Niles y Yo y las Escalas y los Valores…

Hay un mítico episodio de “Frasier” en el que Dafne, al fin roto el maleficio que durante años la separó de Niles, engorda grotescamente. Al menos, de modo tan escasamente sutil, es cómo los guionistas trataron de encubrir el embarazo de Jane Leeves y justificar su prolongada ausencia de la serie. Pues bien, Frasier trata de alertar a su hermano del incontrolable aumento de volumen de su cuñada sin éxito. Sus metáforas son cada vez más gruesas sin que Niles acierte a adivinar a qué se refiere. Para él Dafne sigue siendo la misma chica estilizada y ciertamente tronada de la que se enamoró. Finalmente Frasier se rinde y exclama un conmovedor: “Ojalá algún día llegue a querer tanto a alguien”.

Cuando bajas los brazos en señal de rendición y dejas que sea la corriente quien decida tu rumbo es cuando suceden los prodigios. Tal enseñanza, de extremo riesgo, es cierto, se aprende únicamente de modo práctico. Los moratones son reales y las rocas que aguardan al fondo del precipicio afiladas. Luego esperas en vano que llegue la calma mientras tratas de enfrentarte al siguiente escollo al que seguirá otro más.

A muchos de mis conocidos les produce una intensa sensación de ternura el que emplee la escala Cris como regla de medida que calibre la belleza (femenina o masculina, eso da igual y queda a gusto del oficiante). Otros se burlan y los más lo achacan a mi singular modo de entender el mundo. Así, Scarlett Johansson sería un 9 en escala Cris y la desbordante Beyoncé no pasaría de un 7. Tienen suerte, hay supermodelos que ni siquieran merecen ser catalogadas. Sólo hay un diez y es para quien da nombre a tan personal escala. Ella es la mujer con la que comparto cama, desvaríos, sonrisas, cabreos y agobios. Resultaría gratuíto ennumerar sus virtudes. Un absurdo regodeo en mi propia circunstancia que a nadie salvo a mí interesa. Sólo decir que por muy lejos que esté de ella sigo percibiendo su gravitación en torno a mí y la mía en torno a ella.

Como le ocurrió a Niles, nunca pensé que el prodigio me sacudiría a mí. El mismo que te hace despertar del letargo justo antes de que la caída en el precipicio sea inevitable. Tal vez no comparta demasiadas cosas con él, pero coincidimos en unas pocas. Ambos olemos el pelo de nuestras chicas cuando ellas no se dan cuenta. Ambos manejamos la misma escala aunque cambie de nombre. Ambos, finalmente, somos presos de la melancolía. Supongo que podemos culpar de ello a la mirada furtiva que tuvimos tiempo de lanzar hacia el fondo del abismo. Puede que ambos estemos ciegos pero tuvimos la suerte de ser vistos.

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