City stars, are you shining just for me?

Las frases hechas.

Hay musicales excelentes, buenos, malos y horribles. Sin embargo, se da por sentado que a pocos les gustan los musicales. Al menos, son pocos los que marcarían su casilla si tuviesen que elegir sus géneros predilectos. Es cierto que la edad de oro de los musicales pasó y nunca regresará. Aquellas décadas que engloban los años 20 hasta mediados los años 60 del pasado siglo, otorgaron al género musical algunas de las grandes obras maestras del cine. Un período en el que se produjo una evolución coherente que se mantuvo durante las décadas de silencio posteriores. De hecho, fue su escasa visibilidad la que proporcionó al musical la facultad de reinventarse progresivamente sin caer en el vicio de la nostalgia que asegura que cualquier tiempo pasado fue mejor. Sin embargo, pese a que puntualmente aparece un musical que revoluciona el panorama cinéfilo (“Cabaret”, “Pennies from heaven”, “All that jazz”, “Grease”, “La pequeña tienda de los horrores”, “Chicago” y no pocos más), siguen siendo pocos los que afirman que les gusta el musical. Eso dicen. Debe ser por eso que una de la frases más repetidas por la prensa especializada los últimos meses ha sido: “Damien Chazelle se atreve con un musical”. Una frase hecha más. Otra falacia que no merece la pena desmontar.

La experiencia de Chazelle con los musicales no es nueva. “Whiplash”, su primera película, es un musical encubierto en el que muestra su amor por el jazz de modo vertiginoso. La película reveló su pasión por los montajes sobrecargados de planos detalle que pueden interpretarse de modos diversos: como una fórmula que otorga un ritmo trepidante a la narración o como un molesto artificio que la convierte en odiosa. Ninguno de ellos es, al menos completamente, el caso de Chazelle. En su pletórico debut, el director visualizo el montaje a modo de partitura musical acompasando tempos con la habilidad suficiente para lograr un acabado deslumbrante.

Cuenta Chazelle que su primera intención al rodar “La la Land” fue mostrar la otra cara de la ciudad de Los Angeles, habitualmente reducida a la sordidez o al glamour pasado de tuerca. En esta ocasión se mueve por una ciudad en la que las decepciones y los sueños pueden convivir a través de un lenguaje más ponderado que en su primera película. No elude sus intenciones revisionistas que muestra de modo abierto (ese elocuente diálogo entre Keith y Sebastian: “son los puristas los que están matando al jazz”) ni se preocupa en ocultar imperfecciones (la muy mejorable coreografía y ejecución de la secuencia inicial) que inteligentemente sabe ensamblar en su filosofía. Chazelle plantea un primer segmento en base a cuestiones de difícil resolución. Se pregunta si la cursilería es compatible con la inocencia, si las historias deben construirse en base a insólitos giros de guion y si las obras maestras deben carecer de aristas. Como si la película se tratara de un viaje iniciático, obtendrá las respuestas al tiempo que el espectador, conforme avance el metraje.

Una vez consumidos los primeros veinte minutos en los que resulta doblemente difícil introducirse en la película a causa de las expectativas, y una vez saciado el ego del director con escenas tan técnicamente irreprochables como carentes de emoción, comienza a germinar la semilla del prodigio casi sin que nos demos cuenta. Las imágenes comienzan a ser fluídas y la trama, tan convencional como aparentemente inane, empieza a importarnos. Emma Stone es la primera en romper sus costuras y entregarse al frenesí de lo inesperado. Ryan Gosling, más encorsetado en un principio, sigue sus pasos a través de un aparcamiento en el que se da el primer gran momento de cine que ofrece la película. Un homenaje sincero a una ciudad y a un género que encauza la energía hasta entonces acumulada. El ritmo de la película se incrementa paulatinamente desde entonces, apoyado en la química del trío protagonista: la chica, el chico y la ciudad. Y como ocurre en la películas que se convierten en especiales sin saberlo, no es necesario preocuparse por el pulso narrativo, por las luces, por la composición de cada plano pues todo fluye armoniosamente. Ni siquiera los pasos en falso de Chazelle (ese traspiés de la escena del observatorio destinada a emocionar que sin embargo está a punto de echar por tierra todo lo conseguido hasta entonces) suponen un freno para un caballo felizmente desbocado.

Dijo Vincente Minelli, tal vez el más grande director de musicales de siempre, que la clave del éxito de una película musical consiste en arrinconar prejuicios y entregarse a la locura. Solo así, siendo feliz, se es capaz de transmitir felicidad. El esquema de “La la Land” es fiel a esa premisa alcanzando su epílogo en un suspiro, tan delicado y sutil como deben ser las historias de amor sincero. Es entonces cuando Chazelle se desprende definitivamente de ataduras. Cuando se materializa el prodigio. Veinte minutos de arrebatadora pasión convierten a “La la Land” en una experiencia visual imprescindible no solo para los que aún creen, si no, sobre todo, para aquellos que perdieron la fe por el camino. La explosión es de tal magnitud que el torpe (y precisamente por eso, hermoso) homenaje a “Un americano en París”  pasa desapercibido arrastrado por una corriente de intenso amor. Amor por el cine, por la música, por la vida. Todas aquellas cualidades que describen lo que debe ser una obra maestra.

Puede que al abandonar la sala de cine muchos sintieran deseos de correr, de bailar o de vivir con más intensidad. Solo por eso, por su capacidad para sacar lo mejor de uno mismo, “La la Land” es una joya de valor incalculable. Por eso, por los ojos de Emma Stone mientras brinda por todos aquellos que supieron vivir y perder, por Ryan Gosling poniéndose en pie en un cine haciéndose visible para la mujer a la que comienza a amar, por las coreografías mejorables torpemente ejecutadas, por la visión efímera de una sala de cine que anuncia la proyección de “Rebelde sin causa” y por cientos de detalles más, “La la Land” es una obra maestra.

Pero hay algo más. Una sorpresa final que confirma la incontenible felicidad que transmite la película. Pasadas unas horas, puede que un par de días, la banda sonora (rotunda, extraordinaria y perfectamente integrada en la trama como un personaje más) se difumina poco a poco en nuestra memoria. La energía comienza a desfallecer y las dudas comienzan a brotar. Es entonces, en la cama, cuando tus ojos se cierran y tu mente se  desconecta por una horas, el momento en el que comienza a sonar en tu memoria: “City stars, are you shinning just for me?”

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