El Viaje Acaba de Empezar…

Richard Linklater insiste en que “Antes del Anochecer” no cierra una trilogía. En realidad se trata de una historia lineal de una pareja en la que se nos ha permitido estar presentes en su enamoramiento, dar fe de su posterior reencuentro y ser testigos, en esta nueva entrega, de las marejadas que provoca el tiempo en toda relación. Una especie de viaje de vida, de tres décadas de duración, que ubica cada uno de sus capítulos en un subgénero diferente. La tragicomedia romántica que fue “Antes del Amanecer” se convirtió en el drama generacional de “Antes del Atardecer”, para culminar en un melodrama con brotes naturalistas que disecciona el complejo mundo de la pareja en “Antes del Anochecer”.

El último plano de la segunda entrega de la historia de Jesse (Ethan Hawke) y Celine (Julie Delpy), dejaba entrever una resolución que “Antes del Anochecer” toma como premisa para tomar impulso: el establecimiento como pareja de dos personas adictas al desencuentro. Diez años después son otros los problemas a los que se enfrentan, y el mayor de todos es la aceptación de que no son diferentes de los demás. El arrebato inicial que dio paso a la ilusión de un nuevo comienzo es ahora desazón. El director, tras el agradable experimento de la segunda entrega, en la que compartió lápices con los actores,  vuelve a apoyarse en Delpy y Hawke para escribir un guion a tres bandas, añadiendo al bagaje de los personajes las experiencias vitales de dos actores poseedores de inquietudes que van más allá del objetivo de la cámara. El satisfactorio resultado (no es casualidad que las tres películas transcurran en tres países europeos diferentes) evoca media docena de estilos clásicos europeos. Aparece el manierismo fílmico de Rossellini, los diálogos naturalistas de Rohmer, la densidad narrativa de Bergman… todo ello sin perder una identidad fresca, propia de un cine americano minoritario que se atreve a mostrarse cuando se siente respaldado.

Los personajes ahora son pragmáticos. Desencantados que se cuestionan cambiar de vagón antes de que sea demasiado tarde. Han logrado salvaguardar su inocencia frente a la presión del cinismo que les rodea, a costa de la ilusión que ahora les hace falta. Hablan sobre temas intrascendentes para evitar el enfrentamiento; agachan la cabeza durante la extravagante y poco creíble escena de la comida en la casa de sus anfitriones griegos; tienden puentes que creían consumidos durante su primera noche a solas en años y se quitan las caretas en la larga escena final. Minutos que, por sí solos, justifican un metraje tan fluido con puntualmente pesado. La sensación final es la de que hemos sido testigos del ensamblaje de una tuerca más en el subgénero de parejas en crisis. Una pieza importante o no, pero gozosa seguro.

Tal vez el momento más memorable del metraje se encuentre en su escena más engorrosa: los preparativos y la onanista comida en casa de sus anfitriones griegos. El consenso sobre la fugacidad del amor que preside la mesa obtiene como respuesta el silencio de los protagonistas. Desde ese instante, la rugosa narración encuentra acomodo y comienza la declamación de un vigoroso poema visual. Es entonces cuando Linklater lograr la comunión buscada y los fotogramas de las tres películas que componen el relato se unen. Desde ese momento el metraje fluye de modo tan certero que la proyección acaba sin que lo deseemos. Comienzan entonces las conversaciones cruzadas, las experiencias se comparten y la pantalla continúa mostrando fotogramas sin luz. Tal es la naturaleza de “Antes del Anochecer”. Así de grande es el cine…

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