Al final, la lluvia…

De entre toda la polvareda levantada por la nueva y notable película dirigida por Woody Allen, son pocos los que han reparado en el importante papel que juega la lluvia en la función. Cada giro de la historia llega acompañado de la lluvia. Cuando Gil, el bisoño y entusiasta escritor interpretado por Owen Wilson, se siente feliz al encontrarse en París, aparece la lluvia; cuando Gil sufre su primera particular regresión, lo hace cuando las aceras de la ciudad están aún húmedas; cuando Gil elige vivir, alza su cabeza bajo la lluvia para reencontrarse con la chica de sus sueños. Es éste detalle, aparentemente insignificante, el que demuestra que el cine de Allen está vivo.

Allen, a sus 75 años, parece haber intercambiado al cínico por el entusiasta en la última etapa de su carrera de un modo tan calibrado y certero que bien se podría afirmar que “Medianoche en París” forma parte del panteón de obras magnas firmadas por el director. Sin olvidar los vícios habituales de su cine (la precipitación al resolver situaciones, su endémico y mayor debe, se agudiza como pocas veces en esta ocasión), potenciándolos incluso, Allen armoniza una historia nacida para hacer las delicias de todo soñador, mediante un ritmo salvajemente fluido, que apenas concede treguas, e innumerables cameos de personajes que habitan en las fantasías de todos aquellos que inocentemente está convencidos de que todo tiempo pretérito fue mejor o, al menos, más pleno para los sentidos.

La historia nos lleva hasta lugares comunes ya transitados por Allen, fácilmente reconocibles por el degustador habitual del cine del director neoyorquino, que actúan a modo de confortable diván en el que escuchar, una vez más, las neuras de Allen confundidas con las propias durante la ágil y breve sesión terapéutica que nos regala anualmente.  Gil (Owen Wilson), guionista decepcionado con su trabajo (sosías del Isaac de “Manhattan”), acompaña, a modo de consorte, a su prometida (Rachel McAdams) en un viaje a París poco antes de su boda. Gil es un soñador con nula autoestima que ha escrito una novela en la que no confía y sueña con vivir la vida de los bohemios escritores de la generación perdida en la ciudad de la luz. Asimilado, cual Leonard Zelig (“Zelig”) en el entorno parisino, será la afortunada víctima de una extraño bucle temporal que nos retrotrae parcialmente, en un tono más optimista, a la Cecilia de “La Rosa Púrpura de El Cairo”. 

Allen desata su lado más gafapasta, sin olvidar su vena esnobista, en una trama tan débil en sus formas como fortalecida en su estructura gracias a la entregada complicidad del espectador fiel que aparentemente parece conformarse con remedos de su cine. Porque aparecen representadas todas y cada una de sus obsesiones: el jazz, el sexo, las turbulencias de pareja, las melodías de los años treinta, el arte domesticado, los ambientes elitistas de las clases altas, incluso las calles, se diría, son las mismas que sus personajes transitan desde hace décadas. Podría parecer más de lo mismo, pero no es así, sin embargo, pues Allen se reinventa en base a un entusiasmo cuasi infantil merced a pequeños detalles como el de la lluvia evanescente que traza lazos invisibles y que une manos mientras las gotas de agua resbalan por ellas. La resolución, en su básica poesía, termina por ser una pieza más de un puzzle primorosamente enlazado que transmite suficiente euforia para negociar los días en los que falta el aliento.

El reencuentro anual con el director, del que él mismo renegó en la década de los ochenta al afirmar que nunca sería el típico director que rueda una película por año, resulta tan altamente gozoso según pasa el tiempo que todo apunta a que necesitaremos otro diván cuando las dosis de Allen nos falten. Espero que para entonces sigamos paseando bajo la lluvia sin usar paraguas que impidan que se empapen nuestras cabezas para recordarnos que, y ésta es la mayor revelación que nos lega Allen, la realidad es únicamente una fantasía degradada.     


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6 pensamientos en “Al final, la lluvia…

  1. Así es Alex,la realidad es una fantasía degradada y el día que Allen nos falte,las sesiones de diván es posible que se inicien,se re-inicien o se dupliquen.
    No he visto la película,sólo decirte que me gusta cómo escribes y que entre tod@s vais a conseguir que mis ganas de verla se expandan y se expandan…
    Y que el detalle de la lluvia,ya se queda en mi cabeza.
    Suerte que nunca llevo paraguas.
    Un abrazo

    • El cine de Allen posee el poder de la ensoñación y en los últimos diez años además le ha sumado una vitalidad que retrotrae al Woody de sus primeras películas con una presentación más pulida y con un pesimimo razonado, sino arrinconado, que fue creciendo dentro de él con el paso del tiempo. Es como si estuviese en paz y, por primera vez en su vida, disfrutase de cada segundo que emplea en los rodajes. Él, que siempre se quejó de la incomodidad que le producían las jornadas en el set de rodaje, paradójicamente se ha convertido en una especie de yonqui cinéfilo que necesita de su dosis de trabajo para sentirse vivo. Como fan fatal del maestro, “Medianoche en París” te va a gustar. Está en plena forma, disfruta y hace disfrutar, con el aliciente de que parece haber perdido por completo el pudor. Una película perfecta para estados de ánimo bajos. Gran cine servido en falso formato estándar.

      Y no lo olvides, nunca lleves paraguas y mantén la buena costumbre de pasear bajo la lluvia. En ocasiones, hacerlo nos recuerda que seguimos en pie.

      Abrazo, Troyana.

  2. Alex,
    la vi ayer y me encantó.El mensaje muy oportuno,lo interprete casi como un antídoto contra la nostalgia.El cambio,el personal (también el social) o es ahora,o no será.Ningún otro tiempo pasado fue mejor.Es mentira,también nuestra memoria nos miente,idealiza lo que perdimos.
    Al fin y al cabo,lo único cierto,es el ahora,y es en el presente donde tenemos que vivir,así que la vida no nos satisface,es aquí y ahora donde hay que cambiar.
    En cuanto al amor,el verdadero es el que nos lleva a traicionar a la muerte,es importante recordarlo.
    Un abrazo,en plena forma el maestro Allen.
    Posdata: como no podía ser de otro modo,le dediqué una entrada;)

  3. El único defecto de esta película es que no dura tres horas .
    Se me hizo tan corta que probablemente vuelva una tarde de estas , por aquello de gozar con los detalles.
    Y quizás si vuelvo una tercera y en una sesión tardía una noche de lluvia , se obre el milagro y yo , como una Cecilia empapada y encogida en mi butaca traspase la pantalla y me siente en ese café con ese Hemingway sirviéndome un bourbon (por dios quién es ese actor!)y dispuesto a llevarme a Africa , mientras yo me hago de rogar.

    • Debe ser de lo más gratificante eso de hacerse de rogar. Hay algo especial en el sí pero no, del mismo modo que África debe verse espectacular a comienzos del otoño. Corey Stoll, el tipo que interpreta a Hemingway, está en realidad tan calvo como una peonza. Dada tu afirmación de que la ausencia de pelo hace más atractivo e interesante a un hombre, no lo perdería de vista. Lo cierto es que cada miembro del reparto borda su papel. Y que si la peli durase tres horas a mí me habrían parecido seguramente setenta minutos. No es el gran Allen de “La Rosa Púrpura de El Cairo”, desde luego, pero no desentona demasiado. Y hace soñar. Que eso nunca nos falte…

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