Si aún queda mar…

Jack London acababa de separarse de su esposa, lo cuál le sumió en una nueva profunda depresión que sumar a las que su melancólico carácter cargaba desde que aparcó los sueños del lejano norte para vivirlos en primera persona. Hacía años que mantenía una intensa amistad epistolar con Mark Twain, fundada en el afecto mutuo pese a los cuarenta años que les separaban, de modo que London dejó entrever su devastación a Twain en una misiva tan triste que el creador de Tom Sawyer viajó hasta Oakland para ver por vez primera en persona a su amigo. Una vez frente a su puerta, Twain le arrastró fuera de la casa y le llevó hasta el puerto para mostrarle el pequeño barco que había alquilado con la intención de alcanzar Hawaii junto a él. Su convicción de que únicamente el retorno a una azarosa vida de aventuras sanaría a London le hizo planificar una aventura suicida que incluyó la adquisición de un barco de pesca de bajura (a todas luces insuficiente para una larga travesía), alimentos para tres semanas (que terminarían consumiéndose en poco más de dos) y agua en abundancia; además de aparejos de pesca, una brújula y varios  mapa náuticos desfasados. Y pese a lo precario del plan ideado por Twain, el estado de desesperación de London y su amor por cualquier aventura condenada al desastre le indujo a embarcarse a sabiendas de que estaba firmando su sentencia de muerte, ya fuera por  inanición o por deshidratación.

Así fue como el anciano escritor y el joven talento, que asombraba con sus vigorosas novelas de aventuras que inevitablemente incluían pesadumbre, se hicieron a la mar sin avisar a nadie de sus intenciones. Cerca de 4.000 kilómetros de mar por delante, y cientos de historias que compartir, muchas de ellas en silencio.

Tres semanas después de zarpar, el barco que les trasportaba fue encontrado por un guardacostas que socorrió lo que parecía una situación desesperada. A bordo, según el informe redactado, encontraron a un anciano desorientado aferrado al timón, y a un joven de aspecto desarrapado con evidentes síntomas de no haber probado bocado en varios días. Contrariamente a lo que pudiera esperarse de su situación, la expresión de ambos era de felicidad. En la diminuta cabina del piloto hallaron una nota escrita con pulso tembloroso. La parte final decía así:

Si el señor así lo ha decidido, será un privilegio para mí el morir al lado de un amigo.

Mark Twain

Tras ser desembarcados en el puerto de Honolulu, regresaron al continente cuatro meses más tarde. Jack London moriría doce años después de su aventura hawaiana. Para algunos finalmente se salió con la suya y consiguió quitarse la vida gracias a una sobredosis de morfina. Para otros, su muerte fue accidental. Entre los múltiples documentos escritos por él hallados a su muerte se encontraban varios bosquejos de novelas nunca iniciadas, documentos financieros y algunas cartas personales. Entre ellas el borrador de una que nunca llegó a ser enviada. Su destinatario era Mark Twain, y su fecha la de abril de 1910, mes y año en que el escritor murió. El encabezado dice: “Mi querido amigo, aún nos queda mar…”.

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6 pensamientos en “Si aún queda mar…

  1. Twain era genial no sólo como escritor, pensador, igenioso, figura de su tiempo, sino sobre todo por su personalidad arrobadora, sus amistades, de Tesla a London…
    Por London siento debilidad. Martin Eden es sublime, como el mejor Dickens…Algunos de sus relatos cortos cortan como cuchillas…

  2. Tú lo has dicho: Twain era genial en todo aspecto. Un adelantado a su tiempo en materia de pensamiento social, un escritor soberbio y el poseedor de un alma luminosa que atrajo a docenas de personas terriblemente dispares.

    También yo siento debilidad por London. Desde que leí “Diablo” siendo niño, no creo haber leído un mejor narrador de aventuras. Al menos no tan apasionado y, paradójicamente, fatalista en su poso narrativo.

  3. Yo también siento debilidad por London. Imprescindible sus “Cuentos del Mar”, aunque en sus finales abundan los naufragios, están llenos de magnetismo.
    Preciosa, la historia de amistad.

    • No concibo mi infancia sin los libros de London, Verne y Salgari. En todos ellos había aventura y algo más que no se veía, pero que estaba y se sentía. Su amistad, el gesto de Twain que me hizo llegar mi hermano tras ver un documental sobre el tema, es sencillamente hermoso.

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