Las Largas Noches de Invierno…

Auster se sienta, reflexiona y escribe una noche de invierno mientras llueve en Nueva York. Lo hace sobre su vida, sobre lo que siente y sobre todo aquello que se clavó en su memoria o en algún lugar de su cuerpo. Repasa sus cicatrices y el modo en que llegaron hasta su piel. Recuerda a las personas que algún día quiso y ya no están, tratando de retener su recuerdo una línea más. Auster se lamenta de las ocasiones perdidas, no duda en apalearse en cuanto surge la ocasión, mira hacia el frente y se pregunta por qué él. Se lamenta de no haber sabido vivir en ocasiones, pero se siente orgulloso de una sola cosa: haber sabido querer. Su segunda esposa, la mujer de su vida, aparece en cada línea a través de su olor, de su voz que casi podemos escuchar, de los codazos y patadas que suministra al escritor cuando ronca al compartir cama. Es entonces, al bajar la guardia, cuando el Auster intimista con el que una vez me confundí reaparece, al relatar cómo recoge una almohada y se hace hueco en el sofá para no turbar el sueño de su esposa. Es entonces cuando se produce el milagro de la mimetización. Cuando Marco Fogg vuelve a dejarse llevar hasta casi morir de inanición, lo que me lleva a recordar mis bolsillos vacíos y mi indolencia que yo encontraba justificada mientras los demás sufrían. Prosigue recuperando la memoria de las mujeres que creyó amar algún día, de las putas parisinas que calentaron su cama, de las peleas de niño, las torpes primeras escaramuzas sexuales, el dolor de la impotencia ante la injusticia, los escasos arrebatos de dignidad, las no pocas ocasiones en las que estuvo a punto de morir y las casas en las que dejó impresa su felicidad o su angustia.

Auster reflexiona sobre su vida, que cree demasiado larga pues bebe demasiado, fuma demasiado y ama demasiado. Los que aman demasiado siempre viven poco, él lo sabe. Él, que siempre escribió de sí mismo, ahora quiere que sea su circunstancia la que decida, porque todo está frío ahí fuera y Auster, ahora, se siente en paz. Pero para alguien que ama, un minuto más es una página en blanco por rellenar.

Se puede acusar a “Diario de Invierno” de acudir al recurso fácil de la rememoración, siempre, de un modo u otro, colectiva. Pero éste es el Auster que echaba en falta desde hacía una década. El que se planta bajo la lluvia sin paraguas esperando acabar empapado para después contar a los demás que la vida en un ballenero es tan dura como afirman. El fabulador romántico. El hombre que da la razón al poeta George Oppen cuando afirmó: “Algunos de los lugares más hermosos del mundo están en el cuerpo de tu mujer”, para añadir orgulloso, cual explorador de principios del siglo XX, que él los ha transitado todos.

“Hay que morir inspirando amor (si se puede)” escribió Joubert. Auster se aferra a la frase del pensador francés como un náufrago mientras recoge la penúltima rama del nido.

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4 pensamientos en “Las Largas Noches de Invierno…

  1. Me gusta que además de saltar charcos, también te hayas fijado en las mismas cosas que yo. Allá quedaron en la nieve, en febrero, bien sujetas a un libro que durante el tiempo que lo leí y varias semanas después vivió a mi lado, cada pequeño detalle durmiendo bien cerca. Desde entonces, ya antes y seguramente en adelante, Auster es alguien familiar que tiene un lugar en mi mundo, alguien empático al que creo que entiendo en la mayoría de sus reflexiones. Han sido también “A salto de mata” y “La invención de la soledad”, buenos referentes para saber cómo respira ese cerebro brillante en un cuerpo que sinceramente, todavía me parece muy atractivo. Y la voz. “I was so shy, I couldn’t talk..”, dice en una entrevista que escucho a menudo en mi mp4. Es como si me lo dijese a mí, tantas veces ya en mi oído mientras camino. No pudo hablar, dice. Me lo imagino reprimiendo un torrente de palabras. Pienso en Julian Barnes, cuando habla de los libros que nos gustan y dice “convencen a los lectores de que también son amigos del autor o autora, aunque ni siquiera los conozcan”. Y eso nos pasa a muchos con Paul Auster, creo que incluso de alguna forma altruísta (me encanta que ame a su mujer como lo hace y espero que ella le corresponda en la medida que él lo necesita) me re-enamoré de él leyendo el libro (ya me había sucedido antes pero se ve que en algún momento se me pasó la nube). Hace un mes hablé con alguien que lo conoce y estuvo con él en febrero cuando vino a España. Me pareció muy afortunado, se lo dije, como si ya tuviésemos un secreto a tres. Tonterías que se piensan a veces.

    Un beso, Alex

    • En mi caso el libro que me acerca a Auster es “El Palacio de la Luna”. Lo leí, para releerlo más adelante en circunstancias anímicas terribles, y ya no me quise alejar demasiado de él. Tal era la similitud entre Marco Fogg y yo, nuestro modo de enfrentarnos al mundo y los hechos que configuraban nuestra historia, que automáticamente se convirtió, junto con “La Tregua” y “Tokyo Blues”, en mi referencia. Si regalo un ejemplar de este libro a alguien es prueba de que esa persona es fundamental para mí. Tiendo a creer que lo que me une a él va más allá de lo que realmente es: una insignificante suma de casualidades (aunque prefiera pensar en términos de causalidad) que se dan en cada ocasión que leo sus palabras. Escucharle puede resultar ciertamente doloroso para mí. También yo era extremadamente tímido, y quien lo era lo será siempre. En el libro define con certeza a Jean Louis Trintignat como un hombre tímido que se esfuerza para que los demás no lo noten, aunque seguro que es consciente de la contrariedad que supone el que los tímidos se reconozcan entre sí. No creo que pudiese ser amigo suyo, nos parecemos demasiado, nos odiaríamos a primera vista, pero adoro que me hablen de personas como él. Debió ser fascinante escuchar historias de primera mano, Angéline. Te envidio, aunque la envidia, siempre insana, no evitaría jamás que te envíe un beso enorme.

  2. Alex,
    es la segunda reseña favorable que leo acerca del último libro de Paul Auster.
    Confieso que de darle una oportunidad,sería una iniciada,así que no sé si sería buena idea,empezar por el final.
    ¿tú qué dices?
    Bsts

    • Cualquier libro de Auster será una buena iniciación, Troyana, pues todos ellos comienzan y acaban en un lugar indeterminado. Si prefieres el orden cronológico es posible que aprecies su cambio de estilo y poco más, porque Auster siempre termina en los mismos lugares: azar, amor incondicional y una reverberación lírica que supone su marca de agua. Los austerianos están de acuerdo en que la primera mitad de su obra es superior, pero éste último libro podría situarse entre tal grupo sin duda. De hecho, pienso que leerlo te servirá para hacerte una composición de lugar sobre el personaje.

      Besos, Troyana.

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