Berlanga y las verdades del barquero…

Acostumbrado a ser atacado desde todos los frentes, Luis García Berlanga aprendió pronto a parapetarse contra la estupidez ajena. El problema siempre fue la disparidad en número: uno contra el mundo. Nunca supo callar sus verdades, aquellas que eran tan caóticas que terminaron por convertirle en un enemigo universal. En su ideario de vida, tan anarquista que asustaría a los propios anarquistas de manual, cabían todas las posibilidades, siempre que le resultasen racionales y sobre todo placenteras. Y mientras los insultos y las descalificaciones le llovían por todas partes él siguió añorando lo que siempre quiso ser, un hombre invisible. Tal vez por eso, el que su nombre fuese ninguneado sistemáticamente hasta alcanzar la senectud no sorprende. Siempre fue la diana perfecta para los mediocres con alto concepto de sí mismos.

La ausencia de una ideología política definida en su ideario de vida unida a su desprecio por cualquier tipo de militancia lo convirtió perennemente en «el otro». Un tipo en quien desconfiar que contestó a los intentos de Juan Antonio Bardem por atraerle a la ideología comunista con bostezos. Y aunque su reacción no fue equiparable a la de Buñuel, que abominaba virulentamente del comunismo pese a (o precisamente por) coquetear con él, la etiqueta que le acompañó toda su vida aconsejaba a los aborregados a mantenerse lejos de él.

Al dictar sus memorias al gran Jess Franco, un anciano Berlanga mantuvo tercamente su costumbre de decir lo que pensaba sobre cualquier cosa, aunque el destinatario de sus cínicas y lúcidas reflexiones fuese la Academia del Cine Español (que él cofundó y presidía honorificamente) a propósito de los premios Goya y su ceremonia de entrega. Poco le importaba por entonces sumar enemigos a la larga nómina reclutada durante su vida.

«Los Oscar, desde el principio, fueron un espectáculo. Eran unas fiestecitas-show preciosas, y presentadas, además, en el Hollywood Bowl, a las que iba toda la profesión, y eran un desfile de artistas, de modelos, de todo… con lujo y esplendor, eso sí que lo saben hacer muy bien. Y en esta fiestecita se entregaban los Oscar. El show estaba siempre animado por alguien muy popular en Estados Unidos, por un presentador de televisión, o por un actor famoso, y así siguen. Ahora es otro, porque aquellos primeros están ya tomando el sol en Florida, pero…, en general, las fiestas suelen ser siempre muy interesantes, muy divertidas y se pueden oír las canciones que han sido premiadas en el año y está muy bien la ceremonia. Hay unos orquestones de espanto, dirigidos por un compositor ya oscarizado y, aunque no entiendo una papa de música, se nota que suenan cojonudo. Esta fiesta es lo que nosotros en España intentamos remedar desde que creamos la Academia y los premios Goya, pero así sale… Horrorosa, porque está mal organizada, mal presentada, mal actuada, mal elegidos los fragmentos de música premiados, mal elegidos los vestidos de los presentadores; en fin, es un desastre; además, es un desastre eterno que dura muchísimo, porque hay unas calvas y unos vacíos… y porque siempre se cuela alguien que por recomendaciones, la mayoría de las veces injustificables, quiere lucirse y hace unas pequeñas chuflas y unos pequeños sketches que suelen ser lamentables. Encima de esto, los premiados se empeñan en dedicar la estatua de Goya a la familia, a los compañeros de la película, al productor, a los vecinos… Creo que esto de la ofrenda dura tanto como la que hacen en Valencia durante las Fallas. Y esta crítica es una autocrítica, dado que, aparte de fundador, sigo siendo presidente de honor de la Academia.

¿Cuánto tiempo va a durar este carnaval? No sé, pero espero, por el bien del cine español, que muy poco. Porque estos últimos Goya se están convirtiendo en mítines. En cuanto las presidentas de la Academia salen a dar la bienvenida la público, o a presentar algún premio, hacen un discurso político y unas reivindicaciones…, unas cosas que están absolutamente fuera de lugar. Sobre todo, para mí, y si viviera también, para Alfredo Matas, ya que el primer artículo del reglamento decía que la Academia no puede ser reivindicativa porque para eso ya existen los sindicatos y las asociaciones profesionales».

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