Bond Reloaded…

Tomen una generosa porción del testosterónico Connery. Añadan unas gotas de la efímera fatalidad crepuscular de Lanzeby. Maceren en un bol impregnado de la elegancia inofensiva de Roger Moore justo antes de darle un toque rugoso e incómodo de Timothy Dalton. Ajusten en el adecuado molde de Brosnan. Finalmente sirvan en una fuente que sepa condensar todos los ingredientes empleados, por muy amargos que éstos sean. Lo que queda es la mirada descreída de Daniel Craig presenciando como el malvado de turno vuelve a tener empaque. La pose firme del hombre que sabe que su destino está escrito y que ganar no es la palabra que debe brotar por defecto. El retorno a las raíces de una franquicia extraviada desde casi su inicio, y que sin embargo, en sus coletazos descalibrados con frecuencia, fue cimentando una nueva mitología que enriqueció al original.

Sin el Lazenby de la escena final de “Al Servicio Secreto de su Majestad” el Craig de ahora no tendría sentido. Sin Moore proclamando veladamente que prefiere una noche en un casino, junto a un Martini agitado que no mezclado, a gastar sus horas en la cama de la más bella de las mujeres, las chicas Bond no serían más que pasto onanista y no los iconos que son. Sin malvados como Stavro Blofeld, el doctor No, Tiburón o el Silva de Bardem, Bond sería repartidor de donuts por falta de motivación, y nosotros no compraríamos una entrada por ver cómo siempre gana el mismo. Necesitamos la eterna tensión sexual no resuelta de Money Penny y Bond, el último invento de Q y la protocolaria presencia de M para funcionar.

Sam Mendes tiene la fortuna de topar con un guión que entiende todo ésto para imprimir una atmósfera poderosa en evocación sin que el atontamiento melancólico se nos lleve. “Skyfall” es poderosa, referencial y chulesca sin perder la modestia. Se limita a resolver el prodigioso misterio de crear un malvado con causa y tuétano. A devolver la sensualidad perdida de las féminas que se acuestan con el espía para después tratar de asesinar a Bond. A poner, en definitiva, un espejo frente al personaje con la loable  intención de que se reconozca y encamine sus pasos hacia la causa perdida. Nuestra causa. La que late tras esta hermosa parábola sentimental que es desde ya una de las citas inevitables si se desea comprender el devenir de un mito que nunca dejó de creer en sí mismo por duras que fuesen las horas soportadas.

Qué energética belleza. Qué iracundo rechazo a la deriva. Qué sincero acto de contrición ante los errores cometidos que, en realidad, sirvieron para seguir marcando muescas en una pared que ahora, al fin, hemos derribado.

skyfall critica

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