Que los ángeles del cielo te guíen…

Fue durante una anodinas navidades de hace unos nueve o diez años. De esas en las que cualquier detalle se convierte en digno de ser recordado a falta de otra cosa realmente consistente. Recuerdo que ocurrió durante la semana blanca, esa que transcurre entre la nochebuena y la nochevieja y durante la que todo parece congelarse a la espera de que termine lo viejo y comience ese año que enderezará todo lo que no funciona. Regresé a casa cerca de la medianoche tras un largo paseo con un amigo a través de la niebla en la que formulamos propósitos y desplegamos nuestro ánimo de enmienda para todo aquello que debió ser y nunca fue. Encendí la radio antes de meterme en la cama, esperando encontrarme con uno de esos especiales navideños que sustituyen a la rutina. Entonces resonó su potente voz y el sopor del día se evaporó. Contó cómo transcurrían sus navidades. Poco menos que enclaustrado en su casa a la que había convertido en un mundo aparte en el que las arias de ópera solapaban a los villancicos rancios que trataban de introducirse a través de sus ventanas. De cómo respetaba a todo el mundo siempre que le respetasen a él. De que la melancolía era una materia demasiado privada para compartirla.

Tengo una docena de recuerdos asociados a él pero ninguno me caló tan hondo como el de aquella entrevista reveladora que llegó a mí un día anodino. La ocasión en la que me lo topé en la televisión, un domingo de invierno mientras el reloj había iniciado la cuenta atrás para regresar a mis clases. Otra, apenas con siete años, en la que escuché su voz en un cine de verano y me enamoré para siempre de aquel tipo malvado vestido de negro con un casco asimétrico que protegía su cabeza y nublaba su alma. No mucho después le escuché pronunciar una de esas frases que uno desearía haber escrito: «Alégrame el día». Una más cuando dejó que su físico acompañase a su voz interpretando a Pepe Carvalho en una infumable película para televisión en lo que lo único salvable fue su empaque y fuerte presencia.

Ha dejado el escenario con elegancia, sin hacer ruido. Su sonrisa sincera que siempre trató de ocultar sin éxito una mirada de poso triste se esfumó para siempre. Cómo duele el que se marche un amigo al que jamás conociste.

romero

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