Cuatro cuentos y una canción de Navidad…

Nuestras vidas, las de los cuatro amigos que nos reunimos en este lugar para contar cuentos de Navidad, son frenéticas. Por esa razón, el que nos reunamos una vez al año tiene un significado especial para nosotros. Es el simple hecho de leer las palabras del otro lo que nos permite saber lo que está ocurriendo en nuestras vidas, con qué llenamos el tiempo, qué inquietudes compartimos. Y no hay mejor momento que la Navidad, por muy desvirtuada que esté, para congregarnos en  un mullido sofá frente a una chimenea virtual y escuchar una buena historia.

Compartamos pues. Les paso sus tazas de cacao caliente o de café o de licor de hierbas a Fran, Emilio y Marisa. Ocupamos nuestro lugar confiados en que el año próximo todo será mejor. Y escuchamos el suave fluir de nuestras historias antes de hacernos saber cómo nos ha ido en el año que está a punto de acabar. Después celebraremos en la lejanía, muy orgullosos de pertenecer a un grupo tan exclusivo que solo permite cuatro miembros.

Como acompañamiento musical he elegido a dos gigantes capaces de transmitir la esencia de la Navidad únicamente con su presencia y su voz. Juntos, en un apartamento de Nueva York (tiene que ser Nueva York) examinan cómo ha sido su año mientras fuera cae la nieve impidiendo que el tiempo transcurra. Esta noche es para compartir con los amigos que forma nuestra familia, como Frank y Bing. Ya habrá tiempo de hacer otras cosas mañana.

Feliz Navidad a todos.

 

 

EL LUGAR PELIGROSO

Por Mycroft.

 “Caminaba impasible por las ciudades de los hombres, y suspiraba porque ningún escenario le parecía enteramente real, porque cada vez que veía los rojos destellos del sol reflejados en los altos tejados, o las primeras luces del anochecer en las plazoletas solitarias, recordaba los sueños que había vivido de niño, y añoraba los países etéreos que ya no podía encontrar.” (La llave de plata, H.P. Lovecraft)

 

“Tom Baxter: -Te quiero, soy honesto, confiable, valiente, romántico y muy bueno besando

Gil Shepherd: -Y yo soy real.” (La Rosa Púrpura de El Cairo, W. Allen)

 

I

-No siempre he estado aquí- dijo Carter- No siempre, y lo siento.

Era una estupenda mañana de invierno, una rareza de diciembre, con la luz cálida del sol floreciendo como una única flor destinada a helarse y perecer pronto, muy pronto. En una desvencijada habitación, con una cómoda antigua de impráctica estructura llena de medicinas y pequeños detalles personales, postales, cds de música, y otros aparejos que el tiempo nos hace acumular, como una cámara rota con fotos de los dos en su interior que nunca se atrevieron a tratar de rescatar, ni a descartar totalmente.

La habitación, inusualmente desnuda, tenía un pequeño armario empotrado de conglomerado, un diminuto radiador para las jornadas más frías, una mesita con una diminuta luz de lectura, una cama demasiado estrecha para los dos, y una alfombra que suavizaba los pasos y protegia los pies desnudos de Hope cuando ella, haciendo caso omiso a los consejos médicos, se levantaba y deambulaba en la noche por el pequeño apartamento.

Él había dejado su trabajo hacía unos meses cuando la débil condición de Hope necesitó de más atención, y no lo lamentaba en absoluto, pero se sentía tan culpable como triste, porque uno se muere siempre sólo, y ella no iba a ver las semanas de primavera cuando las malas hierbas crecen en los descampados y la ciudad se llena de terrazas dónde tomar cafés y ver a los vendedores de libros callejeros traficar con historias.

-No te preocupes- dijo Hope con un gesto amoroso de perdón y dolor, con una resignación tal vez más punzante que cualquier reproche- Siempre estuviste en las nubes.

Siempre en las nubes, repitió Carter para sí, sintiéndose perdido de nuevo en su propio universo. Carter dejó de estar allí de nuevo.

II

Desde niño los sueños de Carter habían sido vívidos, hasta resultar más reales que el catecismo diario del colegio católico (y desde luego, más verosímiles), más reales que las manos callosas de su padre fijando el firme de las carreteras o levantando el cuero rugoso de su cinturón ante alguna infracción menor, que la severa mirada de su distante madre, o que los días mediocres de los despertares de posguerra de algún país mediterráneo bajo el mediocre reinado de algún pequeño sátrapa, por entre las ruinas recuperadas de una guerra pasada que era infancia de sus padres, una palabra no dicha en un mundo bullicioso de silencios elocuentes y frases huecas.

Cómo no soñar, sable de madera en ristre, con historias de corsarios en un mar esmeralda, cómo no estar ausente en las clases del Espíritu patriótico, de las listas de reyes medievales, o los recorridos largos del colegio a casa por las malas calles de vendedores ambulantes de castañas, estraperlistas, buscavidas y prostitutas, hacia su barrio casi rural, rodeado de edificios colmena y acequias que regaban aisladas parcelitas resistentes donde una o dos gallinas preparaban el desayuno de hordas de niños en casas bajas que se veían asediadas por un cerco creciente de cemento.

Soñar con una pose heroica a lo Errol Flynn, con complicadas tramas donde la valentía, la lealtad y la honestidad se ponían a prueba pero siempre salían vencedoras. Con historias quizá más extrañas hijas de los cuentos en papel avejentado y con olor húmedo a viejo que por un casual encontró en su casa, las mil y una noches. Una realidad de ciudades exóticas de arquitecturas míticas, visires y sultanes, princesas y ladrones buenos, aventuras y paisajes, viajes por el desierto entre tribus salvajes y maravillas de una magia antigua, de fabulosos colores dorados, la arena, el viaje arduo pero plagado de momentos en los que ser algo más que un simple muchacho desconcertado en una ciudad en ruinas sanando lentamente mientras borra toda historia por un anónimo ir y venir de oficinistas, y una miríada de locales asépticos para extranjeros de clase media en busca de un país que nunca existió.

No, la vida debía ser otra cosa, estaba en otro lugar, o dicho de otro modo, la vida nunca era suficiente y sus febriles excursiones al otro lugar comenzaban a ser más y más vívidas. De repente cuando se precipitaba a una de sus numerosas aventuras, parecía caer para los demás en un estado taciturno y anodino, como un aparato funcionando en piloto automático, mientras para él las horas y los días pasaban sin que tuviera conciencia (y a menudo ni siquiera memoria) de lo que ocurría a su alrededor. Era el lugar peligroso en que uno era audaz y cualquier cosa podía ocurrir.

El auténtico sueño era aquel salón de butacones morados, papel pintado lleno de humedad, tele en blanco y negro de único canal, cenicero de pie, y patriarca leyendo novelas del oeste de a penique mientras una madre presente y ausente, aparentemente silenciosa pero plena de maquinaciones y pequeñas y miserables ambiciones de trepar, cosía, mientras entrelazaba los nudos y zurzidos que dominarían la carrera de su marido y la de sus hijos, apenas extraños entre si, con sus juegos, peonzas, tableros, escalextrics, mientras de forma robótica Carter llenaba planillas de dibujo técnico en la mesa principal, inmerso en un clima militar de represión, autoridad y pobreza con altas miras. En alguna salita, junto a una vieja radio de los años 30, languidecía una de las abuelas de Carter, desasistida y demente.

La realidad era la supuesta fantasía que Carter cada día construía más firmemente, las ciudades cuyas calles de losas pulidas había recorrido en compañía de Magallanes, Alejandro, Marco Polo, buscando un navío en el puerto con el cuál lanzarse a la mar, en una travesía áspera pero llena de emoción, con Gordon Pym como cómplice y mejor amigo, asaltando tierras árticas que lejos de estar desiertas, estaban pobladas de enigmas y maravillas. Adoraba aquel lugar peligroso, y no le importaba perderse en él y ausentarse de su propia vida, adentrándose cada vez más en la espesura onírica

Poco después ocurrieron dos cosas. Realizó el servicio militar, y conoció a Hope.

III

Qué tan lejos del heroísmo y en general, de lo humano, es la vida castrense. Lo que la escuela, con su áspera jerarquía, sus normas irrefutables y absurdas, sus pasillos con olor a incienso y fundamentalismo, sus reglas métricas golpeando nudillos y su mezquina caterva de camarillas, delatores y abusones, se veía acá amplificado. De pronto, muchos de sus héroes del ensueño, no le parecían más que enloquecidos embriagados de su propia ambición. La gloria de aquellas aventuras no parecía ser más que barro con salpicaduras de sangre, de rencillas atávicas y absurdas, de suspicacias tornadas en odios, de codicias, y en definitiva, de cuitas entre vecinos por las lindes de sus pequeños terruños.

Ahora sus compañeros eran otros, Kavafis y Whitman, Pavese y Emily Dickinson, Blake y Baudelaire, Thoreau, Mark Twain, London (quizá el único forajido de su panteón de aventureros que había permanecido), Verne. Una campiña con un enorme picnic pintado por Matisse y cuyos azules hechos realidad tenían la cualidad del cielo tiñendo la tierra de color. Constelaciones desconocidas, aromáticos vinos y visionarias imágenes con cualidades quizá místicas incluso para un sin dios cómo él. Hermandad, amistad, humanidad. Animales salvajes caminaban a su lado mientras el frío se colaba por el ventanuco del cuartel, por las livianas mantas con agujeros, apenas a una hora del toque de diana.

Sobrevivió, incluso aunque no recibió una sola carta de los suyos. Las cartas que recibía eran los alegatos de Hugo y Dickens, en la que los personajes en tiempos difíciles, miserables, huérfanos, desarrapados y desesperados se desligaban de las faldas de la historia para trascender y hablarle como hermanos.

Incluso Carter era un nombre inventado, cuando la ficción de quién era se había vuelto tan fuerte que hacía palidecer el simple y trémulo nombre que figuaraba en sus papeles.

Cuando conoció a la joven Hope, una estudiante de bellas artes inglesa de viaje por la Europa continental, se inventó a si mismo como Carter. No era capaz tal vez de expresarse más que de un modo primitivo y balbuceante, pero el dominio de Hope de su lengua era muy notable. Hope y su pelirroja cabellera a lo Maureen’O’Hara era lo más cercano a un sueño que había disfrutado en estado de vigilia. Su sonrisa enigmática animaba a investigar, más allá de su belleza qué bullía en el interior de aquel cráneo, con su expresión concentrada e irónica. Ella no le tomaba muy en serio al principio, pero quedó prendada de las historias de magos y vagabundos, y el tímido encanto de aquel misterioso Carter, que obviamente no se llamaba así, y que se inventaba a sí mismo sobre la marcha.

En un extraño momento de valor, pues el coraje era más materia de sus sueños, dejó sus planes de incorporarse al politécnico y estudiar ingeniería, y siguió a Hope a Viena. Nunca más volvería a casa, con la esperanza de que Hope le guiara a un hogar.

IV

Algo altamente improbable sucedió. Carter y Hope compartieron toda una vida juntos. Al menos una de las dos vidas de Carter perteneció a Hope por completo. Ella, hija de empleado de banco, hizo de la enseñanza del inglés su profesión, poblando no sólo de verbos, sino personajes de Shakespeare, de Otello, de Yago, de Hamlet, de Falstaff, la mente de miles de niños a lo largo de los años.

Él acabó de hombre para todo, conserje de una universidad, en la Berna en la cuál ambos habían acabado, lejos de la desaprobación de las dos familias. Había una pureza en la simplicidad con que Carter vivía su trabajo que le permitía reservarse para sus sueños. Escribió algunos de ellos justo en la época en que Tolkien se tornaba súbitamente popular, y tuvieron un discreto éxito, incluso aunque estaban trabajosamente escritos en una lengua ajena conquistada trabajosamente.

Cada vez menos tiempo había de pasar al otro lado del espejo, y disfrutaba enormemente paseando por parajes naturales de su adoptiva Suiza con Hope y con su hijita Alice, a quién contaba historias de la Reina de Corazones y del otro lado del espejo.

Días en los que las playas de sus ensueños estaban solitarias y él caminaba por el mundo de los hombres casi como uno más, incluso atento a devolver algunos saludos, llegando a disfrutar de pequeños momentos íntimos como la primera feria a la que llevó a Alice, y la nube de caramelo que acabó impregnando todo. Como las mañanas frescas y serenas en que llevaba de la mano a Alice hasta el colegio, y se cruzaba con un mundo nuevo visto con los ojos llenos de preguntas de ella, o las noches de conversaciones casi anodinas con Hope sobre los asuntos más peregrinos, como el verano siguiente y sus planes para unas vacaciones ordinarias, alejadas del polvo de Campanilla y de vuelos por encima de los galeones fondeados en Nunca Jamás.

V

Hope le miró amargamente y en silencio, el día en que perdieron la casa de Berna. Él llevaba semanas y meses ausente, con la barba descuidada, la ropa discordante, entremezclada, usada durante varios días, y el gesto vacío.

-Te necesito ahora- dijo Hope- Te llevo necesitando mucho tiempo.

-Voy a intentarlo- dejó escapar en un murmullo apenas audible.

-Intentarlo no es suficiente.

Hope se fue como cada domingo por la senda vieja que discurría hacia las afueras, que tenía sembradas casitas unifamiliares con sus chimeneas batiendo como corazoncitos luchando por la vida, exhalando humo y dando calor. Poco a poco las casitas y sus jardines se iban haciendo escasas, y en los márgenes los árboles salvajes y matorrales indómitos se enseñoreaban del descuidado caminillo, hasta llegar al cementerio.

Ante la tumba de Alice, Hope se despidió. Berna, el pequeño nido de breve felicidad que habían construido, con algunas estrecheces y muchas ilusiones, se había tornado en un enorme mausoleo, un lugar de recuerdos, de espectros (ellos dos) en continuo duelo, deambulando desesperanzados, y ahora, las estrecheces, crecientes, los expulsaban de la última pista de su pequeña, de la calle donde había aprendido a ir en bicicleta, en dónde los raspones de sus rodillas habían sido aliviados con soplidos, de la plaza donde el teatro mágico y sus sombras chinescas, y el cine al aire libre, poblaban la cabeza de Alice de imágenes y el aire de carcajadas contagiosas.

Carter estaba ahora totalmente viviendo otra vida. El momento en que, tras haber enseñando a nadar a Alice en sus vacaciones, la corriente la había reclamado en apenas un segundo, el amarre con la realidad de Carter se cortó. La corriente se lo había llevado a él también y quién sabe en dónde habitaba. Ahora Hope volvía a la casa de sus padres, y Carter, Carter permanecería en dónde fuera que estaba ahora. En el lugar peligroso, no por las aventuras y riesgos, sino por su seductora atracción que lo apartaba a uno de la vida y de la gente, del dolor pero también del amor.

Carter huía y eso la dejaba a ella sola. Dolía demasiado, perderles a ambos, pero dolía más permanecer con alguien que la abandonaba a su dolor, y que apenas era otra cosa que un despojo de ilusiones fantásticas y ruinas dementes.

VI

Carter trabajosamente estaba escalando un acantilado, con sus manos desnudas, que eran singularmente vigorosas para un hombre de su edad. Abajo, los arrecifes del Demonio le esperaban amenazantes. Él no cejaba, persiguiendo al hombre sin rostro, que había secuestrado a la joven e inteligente princesa del País de las Maravillas. Sonaba un heróico score épico, y una fanfarria de sobresalto cuando quedó colgando de una sóla mano.

(Mientras tanto llovía en Dover, y por entre los encajes descoloridos de una vieja cortina, Hope veía a una figura encorvada y vencida enfilar el lejano principio de Black Street)

Llegó a la cima sin encontrar rastro de la princesa, pero enfrentado al hombre sin cara que le desafiaba en combate singular. Por primera vez en su larga experiencia, sentía que su oponente no sólo era más hábil que él con la espada, más ágil, más ingenioso a la hora de lanzar irónicas frases lapidarias, sino también más confiado, mientras por primera vez un cansancio muy real se filtraba en su robusta figura hecha con sólidas filigranas de sueños, su aliento faltaba, sus articulaciones crujían, y finalmente, cayendo de rodillas y soltando la espada, sentía el filo de su adversario en su cuello, rozando cortante y sacando del rasguño un filo hilo de sangre, apenas un goteo, pero primera herida mortal en su mundo inmortal.

(La figura llegaba a casa de Hope, y se paró ante su puerta con una vacilación, llamando tímidamente y dando un paso atrás)

– ¿Puedo saber el nombre de quien por primera vez ha desarmado a Carter, el hombre sin miedo?

-¿Quieres decir Carter El Cobarde?- Carter enrojeció de ira. La voz era impersonal, el rostro esbozado en sombras.

– Exijo saber quién ha podido vencerme.

-¿Carter el Cobarde?- Repitió monocorde y absurdamente el caballero apretando la punta de la espada en el cuello de Carter.

-De acuerdo, permanece en el anonimato, mi nombre es leyenda, y el de mi verdugo debería serlo

-Carter el Cobarde- afirmó la figura y Carter pudo ver que, como en el reflejo en un espejo en una habitación en penumbra súbitamente iluminada, su enemigo tenía su propio rostro. Había que despertar.

(Hope abrió la puerta, y Carter estaba allí, estaba de verdad, con los pies en el suelo y los ojos en sus ojos, estaba de vuelta, más viejo, increíblemente demacrado en sólo cuatro años de separación y desesperación. Se fundieron en un abrazo lento, poco pasional, pero duradero, una especie de pacto de sus cuerpos que habían andado buscándose a ciegas sin encontrarse, de permanecer juntos)

VII

-Cuando has estado aquí, has marcado la diferencia- Hope sonrió- Me enamoré de un soñador que me hizo soñar, de un contacuentos y de un hombre que de las nubes era capaz de bajarse las estrellas y compartirlas- Hope tosió- Que hizo que Alice soñara…

-Debería haber sido útil.

-No hay utilidad en el dolor. No se puede transferir. No se puede compartir. Hiciste lo que pudiste.

-Debí hacer más.

-Si, pero estás aquí, ahora. Volviste, despertaste, viviste por mi. Prométeme que no volverás a irte al lugar peligroso.

-Cualquier lugar en el que no estés tú es el lugar peligroso- Carter cogió fuertemente la mano de Hope, y esta vez no esperó por un final feliz, ni siquiera por un final, y se quedó la noche en vela atesorando cada minuto de aquel dolor. Cada minuto de vida. Cada minuto con Hope.

Al día siguiente comenzaba la vida sin Hope, y durara lo que durara, fuera como fuera, doliera lo que doliera, estaba dispuesto. En algún lugar del tiempo y del espacio, aún seguían juntos, y también en algún momento del mañana, Carter, que había dejado de huir, seguiría adelante.

 

LA CAJA DE MÚSICA

Por Emilio.

Con mi padre, tengo la costumbre de hablar con todo el mundo, no me echa atrás que no se me siga la conversación o que, en ocasiones, hasta se me repruebe y haya quien, ocupado en sus cosas o ensimismado o apurado por la prisa, me pida sin titubeo que no le cuente nada más, que habrá ocasión más adelante o que ya sabe qué le voy a decir, que se lo conté una vez y se acuerda todavía. Es el azar o es la providencia, si uno es de natural crédulo y lo anima la fe, quienes ponen delante tuya a alguien que te escucha con absoluto interés. También hay quien me presta la atención más alta, eso se nota, arrima el oído y se deja. Es un acto de amor al prójimo hablar, no hace falta que sea algo de importancia, todo la tiene, a todo se le puede extraer el valor en el que a veces no cree ni quien junta las palabras, una tras otra, una tras otra, en un deliberado o inconsciente juego. Seguro que hay alguien que tiene la costumbre de escuchar a todo el mundo. Yo no soy de esos, no es posible hacer dos cosas a la vez, hablar y escuchar. O haces una o haces otra. Persona arteras y de pronto astuto, en las que no puedes confiar, de las que es mejor alejarse, se hacen pasar por cercanas y hasta amorosas, te dejan hablar, no pasan la oportunidad de concederte la impresión de que no hay conversación más interesante en el mundo, pero Julia no es así, no aprecio que esté al tanto de lo mío, no me mira como lo hacen las parejas que se aman, por más que la tenga al tanto de mis cosas, si estoy triste o si me envara la alegría o si en la cama me arrimo y la acaricio, primero suavemente la espalda, porque duerme de costado. Dice que no tiene gana, lo dice sin gana, para no contradecirse. Yo no la apremio, ni expresó mi contrariedad. Son malos tiempos, le confieso al oído, tú no te apures, vendrán otros mejores, tuvimos los nuestros, fueron buenos, los mejores, me escuchabas y yo creo que también te escuchaba. No hay matrimonio que resista sin que hablen entre ellos y se cuenten cómo va el mundo. El de mis padres fue un poco como ahora es el mío. Recuerdo a papá sin hablar en casa, ensimismado y como meditando cosas importantes, sin terciar una palabra en el almuerzo, sin decir esta boca es mía, como suele decirse, pero locuaz afuera, incesante e infatigable afuera, haciendo que la conversación la gobernara él, cayendo bien a todo el mundo, siendo amado por todo el mundo.

Debo haber salido a él, los padres dan en herencia cosas muy sutiles, cosas que los ojos no advierten, pero lo comprenden a espuertas los sentidos, todos juntos, como en tromba, izados por una mano mágica. Las lleve uno bien adentro, sin tener conciencia de que bullen ahí, sin creer en ellas. Tengo muy poca, por no decir ninguna, melancolía por aquellos tiempos. Mi hermana mayor, Laura, todavía hoy trae recuerdos de entonces, pero no son cosas que me guste escuchar, me producen zozobra, duelen de un modo suave, pero taimado y caprichoso. A mamá le dio por imitar a papá, fue una manera de decirle que no lo amaba. El amor se rompe por las costuras menos previstas, eso lo sabe cualquiera, pero algunos rompen con más fiereza, no miran qué rotos hagan alrededor. Si uno hablaba poco, menos hablaba el otro. Quizá por eso nunca deseé casarme, repetir una trama demasiado vista. Tuve un par de novias, nada que contar ahora, escaramuzas de juventud más bien. Que Julia entrase en mi vida fue una de esas circunstancias inexplicables que lo cercan a uno y de la que no hay forma de zafarse, por más que uno pugne y se encone. Sé que la aparté, al principio. No está bien visto, ni siquiera yo lo vi entonces bien, que un carcamal como yo, entrado en esa edad que precipita todos los males y todas las despedidas, la tuviera de novia.  Tampoco esa palabra, novia, me cuadraba mucho, me parecía un dislate, un broma que me lanzaban los amigos al vernos. Andrés, cómo te las gastas, te la tenías guardada, eres un donjuán, qué les das, todo en ese plan desquiciado, tan grosero y tan lejano a la realidad. Ella tan dulce; yo tan seco en el fondo. Se puede hablar hasta el cansancio y no ser dulce, ni parecerlo, ni desearlo. Viene de antiguo la aspereza, ese teatro de provincias, sin pompa ni elenco,  Julia es de buena familia, aunque tirando a pobre, recela de los ricos, los tiene a raya, por lo mal que lo ha pasado, dice, por no entender qué hizo para no nacer en una familia acaudalada y no tener que salir de su país y buscar fortuna en otro. Cuba queda muy lejos. No hay nada más que escuchar cómo habla, lo que cuenta sobre su infancia en La Habana, las penurias, la ilusión aplazada de medrar o esa vez en que se fue de casa con lo puesto y pisó Madrid. Hija única, Julia, perdió a sus padres joven y yo hice un poco de padre. Es joven, yo ya friso los sesenta, pero eso no fue un obstáculo. Recuerdo cuando me presentaba a sus amigas. Los míos, poco delicados, se admiraban de sus tetas. Me turba caer en ese comentario, el de las tetas, pero conviene para ajustar el relato. Como esas exigencias del guión que se estilaban aquí en la transición y desnudaban a cualquiera en las películas.

Suele pasar que a cierta edad las conquistas que hace uno no son creíbles. Se les asignan méritos bastardos. No sé todavía qué vio en mí, un viudo con alguna renta, un español al que desplumar, no sabe uno nunca, pero nada de qué alardear, ningún patrimonio envidiable, el piso propio, antiguo, grande, solitario también, y otro mayor, con huerta y con vistas, en un pueblo, donde me retiro a veces, por quitarme de en medio; soy sólo un tipo con cierta posición, acomodado, como se decía en mis tiempos, parlanchín, un poco pedante si me lo propongo. A los amigos, los tres o cuatro que tengo, hace mucho que no les veo. He ido perdiendo las costumbres de antaño, se han alejado casi sin que note la fuga. Ni vinieron al hospital cuando recaí de mis dolencias, las normales de la edad. Me dejaron mensajes en el móvil. Reponte. Que salgas hecho un toro, te espero tu caramelo, cosas así. No les eche en falta entonces, aún menús ahora. Hasta me molestaron esas confianzas, las habituales, impertinentes todas, pero comprendí en el fondo que no me visitaran, todos tenemos nuestras ocupaciones. Yo mismo, en situaciones parecidas, no he sido el mejor de los amigos. Un poco por cansancio y otro poco por convicción. Se hace uno perezoso, teme también no saber decir lo que debe. Me pierde mi locuacidad, si me permiten el atrevimiento. La de mi padre, imagino, cuando salía de casa. Soy de esos que, no sabiendo bien qué decir, recurren a lo primero que se les ocurre. A Julia le irrita esa impericia mía, no la aprueba, se envalentona, cuando es tímida en exceso, me ruega que piense las cosas antes de decirlas, cree que es normal que haya perdido a mis íntimos, se extraña que en alguna ocasión me hayan apreciado, tenido en consideración. También yo lo pienso, aunque no tenga argumentos en mi descargo. Así que entra en lo normal que me esmerara, evitara hablar y esperara a que fuesen los otros quienes abrieran camino, pero no me interesa mucho de lo que dicen, no encuentro ni por asomo el placer que me produce hablar, ese don. En todo lo demás, la vida transcurre con esa tierna melancolía de quien se deja vivir, sin honduras ni presagios.

Julia sale con sus amigas, es posible que desoiga las insinuaciones de sus admiradores, pero no es algo que me preocupe. Hemos llegado a ese lugar del matrimonio en donde no hay victorias ni derrotas. Lo duro es estar solo, también lo será para Julia. Ella tiene recursos, sabe qué hacer, a qué sitios ir para hacer amigos. Está en su temperamento tropical. Hoy mismo, preguntada sobre si tenía un amante o lo tendría, llegado el caso, si se tercia y alguien la corteja o por lo convulso de estos tiempos, yo soy un antiguo, un viejo susceptible, sencillamente la aborda y le pide que se acuesten, me dijo que no era incumbencia mía, lo que me resultó peor que la constatación de que lo tuviera o que me lo confesara sin ambages, como a veces hablan los adultos.  Julia es joven, ya lo he dicho, pero lo es en lo que se le antoja. En lo demás se comporta con desparpajo, no tiene reparos en alardear de que tuvo un pasado y amantes y una vida licenciosa. Yo debí ser el punto de inflexión, le hice ver una vez: alguien con quien empezar de nuevo. Ayer la vi en el centro. La seguí con discreción. Iba de compras, sola, Observé que fumaba, cosa que en casa no hace, ni yo he notado que su ropa huela a tabaco o la delate el aliento. Se paró en dos cafeterías. En una pidió un café, solo. No suelo tomarlo en casa; es más, creo que hasta me ha reprochado que yo abuso de él. Con tu edad es lo peor que puedes echarte al cuerpo. Lo que me dejó más perplejo, entre todas las cosas que me dejaron perplejo, entre el café y el tabaco o un periódico que se despachó con vivo interés, cuando jamás (aquí no me asalta ninguna duda) lee prensa en casa, ni se interesa en estar al día de lo que pasa en el mundo en la televisión, que es una especie de periódico para gente que no lee, fue que entrara en una tienda de juguetes. Apurada con las tres bolsas grandes que llevaba, todas de tiendas de marca, de las que triunfan entre la juventud y la gente con posibles, iba como nerviosa o como asustada, también ilusionada, con ese ímpetu misterioso de quien puede gastar, le gusta hacerlo y está convencida de ese acto, preocupada por  tirar alguna estantería llena de muñecas o una mesa muy grande en la que se exhibían cachivaches que no sabría describir y cuya utilidad me resulta indiscutiblemente extraterrestre. Yo no tuve juguetes, en casa no se hacían esas cosas, traer juguetes, ponerlos bajo el árbol de Navidad, hacer fotos que registraran la cara de puro asombro y júbilo. Se paró frente a un avión enorme y lo cogió en peso y preguntó algo al encargado, que a su vez preguntó a otro, hasta que los tres rieron y ella pidió (creo que eso hizo) que lo dejaran en el mostrador de la caja, que iría acumulando allí todo lo que fuese comprando.

Que recuerde, fueron ocho o diez juguetes lo que se llevó, insisto en que estoy viejo y, si no lo estoy en demasía, sí cansado y decepcionado, escamado, desconfiado por añadidura, por lo que no tengo la memoria de antes, ni la echo en falta, no crean. Vi una caja de varios cuerpos con una manivela que, al ser accionada, emitía una música muy dulce, como de orquesta en un baile de salón. La probaron allí mismo y ella la tocó con virtuoso mimo. En casa teníamos una de esas cajas, me lo contó mi hermana una vez, pero yo lo tengo un poco emborronado todo.

La edad es la que lo arruina todo. La música me fascinó, me hizo pensar en el pasado, me emocionó también. Vi un juego de construcción, uno con muchas piezas, magnéticas si no me fije mal, de los que a mí cuando pequeño me encantaban y que jamás me trajeron los Reyes Magos. Vi un algunas cajas de juegos de ingenio o de habilidad o de estrategia, no sé bien, ya digo que estaba lejos, por evitar ser visto, por no caer en el descuido de que me descubriera y no tener nada con lo que justificarme. Al fin y al cabo, qué podría haberle dicho, nada que evitara que yo me turbara y ella se enfadara, con mucha razón, por otra parte. Vi más cosas, no tengo ahora el nombre de todas, pero sí que tengo la idea de que me eran familiares, como si me hubiese preguntado no el qué desearía que me trajesen los Reyes, asunto ridículo de todo punto, sino qué hubiese deseado que me regalasen hace cincuenta años. Pensé a quién le haría abrir mucho los ojos, deslumbrarse por la caja de música, por el juego de construcción, por el de ingenio. El hijo de un amante, me atreví. Pensé en mi dinero, cuando nunca le presto más atención de la precisa, en muchas de las cosas que mis amigos contarían si descubrieran la jugada.

Me las apañé y estuve en casa para su regreso. Me desvestí con pesadumbre, bajo de espíritu, ensayando qué le diría cuando entrase, las palabras que servirían para deshacer nuestro matrimonio convenido. Estaba en el sofá, escuchando música, algo de clásica, abierto mi periódico deportivo y apurando una copa de vino, cuando Julia se presentó con extraño protocolo. Sonrió, y no suele sonreír; me dio un beso en los labios, y no suele besarme, ni en los labios ni en la mejilla, como hacen por costumbre las parejas;  me miró con dulzura, y no suele mirarme con dulzura. Esa noche cenamos en la cocina, no puso la televisión, ni preparó uno de esos platos precocinados. Me pidió que eligiera un buen vino, el mismo que bebías esta tarde, dijo, sírveme, a ver si me gusta, es el que más te gusta. Andrés, hace tiempo que no me cuentas nada, creo que estás perdiendo facultades; hablas poco, me cuentas poco, algo habrá que contar, seguro que tienes algún chascarrillo de tus amigos o has escuchado algo que me interesa, añadió. No tengo problema en eso, en hablar, en decir lo conveniente y lo que no lo es, ya digo que soy charlatán, aunque haya perdido el hábito. No lo habré perdido del todo, probablemente. Le conté cuanto se me ocurrió, mentí sin darme cuenta, le dije que había salido a tomar un café y paseado por el centro de la ciudad, como suelo, parándome en los escaparates, pendiente de volver a casa a la hora de la cena; la escuché cuando me contó qué hizo ella, no interrumpiéndola, hay que considerar que no he hecho otra cosa en la vida que interrumpir a los demás, imponiendo mi conversación, apartando la ajena, no dándole la importancia que sin duda ya tenía la mía. Fui al centro también; es raro que no nos viésemos, no es tan grande el centro. Compré ropa que me hacía falta, no he gastado mucho. Luego estuve en un centro comercial, eso fue lo que dijo. No me dijo nada de haber entrado en la planta de juguetes, ni una palabra. No es mentir, me dijo, pero también se miente cuando no se dice todo, pensé. Esa noche, acostarnos,  no me dio la espalda, no me dijo sin ganas no tengo ganas, no me apartó la mano cuando la acaricié, como hago de vez en cuando, sin esperar nada a cambio; bien al contrario, la tomó con fuerza y la manejó a su antojo. Hicimos el amor,  no soy de contar estas cosas, no interesa a nadie que una pareja que se ama haga el amor. No debemos quedarnos desvelados hasta tarde, AndrésMañana vienen los Reyes Magos. Entrarán por la cocina, he dejado la ventana un poco abierta. En mi casa les dejábamos un vaso de leche y unas galletas, por si les da por comer si traen hambreEn casa, en La Habana, los reyes son un invento capitalistaEn la mía nunca celebramos la Navidad, respondí yo. Ni llenamos el árbol, no había árbol, son cosas que pasan en las familias, Julia.

No sé si alguna vez te he contado estas cosas, me da apuro, seguro que las tuyas fueron parecidas o fueron peoresLo sé, Andrés, me calló, tapándome la boca, hoy me lo ha contado tu hermanaDuérmete, abrázame hasta que te venza el sueñoMañana, habla para mí, cuéntamelo todo, no te guardes nada, haz eso para que yo te quiera mucho, por favor. Por la mañana, creí que había sido un sueño. El paseo por el centro, espiándola, un sueño. Las bolsas llenas de juguetes, un sueño, pero escuché la caja. La música venía del salón. Había un árbol, uno grande, bien cargado de adornos. Al pie, en una alfombra con un Merry Christmas cosido con letras brillantes, estaban los regalos. Todos sin abrir, menos la caja de música. Ninguno de mis amigos creerá esta historia.

TÓCALA OTRA VEZ, MATT…

Por Angéline.

Cuando Maud le llamó para contarle la idea que había tenido Matt, el temerario, al principio pensó que se trataba de una broma. O quizá su cerebro ya operaba en fase-cierre y la más elemental lógica se había esfumado dejando paso a un confuso montón de ideas, tan alocadas como él. De todos era sabido que Matt  en su juventud había tomado LSD, en una mala época de su vida, y desde entonces sufría cada varios años unos excéntricos arrebatos que le habían convertido en una caja de sorpresas. Claro que esta vez Ernie también participaba, el intelectual del grupo. Con él en el asunto la idea empezaba a tener sentido, o al menos le había forzado a reconsiderar su primer impulso de negarse, acababa de pasar una gripe, decidiendo al final viajar al pequeño pueblo de Farmington, en Maine. La guinda del pastel era el telegrama de Keith. Contaba con llegar al día siguiente al coqueto parador «El tesoro del Cazador», un lugar que no existía sesenta años atrás, cuando cruzaron el país para participar en el primer campeonato juvenil de soccer, pero que les venía al pelo para la nueva extravagancia de Matt. El pueblo había ganado esplendor desde entonces y el pequeño hotelito del principio se había hecho famoso con los años ganándose un merecido primer puesto entre los mejores alojamientos de la zona, algo que promocionaban con frecuencia en anuncios televisivos por todo el país, el antes y el después de un soberbio complejo hotelero.

La anterior ocurrencia de su amigo no había cuajado porque los años no perdonan y ninguno de ellos se encontraba ya en condiciones para seguirlo en todas sus eufóricas aventuras, pero habían participado en la mayoría y no solo para ayudar a combatir la eterna melancolía de su amigo tras haber perdido a su mujer y sus dos hijas a los cinco años de matrimonio en un desdichado accidente de tráfico, sino por la adrenalina, la novedad, el chorro de vitalidad que aportaban a sus vidas aquellas escapadas. Si alguno de los cuatro había nacido para esposo y padre era Matt, ese debería haber sido su destino. La vida les había dispersado en distintas ciudades pero tanto en su infancia como en la adolescencia, Matt había cuidado de todos ellos asumiendo el papel de hermano mayor en cuanta pelea o discusión les envolvía e incluso en su tiempo libre, cuando se descolgaban por los árboles que bordeaban la presa de Green Valley, o inspeccionaban la mina abandonada del pueblo. Más que autoritario era protector. Una de sus grandes manos surgía de la nada cuando un pie resbalaba arrojando a alguien al vacío y le sujetaba por el cogote, aferrando su chaqueta con aquella fuerza envidiable o le sacaba de la cabeza con rapidez las ideas más arriesgadas. Perder con treinta años a la mujer de su vida y sus queridas hijas lo había vuelto loco durante un tiempo y en adelante todo lo temerario que no había sido con anterioridad. Su hermana Maud se había convertido en su ángel de la guarda desde entonces.

Qué demonios, era casi imposible no seguirle cuando les convocaba porque su energía era arrolladora esos días y así es como lo querían y necesitaban, no como la sombra de sí mismo que arrastró al menos diez años tras la pérdida. Cuando Maud llamaba a sus casas cruzaban los dedos para no meterse en algún lío de grandes dimensiones pero valía la pena acudir, nada podía igualarse a aquellos momentos. Matt, por otro lado, había salido de su depresión trabajando duro y su empresa de transportes le había reportado una  fortuna que ni aún dilapidando podría consumir en una vida. Todas aquellas “andanzas” insistía en pagarlas de su bolsillo, y tras la llamada llegaba el billete de avión y las instrucciones para la actividad del momento, siempre poco antes de Navidad. Con los años su mujer había llegado a entender la urgencia de aquellas reuniones y le permitía, ya sin estúpidas escenas de celos, desaparecer durante tres días para renacer con sus amigos, salir de su apolillada rutina y ver el presente con otra luz, como quien hace una puesta a cero de su vida. A veces se sentía culpable cuando el grupo se ponía al día en alguna cena y él mencionaba a Betty y a los chicos. Matt nunca se había vuelto a casar, el recuerdo de Irina le acompañaba cada día, pequeños detalles lo revelaban, pero jamás volvió a mencionarla.

Estaba hecho polvo el cabrón, pensó con cariño, pero todavía conservaba aquella mirada de desafío que les obligaba a competir una y otra vez por todo. Observó cómo se retiraba el sudor de la frente con el brazo, sus piernas ya no eran ágiles como hacía años pero acababa de birlarle el balón con una finta de instituto, como un condenado adolescente. Ernie llegó resoplando en su ayuda aunque poco podían hacer contra sus amigos, el árbitro reanudó el juego. Los lugareños eran buenos, uno le envió un pase largo y él corrió tras la pelota como si le fuera la vida en ello. En su calidad de invitado junto a sus amigos en un partido legendario que conmemoraba aquel primero, no quería quedar como un anciano fósil pero la artrosis de la rodilla le estaba matando. Keith regateaba con su particular pasito, en parte burla, en la otra la maestría con la que había llegado a jugar como profesional, a diferencia del resto. Imágenes de la noche anterior no hacían más que ralentizar sus movimientos. ¿Por qué no se habían visto en los últimos seis años? Cada vez que se reunían le duraba una semana la «tontería», como Betty la calificaba, que no era otra cosa que una inmensa felicidad. La amistad que había comenzado en la escuela había sobrevivido a años de distancia, discrepancias y algún que otro conflicto entre algunos de ellos. La muerte de las chicas, por otra parte, fue el pegamento que recompuso cualquier rencilla pendiente. ¿Qué decir ante algo semejante? Irina había sido desde el primer día el contrapunto a la contención de Matt, su talismán, el latido desacompasado que de vez en cuando le hacía parecer más humano, menos controlador, incluso soñador.

Todos entendieron que tras la tragedia su personalidad cambiase por completo, como si el presente fuese solo el negativo de lo vivido, y aunque cayó a las profundidades de un abismo de autodestrucción y baja estima, con apoyo y cariño consiguió remontar, nuevas genialidades al margen. De nuevo la cena vino a su mente. Las explicaciones de Bernie, la mirada nostálgica de Matt entre los destellos de las luces en el restaurante durante el brindis. La sensación de que aquellos tíos arrugados y decrépitos eran su familia. Una bola se descolgó del inmenso árbol de la entrada y fue rebotando hasta su mesa. Keith la envió de un taconazo junto a la estrella, en lo alto y el estruendo de los aplausos entre los comensales les arrancó la primera carcajada espontánea. Quedaba medio minuto de partido y al fin llegó su oportunidad. Matt se acercaba pero era imposible que le arrancase el balón en tan poco tiempo. Apenas unos metros y podría igualar el marcador. A punto de descargar una brutal patada a la pelota escuchó llegar a Keith por su izquierda. Sabía lo importante que era para Matt aquel partido, durante la cena había bromeado con que quizá no estuviesen todos la próxima vez y sería interesante irse al otro barrio con una victoria. Hasta entonces no le había dado importancia al rumbo que tomaban aquellos comentarios sesgados pero lo evidente estalló ante él como una bomba. Aquel bastardo no podía abandonarles, pensó respirando con dificultad mientras se acercaba a la portería con los ojos nublados por la impresión. “¡No empates, joder!”, le gritó Keith a la espalda. Bernie parecía un fantasma, los brazos en jarras, reprobando su protagonismo, todos corrían como en un sueño, demasiado despacio. A dos metros de la portería vio al Matt de su infancia, protector, feliz con su carrera, como si fuese el entrenador de un equipo fabuloso, a punto de aplaudir la proeza de su pupilo por burlar a cuantos intentaban interceptarle.

El balón giraba en el aire sobre sí mismo en su camino ascendente hacia el cielo infinito cuando el árbitro pitó el final del partido. Todos miraron hacia las nubes y la veloz ascensión del esférico pareció deneterse unos segundos en un punto, como si fuese a desaparecer, antes de caer con fuerza. En el momento que tomó tierra, el público se levantó, enardecido, coreando con aplausos y bengalas al equipo ganador mientras la nieve cubría con suavidad todo el campo en su descenso majestuoso. La foto del periódico, aquellos tipos abrazados sin pudor como si fueran una piña, enterneció a Maud, sacó unas lágrimas a Betty y llenó de calor el corazón de cuatro amigos una vez más. Acaso el futuro estuviese ya escrito, pensó, y los achaques de unos y otros les mandasen al infierno un día cualquiera pero no cabía duda de que Matt sabía hacer las cosas a lo grande. Quizá en el otro barrio pudiesen retomar las pullas cuando les llegase a todos la hora, con sus familias junto a ellos ya al completo. Mientras tanto, la Navidad les reunía una vez más, como si no hubiesen pasado los años, y maldito si pensaba desperdiciar un segundo con lamentos. Ya habría tiempo para ello cuando se hiciesen viejos.

SI NO ME QUERÉIS, ME ODIARÉIS

Por Alex.

La vela se apagó lentamente. Santa tardó en darse cuenta de lo que había ocurrido. Estaba sentado en un sofá parcheado junto a una inmensa chimenea que abarcaba un tercio de la pared. Desde hacía décadas +su día a día se limitaba a lamentarse de su suerte sentado en aquel maloliente sofá. Primero se marchó su mujer, después los renos, finalmente fue el número de elfos el que comenzó a mermar. Pero aquel día intuía que algo excepcional iba a ocurrir y aquella brizna de viento fue la señal. El instinto le hizo girar la cabeza para confirmar que la vela se había extinguido. Era la última de las nueve velas originales que mantenía su luz. Las otras ocho fueron muriendo a lo largo de los dos siglos anteriores.

-Ya era hora, maldita cabrona.

Hace tiempo que esperaba aquello. Hacía muchas décadas que no salía a repartir juguetes la noche de Navidad. Tan solo aguardaba a que ese momento llegase. Santa cerró los ojos mientras dejaba que su espalda reposase un minuto más en el respaldo resquebrajado del sofá. Solo necesitaba un minuto para asumir que no quedaba nadie en el mundo que creía en él. Al fin todo había acabado.

PASO PRIMERO: ROMPER AMARRAS. 

El protocolo que él mismo diseñó cuando se esfumó la luz de la primera vela se puso en marcha. Como primera medida se vistió con un traje que le hiciese pasar desapercibido entre la multitud. Un alivio en realidad, pues odiaba ese traje de pesada lana con motivos nórdicos que se veía obligado a vestir. Si bien, era preferible al traje rojo con bordes blancos con que la mayoría lo vestía en su imaginación.

Maldita Coca-Cola. Todo empezó por tu culpa, musitó. 

Después se afeitó con cierta dificultad su copiosa barba. Apenas la cuidaba desde los años sesenta del siglo anterior. Cuando hubo terminado, cogió el grueso abrigo pardo elaborado con piel de caribú que le regaló un lapón en los buenos tiempos, cuando aún era querido y respetado. Una vez se lo ajustó se enfrentó a la puerta de su casa. La realidad estaba ahí fuera. Si la atravesaba dejaría atrás para siempre la zona de confort. Aquella que le permitía ser el héroe sin arriesgar lo más mínimo.

 

-¡Pero qué demonios!, se dijo para infundirse ánimos.

Sus pies se movieron hacia atrás al sentir el vértigo de la realidad y sus manos se posaron en el pomo de la puerta. Su propia decisión le pilló por sorpresa. Franqueó la puerta farfullando maldiciones. Su silueta se esfumó entre la bruma ártica poco después. El viaje había comenzado.

PASO SEGUNDO: CERTIFICAR LA REALIDAD 

El avión le revolvió las tripas. En realidad era mejor que volar en trineo, con aquel traqueteo incesante, sus traicioneras rachas de viento y los salvajes aterrizajes en tejados siempre demasiado pequeños, pero hacía tanto tiempo que no volaba que el trayecto en avión fue el equivalente para su estómago a comer cuchillas de afeitar.

El aeropuerto LAX era acogedor a su manera. Paredes pintadas con colores cálidos, disposición poco agresiva de las zonas de mostradores y cómodas zonas de espera. Además estaba la luz. Ese elemento desconocido para él. Un océano cálido que atravesaba los ventanales a borbotones. Santa nunca había visto nada parecido.

Siempre repartí de noche. Siempre entrando por chimeneas infectas llenas de hollín y pájaros muertos. Y estaba el fuego, claro. El que siempre olvidaba apagar el padre del pequeño Tim de turno. ¡La de veces que me quemé el culo, joder!

Las palabras malsonantes ejercían un poderoso influjo sobre Santa. Del mismo modo que lo hacía la ciudad que eligió: Los Angeles, California. No se puede decir que fuese el lugar más apropiado para un habitante de Laponia. Una ciudad que desconocía el concepto nieve, tenía vagas nociones sobre el significado del frío y carecía del calor humano que se le supone a un tratante de felicidad como era él. Pero Santa estaba harto del frío, de la nieve, de los jodidos renos que llenaban todo de mierda y de unos elfos cada día más contestatarios. Él quería vestir bermudas y camisetas estampadas… al menos durante unos días. Tras uniformarse adecuadamente en una tienda del aeropuerto dio por comenzada su misión, solo que no sabía por dónde hacerlo.

Un taxi conducido por un mal encarado pakistaní le dejó en el 1751 de Vine Street, en pleno paseo de la fama. Quería ver la estrella dedicada a Edmund Gwenn, a su juicio, el único actor que supo captar la esencia de Santa Claus. El que Santa fuese un cinéfilo era un dato desconocido para los que le pedían y pedían y darle nada a cambio. Todos le imaginaban como un gordo sonriente que fabricaba juguetes entre carcajadas o tomaba tazas de cacao caliente mientras observa la nieve caer desde la ventana de su casa. Todos se equivocaban. Las noches árticas son largas y el equipo de dvd marca JVC que le entregaron unos japoneses deseosos de hacerse un selfie con él era de mucha ayuda. Desde entonces comenzó a ver películas con tal asiduidad que no tardó en convertirse en un avezado cinéfilo. Cinco, seis, siete películas diarias. El cine se convirtió en su droga y “Milagro en la ciudad” en su película de cabecera. La veía compulsivamente soltando sonoras carcajadas cada vez que detectaba alguna incongruencia.

Mientras descendía del taxi y recibía el desdén del conductor imaginaba que la estrella dedicada a Gwenn sería honrada con flores o velas en su regazo. Un actor como él no merecía menos. Su decepción fue monumental al comprobar que no solo no había ninguna clase de agasajo en la placa sino que además estaba sucia con las letras ennegrecidas y con un recipiente de cartón con el logo de una hamburguesería cubriendo parte del nombre. Santa lo limpió y retiró la basura que lo mancillaba antes de sentarse a su lado sin que su acción llamase la atención de los viandantes.

-¿Qué nos queda por hacer Gwenn?

 

El rostro de Santa encarnaba la derrota.

Una voz aflautada sonó a su espalda.

Puedo hacer que tu dolor se convierta en un prado lleno de sol y de amapolas.

Aquella voz nasal que sonó a la espalda de Santa le hizo levantarse apresuradamente. Miró al autor de aquella tentadora promesa, un tipo bajito de color pardo que vestía un llamativo traje azul eléctrico. Santa le miró. El tipo sonrió.

PASO TERCERO: COMPROBAR QUE NO HAY UN CAMINO DE REGRESO.

De modo que eres Santa Claus.

La lúgubre luz de un angosto bar apenas pudo esconder la mueca burlona del tipo estrafalario al decir esto.

Oye, no te juzgo. En esta ciudad puedes ser quien quieras. He conocido a Daniel Boone, a Cleopatra incluso a George Washington. No tienes más que cruzar la calle y Mae West te hará una mamada por 20 pavos.

Santa estaba confuso. El mundo real era peor de lo que imaginaba. Aparcó sus pensamientos unos segundos aprovechando que el barman se acercaba a ellos.

-¿Sería tan amable de servirme un ponche de huevo?

El barman le miró con gesto incrédulo.

Dos cervezas, ¿vale? –intervino el tipo estrafalario.

Dile a tu amigo que no me vacile o ya estáis pirándoos de aquí. No me gusta la gente rara.

-Tranquilo, ¿vale? Es de Idaho. Ya sabes: iglesias, vacas y puentes de madera.

El barman se alejó sin dejar de mirar a la extraña pareja.

Ya nadie cree en mí, dijo Santa. Nadie cree en la Navidad. El mundo se ha convertido en un estercolero.

-Claro que creemos en la Navidad –dijo el tipo estrafalario mientras sacaba algo del bolsillo de su abrigo que colocó raudamente en su cabeza- . Lo ves, tengo un gorro tuyo.

-Debí revertir todo esto cuando comenzó a pasar.

No te mortifiques. Los chicos de ahora ya no quieren juguetes de madera y dulces. La realidad no les basta, quieren consolas y esas gafas de realidad virtual de mierda. A los adultos, la realidad nos sobra y preferimos las drogas y las armas. Deja un uzi en mi calcetín y te prometo que volveré a creer en ti.

Una grotesca carcajada puso el punto final a la vida del tipo estrafalario. Las balas barrieron la barra del bar matando también al barman antipático. Un tipo vestido de negro mantenía en sus manos la humeante arma automática con la que había llevado a cabo la masacre. Caminó lentamente hacia Santa con extrañeza. Cuando se situó a tres palmos de él miró su rostro. Después su vientre. Santa bajó la mirada para comprobar que las balas habían atravesado su camiseta estampada. El asesino sacó una pequeña pistola de su bolsillo con torpeza para acabar el trabajo. La acercó a Santa hasta posarla sobre su frente. Después, disparó.

 

PASO CUARTO: TOMA DE MEDIDAS.

 

La policía acordonó el bar mientras algunos agentes buscaban posibles testigos de la matanza. Es escenario del crimen era desolador: dos hombres habían muerto sin motivo aparente y un tercero, probable autor del crimen, parecía haber enloquecido. Un grupo de tres policías lo rodeaban mientras él balbuceaba incongruencias. Una agente con aspecto de haber salido de la academia el día anterior reparó en Santa al verle sentado en un banco cercano al bar. Se acercó cautelosamente hasta comprobar que algo brillaba en su enorme panza. Se puso en cuclillas frente a él. La sangre le manaba abundantemente del estómago y la frente. Al ver tan macabra escena la agente se asustó cayendo de espaldas sobre la acera. Santa se levantó y la ayudó a incorporarse. Su mirada era puro terror.

No se preocupe por mí, yo ya estoy muerto, dijo Santa antes de ponerse en marcha lentamente calle arriba.

Después de aquello Santa pasó los siguientes seis meses recorriendo el mundo en busca de un creyente que no encontró. Cada ciudad que visitaba, cada país que recorría era aún peor que el que lugar anterior. Durante su periplo había visto cosas espantosas. Sin duda estaba todo perdido. Había llegado el momento de tomar medidas.

A su regreso a Laponia se encontró con su casa en estado ruinoso, como si un ocupa descuidado la hubiese usado sin preocuparse en adecentarla. Incluso la villa de los duendes parecía definitivamente despoblada. Los pocos que quedaban se habían marchado a excepción de una docena de desnortados que no tenían dónde ir. Rabiosos, alcoholizados con el licor de hierbas que ellos mismos fabricaban, sin esperanza y con ganas de devolver el golpe. Fueron ellos los que se presentaron en la puerta de Santa a los pocos días de que regresase. Lo hicieron con la actitud del que busca revancha sin tener nada que perder.

Estamos listos, dijeron.

Santa les dejó pasar. Se sentaron alrededor de una mesa de madera recia que conoció mejores veladas que la que estaba a punto de desarrollarse. Santa abrió una caja verde envuelta en papel de regalo con motivos de renos, campanas y estrellas de Belén. Al abrir la caja extrajo un sobre sellado que contenía un montoncito de papeles. Desechó parte de ellos hasta encontrar el que buscaba. Lo puso sobre la mesa. Miró a los elfos sin que su mirada mostrase un rastro de compasión.

 

PASO QUINTO: EJECUCIÓN.

Era el día previo a la Navidad. Todo estaba listo para poner en marcha la gran masacre. El plan consistiría en que Santa y sus duendes sembrarían el terror en las ciudades más importantes del mundo. No lo idearon como una venganza sino como una purga. Llenaron el trineo con pequeñas bombas de gran potencia capaces de derribar un edificio de veinte plantas. Ajustaron los cañones de plasma del trineo capaces de derribar un F-22 con un solo impacto. Finalmente cogieron sus fusiles de munición infinita que habían fabricado durante los meses anteriores. Todo estaba listo. Santa dio el visto bueno y los motores del trineo se pusieron en marcha.

¿Quién necesita renos?, rió Santa.

El día anterior acordaron que la primera ciudad en ser masacrada sería Melbourne. Después arderían Manila, Delhi, Moscú, Berlín, Londres, París y Nueva York. Moriría mucha gente, sí. Víctimas necesarias para salvar al mundo. Llegaría el día en que la masacre de Navidad sería celebrada como la catarsis que salvó a la humanidad.

Santa aguardó a que los duendes subieran al trineo.

¡Vamos, estoy harto de esperar!, les azuzó Santa.

Los duendes salieron de la casa ajustándose sus ropas. El último en hacerlo lo hizo con el gesto desencajado.

Deberías ver esto, Santa.

 

-¿El qué?

 

-Solo entra y compruébalo tú mismo.

 

-¡Sube, no quiero perder más tiempo! ¡Cada minuto que estamos aquí se convierte en un alma que no conseguimos salvar!

 

-¡No subiré sin que antes veas esto!

 

La vehemencia del elfo disgustó a Santa. Apagó los motores del trineo de mala gana y salió de su interior con un ágil santo impropio de su volumen. Al pasar junto al duende le dedicó una mirada severa. Cruzó la puerta. Vio la chimenea. Reparó en los ladrillos superiores. Dejó caer uno de sus guantes al suelo.

EL PASO INESPERADO: REDENCIÓN.

 

La luz de la vela era tan tenue como el hálito de vida de un recién nacido. Al tiempo, la llama transmitía una robustez que pedía ser cimentada de inmediato. Santa y los elfos la miraron entre sorprendidos y halagados durante un buen rato hasta que la campana del buzón hizo retumbar un sonido agudo. Santa se abalanzó sobre el buzón en cuanto sonó el clink en busca de la primera buena noticia de ese año. Los bordes de una carta asomaban por una rendija. Sí, era cierto, aún había esperanza. Santa abrió la puertecilla del buzón con gran cuidado, tomó la carta como si se tratase de la mercancía más preciosa y la abrió, rasgando la parte superior con delicadeza. El grupo de asombrados duendes leyó su contenido con expectación. Se trataba de una niña llamada Amanda que vivía en Newark, Nueva Jersey. Alguien creía en ellos.

Durante el resto del día, los duendes se afanaron en elaborar los juguetes que solicitaba la niña con los materiales que tenían disponibles. Hacía tantas décadas que no recibían una carta que ciertamente se sentían desfasados, además de que fabricando el trineo nuclear se habían quedado sin materias primas. Nada, en cualquier caso, que no se pudiese paliar con entusiasmo e inventiva. Cortaron varios árboles del perímetro de la casa y se pusieron manos a la obra. En pocas horas obtuvieron los resultados. Así, en lugar de una Tablet crearon una portentosa pizarra en miniatura; en lugar de un Xbox con micrófono de karaoke incorporado fabricaron una caja de madera con un polichinela en su interior que salía disparado gracias a unos muelles; en lugar de un pinta caras de los pj mask enviaron una polvera de madera de arce con un delicado joyero a juego.

Buenos regalos, se jactó Santa. No decepcionaremos a esa niña.

Arrancar de nuevo el trineo activado por energía nuclear fue un problema inesperado. Los motores reaccionaron mal al frío y fue necesario aplicar toda la paciencia de la que disponía Santa para aguantar las tres horas que llevó reiniciar el sistema mecánico. Mereció la pena en cualquier caso. Cinco décadas después el trineo volvía a surcar la noche navideña.

UN ÚLTIMO PASO: TODO ACABA CÓMO DEBÍA ACABAR.

 

-¿Dónde está la chimenea?, Santa estaba confuso.

Santa, acompañado de dos elfos, examinaron cada centímetro de la azotea del edificio en que vivía Amanda en busca de una chimenea que no encontraron.

-No puede ser. Tiene que estar en alguna parte.

Reiniciaron la búsqueda una vez más. Media hora más tarde se dieron por vencidos y decidieron entrar por la puerta principal con cuidado de no coincidir con nadie en el portal. Amanda vivía en la octava planta de un edificio situado en uno de los barrios más degradados de la ciudad. Y claro, los vieron. En total fueron seis personas las que se cruzaron con ellos entre las calles aledañas al edificio y el interior del portal. Santa no le hubiese dado demasiada importancia al asunto de no ser porque intentaron atracarles mientras forzaban la puerta del portal. Un potente mordisco de uno de los duendes fue suficiente para espantar al ladrón.

Una vez frente a la puerta de la casa de Amada, Santa pidió a los duendes que se quedasen fuera vigilando que nadie le interrumpiera. Bastante agitado estaba siendo ya la noche.

La puerta se abrió con facilidad permitiendo el paso de Santa. El interior de la casa estaba en penumbra. Caminó lentamente en busca del calcetín navideño de Amanda o, al menos, de un árbol de Navidad. No los encontró. Siguió buscando por la pequeña casa cuando se topó con la puerta entreabierta de una habitación. Al asomarse vio a una niña durmiendo abrazada a un gigantesco peluche.

Debe ser aquí.

En efecto, era la habitación de Amanda. La habitación de una niña de seis años. La habitación cuyo suelo parecía un campo de minas sembrado de cubos de plástico, figuras de plástico en miniatura, naipes, muñecas sin brazos y coches de juguete. La habitación en la que Santa se pegó un costalazo al pisar uno de esos coches colocados de modo involuntariamente traicionero. Los padres de Amanda, al oír el estruendo procedente de la habitación de su hija, corrieron hacia ella para saber qué ocurría. La madre con un cuchillo que guardaba bajo la almohada. El padre con un bate de beisbol. No era un barrio muy seguro. La casa de Amanda había sido desvalijada en dos ocasiones durante aquel año que estaba a punto de acabar. El bate terminó hundiéndose varias veces en las costillas de Santa mientras el hombre gritaba enloquecido.

-¡¡Pervertido!! ¡¡Deja en paz a mi hija!!

Afortunadamente para Santa, la madre se mantuvo en un segundo plano durante la pelea. Mientras tanto, Amanda gritaba. Su rostro era la encarnación misma del terror.

Aquella misma noche, unos agentes de policía le condujeron frente a un juez de guardia. Santa ni siquiera quiso contar su versión del asunto. Sabía que sería inútil. Las únicas palabras que salieron de su boca fueron:

Kris Kringel. Me llamo Kris Kringel.

La noticia de su asalto fue portada en los periódicos locales el día posterior.

UN PEDERASTA VESTIDO DE SANTA CLAUS ARMADO CON UN SACO INTENTA SECUESTRAR UNA NIÑA EN SU PROPIA HABITACIÓN.

Dos semanas más tarde, una jueza dictó su sentencia.

Es usted una vergüenza para la comunidad. Ya que no consumó su agresión me veo limitada por la ley a la hora de castigarle cómo merece. De modo que le condeno a la máxima pena que me permite la ley: cinco años de cárcel. Si Dios existe confío en que alguno de los internos haga la justicia que la ley me impide consumar y nunca vuelva a pisar la calle. Que Dios le perdone.

Dios…

Santa dibujó una mueca irónica en su rostro tras abrir la boca por primera vez en semanas.

Cinco años más tarde salió de prisión. El mundo era un lugar aún más hostil. Ya que no podía abandonar el país ni comunicarse con sus elfos que a esas alturas estarían ya muertos o definitivamente alcoholizados, decidió quedarse a vivir Maine, en un pueblecito llamado Pottersville. Al fin y al cabo no tenía dónde ir y aquel lugar tan desagradable no parecía peor que cualquier otro. Encontró una casita construida con base de madera y chimenea. Le recordaba su casa lapona a la que tanto extrañaba. Decidió dedicar su primer día en la casa para adecentarla y descansar. Ya habría tiempo al día siguiente para poner sus cosas en orden. Entonces sonó la puerta. Unos nudillos la aporreaban con insistencia. Al abrir, Santa vio a dos agentes de policía.

-¿Señor Kringel?

Santa asintió.

-¿Está listo?

-¿Listo para qué?

-Para presentarse a su nueva comunidad.

Santa había olvidado que según la ley americana un delincuente sexual debe avisar a sus vecinos, puerta por puerta, de que acaba de mudarse a su barrio. Santa asintió con amargura. Tras recoger su abrigo acompañó a los policías hasta la puerta de la casa contigua a la suya. Los policías llamaron a la puerta. Una niña de siete u ocho años abrió. Miró a los tres hombres con curiosidad. Santa se adelantó un paso. Miró a la niña. Antes de que las palabras brotaran de su boca rompió la nariz del policía con un certero codazo. Después miró a la niña. Tras unos tensos segundos se agachó hasta ponerse a su altura y le susurró al oído.

-Si no me queréis, me odiaréis.

 

EPÍLOGO: LA VENGANZA ES MÍA.

 

Desde que la gente comenzó a ser asesinada por Santa en nochebuena las calles están desiertas. Algunos incluso colocan tablones en su ventana y se atrincheran tras los muebles esperando la excusa de que alguien urge en su puerta para usar el rifle que duerme en su regazo. La gente sigue sin querer a Santa, pero ahora le temen y le respetan. No creen en el amor sino en la sangre que se derrama cada vez que su grotesca risa resuena en el aire antes de lanzar su grito de guerra. Justo el instante antes de que el aire navideño cargado de cristales de hielo comience a oler a pólvora.

-¡Feliz, Navidad! ¡Ho Ho Ho!