Repitió Chandler entornando los ojos, levantando el mentón y señalando con la cabeza el mueble bar con botellas a sólo dos tragos de ser vaciadas- Sé que soy un cliché de las películas de RKO, pero ese mueble bar no se llena con sonrisas y buena voluntad.

-Ponte en marcha. – Smith hizo un vago ademán con la mano- Puede que hallan enterrado en ese antro a la loca del ketchup, pero es malo para los negocios que además de tener una tarada por hija, se sepa que la has abandonado. Heiss nos anda jodiendo todo el día.

-Y eso fastidia tu fabuloso ritmo de trabajo, tu rédord de cero casos resueltos por hora.- Phil esbozó una sonrisa mordaz

-Jódete Chandler- escupió Smith.

-El aprecio es mutuo- dijo el sabueso mientras se ponía el sombrero fedora cubriendo su grasiento y escaso pelo.

***

Ellas pasaron la noche calentándose en el fuego de la esperanza en el que tantos han ardido y perecido, Habitación 35 y Habitación 36 susuraban secretos hendiendo el silencio con palabras como dagas. Habitación 36 creía todavía que era posible salir de allí, creía que su abuela materna no permitiría que aquello durara más. Aunque en su fuero interno dudaba de que la voluntad de aquella mujer que le acarició el pelo en noches de historias familiares, de cuentos de la guerra civil, de canciones navideñas, fuera tan firme, y que su decrépito estado le permitiera un rescate. Sin embargo intentando convencer a Habitación 35, casi conseguía convencerse a si misma.

-Ha estado enviándome mensajes en postales.-su voz temblaba- Vendrá.

-¿Y cómo han pasado la censura?- Objetó 35.

-Estaban en clave.- 36 parecía segura- Sólo yo podía entenderlos.

-Claro, estaban en clave- Habitación 35 casi sonrió.

-Vendrá. Aprovechará que es temporada de visitas. Tiene un plan.

-Tiene un plan- 35 hizo esfuerzos por no sonar burlona- Bueno, es más de lo que tenemos nosotras. ¿Tu también estás atada?

-Si- dijo escuetamente 36- Duele.

-¡Silencio!- El guardia entró violentamente en la habitación 35, con sus grandes zancadas, con sus brazos gigantes- ¡Calláos!- Apretó las correas de 35, hundiendo la carne de sus muñecas surcadas de marcas como lechos de ríos secos de tiempos antiguos.- Jugáis con fuego, niñas, jugáis con fuego.- dijo de forma cruelmente condescendiente, en su mente paternal- Estáis a una frase para que os apunte a la excursión al doctor Lobotomía.

Las palabras de pronto se secaron en las gargantas de ambas, y la llama de la esperanza se volvió azul como una vela en una habitación cerrada cuyo oxígeno menguante parece sofocarlo todo. Porque sabían que era una excursión de la que no volvía nadie.

Hicieron patéticas promesas de sumisión, ruegos, muestras de contricción que provocaron una sardónica sonrisa satisfecha del enfermero.

-De todos modos, tengo que informar a las Hermanas. Sabéis, Caritativas sólo lo son en el nombre que cuelga de ese muro de ahí fuera. Todas vosotras necesitáis mano dura- concluyó, satisfecho de su lección- mano dura es el único lenguaje que entendéis.

****

Smith y Chandler examinaron las habitaciones. Los celadores aseguraron que estaban cerradas con llave. Las ventanas, aunque rotas, algo que dejaba poco a la imaginacióan acerca de la calidad del lugar, tenían los barrotes intactos. Era el clásico enigma de la habitación cerrada. Pero la calle Morgue quedaba a miles de kilómetros de distancia.

-Bonita pulsera- Chandler tocó el cuero de las correas. Smith miró a uno de los dos celadores e hizo un gesto vago con la cabeza. Desaparezcan, pareció indicar. Lo hicieron.

-¿Qué opinas?- Smith masticó despacio las palabras dando a entender que tenía su propia opinión.

-Alguien miente. No es que me sorprenda. Pero o bien salieron por la puerta con ayuda y la negligencia está siendo tapada. O bien salieron por la puerta, con otro tipo de ayuda. O son las hijas secretas de Houdini.- Chandler hizo una pausa- No es exactamente el Ritz, y cuando entramos por la puerta, no me pareció que nadie estuviera recuperando el juicio aquí. Especialmente los loqueros- Smith se acariciaba la barbilla pensativo.

-No voy a decirte cómo hacer tu trabajo- Dijo despacio Smith- Pero te voy a decir algo. No voy a golpear un panal de abejas con un bate. Tú estás en el caso. Me ocuparé de que tanto si descubres algo, como si no, sea tu nombre en negrita en los diarios el que tenga la culpa.- Smith suspiró- Tienen un bonito negocio aquí montado.

-Ya pensaba yo que un caso como este la policía no me lo mete en el bolsillo por solidaridad profesional- Chandler chasqueó la lengua- me rompes el corazón.

-Si tuvieras uno que romper…- Smith hizo una mueca- eres mayorcito, ya sabes sobre Papa Noel.

-Ahora si no las encuentro…

-Cuando no las encuentres quieres decir- aclaró Smith

-Cuando no las encuentre, los Heiss tienen mi nombre en una diana de dardos y la policía de San Francisco puede quejarse amargamente de los amateurs…

Smith se encogió de hombros- Viene con el trabajo.

Chandler concedió con un ademán de la mano derecha, mientras con la izquierda acariciaba todavía el áspero cuero de la correa de contención.- Me he fijado en que las camas estaban hechas. ¿Te importa ir tirando, y, a la salida, firmar por mi?

-Claro, te has ido antes que yo. De hecho, ya no te veo. Buen truco.- Smith se dirigió a la puerta.

-Voy a velar a un par de fantasmas.- Smith se paró en el humbral. Iba a decir algo, pero simplemente se fue.

*****

El círculo de sillas era un quién es quién de juguetes rotos y lo que una aprendía la primera semana era en que aquella era la herramienta más eficaz para hacerles daño. Todos los secretos que pudieras soltar con la guardia baja en un momento de hipotética catarsis terapéutica serían utilizados en tu contra, figurarían en tu expediente, serían diseccionados, delicadamente fundidos para fabricar balas de plata para derribar al monstruo que habían etiquetado con tu rostro.

Sin embargo, había que dar la apariencia de estar abriéndose, y proporcionar material falso al Dr. Lobotomía, que era quien últimamente presidía el tribunal, quién utilizaba todos los trucos de psicología de programación de las sectas y cultos destructivos. Y se le daba muy bien. La clave era mezclar la metira con trazas de verdad, agazapar las esperanzas con las que llegó a Calfornia huyendo de la violencia del hogar, con su guitarra y un puñado de canciones folk, y hablar eso sí como la esperanza puede romprese cono la madera de un instrumento de músico callejero, hacer crac, y no recuperarse nunca.

Lo que era más inquietante era que últimamente, los viejos rostros iban desapareciendo, la rotación de rostros era mayor, y poco a poco las figuras conocidas se iban desvaneciendo en el horizonte del ayer como un sol de atardecer que no es nunca dos veces la misma estrella.

Nadie comentaba si habían sido dadas de alta. Lo cual significaba que con toda seguridad no había sido el caso. El momento se hacía cada vez más desesperado para 35 y 36.

-A veces pienso que si soy como ellos dicen, que este es mi lugar- susurraba 35.

-¿Cómo te ingresaron aquí?- Preguntó 36 con suavidad. Sabía que en ocasiones, las preguntas como esa son dedos hundiéndose en las llagas más dolorosas.- ¿Fue tu familia?

-Un policía- 35 siseó- Una noche en que me atacaron unos niños ricos. Se divirtieron un poco conmigo.- Cogió aliento- Por turnos. Conseguí agarrar una piedra. El último de ellos no volverá a comer otra cosa que sopa de pollo.- sonrió en la oscuridad- Pero la poli no me creyó. Yo no era nadie.

36, la heredera de los Heiss, suicida, depresiva, delirante, había deseado no ser nadie desde que era niña. Estar fuera de los focos, y tal vez, sólo tal vez, sin los focos sobre ellos, recibir algún tipo de afecto de su padre y su madrastra. Tras su segundo intento de suicidio, seguía siendo una Heiss, pero aparacada en donde no pudiera estorbar, estaba definitivamente fuera de los focos. Estaba comenzando a ser una nadie. Excepto para la abuela.

-Nuestro momento llegará. Ella vendrá- dijo con voz queda.

-Eso espero- replicó 35.

******

El abrecartas, una daga estilo cimitarra con rubíes de imitación en el puño dorado, serviría. Chandler se había quedado en el cuarto de baño, subido a la taza, tratando de no estropear sus zapatos buenos (no nos engañemos, su único par de zapatos en realidad) y había esperado al cierre del sanatorio. Sólo quedaban los celadores de guardia. Ahora estaba en el despacho del director, el doctor Bob Ritter. Llamado por los internos dr. Lobotomía.

El cajón cerrado con llave del escritorio tenía un escueto contenido. Una lista de nombres de pacientes tipografiada con unos símbolos manuscritos adjuntos, un manojo de llaves y una pistola Luger.

La puerta del despacho se abrió de pronto y entró un tipo con una pistola. Chandler silbó admirado.

– Una Sig Sauer P226.- exclamó- Se la he pedido a Papá Noel pero creo que he sido un chico malo este año.

– Cállese. Silencio- dijo de forma alarmantemente calmada el tipo, que llevaba una bata médica.

– El doctor Livingston, supongo- Chandler bromeó, aparentando una calma que le faltaba.

– Ni se le ocurrrra cogerrr la Lugerrrr- Dijo Ritter con un fuerte acento alemán.

– Déjeme adivinar- Chandler trataba de ganar tiempo para ver si se le ocurría una genial idea. Las geniales ideas parecían eludirle, sin embargo. Además del arma, el buen doctor tenía la complexión de un jugador de fútbol americano- ¿Operación Paperclip?- soltó sólo para mofarse del acento alemán.

Sin embargo, toda la sangre de la cara de Ritter pareció coger un billete de vuelta a Baviera. Por edad, no era imposible. La Agencia se había traído a cuántos científicos chiflados habían podido echar el lazo. Habían pasado muchos años, y algunos pecados habían sido lavados con años de buena vecindad americana, cohetes de Von Braun, y un nuevo puñado de pecados para una nueva patria.

-¿Dónde están la señorita Heiss y la señorita Rutledge, Fritz? – Era una pregunta casi retórica, existencial, lanzada para ver la expresión facial del doctor, que era como un folio en blanco tallado en una hoja de granito.

– ¿Que parrrte de “Silencio” no entiende, picapleitos? -dijo el médico- Y no soy alemán, soy amerrrricano.

– Por supuesto. No lo dudo. Apuesto a que sus antepasados recogían algodón en Alabama y en su casa aún tienen un retrato del buen señor Abraham Lincoln- Un simple paso que pareció abarcar toda la habitación puso al gigante alemán a esasos centímetros de Chandler y un certero, rápido y seco golpe con la culata de la pistola lo dejó sin sentido.

*******

Una no piensa en un flamante Camaro Z/28 del 68, blanco como la nieve, como el coche que conduciría tu abuela, con la radio a tope y “Everybody’s Been Burned” de los Byrds atronando por la radio a la autopista de la noche, con destino a los desiertos de Palm Springs. Era un coche del demonio, comía millas rápidamente con la elegancia y la poca discreción con que un misil atraviesa territorio enemigo.

Habitación 36 había escuchado la cerradura de su habitació abrirse y había visto a una mujer vestida como una de las monjas que hacían las veces de enfermeras y ayudantes del demonio, pero que normalmente por la noche fiaban su misión a las correas, los celadores, y al Dios vengativo del viejo testamento.

Si parecía una enfermera, se movía con el sigilo de un ninja. Se llevó un dedo índice a los labios, y comenzó a liberarla, primero una muñeca, luego la otra, y entonces los problemas empezaron. Hacía muchas lunas que no había visto su rostro y no estaba segura de poder recordarlo, pero había algo peor.

No había modo de saber si aquello estaba ocurriendo de verdad, o seguía atada a la cama y su mente había decidido que ya había tenido demasiada realidad que digerir. No había modo de saber si seguía en el infierno en la tierra, o se abría una pequeña rendija por la cual escaparía no del fuego y del azufre, sino de aquello que los hombres están dispuestos a hacerse a ellos mismos.

No había objecto en preguntárselo- Mi amiga, tenemos que llevarnos a mi amiga- Habitación 36 habló con urgencia en voz baja, pero que no daba pie a ninguna negociación. Hizo una pausa- Gracias- Dijo cansada, enormemente cansada, pero con esperanza.

Abuela hizo una seña hacia la llave como diciendo, y a mi qué me cuentas, bastante difícil ha sido conseguir esta a cambio de un buen fajo de pasta. Desde la habitación contigua sonó una voz- ¿Hola? ¿36?

Abuela cerró los ojos, contó hasta diez, y decidió improvisar.- Toma- le dijo a su nieta, que seguía sin saber si estaba alucinando o no. Le alargó un hábito de monja.- Cámbiate en el cuarto de baño del personal. Al final del pasillo la puerta de la derecha- susurró- Y trata de no cruzarte con nadie. Ve rápido, y ve con cuidado. Como un conejo en temporada de caza.

Habitación 36 se dirigió a la puerta con el corazó latiéndole a mil, se volvió, y vió a su abuela haciéndole la cama, como cuando era niña y pasaba un fin de semana en su casa. Le hizo un gesto con la mano apremiándola.

Era el momento de saltar al vació sin mirar si había red debajo. Y si no era real, al menos podría escapar en sus sueños.

********

Aquello era un zulo. Algún tipo de fábrica abandonada, llena de hierros oxidados, antiguas máquinas echadas a perder, y al parecer, ahora era un trastero donde poner seres antiguos humanos oxidados, echados a perder.

El dr. Lobotomía hacía honor a su nombre. Habrían allí unos 25 individuos. En distintos estados. Ninguno en buena forma. No había rastro de Ritter, pero si de su material médico, y en un apartado del hangar, una pequeña e insalubre parodia de quirófano donde el alemán hacía su magia buscando al paciente perfecto. Una pista, no lo había encontrado todavía.

Chandler tardó un rato en descartar la presencia de las desaparecidas allí. Las sucias caras y los ojos sin vida hacian difícil la tarea. No habían correas, ataduras, salas de contención. No tenían objeto. Los pobres diablos parecían sufrir el encantamiento de una bruja mala. Descansaban en futones, o sentados en el suelo en posición fetal. Otros simplemente vagaban con pasos tambaleantes como alguien que ha olvidado de dónde viene y hacia dónde va.

Él esta atado a una tubería, y estaba preparado para hacer un ejercicio de contorsión hasta la navaja automática que guardaba en el calcetín. Todo el mundo buscaba una pistola de repuesto en la tobillera, porque han visto demasiadas películas de detectives, pero nadie se pone a registrar los pies. Hay que apuntar que no es una idea estupenda, una vez la navaja se abrió por si sola cuando corría tras un objeto de interés. En el hospital aún le conocen como el tipo que se apuñaló a si mismo.

Así que trató de pensar. Ritter hacía experimentos con los pacientes de los que nadie iba a acordarse. Los viejos hábitos de la vieja patria. El complejo de Dios. O el simple hecho de ser un nazi hijo de perra y un sádico. O bien aquellas dos desdichadas habían escapado de veras, o, más probablemente, habían servido de conejillos de indias a Ritter por un tiempo y ahora descansaban bajo el sol del desierto esperando a los coyotes.

Ahora iba a ser su turno de perder absolutamente toda consciencia. Aquello que hacía que Chandler fuera Chandler. Y no había estado toda su vida cultivando sus malos modales, y labrándose una carrera a pase decibir culatazos de pistola y acumular deudas, para simplemente desvanecerse.

Pero lo que realmente hacía que Chandler se afanase desesperadamente por hacerse con la navaja no era los rostros tristes, silenciosos y mortecinos, ni el dolor en la cabeza, ni el ansia de venganza, ni las dos chicas posiblemente muertas, ni la copa de zumo de malta fermentado de su apartamento para uno con gato y refrigerador vacío.

Era el pánico sordo de la conclusión a la que había llegado estando entre la espada y la pared. Si desapareciese por completo, si Ritter llegase esa noche y le abriese un hoyo en la cabeza, nadie iba a echarle de menos.

Chandler consiguió cortar sus cuerdas, y se dirigió a buscar una salida. La encontró, ni siquiera estaba atrancada.

– Chicos, Chicas, podéis salir- gritó. Le miraron sin comprender. Dejó la puerta abierta, pero la verdadera prisión seguía cerrándoles el paso hacía el aire fresco de la noche, hacia la libertad.

– ¿Y dónde coño estoy?- Preguntó al viento. Y comenzó a andar.

*********

Una monja anciana abrió la puerta. Parecía haber estado luchando con la cerradura con una llave que no acababa de encajar. Cerró tras de si y dijo en voz muy baja- Cállate. Vamos a sacarte de aquí.- Soltó sus correas y le dijo:

– Desnúdate- Mientras comenzaba a quitarse la ropa. Parecía cansada y triste. Así que la cosa por sorprendente que fuera, no iba con la proverbial pasión de la Iglesia Católica por la carne y el sexo no consentido. Habitación 35 comprendió: Era la abuela de 36.

Cuando se reunieron en el baño, la escena comenzó a ser demasiado surreal para 35. Ahora su abuela vestía como una interna y venía acompañada de una monja. Le costó todavía un momento reconocer a Habitación 35, a quién sólo veía en la Terapia compartida del círculo de sillas. No estaba todavía muy segura de que aquello no fuera un escapismo onírico de una mente que ha sufrido demasiado.

– ¿Qué significa esto?-susurró.

– Siento no haber venido antes, cariño. Yo tampoco era libre del todo, ¿sabes? No estaba en un sitio tan malo como este pero tampoco estaba en casa- La abuela abrazó a 36.

– Gracias, gracias, gracias…- 36 estaba al borde del llanto- ¿Qué vamos a hacer?

– Sólo podéis salir por un sito querida.- sonrió la anciana- Por la puerta, mañana por la mañana. Vestidas como esas brujas que gobiernan esto con mano de hierro…

– Pero abu, sólo tenemos dos hábitos…- imploró 36, que sospechaba la respuesta que iba a recibir.

– Vais a esperar aquí hasta que llegue el personal, vais a caminar con la cabeza gacha, vais a salir por la puerta principal, y vais a iros con esto- le alargó a la joven las llaves de un coche- Es un coche blanco, aparcado justo en frente. Mi tiempo ha pasado, mientras yo espero en la zona común que reparen en mí lo menos posible, aguardaré lo suficiente para que pongáis millas de por medio y cuando crea que es seguro, diré quién soy… Aunque no espero que lo crean…

– Abu, este es un lugar…- 36 comenzó a llorar, su cuerpo guardaba memoria, sus muñecas palpitaban, su boca se secó de pronto, y pensó en todas las personas que desaparecían en el aire sin que nadie hiciera preguntas… las lágrimas corrían gruesas por sus mejillas.

– Por eso mismo. Perdóname por no haber sido lo suficientemente fuerte antes- la anciana parecía avergonzada- Pero ahora tienes una oportunidad de vivir. Útilizala.

Como en sueños, como en paisajes surreales, a la mañana siguiente dos monjas salieron quemando neumático con un hermoso Camaro blanco, en dirección Palm Springs, sin mirar atrás.

La noche había sido larga, y ninguna de ellas estaba demasiado segura de qué hacer a continuación. El miedo a ser libres era, sin embargo, menor al terror de estar viviendo en un sueño dentro de un sueño, de ser un par de mariposas que sueñan ser personas que a su vez sueñan ser mariposas.

**********

– Sabes, es una historia divertida- dijo Smith con una cara muy seria- Condenadamente divertida. Criminales nazis y lobotomías. Estás desperdiciando tu talento, deberían meterte en el negocio del cine.

Chandler se encogió de hombros- Es la verdad.

– Tu verdad tiene un incovenciente, Chandler- Smith se sirvió un buen vaso de Whiskey en un vaso que en algún momento fue transparente, pero que no había conocido una rutina de higiene y mantenimiento demasiado estricta en los últimos años. Estaban en el espartano y sorprendentemente luminoso estudio de Chandler. Cálido en verano, fresco en invierno. Con estupendas vistas a un descampado.

– Ya.- Chandler sabía que más que tener un inconveniente, su verdad era un inconveniente en si misma. No había rastro de pacientes o material quirúrjico cuando alertó a la policía y consiguió ubicar el almacén. Había caminado toda la noche, hasta que un camionero le recogió y le acercó al centro. Un camionero que se sintió algo decepcionado por la falta de interés de Chandler. La soledad en los caminos convierte a los tipos más duros en almas en busca de ternura en los cruces más inesperados.

Chandler meneó la cabeza- Creó que Ritter mató a esas dos chicas y las enterró en el desierto.

– No has podido demostrarlo. Y aunque se lo has dicho a la familia Hess, no parece que tu verdad vaya a convertirse en su verdad. Subir la apuesta de una desaparición a un asesinato… No va a pasar Chandler. No creo que vayan a pagarte las minutas- añadió con solidaria tristeza Smith.

– Lo supongo- suspiró Chandler.

– Sabes, esta no es una visita de cortesía- Smith bajó el tono, se mesó la barbilla, caminó por el diminuto estudio dando la espalda a Chandler- De tu denuncia han pasado un par de semanas. Pero… hace unos días que el doctor Ritter ha desaparecido. ¿No sabrás nada?

– Ya no trabajo en el caso, si es lo que preguntas. No he estado siguiéndole.- Chandler acarició al gato, que estaba subido al tocadiscos, echando a perder un vinilo de Chet Baker. Era un espíritu rebelde.

– No estoy preguntando eso- dijo Smith- Alguién como tú, alguién como yo, no tenemos muchos amigos. Pregunto: si encontráramos a Ritter en un hoyo en el Valle de la Muerte… ¿No encontraríamos huellas verdad?

Chandler se encogió de hombros- Si Ritter era de verdad un nazi, y algún familiar, o algún idiota con espíritu justiciero le hubiera dado un paseo sólo de ida, imagino que no sería tan idiota como para usar su propia arma o dejar una tarjeta de visita- Chandler hizo una mueca- Pero… ¿Qué sabré yo? Soy el detective del que se ríen todos los periódicos de San Francisco, ¿Recuerdas?

Smith asintió, se metió la mano en el bolsillo interior de su americana, y le lanzó unos billetes de diez a Chandler- Cómprate un par de zapatos ¿quieres? Los tuyos están manchados de tierra- se dirigió a la puerta con su ademán cansado.

– Smith, ¿Cómo lo habrías hecho tú? ¿Como matarías a un nazi?- Smith se detuvo en el umbral de la puerta.

– Con mucho placer- replicó, y salió del estudio.

***********

Existen varios finales a esta historia. Si uno a de creer al detective Smith, cuando está más que achispado e intenta meter miedo a algún novato, en algún lugar de San Francisco, Habitación 35 y Habitación 36 están atadas a sus camas, babeando, y soñando tal vez con un rescate milagroso que es parte de su delirio, que no ha existido sino en sus mentes, que se han contado noche tras noche para embriagarse del veneno de la esperanza hasta que un científico loco les ha sacado la esperanza y el alma a golpe de sacacorchos.

Si uno ha de creer en un final mejor, habría que buscar un Camaro blanco con dos chicas riendo, charlando, haciendo planes, por las carreteras de Palms Springs, pensando tal vez en viajar a México, en desaparecer, en construir una vida, en vivir sin la sorda rabia de los animales enjaulados, sin buscar venganza, hablando de lo tremendamente valiente que fue la Abuela, de si estará bien, de si podrían avisar a la familia de Heiss de su paradero sin delatarse. De si a los Heiss les importaría en algo lo que le pasara a la vieja dama. Poniendo millas entre su infierno personal y su futuro en algún lugar del horizonte. Buscando un lugar en el mundo. Si es que había tal cosa para ellas.

Tal vez uno puede creer que ese Camaro blanco se cruzó en cierto momento con un desvencijado Ford Lincoln de algún color mate indeterminado cubierto de suciedad, con una pala en el maletero, circulando en dirección contraria, conducido por un tal Chandler, detective privado, para quién las dos chicas, con toda certeza, tienen un par de tumbas sin nombre en el desierto. Un tal Chandler con pose descreída de estar de vuelta de todo, pero a quién este tipo de cosas le importan más de lo que le gustaría, lo suficiente como para cavar una tercera tumba.

Existen varios finales a esta historia y ninguno es ciertamente un final, y tal vez, sólo tal vez, mientras el Ford de Chandler se cruza con el Camaro de las dos chicas, a él le guste fingir que ellas son las dos pacientes que han escapado, y a ellas les guste soñar que a alguien les importa lo suficiente como para hacer justicia con todos aquellos a los que Ritter arruinó la vida, ambos coches se cruzarían sólo por un segundo, mientras en el Camaro suena por la radio una canción de Love, y entonces, la historía no acabaría, seguiría para todos ellos, pero simplemente el sol en Palms Springs está a punto de ponerse, y Chandler está mortalmente cansado, y las chicas sólo buscan un motel para pasar la noche e imaginar un futuro, y de fondo suena “Alone Again Or”.

Y eso es todo.

Yeah, said it’s all right

I won’t forget

All the times I’ve waited patiently for you

And you’ll do just what you choose to do

And I will be alone again tonight my dear

Yeah, I heard a funny thing

Somebody said to me

You know that I could be in love with almost everyone

I think that people are

The greatest fun

And I will be alone again tonight my dear

UN BUEN HOMBRE

Por Emilio Calvo de Mora

Hace años que no monto el portal de Belén. Lo hacía Sandra cuando recién casados y los niños eran pequeños, entusiasmada en la idea de que éramos una familia y la familia monta el portal de Belén. He buscado un tutorial en YouTube y hay cientos. Decidirme por uno ha sido más costoso que hacerlo. De hecho no estoy satisfecho. Una vez acabado, por más que lo miro, no termino de convencerme. Si se observa con detalle, no hay nada que le falte. Están los personajes y está el decorado. Qué más podría pedirse. Como soy electricista, las luces han quedado espectaculares. Al darle al pequeño interruptor disimulado detrás de una vaca (se encaprichó de ella Óscar cuando no tenía tamaño ni para llegar al escaparate de la tienda)  suena una playlist del Spotify. Va en bucle, hay campanitas y coros de infantes inocentes, así que tengo banda sonora asegurada. Me decanto por el villancico inglés, por mi hija; ella es anglófila y de poco afecto por la cosa popular de la tierra. Por más que traté de hacerla sentir afecto por las tradiciones, no prosperó ninguna de mis invitaciones. Es más, causaron el efecto inverso. Greta, por la Garbo, elección de Sandra nada más alumbrarla a este mundo, es difícil de agradar, digámoslo así. Es áspera como Ninotchka. Hasta fue comunista un tiempo, según me contaron, no he tenido oportunidad de discutir con ella de política. Un buen comunista, aunque ande en horas bajas, no monta portales de Belén, imagino, es lo que barrunta la lógica.
Por si viene alguien a visitarme, he añadido una mesita supletoria con un mantelito alusivo a la Natividad, que bordó mi suegra, en el que he puesto unos vasos cortos, una botella de anís dulce y una bandeja con un surtido variado de mantecados, polvorones, hojaldrinas y unos cuantos bombones de licor. Los hay sin azúcar: no sabes si te visitaran diabéticos. No hay nada si el que viene es abstemio o de la liga antialcohol. El anís es irremplazable. Al pasar me da la tentación de dispensarme un chupito y abrir una pequeña vianda, pero me abstengo, por si me excedo, quién podría reprenderme. La soledad tiene malos amigos. Es para los invitados, me digo con firmeza. Ando así mejor, privándome, no cayendo en los vicios de antes. Algunos más dañinos que otros.
Hoy está el día de un desapacible conmovedor. Es uno de esos días que invitan a sentarse en la mesa camilla y ver tres o cuatro películas de James Stewart. Adoro a James Stewart. Lo adorábamos, puestos a hablar por todos, como a veces hago, por no verme tan solo o por costumbre, ya quién sabe. En cuanto llega la Navidad, sin que yo intermedie en esa intromisión inexplicable, pienso continuamente en él. Mi psiquiatra dice que es por haber visto muchas veces Qué bello es vivir. Usted tiene el síndrome George Bailey, sentencia. Es una película admirable, pero a la larga no es recomendable para personas en sus circunstancias, usted ya me entiende, ha añadido. Las circunstancias a las que se refiere estarán en su cabeza, no en la mía. Por más que se ha obstinado en explicármelas, con la paciencia exigida, no he tenido en ningún momento la impresión de que me pertenecieran, pero le doy la razón en al menos una cosa: he visto muchas veces Qué bello es vivir. Una vez al año, al menos desde hace veinte. A Sandra le encantaba al principio. La programábamos en Nochebuena. Era una copia en VHS en aceptables condiciones que compramos de segunda mano en un videoclub que estaba a punto de echar el cierre. Me encanta el ruido que hace cuando encaja en el aparato. Es el preludio del placer, comentaba. Luego esa copia fue sustituida por una digital. Sandra era de las que piensa que los objetos que amamos duran más que nosotros, pero la convencí de que la cinta estaba en las últimas y accedió a comprar el nuevo formato.
Quizá fuese ahí cuando comenzó a despegarse de mí. Se dice así: despegarse. No se ve ni se oye igual, Jorge Claudio, me decía. A James Stewart le dobla otro, no es lo mismo, añadía. Hasta me parece otra película, ya ves. El ruido no es el mismo. Ni el placer que viene después. El DVD agenciado en el videoclub fue adquiriendo una serie de inconvenientes extraordinarios, así que cuando Óscar y Greta tuvieron edad para verla, nos sentamos todos alrededor de la mesa camilla, cada uno en su butaca.
Fue un corazonada. Las heredé de mi padre. Las hay de una fiabilidad asombrosa. Uno cree en algo y, por lo general, se termina por cumplir en un amplio grado. Me hubiese conformado con que terminaran la película sin moverse y no se levantaran a ir al servicio o a beber agua en la cocina, pero se levantaron y bebieron y cuchicheaban de cuando en cuando, no sé qué se decían, pero me daba que no tenía nada que ver con Bedford Falls ni con George Bailey. A Sandra le iba y le venían los bostezos y yo, más que pendiente de la pantalla, los miraba a ellos, por turnos, convencido de que Sandra y yo acabaríamos por separarnos. Fue una evidencia, no una corazonada. Quizá se deba a la vieja costumbre de no decir las cosas en el momento, cuando se nos ocurren, por no molestar o por creer que no son importantes, el caso es que un día cogí la copia de Qué bello es vivir y la metí en la bolsa de la basura. Para que no se notase su presencia entre los restos de la comida y las botellas de plástico (no estaba extendida entonces la separación de la basura por su contenido) la envolví en una bolsa del súper y la empujé hacia el fondo con intención de que no fuese percibida. A partir de ese día, sentí una mejora considerable en mi estado de ánimo. No es algo que pueda explicarse, ni tampoco hace falta buscarle razones a todo.
Sandra estuvo más cariñosa conmigo, me decía buenos días con una sonrisa bonita como las que ella me tenía antes y volvimos a compartir el gusto por pasear o por ir al cine y después, camino de regreso a casa, comentar la película. Es una pena que haya muerto James Stewart, refirió una noche, al salir de ver una del Oeste, creo que de Clint Eastwood. Me apetece mucho que volvamos a ver Qué bello es vivir, podemos decirle a los niños que la vean de nuevo, recuerdas lo que les gustó, sentenció. Si he de ser franco, me dio un vuelco el corazón. Lo fácil hubiese sido hacer que la buscaba en casa y concluir con la triste noticia de que no daba con ella, pero por otro lado (siempre hay lados, más de los que sabemos contar) me había prometido no mentirle nunca a Sandra. Una cosa es retirar un objeto del patrimonio familiar de objetos y silenciar esa retirada y otra, muy distinta esta otra, es engañar deliberadamente, aunque fuese una de esas mentiras contadas sin trabajarlas, improvisadas, de las que no parecen que contengan el veneno que a veces traen las mentiras. Así que la dejé en casa y con el pretexto (sincero, por otra parte) de comprar tabaco me lancé al barrio a buscar algún videoclub en el que la suerte me abrazara y tuviesen en alquiler alguna copia de Qué bello es vivir.
Era entonces la época dorada del videoclub, ya saben. Luego todos vinieron abajo por unas causas o por otras, todas emancipadas de la verdadera causa, la que lo ha emborronado y desgraciado todo: la gente hoy ya no se divierte con nada. No tienen paciencia para apreciar un buen disco o una buena película, todo lo consumen con prisa, como si se acabara el mundo. Recorrí cuatro o cinco, no sé, la cuenta se me ha perdido con el correr loco de los años, pero fueron muchos con lo que volví a casa maquinando una excusa que justificara la imposibilidad de ver la película esa noche. Porque no podía ser otra. Sandra no tendría interés en verla el domingo o el lunes, sino ese sábado (era sábado, el día en que salíamos solos, cuando dejábamos a los niños con los abuelos) y tampoco valdría ver otra, aunque fuese de nuestro adorado James Stewart. No valdría disuadirla con la evidencia de que no era Navidad, ni ninguna otra. Sandra es muy obstinada, espero que lo sea aún y no fuese una manera de hacer las cosas conmigo, que yo mereciese, a la que yo también obstinadamente me inclinase a merecer. Así que llegué a casa, me puse cómodo y me serví una copa en la cocina.
Sería divertido que se le hubiese ido la idea de la cabeza, debí pensar. No tengo ganas, te he hecho buscarla y ahora no me apetece, podría haber dicho, pero no. Ya estamos todos en el salón, los niños están entusiasmados, he preparado unas pizzas, se están calentando, esta noche tenemos a George Bailey en casa, será una de nuestras maravillosas noches de cine en familia, todo eso debió decir, todo a la vez, unas frases antes que otras o tal vez a estas alturas no recuerde alguna y haya inventado otras, el tiempo no borra los recuerdos del todo, los reemplaza, hace que unas escenas pierden peso y sean ocupadas por otras, lo he aprendido bien. Antes de sentarnos, vamos a fumar a la terraza, sin que nos vean, ya sabes que a Óscar le irrita vernos fumar, sugirió. La primera mentira fue la de que no había tabaco. Ni un estanco abierto, era tarde; ningún bar, ninguno que tuviese nuestra marca, pude decir. Recuerdo más sus palabras que las mías. Habrás comprado otro, da igual la marca. Quiero fumar antes de ver la película, añadiría. El caso es que no he salido a comprar tabaco, Sandra. No he puesto el pie en ningún estanco ni entrado en bar alguno. He ido a buscar Qué bello es vivir en cuatro videoclubs, pero no la tienen. Yo creo que no la han tenido nunca. La nuestra la tiraste hace pocos días a la basura. La metí en una bolsa y luego esa bolsa la metí en otra, debí haberla metido en otra más, no estaba conforme, lo suyo hubiese dio meterla en cien bolsas o echarme la cinta en el bolsillo de la chaqueta y salir a la calle y dejarla en cualquier sitio, en un banco de un parque o en una parada de autobús, por si alguien la ve y se la lleva a casa y la ve con sus hijos y a ninguno le molesta que sea en blanco y negro y no haya nadie a quien no le guste el doblaje o la resolución de la imagen, pero no hice eso, la tiré a la basura, bueno, fuiste tú quien la tiró, no te diste cuenta, en realidad nunca te das cuenta de las cosas, las haces sin pensar en ellas, no alcanzas a descubrir el daño que hacen, si podrá uno levantar cabeza o no podrá apartar el dolor y tendrá que convivir con él, yo lo he hecho, he tenido que acostumbrarme, levantarme temprano con su recuerdo, recorrer las horas del día con su peso, no sabes tú cuánto pesa, no tienes ni idea, yo lo sé bien, es mío, de algún modo me he ido haciendo a su compañía y ha ido convirtiéndose en una rutina, se vive como se puede, no como uno desea, qué sabrás tú de lo que te hablo, hace mucho tiempo que no te pones en mi lugar.
Pocos meses después, cuando se buscó un buen abogado que le preparara bien la separación, Sandra cogió a los niños y se fue. Anoche un canal de televisión programó Qué bello es vivir. La vi completa. Era la copia de la que nos enamoramos, no la otra, la que había perdido ese rutilante blanco y negro y ese doblaje. Cosas de la mirada. Digo yo que no es necesario ser tan exigente. James Stewart es como de la familia. Le miro con ternura, como si él pudiese devolverme la mirada y comprenderme. Un amigo común me cuenta cómo les va. Le llamo de vez en cuando. No necesito suplicar (mendigar, le digo a veces) para que me explique qué hacen, si Sandra ha cambiado nuevamente de pareja o se ha hecho a estar sola a la manera en que yo estoy. De alguna manera no nos hemos separado. Imagino que todo sigue como entonces. Por eso pongo el portal de Belén. No tengo mucha maña, pero lo que importa es la intención, imagino. He pensado no quitarlo, quién hace eso. Que esté ahí el resto del año. La botella no la tocaré. Ni la bandeja con las viandas de Navidad. Quien me visita, alguien vendrá, escuchará mi historia. Es fácil de contar.
Empezaré por George Bailey en Bedford Falls. He visto cien veces la historia. Yo mismo, en ocasiones, creo ser el mismo George Bailey. No he ido al puente ni se me ha ocurrido tirarme al río. Hay días en que he imaginado que si lo hiciera acudiría un ángel. Me cogería del brazo. Ven, Jorge Claudio, vamos a casa. Te voy a contar una historia. Tú solo escúchala. Sucedió hace mucho tiempo en un pueblo en el que un buen hombre salió a comprar tabaco…

NAVIDAD, CUENTOS, TIEMPO, PACIENCIA

Por Marisa López Mosquera

(A veces tenemos claro el cuento, otras el cuento nos elige a nosotros. Por el medio es navidad, pasan cosas y nada resulta como se planea)

Besas su rostro cuando nace, acaricias su piel de seda para que se tranquilice. Tu propia respiración calma la suya cuando duerme sobre tu pecho, adoras tenerlo contigo en tardes de sofá y manta, los fines de semana, es invierno. Contemplas arrobada su alegría, cuando aprende a desempaquetar sus primeros juguetes, en Reyes. Todo en la casa es él, vosotros, no necesitas más lujo que besarle cada noche antes de dormir y saber que todo está en su sitio, que cuando despiertes habrá un cuerpo querido a tu lado y una personita agarrada a los barrotes de su cuna, danzando, llamándote. Crece cuidado con tus desvelos. Cuidas sus fiebres, vigilas sus sueños, das calor y alegría a cada desencanto. Quitas hierro a sus defectos, potencias sus habilidades, le das seguridad, cariño a manos llenas. Cada año la casa se llena de luces en Navidad, vuelve el árbol, los adornos de las puertas, el muñeco bailón con el villancico de los renos, los manteles del acebo, los dulces, el roscón escarchado. Su rostro se estiliza, su cuerpo se alarga. Tiene amigos, los años pasan. Sabe que estás ahí, que seguirás de cerca cuanto haga pero necesita independencia, soledad, tomar decisiones. Intentas no invadir, estar a su lado, llegan las primeras discusiones, la necesidad de explorar. Un día cualquiera tiene novia, otro se casa. A ella no le gustas, tampoco ella a ti. El círculo se estrecha y te quedas fuera, las navidades pierden brillo, ellos dejan de venir. A veces te preguntas en qué te has equivocado, mientras cuelgas de las paredes los mismos adornos de siempre. La estrella del árbol que tanto le gustaba, las campanas de los pomos, la guirnalda sobre la chimenea, dos ondas verdes sujetas con lazos, ahora tan mustias como tú. Te sientes una intrusa visitando a tu nieto en el colegio, a escondidas, en el recreo. Como si fueras un peligro, una peste, alguien que sobra. ¿En qué momento todo ha cambiado?, te preguntas, ¿cómo es posible que no quede nada habiendo tanto?

Se acerca la Navidad. Sales del colegio enceguecida por las lágrimas y cruzas imprudentemente con el semáforo cerrado. El coche no puede esquivarte y te golpea con fuerza en la cadera. Desde arriba no eres más que un fardo en suspensión, una mueca de dolor, dos piernas desnudas, un abrigo inflado, un zapato de tacón inclinado en un bordillo. ¿Complicaciones del destino? Que la mujer que ahora se aferra al volante, aterrorizada, sea tu nuera. Lo sé, lo sé, está muy visto pero estas cosas también suceden. Había venido a buscar al crío para llevarlo al médico. Anoche tuvo unas décimas y aunque lo trajo al colegio, lo pensó mejor y vino a recogerlo para que le echasen un vistazo a la garganta. ¿Por qué todo esto? ¿Es necesario agrietar de este modo la convivencia en las familias? Abro la puerta y ocupo el asiento del copiloto. Su miedo es terrible, ha palidecido su cara como si fuera ella la muerta. Sí, las cosas claras. En cuanto el tiempo se reanude, tu cuerpo caerá sobre el capó de un coche, se golpeará gravemente y dejará de funcionar en unas horas.

La observo un momento, con curiosidad. ¿Es esta mujer la que ha sembrado tanto dolor? Bueno, siento decirte que tu hijo no se ha quedado atrás. Le veo tras la mesa en su despacho y suelto mi parrafada de ángel irreverente. “Dar la espalda a tus padres, impedirles que vean a su nieto, que disfruten de una versión pequeña de ti, de vuestra vida. Muchacho… cómo se os va a complicar la vida… Llamarán en un momento y te dirán que tu mujer acaba de atropellar a tu madre. Que le dio un ataque de ansiedad y está en el mismo hospital que ella. Desgraciadamente, por tu progenitora ya no se puede hacer nada. A tu esposa le han puesto un calmante y está en observación, custodiada por la policía. Tu padre está de camino, acaban de informarle”.

De vuelta al coche, aparto un rizo que le cae sobre la mejilla, observo los nudillos blancos, la boca abierta, las lágrimas temblando en sus ojos. “¿Sabes? A tu marido le gustaba cantar con su madre cuando era un chiquillo. Ella le subía a la mesa de la cocina y con una cuchara de madera cada uno, cantaban una canción dirigiendo una orquesta invisible. Él se iba de tono y ella le corregía. No subas tanto, lo guiaba, en la parte final no llegarás. Llora, sí. A veces no hay motivos para las rencillas, son celos estúpidos, desavenencias superables, el mismo instinto. Cuánta gente nos es hostil sin razón aparente. Darías lo que fuese porque esto no estuviese sucediendo. Lo sé. También que cuando todo comience de nuevo, no recordarás este momento”

Retrocedemos.

Sales del colegio enceguecida por las lágrimas y cruzas imprudentemente con el semáforo cerrado. Un coche te esquiva de milagro y da dos bocinazos. ¡Despierta, criatura! ¿Qué quieres, que te maten? ¿Qué sería de tus sueños, los que todavía hacen de ti lo que eres? ¿Y de tu marido? ¿Qué le quedaría? Un hijo que se ha ido de casa, un nieto que apenas le conoce. Y el amargor de la nostalgia, ha creado su vida alrededor de la tuya. La has llenado todos estos años con tu alegría, tus ganas de superarte, ayudándole siempre. No sabes cuánto cree que te debe, lo orgulloso que se siente formando parte de tu mundo. Deja al chico, ya vendrá cuando pueda. Quizás el destino le de un toque algún día y cambie su forma de ver la vida. Esas cosas pasan, nos levantamos una buena mañana y damos gracias al infinito por todo lo que tenemos, como si durante el sueño nos hubieran privado hasta del aire y quisiéramos resarcirnos cuanto antes. Libres, ligeros, con ganas de retomar las riendas de nuestra propia vida. De devolver todo lo bueno que nos han dado y nunca agradecimos. De vivir en paz, a salvo, rodeados de los nuestros, los que realmente importan. Y todo el tiempo del mundo, de pronto, parece insuficiente, porque el resto de nuestra vida pasa impaciente a nuestro lado para que nos subamos en marcha. Y nunca se detiene.

CARTA A UNA ESPOSA

Por Álex Herrera.

-”Es tu última oportunidad”.

Sal me lo repitió cientos de veces los días previos a la Navidad. Me lo repitió tantas veces que estuve a punto de creerlo. Solo tenía que salir a jugar en ese campo de mierda para demostrar que estaba rehabilitado. Batear un par de bolas, era todo cuanto necesitaba. No me pedían más. Mis deudas desaparecerían en cuanto los grandes equipos supiesen que estaba de vuelta. Pero ya sabes cómo soy, Mary Lou. Hay un demonio habitando en mi cabeza que me dice qué debo hacer aunque mi conciencia sepa que es lo equivocado. Aun así, me mantuve limpio todos aquellos días. Nada de whisky ni de ginebra, solo cerveza. Y fue fácil. Más de lo que pensaba. Me tomaba un par de vasos de etiqueta roja cada noche para poder dormir. Te juro que solo era por eso. Me sentaba en la cama de ese hotel herrumbroso, vaciaba la botella de cerveza y la tomaba en pequeños sorbos para que la ilusión de que estabas aquí conmigo creciese en mi cabeza hasta que el vaso quedaba vacío. Incluso crucé un par de frases con tu fantasma. Entonces mi demonio empezaba a susurrarme que estarías en la cama de otro. Y no me importaba, Mary Lou. De verdad que no. Hace tres años que me fui por última vez. Imagino que ya habrás estado con otros hombres. Sin embargo, aunque te he escrito desde cada ciudad en la que he vivido desde entonces, nunca he recibido una demanda de divorcio. ¿Es posible que me sigas queriendo, Mary Lou? Por supuesto que no, ya lo sé. En realidad, imagino que la demanda de divorcio está en alguna oficina de correos de cualquier ciudad mugrienta en las que he habitado. Mobile, Des Moines, Albuquerque… Puede que se haya perdido o que un cartero despistado la depositase en otro buzón. ¿Y qué más da? Hace tiempo que dejaste de ser mi esposa.

Perdí la fe, Mary Lou. La perdí para siempre. No te he contado el momento exacto en que ocurrió. Fue el día de mi debut con los Chacers. Aquella mañana Sal vino a buscarme al hotel para conducirme al estadio. Durante el trayecto siguió con su retahíla de consignas: «Si haces un buen partido todo se arreglará», «varios equipos de las ligas mayores me han preguntado por ti» y otras mentiras aún más disparatadas. Eso me dijo, pero no le creí. Miraba por la ventana del auto a la cara de mi nueva ciudad. Me pareció la más inhóspita de todas. Tanto que la navidad parecía un día de febrero. Omaha, hasta el nombre me resulta hostil. El partido se jugaba a mediodía porque era nochebuena y supongo que nadie querría perderse la cena en familia. Te juro que nunca había visto una ciudad tan horrible. Al menos es lo que me pareció. Entonces vi a la niña. Era una pequeña rubia de no más de seis años. Estaba sentada sobre una caja de madera. Otra caja, de mayor tamaño, oficiaba como mostrador. Vendía calcetines baratos con aspecto de no tener más de tres usos antes de agujerearse. Sin embargo, ella estaba descalza. La gente pasaba de largo sin mirarla siquiera. A nadie parecía sorprenderle que una niña estuviese descalza con temperaturas bajo cero. Le pedí a Sal que detuviese el coche y bajé de un salto en busca de la niña. Primero con el paso firme. Conforme me iba acercando bajé el ritmo, como si me avergonzase llegar hasta ella. Cuando la tuve de frente me miró con aire retador.

Son treinta centavos, señor. Usted elige el color.

Me puse en cuclillas fingiendo que me interesaba la mercancía mientras miraba sus pies morados por el contacto con el frío suelo. Cogí dos, ni siquiera recuerdo el color, los desligué y tomé uno de sus pies. Después de ajustarle el calcetín, cogí el otro y repetí la operación. La sonreí y me marché tras dejar sobre la caja de madera un billete de cinco dólares. De camino al coche me sentía orgulloso de haber contribuido a hacer algo mejor la navidad de una desheredada. Fue el primer gesto de bondad navideña de mi vida. Casi se me caían las lágrimas al sentir que mi corazón se había ensanchado gracias a mi inmensa bondad. Sal meneaba la cabeza en señal de negación mientras me acomodaba en mi asiento.

-¿Crees que toda esta pantomima ha servido de algo, Frank? Si querías ayudarla deberías haber llamado a la policía.

Me enfadé con Sal. Con su insensibilidad. Con su corazón corroído de pus incapaz de sentir empatía.

He ayudado a que esa niña no pase hambre esta semana.

-Tú pasarás hambre antes que ella. Mira.

Sal señaló con el dedo en dirección a la pequeña. Al mirar, pude ver cómo se quitaba los calcetines, los volvía a enrollar y los depositaba nuevamente sobre la caja de madera. Todo ello sin perder un aura de indiferencia cercana a la burla. Y dejé de creer, Mary Lou. He sido el creyente más fugaz de la historia de la navidad. Me bastaron un par de minutos para renacer y volver a morir.

Desde lejos, el estadio de los Storms Chacers parecía una cuadra desvencijada a la que le hubiesen pasado una capa de pintura. Sal me sacó a empujones del auto. Llegábamos tarde. Cuando llegué a los vestuarios todos mis compañeros ya se habían vestido con el uniforme del equipo. Me dio la sensación de que me esperaban para echarme en cara que les había decepcionado antes de conocerlos siquiera. Le di la mano a cada uno de ellos. Todos respondieron a mi ofrecimiento con la pesadez del que sabe que no apretará esa mano nunca más. Uno de los entrenadores nos repitió una serie de consignas cuasi bélicas dignas de instituto. Terminó con un rotundo: Hay que morir por el equipo. En medio del ceremonioso silencio sonó una risa nerviosa que provocó una instantánea caza de brujas en busca del culpable. Al momento, las miradas de todos los que se encontraban en el vestuario señalaron mi culpabilidad. Ni siquiera fui consciente de haber sido yo el que rió. Te juro que no fue una burla. Fue un simple acto reflejo ante la estupidez de la frase.

Cuando salimos al campo se formó una pequeña burbuja de vacío en torno a mí. El entrenador principal bajó de su atalaya moral para hablar conmigo. Me tomó el hombro paternalmente, me llevó a un lado del banquillo y disparó su penosa artillería moral.

-¿Crees que por haber jugado en las ligas mayores eres mejor que nosotros? ¿Piensas que no te merecemos? ¿Verdad?

Tras una breve pausa dramática terminó señalándome mi lugar en el banquillo mientras me dedicaba su mejor mirada inquisidora. Unos trescientos paletos se sentaban en las gradas heladas reclamando su derecho a ser felices por unas horas. Nosotros éramos sus emisarios de felicidad. Sus Santa Claus. Cuando llegó mi turno de bateo ya perdíamos por siete carreras. Poco importaba lo que hiciese ya. De modo que pensé en mi propio beneficio. Tan solo necesitaba sacar la pelota del campo una vez para hacer saber a los equipos grandes que estaba vivo. Miré al pitcher. Me concentré y fallé. La primera bola me pilló desprevenido. Pensando en ti, Mary Lou. Con la segunda, el pitcher me engañó bien. Un fallo más y mi futuro se ennegrecería una vez más. Miré hacia el banquillo. El entrenador me odiaba porque me creía altenero, mis compañeros me odiaban por lo que fui y Sal me imploraba con la mirada que le sacase de aquel purgatorio. Miré al bateador amenazadoramente. Sentí su miedo y su ansiedad. El miedo de tener enfrente a una vieja gloria. La ansiedad por derribar al mito. Me lanzó una bola curva que alcancé de llenó con el bate. La lancé fuera del estadio, en dirección a la niña rubia que me había estafado una hora antes. Corrí trazando cada base hasta llegar al home. Después arrojé el bate al suelo y me largué al vestuario sin decir nada.  El partido continuaba pero yo no. Ellos ya sabían que aquel sería mi primer y mi último partido con su mierda de equipo.

Bebí mucho aquella nochebuena, Mary Lou. Todo lo que mi estómago había echado en falta las noches anteriores. Tuve sueños raros. Soñé que estábamos juntos en algo parecido al monte Rushmore, solo que en lugar de la cara de los presidentes estaban esculpidas las nuestras. Tú me acariciabas el brazo. Yo trataba de besarte sin encontrar tus labios. Entonces Sal me despertó. Era demasiado temprano. El alcohol aún reinaba en mi cuerpo.

-¡¡Los White Sox te quieren en su equipo, Frank!! Se acabo el arrastrarse por ciudades de mierda. ¡¡Es Chicago, Frank!!

No le respondí. Colgué el teléfono, me vestí y salí en busca de la niña de los calcetines. No tardé en encontrarla cerca del boulevard principal. El mismo lugar donde me engañó el día anterior. Me situé frente a ella una vez más. Me reconoció, aunque fingió que no sabía quién era. Cogí unos calcetines azules y le dejé una moneda de cincuenta centavos sobre la caja. La miré durante unos segundos. Miré a la personita que se había burlado de la leyenda de las grandes ligas. No dije nada, simplemente me marché. Tiré los calcetines en un cubo de basura cercano antes de dirigirme a la estación de tren. Allí cogí el primer tren que salió. Ni siquiera supe su destino. No me importaba porque sigo dando vueltas en torno a ti, Mary Lou. Esperando que algún día me perdones.

Estoy en algún lugar de New Hampshire. Entro en los bares con la esperaza de que alguien pronuncie tu nombre. Cada vez que el barman me sirve una copa miro mi mano derecha. Aún llevo puesto el anillo que te une a mí. Aunque sé que ya no eres mi esposa.

Feliz navidad, Mary Lou.

2 pensamientos en “Cuatro cuentos y una canción de Navidad…

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