El Lenguaje Críptico de los Genios…

Pocos lo dudan, Paul Thomas Anderson tiene vocación de genio, y como tal la pasión suele conducirle a extremos cercanos a lo esquizofrénico. En una ocasión contó que se aislaría del mundo durante meses para escribir el que proclamó sería uno de los mejores diez guiones de la historia del cine… y tras nueve meses de trabajo obsesivo parió “Magnolia”. Después, una vez vista la película, no fuimos pocos los que, obviando sus apasionados excesos y salidas de tono, le dimos la razón, “Magnolia” es soberbia. Antes había filmado un thriller pasable (“Sydney”) y había dirigido una mirada al mundo del porno como nadie se había atrevido a lanzar antes en la aclamada “Boogie Nights”. Y por mucho que a mí me pareciese estimable, no deja de ser un tibia muestra deudora en su factura de múltiples y obvios referentes. Tras la desazón que le produjo el que “Magnolia” fuese ninguneada a nivel de premios y denostada por parte de la crítica, Anderson se mantuvo firme en su cruzada por renovar el lenguaje cinematográfico filmando “Drunk-Punch Love”, una comedia romántica disléxica que echaba mano de los todos los manidos códigos del género para contar una historia de amor atípica con protagonista oligofrénico. Como resultado logró miles de caras retorcidas por el estupor frente a la pantalla. Pocos entendieron su envido y aún menos juzgaron la película en su justa medida. La cuestión es que, transcurrido algunos años, las Academias del mundo del cine pensaron que debían algo a Anderson. Fue entonces cuando nominaron y premiaron en masa a “Pozos de Ambición”, desconcertante mirada hacia el génesis de los petroleros que aburre con la misma ambición que proclama su título hispano. Llegados a este lugar en la carrera de Anderson llega “The Master”, una cínica narración apócrifa sobre los orígenes del creador de la Iglesia de la Cienciología que le ha consagrado, exclusivamente a nivel de crítica, como uno de los grandes mogules del universo arty…

Definir “The Master” equivale a tratar de narrar lo intangible. Docenas de situaciones, de ideas brillantes deshilvanadas, apoyadas en una estética aséptica y en un protagonista desasosegante (un pasadísimo de tuerca Joaquín Phoenix). Un devenir de escenas grotescas, que no reniegan del ridículo sino que se adscriben a él, en busca de la esencia de las fuentes de la locura sectaria y del porqué atraen a determinado tipo de personas. Arrítimica en todo momento, poseedora de fascinantes chispazos que disipan toda la luz generada en agujeros negros inútiles, “The Master” pierde constantemente la fuerza de impulso empeñada en transferir su genialidad a golpe de sopor. Abusa de un personaje borderline (una constante en la carrera del director) para mantener la atención mediante desnortados giros que filtran el desconcierto del propio director, convencido de que su material tiene vida propia. La sensación del espectador, tras dos horas y cuarto largas, es la del anonadado que ha asistido a una lección sobre una materia que desconoce, consciente de que algo se le ha querido contar sin que llegar a entenderlo. Mejor aún, Anderson lo cuenta a través de un lenguaje ignoto del que pocos tienen nociones, encumbrando lo hermético como la esencia de su arte.

La gran película que se nos vende no pasa de ser humo teñido de vistosos colores. Una glorificación de lo inane que encuentra la perplejidad como mensaje final. Un modo honesto de aburrir con el vacío como recompensa final…

The-Master-Movie-Pic

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