A Baxter se le sigue cayendo el vino…

Baxter sigue siendo el mismo. El mundo cambia pero a él se le sigue cayendo el vino justo cuando el cuñado de la señorita Kubelik aparece en escena. Sigue siendo objeto de mofa porque nadie le escucha salvo cuando dice algo que no debería. Es un tipo que resulta inconveniente, por eso sigue cenando solo, acompañado de figuras de cartón que no juzgan el que a Baxter se le ocurra caminar por el mundo con el corazón en la mano. No, no debería haberle dicho a Fran Kubelik aquello de “yo vivía como Robinson Crusoe, era un náufrago entre ocho millones de personas, hasta que un día vi pisadas en la arena y la encontré a usted”. Y ella nunca debió decirle aquello de “Por qué no me enamoraré yo de un hombre como usted”. Y a Baxter le basta con tan poco para fantasear aunque la realidad termina siempre por mostrar a Baxter que siempre será Baxter. Por eso sigue bebiendo solo en los bares mientras otros gimen en su apartamento, porque Baxter es así. Se inventa intentos de suicidio rocambolescos porque a él no le encajaría ninguna otra cosa. Algunos, en el culmen del dramatismo, se disparan el la cabeza. Otros lo hacen en el pecho, como si fuesen personajes de una novela rusa. Baxter lo hace en la rodilla. Nunca cambiará. Pone la otra mejilla cuando cualquier otro devolvería los golpes. Él, cuando tiene arrebatos de dignidad, devuelve llaves y evita a los que se burlan de él porque no sabe pelear de otro modo. Es el inconveniente de escurrir los espagueti con una raqueta de tenis, que los demás piensan que es un idiota porque él mismo no trata de justificar que con una raqueta quedan mejor. Triste época es la que hay que demostrar lo evidente, ya lo dijo Friedrich Dürrenmatt. Y Baxter es un tipo evidente al que evitar porque rascar en su superficie supone un trabajo demasiado duro cuando lo superficial resulta más atractivo y asequible.

Dijo Billy Wilder que quería un Baxter penoso, al que cualquier situación le desbordase. No quería al hombre medio, sino al que se encuentra quince pasos más atrás. El que cuando se emborracha no resulta agresivo ni divertido, si no patético. Al que todo el mundo considera legitimado se puede ningunear porque carece de entidad propia. El que, una nochevieja acompañado de un mujer bellísima, piensa que jugar a las cartas no es una mala idea.

Qué jodido es darse cuenta de que uno es y siempre será Baxter.

Lemmon

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