La Solución de Todo Problema…

“Unos dieron el gran salto desde su departamento o desde la ventana de la oficina; otros, silenciosamente, en garajes de dos automóviles, con el motor funcionando; otros siguieron la tradición indígena de la Colt o de la Smith y Wesson, instrumentos bien fabricados que con apretar un dedo terminan con el insomnio, acaban con los remordimientos, curan el cáncer, evitan las quiebras y abren una salida de situaciones intolerables, admirables instrumentos norteamericanos fáciles de llevar, de resultado seguro, tan bien proyectados para poner fin al sueño norteamericano cuando se convierte en pesadilla, y cuya inconveniente es la porquería que dejan para que la limpie la familia”.

Tener y no Tener. Ernest Hemingway, 1937.

Es el año 1941. Los Estados Unidos aún miran desde lejos la gran guerra mundial. Acaban de dejar atrás la peor crisis económica de su historia en la que miles de personas perecieron por hambre o las consecuencias de una pésima alimentación. Lo que no han podido esquivar es la miseria moral que les hizo verlo todo. Lo que les impidió mirar hacia otro lado cuando el vecino languidecía.

Es 1941 y Ernest Hemingway vive su propio tormento diario. Quiere vivir, pero la muerte le llama al alba todos los días. Aquella mañana, corre el mes de mayo, ha quedado emplazado por el director Howard Hawks para salir a pescar. Una burda excusa que les sirve para beber y bravuconear. Han dejado atrás la isla de Catalina hace casi una hora. Puede que más, el tiempo pierde su entidad cuando se le enfrenta al alcohol. Mejor contabilizarlo en cervezas. Dejaron el puerto de Los Angeles hace nueve cervezas. Mejor así. Hemingway no deja de lamentarse durante la travesía. Siente que ha perdido el don. No le gusta lo que escribe; peor aún, no le gusta a casi nadie. Hawks se mofa de su debilidad.

– Apuesto a que soy capaz de convertir tu peor novela en una gran película, dice.

– ¿Estás seguro de eso?

– Por completo. Dame tu peor novela y…

– “Tener y no Tener”. Es toda tuya. Nadie podría hacer nada decente con ella.

En 1943 han pasado dos años y media docena de guionistas (entre ellos William Faulkner y el propio Hemingway) sin que la novela haya podido ser moldeada. Hawks está desesperado. Ha seguido trabajando en otros proyectos sin dejar de mirar hacia la novela. Es un tipo acostumbrado a superar retos, y no piensa rendirse ahora. En un acto desesperado contrata a Jules Furthman, uno de los más prestigiosos guionistas de la época. Furthman echa un vistazo a lo ya escrito y asiente: “tendrás tu guión”. En menos de un mes lo entrega. Hawks lo lee. Ahora Hawks es feliz. Añade unos cuantos diálogos con la ayuda de su esposa, entre ellos los dos más celebrados: “Si me necesitas, silba” y “¿Alguna vez le ha picado una abeja muerta?” y comienza a preproducir una película mítica que apenas se reconoce en la novela de Hemingway. Hawks ha ganado la apuesta a costa de reducir el original a la nada.

2 de julio de 1963. Ayer un programa de televisión bromeó a costa de la costumbre del viejo Hemingway de ametrallar a los tiburones. En un periódico sensacionalista se habla de sus combates de boxeo en Cuba, mientras sostiene un puro en los labios al enfrentarse a veintiañeros. Al tiempo, en Pamplona, sus amigos navarros preparan su llegada. Pronto será San Fermín. Si él no está asomado en un balcón los toros corren más despacio, se dice. Sigue siendo noticia. No está mal para un viejo. Se levanta temprano, tratando de no hacer ruído. Su cuarta esposa, Mary Welsh, tiene el sueño ligero. No pierde el tiempo en vestirse. El camino será largo, pero tiene planeado emprenderlo sin salir de casa. Baja a la armería en la que resguada alrededor de veinte armas de fuego. Elige cuidadosamente un rifle de caza que alimenta con un solo cartucho. No serán necesarios más. Se acomoda en el recibidor, toma asiento en una silla, posa el arma contra el suelo, encañona su frente y contempla cómo un león se avalanza sobre él. Dispara…

hemingway

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