Estuve en el monte Urgull y me acordé de ti…

Bromeo (bromeamos) con frecuencia sobre el día y las condiciones en que debía escalar el monte Urgull. La senda que debía recorrer tendría que ser la más dura… y así fue. Elegí el vía crucis (atinado nombre) cuyas empinadas cuestas y pésimo empedrado no me pusieron las cosas fáciles. Otra de las condiciones hacia referencia a la vestimenta (o a su ausencia), y así lo hice. La tercera condición, esta vez impuesta por mí mismo, consistía en recibir el sol más plomizo en el día y en la hora más caluroso/a del año. El azar se alió conmigo y mi camiseta, empapada en sudor, puede dar fe de que los cerca de cuarenta grados de temperatura que caían sobre la ciudad se cebaron sobre mi cabeza y mi espalda. Pero lo hice y ya en la cúspide, tras tomar las fotografías que le prometí, y rozando con la punta de los dedos al gigantesco Cristo que corona el pequeño fuerte situado en su cima, me acordé de Willem Dafoe y de Diego Galán, añorado director del Festival de Cine de San Sebastián, y, sentando en un banco rodeado de turistas ingleses y alemanes,  mi imaginación reconstruyó lo ocurrido muy cerca de allí un día de septiembre de 1988.

“Como era de esperar, la proyección de “La última tentación de Cristo” despertó todas las curiosidades, y el actor Willem Dafoe, que obtuvo un éxito personal con su interpretación, dio una animada rueda de prensa. Parecía divertirse y mientras se proyectaba la película se dio un garbeo por algunas discotecas. Estaba empeñado en ligar: “Le llevaré a Ku, puede que encuentre algo interesante”, propuso Tito García,”el magras”, ya involucrado en el Festival como relaciones públicas de la noche. Cuando fui a rescatarles al acercarse la hora de regresar al teatro a recibir los aplausos del público, Tito me miró desconsolado mostrándome con un gesto el insólito panorama. Dafoe, encerrado en un rincón exclusivo para Vips, miraba goloso a las mil jovencitas y no tan jovencitas que frente a él, a su vez, le contemplaban con el mismo deseo, como si les separara un muro de cristal. Miraditas, sonrisitas, meneitos, coqueteos, pero sin hablarse. Al verme, Dafoe se me abalanzó: “¡Quiero conocer algunas mujeres!”. Argüía que nos habíamos caído bien, y que yo, con mi sonrisa de gato, debía ayudarle a que alguna de aquellas chicas se decidiera. Regresamos al teatro, hizo su trabajo dócilmente, se impacientó con el aurresku y volvió a la carga: “Let´s go to Ku!”.

Tito tuvo una idea estupenda: “Primero, un canuto”. Desde lo alto del monte Igeldo, cerca de la dichosa discoteca, Dafoe tenía la mirada fija en la imagen de ese Cristo que corona el monte vecino dominando la ciudad: “¿Es así como promocionáis en este Festival las películas…? ¡Sois grandiosos!” Aquel ataque de risa es inolvidable. Nos retorcíamos, nos contagiábamos, no había fin. Dafoe nos miraba sorprendido al principio, pero se sumó pronto a nuestras risas al reconocer su disparate. Nos mirábamos y nos reíamos aún más, nos apartábamos y cada carcajada aislada en la distancia nos provocaba mayores risas. No sé el tiempo que duró aquello, pero se le olvidaron las ganas de volver a la disco.”

DIEGO GALÁN “Jack Lemmon nunca cenó aquí”

Le pido indulgencia a Amaya (Desconvencida) por el texto robado impunemente a su blog…

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