Fue por Virginia…

Escribió el añorado Juan Antonio Cebrián que si hubo algún momento de felicidad en la vida de Edgard Allan Poe fue al lado de Virginia Clemm. Para un huérfano temprano que siempre tuvo miedo de la gente sólo había dos caminos: los mundos interiores y la botella. Poe eligió los dos.

Extremadamente tímido y asustadizo, el primer día que puso sus pies en una academia militar murió. Su tío le forzó a seguir la carrera convencido de que una vida marcial enderezaría al joven que escribía historias de terror gótico y poemas descarnados en los que expresaba su temor a no ser querido jamás. Pasó lo que debía ocurrir: bebió sin parar hasta la fecha de su temprano licenciamiento. Se decía de él que después de tomar la primera copa, cuando los muros de la timidez y el miedo se derrumbaban, se convertía en el hombre más brillante imaginable. Después de la segunda se convertía en el ser más odioso del orbe.

La cuestión es que conoció a Virginia y se enamoró. Como nunca lo había estado antes, más allá de las ensoñaciones del amor, se acogió a las novelas románticas que situaban docenas de obstaculos en el camino de los amantes. Los suyos se reducían al parentesco de sangre que les unía: eran primos hermanos. De modo que se casaron en secreto, sin contar con el beneplácito familiar, y Poe comenzó a rebrotar. Aparcó sus hábitos alcohólicos y encontró trabajo como periodista. Incluso llegó a fundar su propio periódico que años después, como todo lo que emprendió, termino por fracasar. Eso no le importaba mientras estuviera Virginia. Por las noches acudía al lado de su mujer para refundar su país de dos. Era tan feliz que ni siquiera escribía.

La tuberculosis se llevó a Virginia once años más tarde. Comienza entonces la deriva de Poe al tiempo que llegan sus mejores obras. Los últimos seis años de enfermedad de su mujer son terribles para él. Una noche, tras acostar a Virginia y lavar la docena de pañuelos empapados de un esputo sanguinoliento que se recrudece con el paso de los días, abre un armario de la despensa en el que guarda varias botellas de aguardiente. Poe no puede soportar el ver apagarse a su mujer y recurre al refugio seguro que siempre le ofreció la botella. A la muerte de Virginia es ya un tipo tan inestable que sus conocidos le rehuyen al verle enfilar la calle.

Las tinieblas interiores proyectan luz en sus escritos. Nacen «El Escarabajo de Oro», «El Gato Negro», «El Cuervo», «Los Crímenes de la Calle Morgue». También comienza a cortejar a otras mujeres, siempre viudas y con gran parecido a Virginia, que le reciben con escepticismo para rechazarle sistemáticamente a causa de su carácter errático y sus malos hábitos. Bebe sin parar y gusta de pasear por las noches, cuando las calles de Baltimore se pueblan de prostitutas y rateros de navajazo fácil.

Entre fracaso y fracaso, una constante en su vida, conoce a Annie Richmond. Amparado por la complicidad que ella le otorga, utiliza su casa como cuartel general en sus vanos intentos por seducir a otras mujeres. Mujeres que en realidad no le importan. Menos aún cuando la melancolía, cada día más intensa, le empuja contra las paredes. En casa de Annie intenta suicidarse por primera vez ingiriendo una botella de láudano que termina vomitando. Durante su convalecencia, Annie le suplica que deje de matarse. Poe acepta a condición de que Annie no vuelva a dejar asomar las lágrimas que pueblan sus ojos cada vez que se sitúa frente a su cama. No tardó más de un día en incumplir su promesa.

Tras una nueva ruptura sentimental, Sarah Elmira Royster acepta desposarse con él a condición de que renuncie al alcohol y las drogas. Poe acepta y se fija la boda para un mes más tarde, tiempo que emplea en regresar a Baltimore en busca de su suegra Maria Clemm para que ofice como testigo en su boda. Su pista desaparece entonces para reencontrase con un hombre que avisa a las asistencias sanitarias tras encontrar a Poe tirado en las calles de Baltimore en un estado lamentable. Murió cuatro días más tarde por causas ignotas y sin llegar, en los cuatro días que pasó en el hospital, a lograr el estado de lucidez necesario para explicar los motivos que le habían llevado hasta allí. Es de suponer que la desazón, que lleva tanto tiempo creciendo en él, terminó por germinar.

Dos meses antes de su muerte escribió a Maria Clemm, su confidente, madre de la única persona a la que amó:

«Ahora ya de nada sirve razonar conmigo; no puedo más, tengo que morir. Desde que publiqué «Eureka» no tengo deseos de seguir con vida. No soy capaz de escribir más (…). Desde que me encuentro aquí he estado en prisión una vez por embriaguez, pero te juro que aquella vez no estaba borracho. Fue por Virginia.»

4 pensamientos en “Fue por Virginia…

  1. Las almas más atormentadas son las que al final desprenden esa luz de la que hablas.
    Esa sensibilidad que poseen algunos de los grandes autores, músicos, poetas, … es al mismo tiempo su debilidad y su grandeza.

      • A su lado, cualquier vida que conozcamos será siempre insulsa.Es esa clase de persona que se admira pero da pavor asemejarse aunque sea un poquito.Eso si…escribir e imaginar se le envidia siempre.
        Saludos

      • Con tal de escribir como él, de compartir universos, la tentación de ceder al malditimos resulta más atractiva de lo que debiera. Sus libros son mapas para mí. Hasta ese punto me identifico con él.

        Saludos, Oli.

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