Fue por Virginia…

Escribió el añorado Juan Antonio Cebrián que si hubo algún momento de felicidad en la vida de Edgard Allan Poe fue al lado de Virginia Clemm. Para un huérfano temprano que siempre tuvo miedo de la gente sólo había dos caminos: los mundos interiores y la botella. Poe eligió los dos.

Extremadamente tímido y asustadizo, el primer día que puso sus pies en una academia militar murió. Su tío le forzó a seguir la carrera convencido de que una vida marcial enderezaría al joven que escribía historias de terror gótico y poemas descarnados en los que expresaba su temor a no ser querido jamás. Pasó lo que debía ocurrir: bebió sin parar hasta la fecha de su temprano licenciamiento. Se decía de él que después de tomar la primera copa, cuando los muros de la timidez y el miedo se derrumbaban, se convertía en el hombre más brillante imaginable. Después de la segunda se convertía en el ser más odioso del orbe.

La cuestión es que conoció a Virginia y se enamoró. Como nunca lo había estado antes, más allá de las ensoñaciones del amor, se acogió a las novelas románticas que situaban docenas de obstaculos en el camino de los amantes. Los suyos se reducían al parentesco de sangre que les unía: eran primos hermanos. De modo que se casaron en secreto, sin contar con el beneplácito familiar, y Poe comenzó a rebrotar. Aparcó sus hábitos alcohólicos y encontró trabajo como periodista. Incluso llegó a fundar su propio periódico que años después, como todo lo que emprendió, termino por fracasar. Eso no le importaba mientras estuviera Virginia. Por las noches acudía al lado de su mujer para refundar su país de dos. Era tan feliz que ni siquiera escribía.

La tuberculosis se llevó a Virginia once años más tarde. Comienza entonces la deriva de Poe al tiempo que llegan sus mejores obras. Los últimos seis años de enfermedad de su mujer son terribles para él. Una noche, tras acostar a Virginia y lavar la docena de pañuelos empapados de un esputo sanguinoliento que se recrudece con el paso de los días, abre un armario de la despensa en el que guarda varias botellas de aguardiente. Poe no puede soportar el ver apagarse a su mujer y recurre al refugio seguro que siempre le ofreció la botella. A la muerte de Virginia es ya un tipo tan inestable que sus conocidos le rehuyen al verle enfilar la calle.

Las tinieblas interiores proyectan luz en sus escritos. Nacen “El Escarabajo de Oro”, “El Gato Negro”, “El Cuervo”, “Los Crímenes de la Calle Morgue”. También comienza a cortejar a otras mujeres, siempre viudas y con gran parecido a Virginia, que le reciben con escepticismo para rechazarle sistemáticamente a causa de su carácter errático y sus malos hábitos. Bebe sin parar y gusta de pasear por las noches, cuando las calles de Baltimore se pueblan de prostitutas y rateros de navajazo fácil.

Entre fracaso y fracaso, una constante en su vida, conoce a Annie Richmond. Amparado por la complicidad que ella le otorga, utiliza su casa como cuartel general en sus vanos intentos por seducir a otras mujeres. Mujeres que en realidad no le importan. Menos aún cuando la melancolía, cada día más intensa, le empuja contra las paredes. En casa de Annie intenta suicidarse por primera vez ingiriendo una botella de láudano que termina vomitando. Durante su convalecencia, Annie le suplica que deje de matarse. Poe acepta a condición de que Annie no vuelva a dejar asomar las lágrimas que pueblan sus ojos cada vez que se sitúa frente a su cama. No tardó más de un día en incumplir su promesa.

Tras una nueva ruptura sentimental, Sarah Elmira Royster acepta desposarse con él a condición de que renuncie al alcohol y las drogas. Poe acepta y se fija la boda para un mes más tarde, tiempo que emplea en regresar a Baltimore en busca de su suegra Maria Clemm para que ofice como testigo en su boda. Su pista desaparece entonces para reencontrase con un hombre que avisa a las asistencias sanitarias tras encontrar a Poe tirado en las calles de Baltimore en un estado lamentable. Murió cuatro días más tarde por causas ignotas y sin llegar, en los cuatro días que pasó en el hospital, a lograr el estado de lucidez necesario para explicar los motivos que le habían llevado hasta allí. Es de suponer que la desazón, que lleva tanto tiempo creciendo en él, terminó por germinar.

Dos meses antes de su muerte escribió a Maria Clemm, su confidente, madre de la única persona a la que amó:

“Ahora ya de nada sirve razonar conmigo; no puedo más, tengo que morir. Desde que publiqué “Eureka” no tengo deseos de seguir con vida. No soy capaz de escribir más (…). Desde que me encuentro aquí he estado en prisión una vez por embriaguez, pero te juro que aquella vez no estaba borracho. Fue por Virginia.”

De Puertas Adentro…

Hay en “Canino” (Giorgios Lanthimos, 2009) una cruda disección de la familia sin compasión alguna que utiliza el humor como válvula de escape, imprescindible para regular tal densidad. Inquietante en un principio, patética en adelante, Lanthimos ofrece una visión satírica que retroalimenta una trama que rápidamente amenaza con mutarse en repetitiva.

Sin duda excelente en su planteamiento, es el irritante tono indie que imprime su director a la narración (mostrado de modo altivo en ocasiones y en otras como muestra distintiva de su razón de ser) su mayor hándicap por la escasa sutileza que demuestra en la exposición y su vocación críptica mal entendida. Pese a ello “Canino” no flaquea en exceso y mantiene un tono notable al que se pone punto final cuando la amenaza de la indiferencia comienza a asomar peligrosamente.

Impecable el trabajo actoral que contribuye al premeditado exceso mediante nada disimulados homenajes al cine de Pasolini (en lo conceptual) y Kubrick (en lo visual), el peligro que amenaza al recuerdo de la película se localiza en su cuestionable fortaleza para soportar la erosión del tiempo. De vocación elitista, de esa que puede llegar a despreciar a sus propios adeptos, es probable que su rugosa textura no sea lo suficientemente dura para soportar análisis y disecciones profundas, riesgo al que los cineastas que renuncian a la emoción o la expresan de un modo aséptico deben estar dispuestos a afrontar. Porque la película de Lanthimos no excluye, es posible, pero los candados de sus puertas son tan gruesos…

Yo, Espía…

Hubo un tiempo en el que la línea apolítica y descreída de mi familia se quebró. Fue la época en la que mi padre tonteó con la idea de afiliarse al partido comunista y decidió hacer participes de ello a mi hermano y a mí. Apenas tenía nueve años entonces pero recuerdo los mítines en salas abarrotadas, las banderas republicanas por todas partes y las cinéfilas sesiones de “formación” en las que vi por primera vez “Octubre” de Eisenstein. Todo ello influyó de una manera tan radical en mí que durante los primeros años de adolescencia sufrí agresiones y provocaciones a causa de las pegatinas de la hoz y el martillo que orgullosamente lucía en mis carpetas. No se preocupen… aquello no duró demasiado. Tanto mi padre como nosotros recobramos el sentido común poco tiempo después.

Ya están documentados. Ahora les contaré una historia… Hace unos días, mientras rebuscaba en el trastero los dos volúmenes de “Hollywood Babilonia” que enterré allí hace años, me topé con un pequeño libro que ya había olvidado…

Sí señores, “URSS: 100 Preguntas y respuestas”. Entonces me sumí decimonónicamente en el recuerdo al tener semejante joya en las manos…

Recordé que en mi último año de la desparecida EGB se nos encargó un trabajo en el que debíamos escribir a una embajada extranjera solicitando información del país en cuestión. Unos eligieron Brasil. La mayoría se decantaron por los States (a quien todos dicen odiar pero que tienen tanto tirón), otros por Alemanía, algunos por Gran Bretaña. Nunca olvidaré que mi mejor amigo eligió Costa Rica y le enviaron folletos, un libro y un bolígrafo con su escudo nacional.

En fin… ¿Qué país creen que elegí yo?… No resulta difícil de adivinar. Fui el único, además, en tomar semejante decisión. Y como pueden imaginar, mientras todos mis compañeros iban recibiendo paulatinamente sus paquetes, yo, otra víctima de la monstruosa burocracia comunista, fui el último en recibir el mío que se limitó a un triste libro editado descuidadamente y a una revista panfletaria titulada “Quienes amenazan realmente la paz” con un misilazo con la bandera yankee en la portada.

Estructurado en 100 preguntas y sus correspondientes respuestas, el contenido del libro es una delicia. He seleccionado tres de las preguntas y respuestas que contiene. Pónganse cómodos y disfruten…

93.- ¿Por qué tienen tan pocos automóviles particulares?

– No son tan pocos. “El automóvil no es un artículo de ostentación, sino un medio de locomoción”. En 1965 en la URSS se vendieron 64.000 automóviles. Ya en 1970 la cifra alcanzó el número de 123.000.

Mareantes cifras para un país de 300 millones de habitantes. La sentencia que afirma que el coche no es un artículo de ostentación haría llorar a muchos (hombres mayormente).   Sigamos…

40.- ¿Por qué en la URSS están prohibidas las huelgas?

– En la Unión Soviética no están prohibidas las huelgas. Simplemente no las hay porque carecerían de sentido. Recordemos la frase de Lenin: “el recurso de la lucha huelguistica en un estado con un poder estatal proletario, puede ser explicado y justificado sólo por tergiversaciones buracráticas del estado… así como por el bajo desarrollo político y cultural de los trabajadores”

Otra vez citando las sentencias bíblicas del querido líder. Esta vez asegurando, en otras palabras, que en un estado proletario el que hace huelga es gilipollas. No se vayan todavía, aún hay más…

32.- ¿Por qué tienen un solo partido? ¿Son compatibles el socialismo y el pluripartidismo en la URSS?

– El hecho de que en la URSS hay sólo un partido se debe a condiciones históricas concretas.Los partidos pequeñoburgueses no fueron disueltos, como afirman algunos historiadores de occidente, fueron desapareciendo de la arena política a medida que iban perdiendo la confianza del pueblo. Así pues, el propio curso de los acontecimientos históricos obligó a los comunistas a asumir la plena responsabilidad del destino del país.

Que admirable abnegación y sentido del deber la del partido. Qué, ¿cómo se les ha quedao el cuerpo?. Pues eso no es lo peor…

Esta pequeña pieza de coleccionista venía acompañada de una carta de la agencia Novosti (También apreciable en la foto) en la que se me agradecía mi interés y se adjuntaba una pequeña encuesta en la que se interesaban por mis aficiones, edad y estudios para culminar con esta inquietante pregunta…

¿Estaría usted interesado en emigrar a la Unión Soviética?

No envié el cuestionario, pero sí que lo rellené. ¿Qué creen que respondí a aquella malévola pregunta?

Sólo espero que haya quedado claro que si alguna vez se desclasifican los archivos de la KGB sean conscientes de que si ven mi nombre por ahí mi aportación al espionaje soviético se limitó a una inocente carta enviada por un adolescente confuso.

El Final del Camino…

El anciano militar recoge la mano de su esposa al tiempo que hablan de sus cosas. Ella no se encuentra bien, el dolor lleva oprimiendo su pecho todo el día por lo que su marido soporta su peso al acompañarla camino de la mecedora del hall. Ha pensado que tal vez el aire del crepúsculo le siente bien. Tras ayudarla a sentarse, él se presta a llevarle un chal que resguarde sus hombros de la brisa nocturna que comienza a soplar. No lo ha visto, pero la mano de su mujer se balancea inerte mientras sigue rebuscando en el armario. Al volverse, el viejo militar se da cuenta de que su mujer no ha respondido a ninguna de sus palabras. Se percata de que su brazo yace desplomado como si de una muñeca de trapo se tratase. Se da la vuelta y lentamente se dirige hacia la puerta. Tras observar dulcemente a la que ha sido su mujer durante cuarenta años le coloca delicadamente el chal, para después sentarse a su lado para contemplar el que será último anochecer que compartirá con ella.

El Mejor Director de Cine del Universo…

“Si podemos darnos de ostias, ¿por qué estamos discutiendo?”

Es posible que no conozcan esta historia que lleva algún tiempo revoloteándo por la Burrosfera, esta vez más burra que nunca. Para comprenderla necesitarán saber lo muy odiado que es el director (es un decir) Uwe Boll por los aficionados al fantástico, para lo cual les bastará con ver alguna de sus películas.

Lo cierto es que harto de leer y escuchar las perlas que le llueven por todas partes, no hace mucho tiempo decidió retar a un combate de boxeo a todo aquel que no supiese valorar las bondades de su cine. Por supuesto le llovieron las ofertas, que el mundo está lleno de tronados dispuestos a cualquier cosa con tal de llamar la atención. Y cómo no, entre ellos figuraban varios bloggers españoles.

Teniendo en cuenta que Boll practica el boxeo desde que era adolescente, sumado a la triste forma física que, como era de esperar, presentaron sus oponentes, el resultado de la experiencia fue desolador.

Compruébenlo ustedes mismos…

Y aunque da la impresión de que el tal Lowtax se habría derrotado solo sin necesidad de que Boll apareciese por allí, lo cierto es que la misma degradante paliza fue recibida por rivales aparentemente más consistentes.

Pero la historia que más les interesará es la de Carlos Palencia, alias Oso, quien plantó cara al director alemán en un combate más o menos amañado en el que la consigna era no hacerse demasiada pupita mutuamente. El propio Oso quiso aplacar la vergüenza ajena que produjo tan triste exhibición haciendo público un autentico manifiesto de patetismo a flor de piel del que no puedo dejar de citar este memorable fragmento:

“Los que se han reído alegremente de mi papada, deberían saber que el médico me ha dicho que es probable que tenga bocio (en próximas semanas me harán pruebas y lo confirmarán). En pocas palabras, que os habéis reído de un posible enfermo. Sentiros orgullosos.”

Dios, si Seth MacFarlane tuviese noticia de esto…

En fin… Tras resucitar el espíritu de Rocky Balboa en un impagable video-reto que penosamente ha desaparecido de la virtualidad, el pseudocombate,  que podría formar parte de cualquier episodio del show de Benny Hill sin desentonar, se celebró en algún lugar de Andalucía. Pasen, vean y no se pierdan las filigranas arty del operador de cámara. A medio camino del caspashow y una película de Mariano Ozores…

Si pensaban que no había forma humana de caer más bajo que Mickey Rourke atizándose con borrachos de bar en un ring, ya habrán podido comprobar el grado de degradación alcanzado por el antaño noble deporte que reglamentara el marqués de Queensberry en el siglo XIX.

Sólo añadir que en la Antártida, y mientras salte charcos, Uwe Boll siempre será considerado el más grande director vivo… al menos sobre un ring.


Cuando Fuimos Inocentes. Música de cine en los 70. Corte I…

Acababa de iniciarse una nueva década. Al margen del tumultuoso estados de las cosas ahí fuera, el mundo del cine mantenía una guerra contra la televisión que se estaba perdiendo. El cine europeo, y en menor medida el asiático, marcaban las tendencias cinematográficas. El sistema de estudios hollywoodiense se había venido definitivamente abajo y las estrellas se reformulaban ahora con menos brillo. La década de los setenta se presentaba con el género catastrofista como exponente de lo que reclamaba el público mientras el cine de autor, estancado en sus endogámicas premisas, comenzaba un lento e imparable declive. Fue entonces cuando una nueva generación de cineastas propulsaron el renacimiento del cine americano. Coppola, de Palma, Spielberg, Lucas, Scorsese, Friedkin, Penn, Rafelson, Benton, Bogdanovich y así hasta tres docenas largas de nombres que iniciaron la revolución que cambió para siempre el mundo del cine. El resto del mundo cinematográfico tardó en reaccionar al terremoto y cuando lo hizo la desventaja era tal que costó ponerse a rebufo del gigante.

Pero ellos solos no habrían logrado nada sin los equipos que los respaldaban. Y entre la maraña técnica y artística figuran los departamentos musicales. Tras los actores, tal vez sea la música el elemento más reconocible de una película. Muchos de los compositores que dieron forma a la década llevaban toda una vida orquestando historias para la pantalla de plata. Algunos más llegaron para quedarse. La mayor parte son simples nombres a los que cuesta poner rostro. Cuestión que a ellos, con seguridad, les importa poco pues es su música la que se incrustó en nuestras memorias y eso les basta.

Junto a Carles (Cinempatía) inicio aquí una retrospectiva sobre las melodías que forman la banda sonora de nuestras vidas. Disfrútenla…

“ASESINO IMPLACABLE” (Get Carter, de Mike Hodges, 1971)

Partitura de Roy Budd

Y, por mi parte, empiezo con un autor y una película que nada tiene que ver con lo señalado en el post introductorio. El thriller ‘Get Carter’ que protagonizó Michael Caine, que aquí se retituló de manera más explícita como ‘Asesino implacable’, y que también inspiraría a Sylvester Stallone un remake en 2000 que nadie vio, al menos en los cines (era cuando las películas de Sly eran puro veneno en taquilla, aunque después resurgiría de sus cenizas con las nuevas entregas de Rambo o Rocky). Para la ocasión, el londinense Roy Budd, que murió prematuramente a los 46 años, creó una de las bandas sonoras, con música instrumental y canciones, consideradas como una de las mejores del cine cine británico de la década. Y el caso es que su tema principal tiene su qué y, ¡créanme!, sigue funcionando.

“EL DÍA DE LOS TRAMPOSOS” (There Was a Crooked Man, de Joseph Leo Mankiewicz, 1970)

Canción de Charles Strouse y Triny Lopez

Antes comentaba que hubo una etapa en que las películas de Stallone no interesaban a nadie. Bien, pues esta es una de las canciones que nadie, o casi nadie, citaría como una de las más representativas o recordadas de los 70. Tal vez sea mi predilección por Mankiewicz o por este western atípico, plagado de socarronería y mala leche, que protagonizaron Kirk Douglas y Henry Fonda lo que me ha hecho decidirme. Y como muy bien explican los rótulos de inicio y final del siguiente video de Youtube, la música fue compuesta por Charles Strouse (la mítica ‘Bonnie & Clyde’ o la adaptación del musical ‘Annie’ a cargo de John Huston figuran en su extenso currículum) y la voz la puso Triny Lopez. Quizá no sea una de las canciones de los 70, pero es que cada vez que la escucho me entran unas ganas enormes de ponerme sombrero y montar a caballo (olvidándome incluso que nunca he subido encima de uno) rumbo a parajes aventureros… por cierto, la melodía y la canción es además de lo más divertida.

“EL VIENTO Y EL LEÓN” (The Wind and the Lion, de John Millius, 1975)

Partitura de Jerry Goldsmith

Y llegamos a Jerry Goldsmith. Sí, el otro responsable directo de crear algunas de las más hermosas y perdurables (también inquietantes) bandas sonoras de los 70, y de la historia del cine. La ilustre Academia de Hollywood (¡ja, ja! ) sólo le llegaría a otorgar en competición un Oscar a lo largo de su carrera (fue por ‘La profecía’). Un sonido épico, entre romántico y contundente, que nos traslada a las agitadas tierras de Marruecos de a principios del siglo pasado. Ideal para escuchar sola o en sesión doble junto con ‘Lawrence de Arabia’, de Maurice Jarre. Pero no hay repetición respecto a la obra maestra de Jarre. Goldsmith más bien siguió los dictados de su mentor, el grandísimo Rózsa.

“LA VIDA PRIVADA DE SHERLOCK HOLMES” (The Private Life of Sherlock Holmes, de Bily Wilder, 1970)

Partitura de Miklós Rózsa

Puesto que he citado a Rózsa allá vamos. Y es todo un regalazo porque viene acompañado de una película de Billy Wilder. Para esta partitura ( ¿he dicho ya lo de una de las obras maestras de la banda sonora de todos los tiempos?), Miklós Rózsa echó mano a una antigua obra suya, ‘Concierto para violín’ (1953), seguramente inspirado por el elemento común denominador en cuanto a música de la afición sobradamente conocida del detective de Baker Street por dicho instrumento de cuerda, y le añadió algún tema original más como un maravilloso vals. ¡Imprescindible!

“ASESINATO EN EL ORIENT EXPRESS” (Murder on the Orient Express, de Sidney Lumet, 1974)

Partitura de Richard Rodney Bennett

Hablar de vals es hablar también de elegancia, y Richard Rodney Bennett es reconocido como uno de los más prestigiosos creadores de bandas sonoras británicas. Lumet dirigió un reparto lleno de intérpretes famosos Albert Finney, Lauren Bacall, Vanessa Redgrave, Richard Widmark, John Guielgud, Ingrid Bergman, Sean Connery… y Bennett aplicó un original sentido al relato de Agatha Christie. Misterio y crímenes resueltos (musicalmente hablando), en clave no de tensión e intriga sino curiosamente con cierta distancia, distinción y humor, centrándose en esa variada fauna de porte aristocrático que viaja en el Orient Express, y como quitándole hierro al caso del infalible Hercules Poirot investigando un sangriento asesinato.

En el primer video podemos apreciar el tema del Vals muchísimo mejor, en todo su esplendor orquestal (y siempre que no les importe la colección de postales que van surgiendo, cuya mayoría no tienen nada que ver con la película o el compositor). El segundo se corresponde con su integración original en una de las escenas de la pelicula, concretamente en la partida del tren.

“CARRIE” (Carrie, de Brian de Palma, 1976)

Partitura de Pino Donaggio

Brian de Palma acostumbra a usar melodías intimistas para introducir el perfil de unos personajes siempre sometidos a circunstancias y presiones extremas. El lirismo le sirve de contrapunto para mostrar primero su desazón y más tarde sus razones antes de que la crispación haga acto de presencia en sus vidas.

Para llevar al cine la célebre novela de Stephen King, de Palma mostró el mundo interior de Carrie, tan sereno como lleno aristas, con precisión de cirujano gracias a la extraordinaria partitura compuesta por el italiano Pino Donaggio. Músico muy conocido gracias a su exitosa carrera como cantante melódico, su experiencia en el cine se limitaba a tres películas italianas de escaso calado que convertían el resultado final de su trabajo en una incógnita. La confianza del director italoamericano no mostró fisura alguna en su respaldo al novato y ganó. Hoy día, la escena de apertura de “Carrie”, mientras Sissy Spacek se ducha acariciada por los compases de la banda sonora de Donaggio, mantiene la sugerencia y el escalofrío en gran medida gracias a su delicada melodía.

“TAXI DRIVER”(Taxi Driver, de Martin Scorsese, 1976)

Partitura de Bernard Herrmann

En el último tramo de su carrera, cuando pocos concedían a Herrmann la opción de reinventarse, el músico compuso una icónica banda sonora alejándose radicalmente del estilo que le convirtió en colaborador imprescindible para Alfred Hitchcock.

La historia de Travis, tronado taxista neoyorkino que trata de redimir al mundo para justificar su hueco y aliviar así un dolor que le consume por dentro, precisaba de altas dosis de intimismo tamizado por sus vivencias en las cloacas de la ciudad. Herrmann usó una sugerente partitura con evidentes influencias blueseras y jazzisticas para ilustrar la odisea de Travis entre el humo de las alcantarillas, los proxenetas y la locura. El estremecedor resultado contribuyó a que el mito Scorsese se afianzase gracias a una película mítica que mantiene intacta su capacidad de emoción.

“TIBURÓN” (Jaws, de Steven Spielberg, 1975)

Partitura de John Williams

Williams, quien siempre deberá cargar con los adjetivos de reiterativo y grandilocuente, posee un talento poco habitual a la hora de musicalizar una historia. Capaz como pocos de fundir la melodía con las imágenes hasta lograr la máxima cinematográfica de hacer pasar desapercibida la partitura, la fuerte presencia de sus composiciones termina por convertirse en referencia de las películas a las que presta soporte.

Tal vez sea “Tiburón” su cota más alta. Sin restar importancia a los cortes intimistas destinados a mostrar los momentos de crisis interior de los personajes, fue el célebre tema central, interpretado en base a notas graves de cuerda, el que caló de tal modo en los espectadores que su mera mención aún sirve para identificar a la estupenda película dirigida por Steven Spielberg. De hecho, el gran logro del compositor trascendió la pantalla hasta identificar la acción de un baño en el mar con unos amenazantes acordes como una subliminal ceremonia que escenifica la pérdida de la inociencia y las consecuencias que ello conlleva. En otras palabras, bañarse en el océano a la luz de la luna ya nunca fue igual después de “Tiburón”.

“EL PADRINO” (The Godfather, de Francis Ford Coppola, 1972)

Partitura de Nino Rota

Uno de los grandes maestros europeos de la década fue el italiano Nino Rota. Colaborador habitual de Federico Fellini, a él se deben docenas de bandas sonoras memorables cuyo mayor exponente quizás sea la partitura de “El Padrino”. Tomando como referencia la música popular siciliana, Rota acompañó las imágenes de la película dirigida por Francis Ford Coppola sumando acordes en los fotogramas que así lo requerían de tal modo que sintetizó como en pocas ocasiones dos formatos en uno solo. El sublime vals, pieza principal de la película, cuajado de una melancolía que se entiende sin remisión, dibuja a los personajes y sus circunstancias haciendo innecesarias a las palabras.

“DOS HOMBRES Y UN DESTINO” (Butch Cassidy and the Sundance Kid, de George Roy Hill, 1969)

Partitura de Burt Bacharach

Filmada a finales de los años sesenta, la inclusión del soberbio trabajo de Bacharach en una lista setentera se justifica por la influencia fundamental que ejerció en la década que estaba a punto de comenzar.

Bacharach no fue el primero en utilizar bases vocales en sus composiciones pero se le puede considerar pionero en el uso del anacronismo musical para descontextualizar la acción y así lograr la complicidad de la audiencia. Para ilustrar las aventuras de los forajidos Butch Cassidy y Sundance Kid, echó mano de suaves canciones pop (muy del gusto de la época) y utilizó composiciones de línea similar como store alejándose completamente de los tópicos de la música del western reducidos a cuatro notas redundantes y a instrumentos como el banjo, el arpa vocal y la armónica. El riesgo corrido por Bacharach, convertido en una banda sonora tan emotiva como ocasionalmente chirriante, se convirtió en un concluyente éxito que sería imitado por sistema durante los primeros años de la nueva década. Y no fue la inevitable “Raindrops Keep Falling in my Head” la que mayor influencia ejerció. Tal mérito apunta hacia memorables y arriesgados cortes como “South American Getaway”, perfecto ejemplo de las intenciones de su autor.