Que los ángeles del cielo (o los del infierno, que siempre te gustaron más) te guíen…

Este lugar no tiene vocación de obituario. Por esa razón, cada vez que recurro a la frase de John Irving resulta doblemente doloroso.

Si la educación sentimental tiene un origen para mí puede encontrarse en las matinés dominicales de mi infancia. Dobles sesiones de películas, generalmente casposas y despendoladas, que alimentaron de fantasías un alma que se resiste a crecer. Algunas de aquellas películas estaban firmadas por Jesús Franco. El tío Jess. Películas ácratas y sin sentido que emanaban y contagiaban amor por el cine para compensar la frecuente falta de medios.

Tratar de diseccionar una obra incalificable como la suya es una tarea inútil. Su evidente fervor por el surrealismo, la influencia del cómic en su celuloide, las referencias libertarias diseminadas en sus películas previas a la caída de la censura (las mejores que firmó) y todas esas nobles lecturas de su producción no son más merecedoras de mención que su pasión por el sexo visualmente más crudo, las tramas oligofrénicas y el poso trash que arrastraba cada uno de los fotogramas que filmó.

Utilizó infinidad de pseudónimos para enmascarar su presencia tras las cámaras. Más por diversión, como una burla más consciente que inocente,  que por un pudor que afortunadamente nunca conoció. Mis favoritos son los travestidos: Candy Coster, Lulú Laverne, Betty Carter… Una expresión de la devoción y respeto que siempre sintió hacia la mujer. De hecho su carrera se debe contemplar a través de media docena de musas que marcaron sus ritmos. La más importante de ellas fue Soledad Miranda, de la que el tío Jess nunca se esforzó en disimular su platónico enamoramiento pese a no ser, según sus propias palabras, físicamente singular: “No era guapísima, para nada. Ni estaba bien hecha, pero tenía una carga personal y una fuerza sin par”. La temprana muerte de Miranda en un accidente de coche le trastabilló emocional y profesionalmente hasta que apareció Lina Romay. Desde entonces la actriz catalana se convirtió en un estandarte que el tío Jess enarboló hasta su final.

Más allá de las referencias de terceros que parecen querer justificar la admiración hacia él (como la confesa pasión que profesa por sus películas Quentin Tarantino), es su anecdotario lo que serviría para escribir una guía definitiva para todo aquel que ame el cine lo suficiente como para inmolarse a través de él. Sus pasos conducen desde tormentosos encuentros con esquizofrénicos como Klaus Kinski, hasta citas con genios déspotas como Orson Welles quien le hacía llamadas de madrugada, durante el interminable rodaje de “Otelo” para avisarle, como asistente de dirección, de que había conseguido dinero para rodar un par de días más.

Su querencia natural hacia el cine fantástico mutó al compás del viento de los días. Tocó casi todos los palos, desde el cine de acción hasta el porno. Trató de renovar el anquilosado género azul introduciendo la metodología de la caspa como vehículo para enfatizar unas tramas ya de por sí ridículas. Con el paso del tiempo se convirtió en sinónimo de esa clase de cine que se debe evitar a toda costa. Sólo el afán reivindicativo de los que crecimos con sus películas, sumado al auge de la cultura freak, consiguió rehabilitar su figura el tiempo suficiente para ser agasajado en el tramo final de su vida.

Ya no está. Se ha marchado sin hacer ruido pero sin dejar de rodar zarandajas lo suficientemente infumables para resultar ofensivo a los más puretas. Paradójicamente algo que él siempre confesó ser: “Entre el cine de la Hammer, de Terence Fisher, y el de Fritz Lang… perdónenme pero me quedo con Lang”. 

Hasta siempre, tío Jess…

Jess-Franco

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