Érase una vez una bonita y escualida muchacha. Vivía sola, exceptuando un gato sin nombre…

La escena más celebrada de “Desayuno con Diamantes” es aquella en la que Holly desayuna bollitos daneses frente al escaparate de Tiffany’s. Verla caminar cansinamente por las solitarias avenidas de Nueva York sigue siendo fascinante. Lo será siempre. Lo que pocos saben es que aquella bolsa de bollos estuvo a punto de ser reemplazada por un helado. La Hepburn odiaba los bollitos daneses e insistió en la posibilidad fría. Edwards se negó en rotundo.

El parecido de la película con la novela de Truman Capote es mera coincidencia. Él imaginó a una mujer curvilínea que sobrevive aceptando “regalos” de acompañantes ocasionales. Paul es gay, ella bisexual. Hay muchas más diferencias, entre ellas que Capote escribió el personaje pensando en Marilyn Monroe. Sin embargo, cuando la Paramount se hizo con los derechos de la novela tenía en mente que Holly Golighly sólo podía ser Audrey Hepburn. La actriz rechazó el papel en repetidas ocasiones. Ni siquiera se mostró interesada cuando John Frankenheimer (el director original) fue sustituido por Blake Edwards. Sólo cuando éste le preguntó cuál era su visión del personaje aceptó, a regañadientes, interpretarlo.

La primera escena muestra un taxi llegando a edificio donde vive Holly. Ella trata de deshacerse de un pelmazo que reclama los derechos que le otorgan los 50 dólares invertidos en una “visita al tocador”. Paul baja del taxi. La puerta de vehículo está abollada. Edwards insistió en que fuese así. Sutilmente estaba dibujando a un personaje en ruinas.

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La Hepburn dijo haberse inspirado en Kay Kendall para componer el papel de Holly. Si se observan detalladamente sus mohines y gestos será fácil darse cuenta de que así fue. Dijo que era la persona más libre que conocía: “Kay poseía esa locura que hiciera lo que hiciera, resultaba imposible enfadarse con ella”.

Holly es caprichosa. Se sirve leche en copas de cocktail y no tiene escrúpulos en denunciar a sus amigos durante la enloquecida fiesta celebrada en su casa. Es en dicha fiesta cuando Edwards explota su lado más conocido. La naturalidad con que sucede todo está milimetrada. Nada es casual, aunque lo parezca.

Cuando Paul y Holly hacen el amor por primera vez es la única ocasión en la que él se despeina. Le vemos bajo la lluvia, está impecable. Incluso en la cama, tras una noche “de trabajo” con su benefactora, aparece perfectamente peinado. Edwards insinúa que la noche de amor entre los dos protagonistas ha descuadrado a Paul. 

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George Axelrod, el guionista, tranquilizó a la actriz. La profesión de su personaje sería tratada con delicadeza. Y así fue, en ningún momento entendemos que Holly sea una prostituta. Su carácter despreocupado y su obsesión por no querer a nadie le otorgan un aura de ser especial, lo que supuso un problema para la introvertida Audrey. El carácter de Holly era completamente opuesto al suyo, se cansó de repetir.

El tercer momento “oculto” sucede durante en encuentro entre Paul y Doc. El segundo lleva consigo una caja de golosinas. Paul extrae de ella un anillo de latón que ofrece al marido de Holly. La ofrenda escenifica el pasado y el futuro de Holly.

Edwards pidió a Henry Mancini que escribiera un tema inspirándose en Audrey. Así nació “Moon River”, la canción cuyo eco resuena durante todo el metraje. Se hicieron mil versiones del tema, la cantaron los más reputados interpretes de cada época, pero la versión favorita de Mancini siempre fue la que cantó Audrey Hepburn en la película. Ella insistió en interpretarla por sí misma. Para ello, memorizó los acordes de guitarra y los acompañó con su voz. El resultado fue mágico. Quizás sea la mejor escena de la película, aquella en la que Holly levanta la vista y ve a Paul a través de una escalera de incendios. Sonríe…

“Hola, ¿qué haces?”

“Escribo”

“Bien…”

Edwards insistió en coordinar las fotografías oficiales de la película, pero la Hepburn no cedió en su decisión de ir vestida con el famoso traje diseñado por el modisto francés Hubert de Givenchy. Edwards estuvo de acuerdo al darse cuenta de que, por muy adusta que fuera la fotografía, la Hepburn siempre aparecía poseída por el encanto de Holly, sonriente y segura de sí misma. El “animal salvaje”. Vistiendo un traje como ése no podían existir los días rojos.

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A punto de terminar el rodaje, la Hepburn estaba exhausta: Holly la estaba devorando. Mel Ferrer, esposo de la actriz, lo atribuyó a que ésta acababa de ser madre poco antes de iniciarse el rodaje. Nunca imaginó que sus cambios de carácter estuvieran relacionados con el personaje.

Una de las últimas escenas trascurre en el apartamento de Holly. Ella, no sin problemas, ha encontrado a Paul, a quien no ve hace meses, ya que quiere despedirse de él. El apartamento está decorado con cabezas de animales y posters de Brasil. Al tiempo, escucha un disco en portugués para familiarizarse con su nuevo idioma. El indicativo de que está trenzando una nueva vida se aparece en la labor de Holly: está tejiendo.

Tras recibir el telegrama que le comunica la muerte de su hermano, Holly llora desconsolada y lo rompe todo. El director quería una imagen real del dolor. La escena, muy dolorosa, recuerda aquella de “Fanny y Alexander” en la que una mujer llora la muerte de su marido, observada por su hijo a través de la rendija de una puerta. La turbadora escena fue filmada por Edwards en rigurosa penumbra propiciada por el estallido de las lamparas. Paul comprende que será la última vez que verá a Holly al decirle al millonario brasileño antes de enfilar la puerta de salida…

“Usted tiene un rancho, ¿no es así?”

“Sí”

“A ella le gustará”

Su reencuentro final es inesperado. Holly abandona al gato en un callejón y él corre tras el felino. Ya que no podrá tenerla a ella cuidará del gato sin nombre que una vez le perteneció. La lluvia se intensifica en los segundos de duda de Holly, justo antes de que decida ir tras ellos. El final feliz fue una imposición del estudio que desagrado a Capote. A Edwards le gustó, sin embargo. Transmitía esperanza en un mundo que comenzaba a perderla. De hecho, filmó tres planos diferentes, alejándose paulatinamente de los amantes, para mostrar lo solos que se encuentran en un mundo hostil. Todos caminan presurosos, todos llevan paraguas. Todos menos ellos. No les importa empaparse, el tiempo se ha detenido. Todos los 14 de febrero de todos los años, el tiempo se detiene. Creía que con el tiempo dolería menos. Me equivoqué.

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