Hoy comienza mi invierno…

Lo que da igual son las medidas de aquella habitación. Diminuta, escondida, protectora cuando se precisó. Un poster publicitario de Irlanda en un costado, en otro un mapa celeste repleto de constelaciones con nombres en latín que nunca aprendí, y en otro una enorme fotografía de Marilyn Monroe enmarcada frente al cartel de “Casablanca”.  Un lugar en el mundo del que nunca sabrá nadie más que los que se han cobijado entre sus paredes. El insomnio que me castigó durante años me mantuvo despierto muchas de aquellas noches. Era casi una costumbre, que yo secretamente ansiaba, el que ella entreabriese la puerta durante la madrugada para comprobar que si el sueño me había visitado o no. Casi nunca ocurría, de modo que ella se retiraba con tristeza creyendo que yo no la había visto. Más tarde, durante el día, me arrastraba de un lugar a otro sin apenas fuerzas. Aquello, que duró años, fue objeto de diagnóstico por parte de una docena de conocidos. Todos se equivocaban, o al menos así lo sentía yo, menos ella. Ella lo supo ver de inmediato.

Allí pasé aquella noche, y no me regodeo en el recuerdo, es que aquello está dentro de mí y no consigo desprenderme de ello. Una llamada de teléfono seguida de una lealtad inquebrantable hasta que se acabe mi tiempo. Eso queda. Y recuerdos de la luz de septiembre a la fuga que roza mi piel al tiempo que la araña el cemento. Septiembre es cemento, no sé por qué. Y una mirada triste que no sabía por qué sucedía todo aquello que parecía destinado a los demás. Y la hierba tan húmeda de aquel febrero que parecía septiembre.

Pasa el tiempo, y estoy a punto de que me falten dedos en una mano para contabilizar tu ausencia. Y sigue doliendo más y más. Y la sensación de que el mundo está a un lado y tú al otro permanece. Una tarde le dije que el amor era una mentira orquestada para hacer más fácil el tránsito por este lugar y se puso triste. Se sentía apenada porque alguien que una vez tuvo dentro se hubiera convertido en un descreído. Su joya de la corona, el propietario de un mundo interior tan inabarcable como amorfo para aquel entorno, se rendía. Me cogió de las manos, con aquella suavidad que sólo ella sabía imprimir, y me miró en silencio durante un minuto. No dijo nada, no hizo falta. En otra ocasión me preguntó por qué alguien que tenía tanto que dar perdía el tiempo con tanta frecuencia. “Usar la pala es fácil”, solía decir, “contra uno mismo o para excavar la tierra”.

Ahora todo eso da igual. Y sigo huyendo de algún modo, aunque no me dé cuenta casi nunca. Sigo corriendo casi todos los días. Como una bestia, como solían decir, aunque las piernas no hagan caso a mi voluntad como cuando tenía veinte años. Mi profesor de atletismo me lo dijo de niño: “corres valiente, por eso pierdes”. Se equivocaba en parte: se puede aprender a ganar. A ella, que perdió tantas veces, le gustaría saberlo.

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