Lobezno domesticado…

El universo Marvel tiene una santísima trinidad (Jack Kirby, Steve Ditko y Stan Lee) y un lema redundante: “Entretenimiento, entretenimiento, entretenimiento”. Bajo tal signo nacieron sus sagas para llenar de fantasía millones de vidas desde su fundación en 1939. Desde entonces la compañía ha sufrido tremebundos altibajos y grandes épocas de esplendor como la actual, en la que han tomado la delantera a DC Cómics gracias a su potente fondo de armario, inundando las pantallas con productos siempre festivos y coloristas en relación a la gravedad que impera en el mundo de su némesis comiquera. Es en ese apartado donde se encuentra el gran déficit de la Marvel, en su incapacidad para lograr satisfacer a todo aquel mayor de doce años que ha descubierto que en la vida real los colorines destiñen. También se podría alegar que ahí reside su mayor haber, juego que precisa de un trabajo de complicidad (en ocasiones extenuante) si no se produce el milagro de la empatía. Y en el caso de “Lobezno Inmortal”, no se produce.

Dirigida por otrora prometedor James Mangold, el extenso metraje de “Lobezno Inmortal” apenas aporta nada al imaginario de superhéroes transferidos al celuloide. Pese a su vocación de génesis del superhéroe, algo así como un “borrón y cuenta nueva” tras el doloroso precedente protagonizado por Lobezno, es el aburrimiento el que se abre paso lentamente hasta tomar posesión de la escena en poco más de media hora. Todo ello a pesar de los inútiles intentos por dotar de trascendencia a un material nacido liviano, con dosis gamberrismo no fraguado. Mangold, incapaz de asumir la naturaleza del artefacto, se empeña de proporcionar un aire pesado a un simple entretenimiento que, de un modo autónomo, reivindica con frecuencia su auténtica naturaleza en pleno frenesí esquizofrénico que le conduce al desastre. Ante la ausencia de una definición que gobierne el rumbo, es el tópico más sangrante el que triunfa apoyando por la exótico de la puesta en escena. En otras palabras, si estamos en Japón introduzcamos samurais de medio pelo, mística trasnochada, ninjas que surgen de la nada y luces deslumbrantes que, tal vez, pretenden despertar de su letargo al penitente espectador. Imagino que de haber transcurrido la acción en España, la abundancia de guitarras andaluzas, de señores morenos bajitos mal encarados y de hembras de rompe y rasga serían las reinas de la función. Tal es la escasez de miras de unos guionistas entregados al fácil trabajo de complacer al que poco pide.

Llegados al tramo final de la cinta, escuchadas nuestras plegarias, se produce un pequeño rebrote gracias a la aparición fantasmal de un elemento que nos recuerda que la Marvel anda tras todo el desaguisado.  El interés se recobra el suficiente tiempo como para comprender que la batalla perdida pudo haberse ganado de haber mediado la comprensión de un universo ajeno para los responsables de la película. Otra ocasión perdida por Wolverine. Lástima…

lobezno

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