Festivaleando…

Dijo Francis Ford Coppola que lo más interesante de un festival de cine es lo que no se ve. Por entonces acababa de pasar unos días en el festival de cine de Cannes, donde sus reuniones en las habitaciones del hotel Martinez se habían convertido en legendarios foros en los que discutir sobre cine día y noche. Coppola tiene razón, lo mejor de un festival es lo que ocurre cuando los proyectores se apagan y se encienden las luces de los bares. Años antes, su bellísima película “Llueve sobre mi corazón” había sido premiada con la concha de oro cuando pocos apostaban por aquel barbudo de modos apasionados.

No se pueden ni se deben ignorar las anécdotas que alimentan la leyenda de todo festival. El de San Sebastián es especialmente prolífico en tal aspecto. Son tantas las estrellas que lo han visitado, tantas las historias que se han fraguado en sus salas oscuras, bares y restaurantes que el famoso libro escrito por su legendario director Diego Galán, necesitaría de varios tomos extra para hacer justicia a cuanto allí ocurrió.

Tarantino, apasionado del festival y de los pintxos donostiarras, comenzó a escribir, a resguardo de las paredes del hotel María Cristina, el guión de su magna “Pulp Fiction”. No muy lejos allí, a las puertas del teatro del mismo nombre, Fernando Trueba arrojó un cubo de agua sobre Diego Galán, entonces despiadado crítico de El País, tras recibir una pésima reseña de su película “Mientras el Cuerpo Aguante”. Galán, que resistió estoicamente el remojón, dijo interpretar la actitud de director como lógica frustración tras filmar semejante truño. Glenn Ford llegó al festival en 1987 dispuesto a ser agasajado con el premio Donostia por su frondosa carrera. La cuestión es que se sintió tan bien en la ciudad que alargó su estancia unos días, con todos los gastos a cargo de la organización, por supuesto. Dos semanas más tarde Ford no daba señales de abandonar la ciudad, lo que obligó a los responsables del festival a hacerle saber sutilmente que se había convertido en el clásico huesped pesado. Aun así tardó varios días en marcharse.

Son solo algunas gotas recogidas de la eterna y fina lluvia que suele acompañar los días de festival. Un certamen que tuvo duros comienzos. Los dos primeros años tan solo se premió a películas españolas, lo que redundó en un escaso seguimiento internacional del evento. Tan pepegoteresco era todo, tan made in Spain, que en una ocasión se suspendieron las proyecciones porque los asistentes prefirieron asistir a un concurso de tiro al pichón en el que participaba Lola Flores.

Con grandes esfuerzos de sus directores, el festival terminó por conseguir la máxima categoría reservada a muestras de cine. Era la época en la que las grandes estrellas hollywoodienses y europeas se dejaban caer en la playa de la Concha. Fue entonces cuando Alfred Hitchcock reservó para sus pantallas el estreno mundial de “Vértigo”. De paso, el gordo inglés, tremendamente popular entonces gracias a su show televisivo, logró varios días de anonimato casi total paseando por las calles de la capital vasca sin que nadie le reconociese.

En algún lugar se mantiene la huella de los excesos de Truffaut y el indio Fernández, mujeriegos desatados que, durante sus estancias en el festival, trataron de ligar con todo lo que llevase faldas. Sin demasiado éxito, según cuentan las crónicas. Y la de Godard, tratando inútilmente de prender la mecha de la revolución en una sociedad anestesiada por el régimen. Y la de Orson Welles, más preocupado por vaciar las despensas de los restaurantes locales que de promocionar sus películas. Y la de Audrey Hepburn, que enamoró a todos con un simple aleteo de ojos.

Todo se mantiene contenido en un festival trastabillado que lucha (con nuevo y prometedor director al frente) en contra de los elementos que amenazan con hundir el barco. No es una historia nueva. Ya ocurrió que en 1980 el festival perdió su calidad de competitivo, recuperándola cinco años más tarde. La nueva dirección pretende mantener la esencia cinéfila y glamourosa del festival empezando a erigir el edificio por sus cimientos: el cine español. Tomemos primero Manhattan y después el mundo, ya lo cantó Leonard Cohen.

Desde hoy, y durante los próximos siete días, me dejo caer por las calles del festival para respirar celuloide y dejar que el txirimiri humedezca mi pelo. Luchemos por no perder el más hermoso regalo que nos ha sido concedido. Comamos pintxos al anochecer en los bares del centro. Compartamos zuritos con amigos mientras hablamos de la última estrella con la que acabamos de cruzarnos. Y, sobre todo, hablemos de cine mientras somos felices.

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6 pensamientos en “Festivaleando…

  1. Alex,
    después de esta maravillosa retrospectiva del Festival plagada de anécdotas sobre el mundo del celuloide, no se me ocurre otro lugar mejor para estar cerca estos días.
    Así que disfruta bajo esa eterna lluvia fina,como el Phil de “Medianoche en París”,si ves a Glenn Close salúdala de mi parte,dile que estuvo suprema en “las amistades peligrosas” y si te cruzas por la calle con Francis Mcdorman,le felicitas de mi parte por su papel inolvidable en Fargo y que por favor le envíe saludos a cada uno de los Cohen.
    Bsos con fashes,Alex

    • De momento, Troyana, los únicos cineastas con los que me he cruzado han sido Julian Schnabel, Agnes Vàrda y Alex de la Iglesia. Eso sí, tengo anécdotas sobradas que me han contado quienes han interactuado con más intensidad con los protagonistas del festival. Entre ellos, mi Princesa Hojalatada que protagonizó un curioso encuentro con de la Iglesia.

      Muchas películas vista en tres días (no pocas excelentes) y muchas más reseñadas por amigos y conocidos. Hoy toca Vigalondo y la adaptación de “Arrugas”, el soberbio cómic del valenciano Paco Roca. A ver…

      Besos, Troyana.

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