And what do you do, Mr. Gable?…

Howard Hawks fue un mujeriego impenitente, jugador con mala estrella y genio hacedor de sueños carnalizados en formato de celuloide. También fue un ser travieso al que le gustaba ocultar sus inquietudes intelectuales para calibrar qué tipo de persona tenía enfrente. Odiaba a los pusilánimes, mucho más a los esnobs.

Los juegos mentales, en tono socarrón, tampoco le fueron ajenos. En una ocasión invitó a una de sus célebres partidas de caza al escritor William Faulkner, compadre de borracheras, en su momento de mayor reconocimiento artístico. Junto a él invitó al actor Clark Gable, estrella cinematográfica por quien sentía gran afecto dado su carácter poco engreído. Según contó más adelante, eran la pareja perfecta para un día de caza: “Gable jamás había leído un libro, y dudo que Faulkner haya visto una película en su vida”. Pero ni en sus mejores sueños burlescos figuraba la escena que se dio a continuación.

Durante el trayecto en automóvil, Gable, cortés, pretendió iniciar una conversación con Faulkner, a quien aún no conocía. Tras unos minutos de charla, el tema derivó hacia la literatura, momento en el que Gable se interesó por los hábitos de lectura de aquel tipo sureño de cara resacosa…

Clark Gable: ¿Cuáles son sus escritores favoritos, señor Faulkner?

William Faulkner: Me gusta Thomas Mann. También Willa Cather y John Dos Passos. Y está Hemingway, desde luego. Aunque tampoco yo lo hago del todo mal.

Clark Gable: Oh, ¿escribe usted, señor Faulkner?

William Faulkner: Desde niño. ¿Y usted a qué se dedica, señor Gable?

Hawks se hallaba en éxtasis ante lo que él creía gran despliegue de maldad por parte de sus invitados. Grande fue su sorpresa al comprobar, a lo largo del día, que en realidad eran sinceros, y ninguno tenía idea de quién era el otro.

Desde aquel día, Hawks, gran narrador de anécdotas, incluyó la escena en cada uno de los relatos que adornaban las fiestas a las que asistió. La historieta llegó a ser tan popular que el escritor australiano Richard Flanagan utilizó la frase pronunciada por Faulkner como título de uno de sus libros de cuentos. Gable y Faulkner nunca volvieron a verse. Sin embargo, guardaron un cálido recuerdo el uno del otro. Gable, para el escritor, era “la única estrella de cine que he conocido que no presume de serlo”. Faulkner, para el actor, era un tipo con el que resultaba fácil conversar. Para Hawks, quien manejó los hilos de aquel encuentro desde la sombra, la anécdota le sirvió de antesala para llevar al catre a docenas de starlets. Todos ganaron.

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