Cuestión de Emoción…

Cuenta Pablo Berger, autor de la aclamada en el festival donostiarra “Blancanieves”, que fueron seis los años que tuvo que bregar para sacar adelante su película. Lo que no cuenta es que cristalizar un proyecto que incluye una película muda,  el blanco y negro, el mundo de los toros en el contexto de un cuento infantil y el hecho de que la producción sea española, añade un considerable mérito a su odisea personal. La inevitable referencia a “The Artist” deja como ganadora moral a la película de Berger, pues el cine francés cuenta con múltiples apoyos institucionales y con el respaldo incondicional de un público que cierra filas ante su cinematografía. Por el contrario, en cuestión de empatía, la película de Berger pierde pues la francesa provocó en mí una profunda emoción que se intercambió por indiferencia al visionar la propuesta hispana.

Solvente pero nunca brillante. Sorprendente en ocasiones, si bien lejos del asombro y nunca deslumbrante, “Blancanieves” padece un guión inadmisible, entregado al tópico que propicia la temática, y a múltiples inconexiones que Berger supone (y supone bien) serán pasadas por alto por un público indulgente y cómplice ante el juego que se le propone. El problema se agrava por la mala gestión de un reparto tan sólido en apariencia como volátil en su fondo, en el que destaca la fuerte presencia de Angela Molina y la fotogenia de Maribel Verdú. Considerable arsenal, si sumamos a la ecuación a José María Pou y un sólido elenco de secundarios, cuya deriva se percibe si el ánimo crítico llega a aflorar entre las muchas alabanzas que recibe una cinta técnicamente irreprochable que confiesa su intención de homenajear al cine mudo europeo (haciendo especial énfasis, con rotundo éxito en ocasiones, en el expresionismo alemán), pero cuyo engranaje dramático carece de emoción que transcurra pareja a su indudable esfuerzo estético.

Triunfante en el apartado técnico, con el público rendido a la valiente propuesta de Berger, transcurre una primera mitad redundante que termina por resultar cansina y lastra una segunda mitad inspirada, con más empaque y material con el que tejer una trama que lejanamente haga referencia a la poesía que reclama la historia. Es entonces cuando el interés se recupera e incluso se disparan las alarmas de que lo lírico está presente en la cinta. Para entonces la apatía es demasiado densa y el rótulo final corta unas alas que crecieron demasiado tarde.

De su vocación maldita, fundamentada en lo improbable, nació otra acaparadora de premios de la que Berger fue consciente desde un primer momento. Ojala la burbuja no se rompa demasiado pronto esta vez y sea agasajada sin pausa. Sin embargo, los premios y el reconocimiento masivo es una cosa y la sensación personal otra bien distinta. Con “The Artist” (ya dije que la comparación es inevitable) salí del cine bailando claqué. Con “Blancanieves” sonreí de medio lado. Cuestión de emoción.

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2 pensamientos en “Cuestión de Emoción…

  1. Alex,
    acabo de ver una entrevista en la 2 al director de Blancanieves pero todavía no he visto la película.Parece que las comparaciones con “The Artist” son como dices inevitables,demasiados puntos en común.Aún con todo,me sigue pareciendo un ejercicio de valor una película en blanco y negro,muda y con una mezcla de elementos tan”folclóricos”.
    Yo también salí de “The artist” bailando claqué,no sé si saldré de “Blancanieves” con esa sonrisa de medio lado que has salido tu,al tiempo,te contaré….aunque de entrada te digo que el hecho de que una película no tenga “alma” es algo que no acostumbro a perdonar.

    bsts

    • Como suelo decir (opinión que me consta compartes) lo que digo no es más que mi opinión. Opinión que no vale más que ninguna otra. La película me aburrió primero y comenzó a interesarme demasiado tarde. Al contrario de lo que ocurrió con “The Artist”, “Blancanieves” no me hizo feliz. No recomendaría esta película, aunque no niego sus méritos y el valor de su director por llevar a cabo un proyecto tan complejo. Plana, incapaz de generar empatía y adicta a su propio embrujo. Ya contarás qué te parece a ti, Troyana.

      Besos!

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