Septiembre…

El cine europeo había despertado de su letargo y mediante movimientos espontáneos, liderados por jovenes talentos sin formación cinematográfica especifica más allá de su pasión por las películas, amenazaba los anquilosados esquemas hollywoodienses. Para la industria americana las única revoluciones que importaban eran las técnicas y las sociológicas: el advenimiento de cine sonoro, el progresivo dominio del color, la aparición de la televisión que obligó a reformular el cine-espectáculo (desde la primitiva 3D hasta delirios como el olorama y la megapantalla curva segmentada en tres secciones) con el único objetivo de evitar la espantada masiva de espectadores. Salvo notables excepciones (De Mille, Hitchcock, Ford) las estrellas para los jerifaltes hollywoodienses eran las que aparecían en pantalla no los que manejaban los hilos en la trastienda.

El ocaso se mantuvo hasta que los directivos de la industria echaron mano de una nueva generación de directores robados al medio televisivo. Ellos cambiaron el cine americano hasta mutarlo en lo que hoy día es y supusieron la auténtica primera revolución artística del cine americano desde Griffith. Los directores veteranos más arriesgados trataron de actualizarse y así, entre finales de los sesenta y principios de los setenta, nació toda una recua de películas inclasificables como “Reflejos en un  Ojo Dorado” y “Paseo por el Amor y la Muerte” de John Huston; “Faces” de John Cassavettes; “El Seductor” de Don Siegel; “Las Aventuras de Jeremiah Johnson” de Siydney Pollack… Todas ellas tenían en común una atmósfera perturbadora y una historia enrevesada que era mostrada mediante pequeños destellos permitiendo al espectador participar armando su propia versión de la trama. Entre todas aquellas obras notables destaca, por su hermetismo y capacidad de enfermiza evocación, “El Nadador” de Frank Perry.

Basada en un cuento corto de John Cheever, la película narra una extraña peripecia que envuelve al enigmatico Ned Merrill, un aparentemente exitoso ejecutivo de publicidad que decide recorrer el camino de vuelta a casa nadando en cada una de las piscinas que siembran el condado. Su aventura, entusiasta en un principio, terminará mutando lentamente hasta convertirse en una pesadilla intangible que envuelve cada desasosegante segundo del metraje.

Lo de menos es que Frank Perry, director original del proyecto, abandonase el rodaje en su recta final acuciado por las intensas depresiones que le producían las diferencias de criterio con los productores. Fue sustituído por Sydney Pollack quien colaboró en el confuso aura que rodea a la película al negarse a ser acreditado pese a ser el responsable final de su montaje. Es en realidad lo menos importante pues la película se transfigura en un ente independiente desde su inicio, usando la desazón con todo elemento imaginable como aliado de la negrura (muerte de un amigo, final inminente del verano, piscinas masificadas, personajes grotescos, intentos vanos de recuperar una juventud irremediablemente perdida…) presto a canalizar la euforia en la más profunda tristeza. Su estética naïf, irritante en ocasiones, desconcertante siempre, erosiona fotograma a fotograma cualquier ilusa esperanza en favor de la desilusión más cortante.

Burt Lancaster, su omnipresente protagonista, conmociona relegando su legendaria virilidad a cambio de una estremecedora vulnerabilidad. Es él, Ned Merrill, la perfecta personificación de este septiembre que ya ha llegado. El que roba la luz sin que sepamos con certeza cuándo regresará. El que podría haber escrito este hermoso poema muerto alumbrado bajo la luz inconstante del frío que está por llegar.

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