Siete Noches Blancas…

La primera por las pinceladas que describen tu rostro de porcelana mientras duermes. La segunda por las noches de invierno en las que abovedamos nuestras cabezas con mantas mientras fuera nieva. La tercera por los paseos entre nubes sin abandonar las sábanas. La cuarta por los graffitis que trazamos en cualquier pared imaginando mundos asimétricos en los que huir cuando la realidad pesa demasiado. La quinta por las caricias de una noche de invierno cuando tuviste que pronunciar mi nombre dos veces en una calle techada con estrellas. La sexta por hacerme ver los colores que se fugaron una vez sin que pudiese alcanzarlos. La séptima por ti y por mí, una mañana de cualquier domingo, cuando apuras un café sentada en la cama y hablas… y te miro.

Y aún resta una más, la octava, la que está por escribir…

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11 pensamientos en “Siete Noches Blancas…

  1. Suena sinfónico, celestial, telúrico, romántico, naïf.
    De verdad que me alegra el sonido que se oye debajo, arrimando la oreja, poniendo atención, conociendo la música… Cuídenseme as usual…

    • El reposo, bien lo sabes, Emilio, sólo puede darse en los brazos del otro. Lo demás no pasa de ser un sucedáneo. El agotamiento, más psíquico que físico, es lo que sigue a los largos días de asueto veraniegos. Rehubicarse exige reposo, alianzas y complicidad. Y ante todo un lugar en el que sentirse libre.

      Me cuida, la cuido, as usual. Haga usted lo mismo…

  2. Búscate un autor al que contrataras y escribiera la glosa de esa felicidad norteña, my friend. Bukowski como que no. Murakami os va a poner trascendentes y tristes. Auster, Auster, Auster, a lo mejor Auster. Se va al final muy por las ramas, se aleja del meollo narrativo, pero se lee muy bien y las historias de amor (las buenas) hay que leerlas sin pensar que son historias de amor, que siempre se han contaminado mucho de la novela barata, de la romanticona sin tirón intelectual ni hondura literaria. En fin. Que me voy a abrir un cervezón a vuestro nombre con unas poquitas de lays sabor novela de auster. Abrazo sureño.

    • Bradbury está bien, tan romántico en extremos sutiles como económico en los gestos. Y Murakami, de tan fatalistas y hermosas letras. Bukowski tuvo su momento y lo sigue teniendo en algún rincón. Pero ya no duele como antes. Auster es perfecto. Estiloso, fluído y frecuentemente brillante. Pamplona no es Nueva York, aunque su clima húmedo le acerca a sus inviernos. Los veranos neoyorkinos suelen ser insoportablemente calurosos. Aquí está por ver si el verano existe o no se trata de otra cosa que una leyenda urbana. Brindo por ti, cerveza en mano (Mahou, of course) en cuanto tenga ocasión. Abrazo norteño.

  3. Y si metemos un Bradbury os pone a los dos en una realidad alternativa, en un universo paralelo, en un mundo al margen de éste, en el limbo de los corazones cosidos por una sístole.

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