Y volvió a suceder…

De niño no había matinée que no incluyese palomitas, coca-cola a discreción y, en raras ocasiones, aplausos espontáneos cada vez que la pantalla nos contaba algo extraordinario. Las manos estallaban cada vez que un malvado mordía el polvo siempre que la emoción hubiese sido bien gestionada. Y hace pocas semanas, para mi asombro, volvió a ocurrir.

Al tiempo que el hierático Ben Affleck descubré que la barba permite ocultar sus escasas cualidades actorales, descubrimos gracias a “Argo” a un artesano tras la cámara que sabe admistrar primorosamente cada uno de los mimbres de los que dispone. Una especie de Clint Eastwood primigenio que entiende que la emoción se trabaja y no surge de las caprichosas musas. Cada pieza se sitúa en su lugar; cada línea de guión cuenta una historia que desemboca en otra; cada gesto actoral obedece a un motivo. Todo fluye con una armonía que se torna angustia en cuanto así lo reclama la función. Es tan gozoso el espectaculo, tan dentro de uno se ubica, que no somos conscientes de los excesos cometidos hasta que una vez terminado el metraje nos sacudimos la tensión que nos ha sido inoculada.

La historia de seis funcionarios norteamericanos que lograron escapar de la ocupación de la embajada de su país en Teherán era un caramelo envenenado que requería inventiva para no caer en el panfleto. Affleck se enfrenta a la historia apelando a la épica y a la ironía que proporcionan Alan Arkin y John Goodman, elementos necesarios para mantener la cabeza fría y no convertir en primaria a la sutileza. Aun así Affleck cae en la tentación varias veces de tildar al malo como malísimo y al héroe como abnegado personaje que camina del lado de la justicia.

“Argo” no es la gran película, pero sí una gran película. Un ejercicio de estilo que mira hacia otro lado para evitar la palmaditas en la espalda. Un respaldo a la aseveración de Hitchcock de que un buen montaje hace más por una película que ninguna otra cosa. Un conjunto imperfecto al que limar sus impurezas a fuerza de aplausos inesperados, sin que haya aún terminado la película, para redimir al cine durante sus horas más bajas.

Volvió a ocurrir, sí. Muchos años después fui testigo de cómo una película se fundía con la platea de modo que cada gesto es imitado y cada golpe recibido. No es un haber atribuible a una película tan impecable como olvidable a largo plazo, si no de un público entregado de cuya inocencia traté de impregnarme durante dos horas. Y qué dos horas…

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