Guantes que Bailan con Servilletas…

No es tanto el oro lo que ansío,

como el hecho de encontrarlo.

Robert Service.

 

Una película puede tener utilidades aleccionadoras, ser un mero vehículo de entretenimiento, una retahíla de ínfulas sin cristalizar  o una modesta declaración de intenciones. También puede ser un mapa del azaroso trazado de las huellas de una liebre que a veces se dirige hacia el este y otras hacia el sur hasta que finalmente encuentra su destino en el norte, porque el cine es tan libre como una cámara surcando el espacio intercostal del cielo durante diez segundos.

“La Casa de Emak Bakia”, de Oskar Alegría, se deja guiar por el azar sin intención de escrutarlo. Se limita a narrar un viaje en busca de una casa efímeramente habitada por Man Ray haciendo realidad el poema de Robert Service. Un baqueteado tránsito en el que el director deja piezas de sí mismo con objeto de ensamblar un poema visual que requiere de la complicidad del que mira. Así encontramos al fabulador, al resucitador de payasos y al recolector de palabras muertas que forman un bello lienzo que, tras un dubitativo comienzo propio del viajero que se sienta en un cruce de caminos esperando la señal que le indique un sendero, toma forma a través de los sonidos de una casa deseosa de contar y de los retratos de una docena de personajes singulares que buscan balcones desde los que observar el mar al atardecer.

“La Casa de Emak Bakia” es una joya, ni pequeña ni grande, que adorna a los ídolos extraídos del mar. Una pieza indescriptible que te toma de la mano suavemente, del mismo modo que un guante de plástico acaricia a una servilleta de papel. Una mirada a la cámara con media sonrisa cómplice marcada en los labios. La constatación de que el azar marca sus huellas con tinta invisible, aquella que los que aún creen en la magia son capaces de ver…

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El Lenguaje Críptico de los Genios…

Pocos lo dudan, Paul Thomas Anderson tiene vocación de genio, y como tal la pasión suele conducirle a extremos cercanos a lo esquizofrénico. En una ocasión contó que se aislaría del mundo durante meses para escribir el que proclamó sería uno de los mejores diez guiones de la historia del cine… y tras nueve meses de trabajo obsesivo parió “Magnolia”. Después, una vez vista la película, no fuimos pocos los que, obviando sus apasionados excesos y salidas de tono, le dimos la razón, “Magnolia” es soberbia. Antes había filmado un thriller pasable (“Sydney”) y había dirigido una mirada al mundo del porno como nadie se había atrevido a lanzar antes en la aclamada “Boogie Nights”. Y por mucho que a mí me pareciese estimable, no deja de ser un tibia muestra deudora en su factura de múltiples y obvios referentes. Tras la desazón que le produjo el que “Magnolia” fuese ninguneada a nivel de premios y denostada por parte de la crítica, Anderson se mantuvo firme en su cruzada por renovar el lenguaje cinematográfico filmando “Drunk-Punch Love”, una comedia romántica disléxica que echaba mano de los todos los manidos códigos del género para contar una historia de amor atípica con protagonista oligofrénico. Como resultado logró miles de caras retorcidas por el estupor frente a la pantalla. Pocos entendieron su envido y aún menos juzgaron la película en su justa medida. La cuestión es que, transcurrido algunos años, las Academias del mundo del cine pensaron que debían algo a Anderson. Fue entonces cuando nominaron y premiaron en masa a “Pozos de Ambición”, desconcertante mirada hacia el génesis de los petroleros que aburre con la misma ambición que proclama su título hispano. Llegados a este lugar en la carrera de Anderson llega “The Master”, una cínica narración apócrifa sobre los orígenes del creador de la Iglesia de la Cienciología que le ha consagrado, exclusivamente a nivel de crítica, como uno de los grandes mogules del universo arty…

Definir “The Master” equivale a tratar de narrar lo intangible. Docenas de situaciones, de ideas brillantes deshilvanadas, apoyadas en una estética aséptica y en un protagonista desasosegante (un pasadísimo de tuerca Joaquín Phoenix). Un devenir de escenas grotescas, que no reniegan del ridículo sino que se adscriben a él, en busca de la esencia de las fuentes de la locura sectaria y del porqué atraen a determinado tipo de personas. Arrítimica en todo momento, poseedora de fascinantes chispazos que disipan toda la luz generada en agujeros negros inútiles, “The Master” pierde constantemente la fuerza de impulso empeñada en transferir su genialidad a golpe de sopor. Abusa de un personaje borderline (una constante en la carrera del director) para mantener la atención mediante desnortados giros que filtran el desconcierto del propio director, convencido de que su material tiene vida propia. La sensación del espectador, tras dos horas y cuarto largas, es la del anonadado que ha asistido a una lección sobre una materia que desconoce, consciente de que algo se le ha querido contar sin que llegar a entenderlo. Mejor aún, Anderson lo cuenta a través de un lenguaje ignoto del que pocos tienen nociones, encumbrando lo hermético como la esencia de su arte.

La gran película que se nos vende no pasa de ser humo teñido de vistosos colores. Una glorificación de lo inane que encuentra la perplejidad como mensaje final. Un modo honesto de aburrir con el vacío como recompensa final…

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Sábado noche, hace cinco años…

Dormía mucho entonces. Todo lo que no había dormido en años de acumulado insomnio se desparramó entonces gracias a la química. Todo tipo de medicamentos para acortar los días. Para acortar el dolor de los días…

Caminaba sin parar. Iba siempre a los mismos lugares, de modo que comencé a trazar una rutina inútil en la que se cruzaban los mismos rostros, las mismas aceras, los mismos montones de basura. Luego, al llegar la noche, dilataba todo lo posible mi reentrada en la casa que siempre habité. Allí me esperaba un sofá cuyos cojines, recién repuestos, eran demasiado duros y una manta marrón con listados negros. Antes de amanecer ya estaba en pie. O mejor, estaba sentado, aguardando que los sonidos de la calle fuesen lo suficientemente consistentes para volver a salir ahí fuera.

Los sábados no eran mejores, pero eran más llevaderos. Las noches comenzaban antes y terminaban más tarde, lo que me permitía variar planes y confundir rutas. En ocasiones tomaba una cerveza con un amigo en cualquier pub casposo tratando de imaginar cómo había sido allí, en aquel mismo lugar, tres semanas antes. Ni nos damos cuenta de que la memoria se desgaja y que lo que damos por sentando pierde pilares cada noche bajo una manta marrón con tiras negras, con cada cerveza bebida en un pub casposo o cada vez que cambiamos de ruta para visitar un lugar ya conocido.

En ocasiones trato de recordar cuándo fue la última vez que dormí en aquella cama. ¿Hace quince o veinte años? Dejé de sentirme seguro aquel día sin ser consciente siquiera de lo que estaba perdiendo. Luego llegaron las ocasiones perdidas, las decepciones, los desencuentros. Casi ningún acierto ante la mirada inquisidora de los demás. Nadie sabe lo que bulle dentro del que tiene frente a sí.

Cinco años muy baqueteados, muy fructíferos, muy felices. También muy tristes en ocasiones, cuando la desazón me roza. Te echo en falta, esa es mi gran certeza. Supongo que tiene que ser así…

31-01-2013…

Hay una escena en “Lost in Translation” que inconscientemente realizan todos los habitantes episódicos de hotel. Charlotte se levanta de la cama, se dirige hacia una ventana y observa la ciudad como un objeto inanimado, sin rastro alguno de la vida que late bajo el cemento. Entonces siente el vértigo de la soledad, se sienta en el alfeizar y observa una habitación yerma que oficia  como espejo de lo que le espera ahí fuera.

Barcelona no es Tokio, pero seis días son suficientes para que el vértigo se instale dentro de uno. Caminé mucho, tanto que llegué a los límites de la ciudad antes de dar media vuelta en busca de otro de sus bordes. Supe escuchar a la ciudad y ella me dio sus sonidos. Me sentí en casa fugazmente de regreso al hotel, una tarde de lunes, mientras niños en bicicleta chillaban y señores barrigones tomaban cañas en minúsculos bares con vistas a la nada. Descansé frente al mar y frente a una universidad, consiguiendo robar fuerza vital de aquellos a quienes les sobra. Visité una sinagoga y dos iglesias sin experimentar epifanía alguna, pero todas me dieron paz y aliento. Crucé miradas con timadores y carteristas al acecho. Me fundí en abrazos con amigos conocidos y otros nuevos. De sus manos y de los de mi libélula, conocí algunos lugares que no aparecen en las guías turísticas, como por ejemplo el banco de un parque o una calle de barrio teóricamente anodina, ese tipo de sitios en los que realmente te sientes cerca de alguien. Visité un karaoke por primera vez (y confío que última) en mi vida. Corrí por las calles, entre el tráfico, y me vacié para que después me llenaran. Han sido días hermosos.

Sin embargo, al contrario de lo que le ocurrió a Charlotte, por las noches estaba ella, y las cenas y la lluvia en el cristal del taxi y las películas que vimos mientras rozaba sus dedos. Antes de que volviese a amanecer, ella se marchase y volviese a sentir cómo el vértigo se adueñaba de mi mientras miraba al monstruo a la cara a través de la ventana. Justo antes de recoger mi mochila, cerrar la puerta de la habitación y salir ahí fuera…

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