Marcianos y Palomitas…

De niño las películas eran clasificadas en función de lo apetecible de su historia, de lo exótico de su género y del tamaño de la bolsa de palomitas consumida durante la interminable matiné. Si se trataba de un western, la cosa adquiría puntos extra, al igual que sucedía con las películas de monstruos. Si bien el premio de máximo valor lo obtenían las películas de marcianos. La aparición en pantalla de cualquier criatura llegada desde otro mundo suponía lo que el Charles Kaznyk de “Super 8” define como “valor añadido”.

La nueva película de J. J. Abrams se apoya en el legado sentimental de todo niño y adolescente crecido en la década de los ochenta para articular una historia escrita en el imaginario de toda una generación. Nada falta en su trama, desde trenes militares que portan una misteriosa carga, hasta alienigenas ectoplasmáticos sedientos de sangre y libertad, todo ello aderezado con un grupo de amigos adolescentes envueltos involuntariamente en una aventura iniciática. Material suficiente para que los residuos ochenteros que se resisten a abandonar nuestros cuerpos reclamen su derecho de disfrutar una noche más.

J. J. Abrams, padre inmortal de “Lost”, fenómeno de masas cuyas carencias son cubiertas por sus pretorianos acólitos, olvida por una vez su sugerente discurso, centrado habitualmente en un envoltorio visual fascinante que promete más de lo que finalmente ofrece, para entregarse en los brazos de Steven Spielberg (productor e impulsor ideológico de la película) y su cosmos suburbano. Aprende a dotar de carnalidad a los personajes merced a una puesta en escena que no deja detalle al azar y mediante unos diálogos orgánicos lejanos de las mayestáticas líneas de guión que suelen emplear los protagonistas de Abrams. Una vez tejida exitosamente la parte más compleja de la narración, el director comienza a soltar las pequeñas dosis de fantasía que el espectador reclama, incluyendo los elementos clásicos de toda película de ciencia-ficción que se precie de serlo y que su fiel audiencia inconscientemente solicita: el monstruo debe estar presente en todo momento, pero jamás debe mostrarse; la tensión narrativa debe ir creciendo proporcionalmente durante la función y los personajes deben mimetizarse con la platea a fin de convertir su historia en la nuestra. Indiferentemente de cómo se desarrolle el clímax final, si los ingredientes han sido mezclados con habilidad el objetivo se habrá cumplido, tal como sucede en “Super 8”.

Su aparentemente endeble calado se sustenta en una narración fuerte que no sólo no rehuye el estereotipo, sino que pretende reclamarlo como suyo. Todo ello sin olvidar referencias a las fuentes clásicas que marcan el camino del sendero: “E.T., el Extraterrestre”, “Los Goonies” e incluso a la mitología suburbana transmitida en las películas de John Hughes, para finalmente subyugar a los aún no entregados con reconocibles referencias a George A. Romero (memorable el pase final del corto -obra maestra indiscutible- filmado por los niños protagonistas) y a clásicos como “El Enigma de Otro Mundo”. Tal amalgama, lejos de resultar confusa, termina por convertirse en todo un revival emocional que sobrevive gracias a la fluidez y a la complicidad prestada por un público deseoso por devorar las palomitas que sobrevivieron a las sesiones de veinte años atrás.

“Super 8” no es la gran película que toda una generación extraviada reclama como revancha final por las promesas que nos fueron incumplidas. Pero es un escalón más hacia la reconciliación con un cine elevado a los altares por la nostalgia. Un subidón de adrenalina que acerca de nuevo la ensoñación a aquellos atropellados por el  tiempo y que aporta material emocional para una nueva generación de frikis y orgullosos de serlo. Puede que ya no haya matinés, pero siguen crujiendo las palomitas en la oscuridad…

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4 pensamientos en “Marcianos y Palomitas…

  1. Alex,el cine también es artilugio que mueve emoción y aquí por lo que cuentas,cumplió su cometido.A mí me mencionas “E.T.” como referente,y ya voy bien predispuesta a una película que parece homenaje o suena a reminiscencia de otro cine,el de los 80,plagado de monstruos y marcianos.Intuyo que son nuestros recuerdos,también la nostalgia de esa niña o niño que fuimos y que se fue a toda prisa,quienes se cuelan en la impresión que finalmente nos deja la película.
    Un abrazo

    • Al margen del tejido emocional, la película es fuerte y descarada. No se amedranta y mantiene el pulso con el espectador desde que comienza hasta que termina. Los homenajes son muchos y palpables, Troyana. Si la ves, y mantienes fresco el cine ochentero, los localizarás sin problemas. Lo demás forma parte de la memoria sentimental. La misma que juega a favor de la película hasta convertirla en un divertimento palomitero de viernes noche como hace años no se facturaba.

      Un abrazo, Troyana.

  2. Yo ya no era precisamente una niña en los ochenta , pero has evocado en esta crítica , magistral por cierto , todo lo que se puede decir sobre ese tipo de cine y lo comparto plenamente.
    Seguiré arrellanándome en el sofá y compartiendolo con mis hijos y dentro de muuuchos años con mis nietos , en el horno una pizza y la perra dormitando encima de las zapatillas de todos…y mientras seguiré observando sus caras adelantándome a sobresaltos y carcajadas…e intentaré recordar el número de veces que la habré visto…

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