Que los ángeles del cielo te guíen…

Cada vez que titulo un posteo utilizando la cita de John Irving me pesan los dedos y se me contrae lo que me queda de alma. Mi infancia y mi adolescencia se retira de la lucha cuando más necesito de sus referencias. En esta ocasión es Gene Wilder quien se ha ido. Lo ha hecho en paz, tras una larga vida de reveses que supo camuflar en su mirada tierna cargada de inocencia.

Una tarde de verano, tendría entonces doce o trece años, mi hermano alquiló “El expreso de Chicago”, un thriller en la línea de las novelas de Agatha Christie construído en clave de comedia. No esperaba gran cosa de ella, tal vez por esa razón la disfruté tanto. Reconocí al protagonista (Wilder) como el tipo que dio vida a Willy Wonka en “Un mundo de fantasía”, película imprescindible de mi infancia que junto a “Los 5.000 dedos del Dr. T” forma el díptico que me construyó como la persona que soy. Aquella mirada azul que coronaba unos ojos ligeramente saltones me enterneció por segunda vez. Después, ya en la adolescencia, llegaron “Locos de Remate” (fabulosa marcianada solo apta para ser visionada con altas dosis de marijuana en el cuerpo), “El mejor amante del mundo”, “Terrorifica Luna de Miel” y otras comedias menores que antecedieron a la gran explosión que supuso para mí el descubrimiento del Mel Brooks setentero. Juntos, Brooks y Wilder, rodaron dos obras maestras: “El Jovencito Frankenstein” y “Sillas de Montar Calientes”. Ambas rodadas en 1974. Dos años antes, junto a Woody Allen, logró lo imposible gracias a “Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo pero nunca se atrevió a preguntar”: convertir a un pervertido sexual en un ser adorable. Su boda con una oveja, a la que amaba sinceramente más allá del sexo, forma parte de la antología del cine. Después, en los ochenta, llegaron las pelis mediocres, un declive profesional acentuado por la enfermedad que sufría su esposa, la actriz Gilda Radner, de la que siempre confesó estar locamente enamorado. Al muerte de Radner en 1989, tras una cadena de errores médicos, su carrera y su vida se estancaron.

Íntimo amigo de Richard Pryor durante más de treinta años, dijo en una ocasión que solo un negro eléctrico y lenguaraz podría ser amigo de un judío tranquilo y melancólico durante tanto tiempo. Eran demasiado diferentes para llevarse mal. Siempre será Leo Bloom, Willy Wonka y el doctor Frederick Frankenstein. Pero sobre todo, al menos para mí, será Jim, el alcoholizado pistolero más rápido del Oeste, cansado de huir constantemente tanto como de sí mismo. Una evidente parodia de Dean Martin en “Río Bravo” que se presentó así al sheriff negro de aquel poblado minero perdido en el Oeste: “Mi nombre es Jim… pero casi todo el mundo me llama Jim”.

BLAZING SADDLES

 

 

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