Lo que me mantiene en pie…

Una noche de finales de agosto, mientras veíamos desde el balcón cómo la lluvia limpiaba el polvo acumulado en las aceras, me lo dijo sin más…

¿Por qué estás solo?

Porque nadie me quiere, respondí.

La empatía que genera la tristeza ajena tiene infinitos modos de mostrarse. Uno de ellos fue el que ella eligió: buscó la mano que mantenía apoyada en la barandilla. Pero entonces era huidizo, de modo que la escondí en cuanto sentí su tacto, inhalé una última bocanada de aire con olor a tierra mojada y me largué. Acercarse a un animal herido no resulta fácil.

Miguel Gallardo (el brillante dibujante y guionista de cómic, no el cantante hortera de bolera de los años setenta) le hace saber a su colega Manu Larcenet, en el hermoso prólogo de “Los Combates Cotidianos”, que no está solo aunque así lo crea él. Y es que Manu no es un tipo fácil. Tiende a la melancolía y está convencido de que nadie le quiere y que no merece ser querido. Sin embargo a veces se produce la anomalía y te enamoras de alguien que no rehuye compartir tu peso. Por esa razón su alter ego en “Los Combates Cotidianos” busca a su mujer durante una exposición de su trabajo fotográfico tras darse cuenta de que es objeto burla por el resto de participantes de la muestra; partes del engranaje endogámico que compone el orden establecido en cualquier rama artística. Son ellos lo que han dictado sentencia: es un cateto sin sensibilidad artística; un amateur de modos pedestres; un destalentado al que más valdría escabar un agujero en el suelo para introducirse en su interior. Y Marco, el protagonista, les cree y se convierte en otro animal herido que recorre las salas atestadas de gente de la galería en busca de ella hasta encontrarla rodeada de la multitud… aunque esté solo ella.

Salvando las distancias así la vi yo a ella el día que recorri los siete kilómetros que separan Hendaia y Sokoa un día de julio. La pronunciada cojera que me produjo un esguince de tobillo me impedía realizar más esfuerzos de los que ya había desplegado. Hacía algunos meses que había sufrido mi propio revés y, durante el largo trayecto, había sacado a pasear el martillo con el que me atizo a mí mismo con demasiada frecuencia. Estaba cansado, sediento, perdido… y entonces apareció ella, gritando mi nombre entre cientos de bañistas. Y la vi. Exactamente igual que el protagonista de “Los Combates Cotidianos” vio a su chica: rodeada de la multitud aunque sólo estaba ella.

Sé que es tarde y que este estúpido lamento ya no sirve de nada, pero hoy no habría escondido la mano.

Feliz cumpleaños.

Te echo de menos.

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