Sábado noche, hace cinco años…

Dormía mucho entonces. Todo lo que no había dormido en años de acumulado insomnio se desparramó entonces gracias a la química. Todo tipo de medicamentos para acortar los días. Para acortar el dolor de los días…

Caminaba sin parar. Iba siempre a los mismos lugares, de modo que comencé a trazar una rutina inútil en la que se cruzaban los mismos rostros, las mismas aceras, los mismos montones de basura. Luego, al llegar la noche, dilataba todo lo posible mi reentrada en la casa que siempre habité. Allí me esperaba un sofá cuyos cojines, recién repuestos, eran demasiado duros y una manta marrón con listados negros. Antes de amanecer ya estaba en pie. O mejor, estaba sentado, aguardando que los sonidos de la calle fuesen lo suficientemente consistentes para volver a salir ahí fuera.

Los sábados no eran mejores, pero eran más llevaderos. Las noches comenzaban antes y terminaban más tarde, lo que me permitía variar planes y confundir rutas. En ocasiones tomaba una cerveza con un amigo en cualquier pub casposo tratando de imaginar cómo había sido allí, en aquel mismo lugar, tres semanas antes. Ni nos damos cuenta de que la memoria se desgaja y que lo que damos por sentando pierde pilares cada noche bajo una manta marrón con tiras negras, con cada cerveza bebida en un pub casposo o cada vez que cambiamos de ruta para visitar un lugar ya conocido.

En ocasiones trato de recordar cuándo fue la última vez que dormí en aquella cama. ¿Hace quince o veinte años? Dejé de sentirme seguro aquel día sin ser consciente siquiera de lo que estaba perdiendo. Luego llegaron las ocasiones perdidas, las decepciones, los desencuentros. Casi ningún acierto ante la mirada inquisidora de los demás. Nadie sabe lo que bulle dentro del que tiene frente a sí.

Cinco años muy baqueteados, muy fructíferos, muy felices. También muy tristes en ocasiones, cuando la desazón me roza. Te echo en falta, esa es mi gran certeza. Supongo que tiene que ser así…

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