Lo que se le supone a David O. Russell y seguimos sin ver…

Hace unos años, durante los aciagos días de la “mili” forzosa,  se entregaba al soldado licenciado una pequeña cartilla blanca en la que figuraba un apartado que hacía referencia al valor mostrado durante su servicio. En tiempo de paz, y a falta de pruebas que demostrasen lo contrario, la casilla se solía rellenar con la frase “se le supone”. El caso del cineasta David O. Russell, en una forzada analogía, podría ser el mismo. Su carrera se compone de una decena de películas en las que se percibe una especie de halo talentoso que nunca termina de explotar. Sin embargo, son pocos los que dudan de un talento que se intuye pero no se ve. Sus películas se difuminan en intenciones tan bien expuestas como mal desarrolladas, ahogadas por tramas siempre al servicio de unos personajes tan inestables como lo es el propio director empeñado siempre en que su propia bipolaridad recaiga sobre ellos. Célebres son los ataques de ira de Russell que estuvieron cerca de arruinar su carrera demasiado pronto. El más conocido del que se tiene noticia, grabado y difundido furtivamente por un operador de cámara, significó un punto de inflexión en su carrera. Después de aquello comenzó una travesía del desierto que duró seis años. Más de un quinquenio sin posicionarse tras las cámaras en los que sus proyectos se almacenaban en las bandejas de rechazos de las productoras, hasta que finalmente encontró el perdón de la industria gracias a “El Luchador”. Entonces nació un nuevo David O. Russell, bestia domesticada y adaptada a las necesidades de una industria que pasó de defenestrarlo a mimarlo a golpe de premios y elogios. Un nuevo hombre que se ha convertido, de modo probablemente inconsciente, en un director lobotomizado al que no han conseguido borrar el área del cerebro que muestra un lado salvaje que, de tanto en tanto, aparece fugazmente en sus películas. De tales mimbres se compone “La Gran Estafa Americana”. Una trama escasamente elaborada que mantiene su interés gracias a un coro actoral primorosamente dirigido. Una gran estafa que se pretende hacer pasar como la experiencia cinéfila del año.

Ocurre que Russell desprecia la historia muy pronto, y al hacerlo desdeña al espectador. La trama, por endeble, se curva ante cualquier arrebato de lógica, sin que sirvan de mucho los esfuerzos del director por dotar de estilo a una  narración arrítmica mediante inauditos giros y gratuitos efectos de montaje. El montante final no pasa de ser un fortaleza de naipes vistosa que amenaza ruina al primer soplido medianamente crítico. El desbarajuste es tal que mediada la película Russell opta por plagiar literalmente el estilo Scorsese durante un largo tramo de cuarenta minutos en los que la despersonalización del director se completa. El rumbo hacia un final acomodaticio y previsible, que resulta confortable de puro cansancio, se mantiene en pie (siendo indulgente) gracias a unos personajes bien construidos que se reservan para sí el poco jugo de que dispone el material. Es todo. No hay más. David O. Russell puede ser coronado como el hacedor de la gran engañifla del año.

El problema de hacer recaer toda la estructura en los personajes, sin importar qué sea lo que les mueve, reside en que cualquier grieta puede hacer que el metraje se convierta en insustancial, provocando la apatía del que mira. Toda la intencionalidad de la función se escuda en ellos, y a duras penas salen airosos del empeño a pesar de que el personaje interpretado por Amy Adams cae pronto en los abismos de sus profundos escotes, y de que el ambicioso agente del FBI interpretado por Bradley Cooper bordea el ridículo con demasiada frecuencia. Salvados en gran medida gracias a unos brillantes Jennifer Lawrence y Christian Bale, el rumbo, perdido desde el comienzo del metraje (azuzado el extravío por un montaje sin pulso pero vistoso de puertas afuera) no importa. No hay mapas y no hay destino para el desaguisado. Lo que estaba destinado a crecer desaparece y se sustituye por la incredulidad por descubrir qué llevó a los académicos de Hollywood a multinominar semejante batiburrillo.

Sería injusto no reconocer sus valores, que los hay. Centrémonos en tres de ellos: la ausencia de pudor, el personaje de Lawrence y el fundido en negro que nos anuncia que, finalmente, podemos abandonar la sala. Algún día, es posible, David O. Russell estallará al fin. Pero no será este.

Fotograma-de-La-gran-estafa-americana-

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