¡Viva la ciencia!

Lo que más sorprende en una película como “Marte“, cuyo mayor defecto es su incapacidad para sorprender, es saber que tras las cámaras se encuentra Ridley Scott. Las frases manidad que afirman que el director inglés desapareció hace años no sirven para explicar que sea el responsable de una película que podría haber firmado cualquiera. Incluso en los abismos más profundos de su incuestionable talento (lease “La teniente O’Neil”, “El reino de los cielos” o “El consejero”, por citar tres de sus películas menos afortunadas) era posible encontrar las trazas del hombre que filmó “Blade Runner”, “Alien” o “Los duelistas”. Siempre se podían encontrar pequeñas claves, pistas que indicaban que Scott se encontraba (bien es cierto que diluido) en alguna parte del metraje. No ocurre así en “Marte”, su aclamada última película.

La premisa utilizada por Scott para dar credibilidad a la historia de supervivencia de un astronauta abandonado en Marte es la ciencia. Cada suceso narrado, cada acción acometida por el protagonista se justifica en razones científicas tan improbables como dificilmente refutables. Hoy día, como dijo el fiscal Garrison en “J.F.K.: caso abierto” es posible justificar que un elefante cuelgue por el rabo de una margarita gracias a la física cuántica. Los guionistas, que utilizan como soporte una exitosa novela escrita por Andy Weir, lo saben y explotan las posibilidades llevándolas al límite con frecuencia. Más complejo resulta justificar que el protagonista, más que abandonado en un planeta situado a 80 millones de kilómetros de la tierra, de la impresión de ser un maduro Macauley Culkin protagonizando un remake extremo de “Solo en casa”. Scott decide abandonar la gravedad que ha sembrado su carrera en favor de un humor socarrón que emparenta a su película con las fabulosas series B de los años cincuenta. Un acierto de no ser por la abundancia de mohines, poses ridículas y diálogos chabacanos que terminan por orillar a “Marte” en el lado menos vistoso de los blockbusters noventeros. De poco sirve que Matt Damon ofrezca una de las mejores interpretaciones de su carrera cuando combinas tan inusual circunstancia con escenas que generan con frecuencia vergüenza ajena y un buenismo impropio en el hombre que firma la cinta. No se trata tanto de cuestionar la ausencia de verdad y de angustia como de reprimir la ganas de apartar la mirada cada vez que una estridencia hace su aparición.

El mayor haber de Ridley Scott es su buena mano a la hora de imprimir un ritmo ligero a un metraje que se hace largo pero que no llega a agotar en el sentido positivo ni en el negativo. Los bostezos no llegan a aparecer, pero tampoco sentimos esa sensación de agradable cansancio al haber contribuído a que el protagonista sobreviva un día más. Todo es tan liviano, tan falto de ínfulas que termina por ser consumido agradablemente para se olvidado una vez se traspasa la puerta del cine. La incredulidad, al menos la del que esto escribe, ha sido constatar la buena acogida crítica de una cinta prescindible que cumple con holgura su labor palomitera al tiempo que desprecia sus enormes posibilidades en favor de la insustancialidad. Supongo que para esto ha quedado Ridley Scott. Para poner su firma en piezas cada vez más impersonales apelando a su prestigio para dotarlas de cierta sustancia. Es posible que así sea. Como es seguro que no volveré a ver “Marte”, pero que visionaré Blade Runner” cada vez que el peso de los días se demasiado rugoso.

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Cuando regreses…

Gipi (Gian Alfonso Pacinotti) cree que la fatalidad nos acompañará siempre. Poco importan las buenas acciones que hagas y lo buen padre o compañero que seas, al final siempre esperan árboles yermos y barro bajo cielos de plomo. En sus cómics no hay esperanza, solo verdad. Su verdad, la del que no cree en la mayoría de seres humanos. En sus historias, empapadas de soledad y miedos, no hay bondad. Evita rozarla para no contaminarla. Y sin embargo, en cada uno de sus libros de trazo sucio, se pueden encontrar las pistas que prueban que una vez Gipi creyó.

En “Mi vida mal dibujada”, seguramente su mejor libro, Gipi pide perdón por citar a un médico que le ayudó en el apartado de agradecimientos. Dice que posiblemente es la mejor persona que ha conocido, no merece figurar en ese inclasificable catálogo de bajezas que culmina con un estallido de luz allí donde más falta: en un vagón de metro. Gipi se reconcilia consigo mismo y con el mundo y, por primera vez, el nombre de una buena persona aparece escrito en sus páginas.

“Apuntes para una historia de guerra” no tiene piedad. Una hipotética guerra civil en Italia, narrada en tiempos actuales, señala a los mediocres y a los violentos como los amos del corral. El joven protagonista trata de medrar en un mundo corrompido cuyos moradores saben tiene los días contados. Nuevamente no hay resquicio para la esperanza. Su estilo visual, habitualmente crudo, se convierte en virulento. Los paisajes en los que transcurre la historia son un personaje más, el más cruel.

“El local” dirige una mirada poco amable a la adolescencia mientras clasifica todos y cada una de las frustraciones que la acompañan. La época en la que descubrimos que nuestros ídolos son falsos y nuestras creencias huecas marcan la frontera entre los desencantados y los que prefieren seguir creyendo en algo a modo de salvavidas.

“S.” es su obra más dolorosa. Hablar de la relación entre padre e hijo siempre lo es. El libro le dolió tanto que Gipi prefirió no hablar de él. Rechazó promocionarlo y no quiso recoger ninguno de los numerosos premios que le otorgaron. El autor se refirió al libro en una sola ocasión, en su blog personal, para contar el desagrado que produjo en su madre saber cuál sería el siguiente trabajo de su hijo.

Pero es “Unahistoria”, su último libro, la prueba que de su imaginario está lejos de agotarse. Su técnica narrativa se ha depurado aún más, mezclando varias historias que conducen a una única resolución. Lo de menos es el terrible secreto familiar que estalla provocando el estallido de escenarios aparentemente ya muertos. Lo realmente importante es que Gipi, que sigue sin creer, es consciente que en algún lugar debe haber luz y que algunos de sus haces se infiltran entre tanta negrura.

gipi