Nuestra única esperanza…

 “Abandonado y desamparado” reza una estrofa de “She move on”, una de las canciones con las que Paul Simon trató de exorcizar el poso que Carrie Fisher dejó en él. Según Peter Ames Carlin, el biógrafo que más se ha acercado a la complejidad del cantante, la pareja se quería tanto como para ahogarse juntos pese a tener docenas de salvavidas rodeándolos. Por eso se casaron, pese a lo tormentoso de su relación. Cuando ella se marchó definitivamente, tras un último y desesperado intento de reflotar su unión con una alucinógena experiencia chamánica en Brasil, Simon se hundió. Fisher, también, pero a ella siempre se le exigió que fuese la party girl de toda celebración. Además, estaban las drogas y el alcohol para atenuar el golpe.

Su relación con el alcohol nació mucho antes. Durante el rodaje de Star Wars, Fisher no estuvo sobria un solo día. Ésa fue una de las razones que llevaron a George Lucas a desear no dirigir una película durante el resto de su vida. Con apenas 20 años, Fisher ya arrastraba una larga serie de experiencias más o menos traumáticas, empezando por una madre dominante, un padre ausente y una fuerte presión que la impulsaba a ser brillante en cualquier circunstancia. Tal vez por eso no hacía preguntas. Se limitaba a beber.

Antes de rodar sus primeras escenas, Lucas le pidió que se desprendiese de su ropa interior porque, según él, “en el espacio no existen las prendas íntimas”. Fisher no cuestionó su decisión, pese a lo estúpido de suponer que una civilización capaz de crear naves que alcanzaban la velocidad de la luz no hubiesen alcanzado el logro de inventar el sostén. De modo que los pechos de Fisher bailotearon libremente durante varios días hasta que, tras un visionado del material rodado, y temeroso de que la película recibiese una calificación para adultos, Lucas pidió a Fisher que se sujetase los pechos con cinta adhesiva. Y Fisher lo hizo sin hacer preguntas una vez más. Ya dijo Kubrick que en occidente la única profesión cercana a la de dictador era la de director de cine.

Si la primera imposición fue un capricho absurdo, la segunda estaba impregnada de una mojigatería que a Fisher, siempre políticamente incorrecta, le sirvió para despertar su lado más irónico. Pocos meses más tarde, durante una sesión de fotos junto al actor Peter Mayhew, caracterizados ambos como sus personajes en la película (Leia y Chewbacca), tomó la mano de Mayhew y la posó sobre uno de sus pechos escenificando una elocuente burla que Lucas debió captar.

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El célebre traje de esclava de placer de Jabba el Hutt que lució en “El Retorno del Jedi”, es otro de los fetiches sexuales más vendidos de la historia (tan célebre como lo es el capítulo de la serie “Friends” en el que Rachel se viste con él para cumplir con la fantasía de Ross).  Es el símbolo que define a la perfección sus contradicciones.  A pesar de que su físico se hallaba en las antípodas de la sensualidad a flor de piel, aquel traje la convirtió en objeto de deseo de varias generaciones, algo que primero le pareció divertido, después degradante y, finalmente, digno de compasión. No hace demasiado tiempo, en un show de la televisión americana, advertía a su “sucesora“, Daisy Ridley, del problema que consistiría para ella el convertirse en sex symbol. Demasiada presión y nulas posibilidades de progresión profesional, sin contar con los fans demasiado fervorosos, como el tipo que le dijo, durante una convención de Star Wars, que se masturbaba a diario con aquella escena… cuatro veces.

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Cuando su carrera se estancó, incapaz de superar el encasillamiento y la etiqueta que le colgaron de estrellita díscola e insufrible durante los rodajes (que merecidamente se ganó gracias a sus adicciones) se ganó la vida como script doctor (algo así como mejoradora de guiones)una de las profesiones más valoradas, y al tiempo menos reconocidas, de Tinseltown. Los productores supieron apreciar su habilidad para dar lustre a guiones mediocres, pero no creyeron que ella fuese capaz de escribir uno por sí misma, por lo que llegaron a negarle la posibilidad de adaptar libremente su exitosa novela “Postales desde el filo” en la que narraba la compleja relación que mantuvo con su madre. El director, Mike Nichols, “supervisó” cada línea de guión alterando todo aquello que le vino en gana, y fue mucho. Hubo más libros, algunos muy celebrados como “Wishful drinking”, en el que se reía de sí misma y de todo el patetismo que bailaba a su alrededor. Fueron sus corrosivos libros y sus múltiples apariciones televisivas las que la encumbraron como la chica ácida (y a evitar) que se burlaba de todo: de los hombres, de las mujeres, de su bipolaridad, de las sesiones de electroshock que borraban su memoria poco a poco, de su alcoholismo, del mundo del cine que se tomaba demasiado en serio a sí mismo. Porque, para ella que nació en el seno de la aristocracia hollywoodiense, la vida en Tinseltown no era más que una feria de vanidades y mentiras.

Eddie Fisher, su padre, fue la primera persona que la decepcionó. Abandonó a su madre, Debbie Reynolds (que se ha marchado hoy, un día después que su hija) mientras consolaba a Elizabeth Taylor, afligida viuda por entonces a la que, en palabras de Carrie, “primero le dio un pañuelo, luego le regaló unas flores y al final le consoló con su pene”. Desde entonces, casi toda la gente que se cruzó en su camino la falló como ella misma lo hizo con otras muchas personas. A diferencia de la mayoría, ella fue consciente de sus errores. Siempre inevitables. Porque Carrie Fisher no jugó con fuego, vivió dentro de él.

“Cualquier cosa que puedas hacer en exceso por las razones equivocadas es emocionante para mí”.

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4 pensamientos en “Nuestra única esperanza…

  1. La foto con su madre al fondo es asombrosa. Redescubrí a Carrie de la mano del imprescindible Stephen Fry y su documental sobre la bipolaridad (Donde también habló un muy lúcido Richard Dreyfuss, por ejemplo, y se tocaron temas muy polémicos como la medicación infantil). Y me entristece mucho, mucho, mucho la enorme presión que ha recibido para rodar las dos nuevas películas. Fue una decisión personal perder de golpe 1/4 de su masa corporal, pero Abrahams y Disney tienen sobre su cabeza un interrogante muy grande: ¿Dañaron la salud de una actriz sólo por representar un estereotipo en pantalla?

    • La fotografía es fabulosa y emotiva. No la conocía. La descubrí gracias a ti. Sobre las presiones que ejercen los estudios se podrían escribir tratatos infinitos. Ahora me viene a la memoria James Gandolfini y los muchos kilos que perdió para trabajar en “The Mexican” y que luego le “obligaron” a recuperar para continuar con su papel en “Los Soprano”. Aquello le desgastó físicamente. No sí si lo suficiente como para influir en su temprana muerte. Podrían haber reescrito su papel en la serie para justificar su pérdida de peso, pero no….

  2. Qué extraños finales tienen algunas películas. La de su vida, por ejemplo, después de esa tormentosa relación con una madre a la que estuvo años sin dirigir la palabra y cómo ésta ha acabado despidiéndose de la vida prácticamente junto a su hija. Por ello la foto, es más que certera.

  3. La foto es maravillosa, Lydia. Una de esas imágenes que no necesitan texto para contar una historia. Su vida, la de Carrie, fue una carrera de obstáculos, como la de todos, pero con más vallas de las habituales. La reconciliación con su madre dio paz a ambas tras muchos años de encontronazos. El final, podría decirse, es una consecuencia lógica en las relaciones fatales…

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