31-01-2013…

Hay una escena en «Lost in Translation» que inconscientemente realizan todos los habitantes episódicos de hotel. Charlotte se levanta de la cama, se dirige hacia una ventana y observa la ciudad como un objeto inanimado, sin rastro alguno de la vida que late bajo el cemento. Entonces siente el vértigo de la soledad, se sienta en el alfeizar y observa una habitación yerma que oficia  como espejo de lo que le espera ahí fuera.

Barcelona no es Tokio, pero seis días son suficientes para que el vértigo se instale dentro de uno. Caminé mucho, tanto que llegué a los límites de la ciudad antes de dar media vuelta en busca de otro de sus bordes. Supe escuchar a la ciudad y ella me dio sus sonidos. Me sentí en casa fugazmente de regreso al hotel, una tarde de lunes, mientras niños en bicicleta chillaban y señores barrigones tomaban cañas en minúsculos bares con vistas a la nada. Descansé frente al mar y frente a una universidad, consiguiendo robar fuerza vital de aquellos a quienes les sobra. Visité una sinagoga y dos iglesias sin experimentar epifanía alguna, pero todas me dieron paz y aliento. Crucé miradas con timadores y carteristas al acecho. Me fundí en abrazos con amigos conocidos y otros nuevos. De sus manos y de los de mi libélula, conocí algunos lugares que no aparecen en las guías turísticas, como por ejemplo el banco de un parque o una calle de barrio teóricamente anodina, ese tipo de sitios en los que realmente te sientes cerca de alguien. Visité un karaoke por primera vez (y confío que última) en mi vida. Corrí por las calles, entre el tráfico, y me vacié para que después me llenaran. Han sido días hermosos.

Sin embargo, al contrario de lo que le ocurrió a Charlotte, por las noches estaba ella, y las cenas y la lluvia en el cristal del taxi y las películas que vimos mientras rozaba sus dedos. Antes de que volviese a amanecer, ella se marchase y volviese a sentir cómo el vértigo se adueñaba de mi mientras miraba al monstruo a la cara a través de la ventana. Justo antes de recoger mi mochila, cerrar la puerta de la habitación y salir ahí fuera…

31-01-2013 09.20.41

 

 

 

8 pensamientos en “31-01-2013…

  1. No dejo de darle vueltas. Las que tú diste en la ciudad. Esa sensación de libertad suprema no la iguala ninguna otra. La vida ofrecida en las calles. La sensación novicia de que el mundo se va fundando (bíblicamente casi) a cada paso que das. He hecho eso que dices con alguna frecuencia. Y echo en falta repetirlo. Solo. Buscando. Perdido. De ahí sale una criatura distinta a la que empezó la travesía, seguro. La criatura Herrera en la ciudad virginal.

    • Caminar por una ciudad sin tener conciencia exacta de a dónde te llevará la siguiente esquina te ofrece libertad e incertidumbre. Me perdí muchas veces y me encontré solo una. Y fui protegido por amigos y por paredes de piedra. Las noches fueron el preludio de un nuevo y gozoso vacío. Los días cortos e interminables. Fui feliz, Emilio…

  2. …..cómo me gusta esa sensación de sentirme extranjera,visitante,libre de dejarme llevar por otro paisaje,otras gentes,otros acentos,otras frecuencias…y crear recuerdos en lugares no localizados en las guías turísticas,anónimos sólo hasta ese momento en el que sirvieron de azarosa parada…

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