Lo Explícito es Enemigo de la Razón…

Si alguien tiene la menor duda de que el próximo día dos de marzo “Doce años de esclavitud” será izada a los altares del tío Oscar, será mejor que no apueste a favor de su instinto. Será premiada, agasajada e injustamente considerada por muchos como la película definitiva sobre el oprobio de la esclavitud. Y así será considerada hasta que un día (ojalá no muy lejano) su violencia explícita, recurso tan gratuito, tan cercano a la arcada, sea superada por las lágrimas de otra película que aborde el tema y que la cinta de Steve McQueen es incapaz de provocar.

El narrar de modo convencional requiere de elementos que el director no domina, acostumbrado a un cine con reminiscencias arty cercano a los postulados de la Nouvelle Vague en su vertiente más superficial, aquella que proclama al director como estrella, defecto que McQueen no considera como tal, siempre empeñado en que se perciba su presencia tras el andamiaje de sus películas. En esta ocasión se subordina a una línea argumental plana que se limita a enumerar lugares y personajes sin dejar resquicio a la emoción. Son apenas un par de ramalazos de autor los que McQueen se concede, tal vez los únicos momentos emotivos, los únicos en los que se aleja de una narrativa dictada para ser luego ser recitada al pie de la letra, temeroso, tal vez, de ser considerado un apostata de saltarse un solo renglón, un solo latigazo, una sola humillación. Por supuesto, ya que el aliento que le insufla McQueen a la película es tan políticamente correcto, el espíritu tío Tom, entendido en el sentido más peyorativo del término, sobrevuela una función tan excesiva en su rigor como rácana en sus resultados. Los personajes blancos son tildados de demoníacos, ocasionalmente combinados con blancos bondadosos, tan respetuosos con los negros que la línea de verosimilitud llega a temblar con frecuencia. Los negros se muestran pasivos ante el sufrimiento, ocasionalmente acomodaticios, siempre, invariablemente, del lado equivocado. Las situaciones insoportablemente denigrantes, siempre rugosas, siempre lejanas, pese a los esfuerzos de su acertado reparto por conducirnos hasta la boca misma del horror. Es entonces cuando un enésimo latigazo infringido sobre nuestras conciencias, consumidos ya dos tercios de su extenso metraje, nos retrotrae a latigazos pretéritos que dolieron más. Historias narradas cuarenta años antes que ilustran la misma historia con más tino y menos sumisión. “Doce Años de Esclavitud”, sabedora de su incapacidad para hacer brotar la emoción, toma el sendero antropológico, ilustrativo de la barbarie, prescindiendo de cualquier otro detalle que nos lleve a entender por qué el hombre es un lobo para el hombre. Se muestra un catálogo de imágenes, docenas de veces vistas, que se conforma con aportar más sangre a un cubo ya rebosante. Hay más bilis en ejercicios festivos como “Django Desencadenado” que en estos ciento treinta y tres minutos de condena. La sonrisa ácida puede doler más que un rictus grave. Es eso, la fuerza de la ironía, lo que McQueen no llega a entender. Los académicos jamás permitirán que la historia se escriba con renglones torcidos aunque contengan más verdad.

Loas pues para la ya coronada por los dioses como mejor película de 2013. Pocas veces un disparo tan errado fue considerado más acertado.

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2 pensamientos en “Lo Explícito es Enemigo de la Razón…

  1. Alex,
    no la he visto todavía pero así de entrada,tras leerte,te digo que si hay algo que no le perdono a una película es que carezca de emoción.Si es plana,correcta pero no ahonda,no cala hasta los huesos y no arriesga,será como dices tu,un disparo errado que se considere acertado,al menos,en mi opinión.
    Un abrazo!

  2. Me pareció floja, Troyana. Una acumulación de verdades mostradas a golpe de látigo. Ninguna emoción más allá del horror explícito de las imágenes. Una derrota para el director, por haber despercidiado tan estimulante punto de partida. En fin, ya me dirás qué te pareció cuando la hayas visto.

    Besos, Troyana!

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