Las luces de emergencia señalan hacia el abismo…

El atronador éxito de “Buried”, logrado en gran medida gracias a un trepidante y tramposo guión de Chris Sparling, abrió las puertas de los grandes presupuestos a Rodrigo Cortés,  y las estrellas hollywoodienses comenzaron a contestar a sus llamadas. El hombre renancentista que supervisa cada área de sus películas, el vendedor de humo que siempre deja satisfecho al cliente rozaba el Olimpo. Todo pintaba bien para Rodrigo Cortés… hasta que se estrenó “Luces Rojas”.

Cortés es un habilidoso artesano que produce inmaculadas piezas cuando el material que le suministran otros es formidable. El problema surge cuando, en su afán por controlarlo todo, invade terrenos pantanosos como el de la escritura del guión, tarea en las que pretende cubrir sus evidentes carencias con entusiasmo y ansiedad. Así es como en “Luces Rojas” logra el doble milagro de hacer que una trama resulte inocua y sus personajes nos importen un bledo en apenas unos minutos. La descalibrada arquitectura dramática, impecable (no lo dudo) sobre el papel, amalgama sobre sí una incontrolable fuente de tópicos y lugares comunes que son anunciados desde la primera y desconcertante (por absurda) escena. Una declaración de intenciones del director que nos advierte que durante dos horas nos deslumbrará con sus habilidades tras la cámara sin prestar ninguna atención a una historia que desde ese momento se queda huérfana. Sin pulso narrativo, sin objetivos por alcanzar, sin norte en definitiva, los vaivenes de un equipo de científicos de un departamento de parasicología universitario se exponen en la pantalla sin despertar inquietud alguna en espera del tachán final que salve a la cinta de la debacle. Tan plana es la narración, tan carente de espíritu, que las escenas fuertes (alguna de ellas de un importante potencial dramático) se confunden con las transiciones en un conjunto montado con aliento de malabarista pero con manos de trilero.

Robert de Niro (cuesta abajo y sin frenos desde hace más de una década), una apagada Sigourney Weaver y un desconcertado Cillian Murphy se aferran a los maderos del buque naufragado apenas salido de puerto con la esperanza de que la anunciada reinterpretación de la historia tras la escena final, cuestión que proclama incansablemente Cortés, se dé y se produzca la redención. Pero “Luces Rojas” no es “El Sexto Sentido”, ni el mundo interior del director va más allá de los ingredientes que le son servidos es espera de que sus manos sean capaces de manipularlos. Cuestión que tristemente no ocurre en esta ocasión.

La reflexión final no nos lleva hasta la decepción. Ni siquiera llega tan lejos. Carece de empuje suficiente para decepcionar, para entretener e incluso para aburrir. Lo que, en el fondo, es la peor noticia que Cortés nos podía entregar.

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