Al final, la lluvia…

De entre toda la polvareda levantada por la nueva y notable película dirigida por Woody Allen, son pocos los que han reparado en el importante papel que juega la lluvia en la función. Cada giro de la historia llega acompañado de la lluvia. Cuando Gil, el bisoño y entusiasta escritor interpretado por Owen Wilson, se siente feliz al encontrarse en París, aparece la lluvia; cuando Gil sufre su primera particular regresión, lo hace cuando las aceras de la ciudad están aún húmedas; cuando Gil elige vivir, alza su cabeza bajo la lluvia para reencontrarse con la chica de sus sueños. Es éste detalle, aparentemente insignificante, el que demuestra que el cine de Allen está vivo.

Allen, a sus 75 años, parece haber intercambiado al cínico por el entusiasta en la última etapa de su carrera de un modo tan calibrado y certero que bien se podría afirmar que “Medianoche en París” forma parte del panteón de obras magnas firmadas por el director. Sin olvidar los vícios habituales de su cine (la precipitación al resolver situaciones, su endémico y mayor debe, se agudiza como pocas veces en esta ocasión), potenciándolos incluso, Allen armoniza una historia nacida para hacer las delicias de todo soñador, mediante un ritmo salvajemente fluido, que apenas concede treguas, e innumerables cameos de personajes que habitan en las fantasías de todos aquellos que inocentemente está convencidos de que todo tiempo pretérito fue mejor o, al menos, más pleno para los sentidos.

La historia nos lleva hasta lugares comunes ya transitados por Allen, fácilmente reconocibles por el degustador habitual del cine del director neoyorquino, que actúan a modo de confortable diván en el que escuchar, una vez más, las neuras de Allen confundidas con las propias durante la ágil y breve sesión terapéutica que nos regala anualmente.  Gil (Owen Wilson), guionista decepcionado con su trabajo (sosías del Isaac de “Manhattan”), acompaña, a modo de consorte, a su prometida (Rachel McAdams) en un viaje a París poco antes de su boda. Gil es un soñador con nula autoestima que ha escrito una novela en la que no confía y sueña con vivir la vida de los bohemios escritores de la generación perdida en la ciudad de la luz. Asimilado, cual Leonard Zelig (“Zelig”) en el entorno parisino, será la afortunada víctima de una extraño bucle temporal que nos retrotrae parcialmente, en un tono más optimista, a la Cecilia de “La Rosa Púrpura de El Cairo”. 

Allen desata su lado más gafapasta, sin olvidar su vena esnobista, en una trama tan débil en sus formas como fortalecida en su estructura gracias a la entregada complicidad del espectador fiel que aparentemente parece conformarse con remedos de su cine. Porque aparecen representadas todas y cada una de sus obsesiones: el jazz, el sexo, las turbulencias de pareja, las melodías de los años treinta, el arte domesticado, los ambientes elitistas de las clases altas, incluso las calles, se diría, son las mismas que sus personajes transitan desde hace décadas. Podría parecer más de lo mismo, pero no es así, sin embargo, pues Allen se reinventa en base a un entusiasmo cuasi infantil merced a pequeños detalles como el de la lluvia evanescente que traza lazos invisibles y que une manos mientras las gotas de agua resbalan por ellas. La resolución, en su básica poesía, termina por ser una pieza más de un puzzle primorosamente enlazado que transmite suficiente euforia para negociar los días en los que falta el aliento.

El reencuentro anual con el director, del que él mismo renegó en la década de los ochenta al afirmar que nunca sería el típico director que rueda una película por año, resulta tan altamente gozoso según pasa el tiempo que todo apunta a que necesitaremos otro diván cuando las dosis de Allen nos falten. Espero que para entonces sigamos paseando bajo la lluvia sin usar paraguas que impidan que se empapen nuestras cabezas para recordarnos que, y ésta es la mayor revelación que nos lega Allen, la realidad es únicamente una fantasía degradada.     


Anuncios

Testamento de Miércoles en Víspera de un Viernes…

Aclaro que éste no es un testamento
de esos que se usan como colofón de vida
es un testamento mucho más sencillo
tan solo para el fin de la jornada

o sea que lego para mañana jueves
las preocupaciones que me legara el martes
levemente alteradas por dos digestiones
las usuales noticias del cono sur
y la nube de mosquitos casi vampiros

lego mis catorce estornudos del mediodía
una carta a mi mujer en la que falta la posdata
el final de una novela que a duras penas leo
las siete sonrisas de cinco muchachas
ya que hubo una que me brindó tres
y el ceño fruncido de un señor
que no conozco ni aspiro a conocer

lego un colorido ajedrez moscovita
una computadora japonesa sin pilas
y la buena radio en que está sonando
el español grisáceo de la bibicí
ah la olivetti y el cepillo de dientes
no los lego porsiaca
lego tropos y metáforas de uso privado
que modestamente acuñe en la tarde
por ejemplo el astillero en que reparo mis sueños
el pájaro aleatorio que surge del crepúsculo
la cortina de lluvia que miro y no descorro
lego un remordimiento porque es aleccionante
y un poco de tristeza por que es inevitable
también mi soledad con la ilusión
de que el jueves resuelva no admitirla
y me sancione con presencias varias

lego los crujidos de mis viejas bisagras
también una tajada de mi sombra
no toda por que un hombre sin su sombra
no merece el respeto de la gente

lego el pescuezo recién lavado
como para un jueves de guillotina
una maceta con hierbabuena
y otra con un bionato que me hastía
ya que esta cargante convolvulácea
me está invadiendo el cuarto con sus hojas

lego los suburbios de una idea
un tríptico de espejos que me agrade
el mar allá al alcance de la mano
mis cóleras por orden alfabético
y un breve y curioso estado de ánimo
que todavía no se si es inocencia
o estupidez malsana
o alegría

sólo ahora lo advierto
en paredes y anaqueles y venas
en glándulas y techos y optimismos
me quedan tantas cosas por legar
que mejor las incluyo
en otro testamento
digamos el del viernes.

Mario Benedetti

Diablogo Empírico…

Maggie: A ver, define el amor…

Sam: ¿Por qué?

Maggie: Porque de cada dos palabras que salen de tu boca una es amor y quisiera saber qué es ese ideal mágico que tienes. Defínelo…

Sam: No quiero hacerlo. Sería infantil.

Maggie: No tienes ni idea de lo que es el amor, ¿es eso?

Sam: Claro que sé lo que es el amor. Es como… como si toda tu vida fueras por ahí con una sensación de vacío en tu estómago, te sientes completamente hueco. Y si estás enamorado te sientes… no-hueco. Es como si antes de ella no hubiese habido nada. Un vacío cavernoso. Olvídalo, no se puede definir…

Maggie: ¿Eso es todo? ¿Un vacío cavernoso? ¿Haces todo esto para evitar un vacío cavernoso?

Sam: Lo hago porque tengo que hacer algo. Sigo enamorado de ella, igual que tú de él.

Maggie: No, no, no, no… yo no sigo enamorada de él. Quiero verle retorcerse de dolor. Quiero que implore mi perdón.

Sam: Puedes llamarlo como quieras, eso es amor.

ADICTOS AL AMOR (1997)

Aprendiendo a Morir…

El aprendizaje del alma humana requiere de la traición como fundamento esencial para su forja. Sufrirla, infringirla o tomar ambos caminos es algo que  queda a elección del consumidor. De ahí nace gran parte del debate ético contenido en “Nunca me Abandones”.  Sin embargo, lo que predomina en la notable película dirigida por Mark Romanek es su deprimente halo de desesperanza que crece y crece hasta estallar suavemente frente a las sordas conciencias de los “humanos originales”. Se diría, como cantaron Los Smith en los ochenta, que la suya sería una hermosa forma de morir de no ser por la terrible desazón que acompaña cada minuto de sus vidas.

El debate ético que parece presidir la función se empequeñece a media que transcurre la historia de Cathy (Carey Mulligan), Tommy (Andrew Garfield) y Ruth (Keira Knightley) a la sazón que sus lastradas experiencias vitales amenazan con convertirles en algo más que una emulación. El amor y los celos aparecen con puntualidad estacional, mientras los hechos se suceden hasta dejar en punto muerto una cuestión moral que sobrevuela en todo momento el devenir de los protagonistas en favor de la aceptación de un destino para el que han sido formados y en cuyo cumplimiento se afanan, presos de un penoso sentido del honor.

No son pocas las escenas que inducen hacia una tristeza intensa durante su pausado y tal vez en exceso academicista metraje: el baile de Cathy accidentalmente espiado, tomando como compañero de pista a una almohada; la lastimera espera de Tommy mientras aguarda a sus compañeras de viaje tras años alejado de ellas; la inocente muestra artística de Tommy, presentado como patética prueba de amor en busca de más tiempo para respirar; la mirada perdida del que ha jugado sus malas cartas de la única manera posible, mientras aguarda, tumbado sobre una mesa de operaciones, su inexorable destino… Demasiado bagaje emocional para dejar inmune al peregrino por muy inocuo que sea el ocasionalmente tibio guión y muy torpe la mano de su abrumado director, pues el material en que se basa (la excelente novela de Kazuo Ishiguro) no admite lugar a la duda a costa de un presumible batacazo que finalmente se evita a duras penas, resguardándose en algún pliegue de nuestra memoria los escasos momentos en los que se nos acarició ese corazón de cuya existencia emocional duda Romanek y, en demasiadas ocasiones, el que esto escribe.

Memeadicto…

En realidad no es así, no soy memeadicto. En realidad, los memes me dan bastante grima. Pido a los cielos que no me caiga ninguno en suerte, pero cuando alguien apreciado me pide que participe de uno lo hago encantado y sin rechistar, convencido de que mis respuestas de algún modo le interesan sinceramente. Así fue que Troyana, a la que estimo grandemente desde hace ya casi tres años, me reclamó una serie de respuestas cinéfilas y como hablar de cine es algo que podría hacer veinticuatro horas al día, lo hago con sumo placer. Conste, en cualquier caso, que las escenas que cito son solo una gota en el océano. Mañana, a buen seguro, las respuestas serían otras. Conste también, que este meme acaba aquí por mi parte. Si alguien desea tomarlo es muy libre de hacerlo.

ESCENA MÁS GRACIOSA

Sin duda, hoy me decanto por “Las Vacaciones del Señor Hulot”  (Jacques Tati, 1953). La escena del funeral en la que el muy torpe y eternamente fuera de lugar señor Hulot trata de reparar su coche y acaba recibiendo el pésame en un funeral ajeno es sencillamente hilarante. Debo confesar que no hace demasiado tiempo me ocurrió algo similar, lo que demuestra que mi semejanza con Hulot es más que preocupante.

Dejo un vídeo con la escena incompleta. Lástima, pues falta lo mejor.

ESCENA MÁS TRISTE

Hay una escena en la notable “Cuna de Héroes” (John Ford, 1955) en la que un viejo militar (Tyrone Power) al borde de la retirada, coge la mano de su esposa (Maureen O’Hara) mientras pasan una tarde más en casa al tiempo que hablan de sus cosas. Ella no se encuentra bien; el dolor lleva oprimiendo su pecho todo el día por lo que su marido soporta su peso mientras la acompaña camino de la mecedora del porche de su casa. Piensa, el viejo militar, que el aire fresco del atardecer le sentará bien. Tras ayudarla a sentarse, él se presta a buscar un chal que resguarde los hombros de su esposa de la brisa nocturna que comienza a soplar. Mientras busca en un armario, en un segundo plano vemos como la mano de la mujer cae y se comienza a balancearse inerte. El militar se extraña del silencio de su esposa ante las preguntas que le ha lanzado mientras buscaba en el armario. Al volverse, se da cuenta de que el brazo de su mujer yace desplomado, como si el de una muñeca de trapo se tratase. Entonces, lentamente, se dirige hacia el porche y, tras observar con dulzura a la que ha sido su mujer durante cuarenta años, le coloca delicadamente el chal para sentarse después a su lado donde contemplará el que será último anochecer que compartirán juntos. Una delicatessen emocional. Puro Ford.

ESCENA MÁS ALEGRE

La escena más optimista tenía que ser de Capra, of course. En “Vive Como Quieras” (Frank Capra, 1938) todos los problemas (especialmente los que no tienen solución) se encaran de un modo tan simple como tocando la armónica y bailando. Puede que no se consiga resolver mucho de tal modo, pero, echando mano del dicho popular: “que nos quiten lo bailao”...

ESCENA MÁS AGRIDULCE

La escena final de “Lost in Translation” de Sofia Coppola, deja un poso entre amargo y dulce. El breve camino común ha terminado y Bob y Charlotte emprenden caminos diferentes sin haber llegado a completar el círculo. Ambos han tomado algo del otro y ésto les ha servido para ensamblar muchas de las piezas desubicadas en sus vidas. Pero hay tanto por construir aún y todo es siempre tan difícil…

ESCENA MÁS PERTURBADORA

Tras una escalonada caída en los infiernos de la depresión (alcohol mediante),  Norman Maine (James Mason) aprovecha una actuación de su esposa (Judy Garland), estrella emergente (tan preocupada por el estado de Norman como profundamente enamorada de su marido) a la que la presencia de la descendente carrera de Norman opaca, para adentrase en el océano y desaparecer de escena del modo más discreto posible mientras de fondo suena la voz de su mujer cantando proféticamente “It’s a New World”. La sutileza con la que George Cukor rueda la escena final de  la versión musical de “Ha Nacido una Estrella”  (George Cukor, 1954) es sobrecogedora. La interpretación de Mason, escalofriante. En sus últimos momentos, su rostro refleja la intensa tristeza del que padece dolor de alma, al tiempo que transmite la serenidad y la determinación del que sabe que está a punto de tomar el único camino posible.

ESCENA CON MÁS SUSPENSE

La escena inicial de “Gloriosos Bastardos” (Quentin Tarantino, 2009) es desquiciante incluso para los nervios más templados. En todo momento es notorio que algo está a punto de ocurrir. Sin embargo, el malévolo Tarantino desespera a la audiencia con falsos movimientos que transmiten una negra esperanza que finalmente se vendrá abajo. Pero el mal no siempre triunfa. Al menos, no en esta delirante y tan extremadamente violenta como inteligente película.

ESCENA MÁS ATERRADORA

La escena final de “La Matanza de Texas” (Tobe Hopper, 1974) nos sumerge en un universo gobernado por la locura más irreal. El nivel de histerismo llega al punto de que Leatherface se aparece como el miembro más cuerdo de esta familia de psicópatas paletos con gusto por hacer llegar la casquería hasta nuestras peores pesadillas. Han pasado muchos años, pero aún me dura el tembleque (palabra) desde el primer y último día que la vi.

ESCENA MÁS ROMÁNTICA

Ocurre que se dio en “Eternal Sunshine of the Spotless Mind” (Michel Gondry, 2004) la más romántica, la más triste y también la más devastadora escena que he visto. Sólo así se puede entender el extraviar para siempre de tu memoria a la persona amada. Después de eso nada queda y Joel (Jim Carrey) lo sabe. Por ello observa con rendición como desfilan los recuerdos en los que ella aparece y que, al llegar la mañana, ya no estarán. Consciente de que la tristeza presidirá tu vida por siempre, al menos “finjamos que tuvimos una despedida”, que diría Clementine (Kate Winslet).

ESCENA CON MEJOR DIÁLOGO

Inclinándome por el clasicismo, debería decir que es “Casablanca” la película que contiene mejores diálogos. Y está cualquiera de Mankiewicz o de Tarantino o de Wilder… pero no. Ya que estoy con “Eternal Sunshine of the Spotless Mind” me quedo con el diálogo que me quita el sueño desde 2004.

Joel: Vayámonos. Tengo que volver en coche con mis amigos.

Clementine: Pues, vete…

Joel: Y lo hice… Pensé que tal vez estabas chiflada. Pero eras excitante.

Clementine: Ojalá te hubieras quedado.

Joel: Yo también lo desearía. Dios, ahora desearía haberme quedado. Desearía haber hecho muchas cosas. Ojalá… ojalá me hubiese quedado, en serio.

Clementine: Cuando bajé ya no estabas.

Joel: Me fui. Salí por la puerta.

Clementine: ¿Por qué?

Joel: No lo sé. Me sentí como un niño asustado. Me sentía con el agua al cuello.

Clementine: ¿Estabas asustado?

Joel: Sí, creía que ya sabías eso de mí. Volví corriendo hasta la hoguera, intentando vencer mi humillación.

Clementine: ¿Fue por algo que dije?

Joel: Sí. Dijiste: “pues, vete”, con tanto desdén, ¿sabes?

Clementine: Lo siento.

Joel: No importa.

Clementine: Joel, ¿y si esta vez te quedaras?

Joel: Salí por la puerta. No me queda ningún recuerdo.

Clementine: Vuelve y al menos inventa una despedida. Finjamos que la tuvimos.

Clementine: Adiós, Joel…

Joel: Te quiero…

Clementine: Nos vemos en Montauk…

ESCENA CON MEJOR PELEA

Con seguridad la escena de la interminable pelea entre Victor McLaglen y John Wayne en “El Hombre Tranquilo” (John Ford, 1952). Fue tan largamente esperada, que los pueblos vecinos a Innisfree se quedaron vacíos para ser testigos de tan magno evento. Todo empezó en plena finca de McLaglen y, tras recorrer el pueblo a mamporrazos, acabó en la de Wayne. Eso sí, todo se desarrolló con caballerosidad y buen talante. Más o menos…

MEJOR ESCENA MUSICAL

El momento en que Judy Garland canta “Have Yourself a Merry Little Christmas” en “Cita en San Louis” (Vincente Minelli, 1948),  tiene la facultad de arrancarme lágrimas cada vez que cometo el “error” de verla de nuevo. En concreto, el momento en que la Garland se arranca con un “next year all our troubles will be out of sight”  me sume en un estado tal que cualquiera de mis conocidos negaría toda relación conmigo. Un recuerdo de infancia (la canción) azuzado periódicamente por las circunstancias.

MEJOR ESCENA MUSICAL CON BAILE

La escena en la que son presentados los personajes del apocado Seymour (Rick Moranis) y la megacursi, y sin embargo entrañable, Audrey (Ellen Greene) en “La Pequeña Tienda de los Horrores” (Frank Oz, 1986)  es un prodigio de narración y puesta en escena usando como pretexto la música. Teoricamente deprimente, si bien incrustada en una comedia azucarada y a pesar de todo cruel, palabra de que resulta disfrutable en cualquier situación y estado emocional.

ESCENA CON MEJOR DISCURSO

Esto de los discursos como medida de concienciación pasó a la historia hace tiempo, deglutido por los nuevos tiempos. Entonces, de repente, “El Discurso del Rey” arrasó entre la crítica de bien, convenció a los espectadores y la escena final, en la que el rey Jorge VI habla a la nación, emocionó a no pocos de ellos. Asumido mi fracaso a la hora de realizar juicios de valor (cosa que nunca debería hacer), obvio la tontería oscarizada este año, para decantarme por los clásicos una vez más. En concreto me quedo (siempre) con el idealista de manual que fue Frank Capra. Maestro de causas perdidas y eterno optimista confiado en que las cosas pueden y deben cambiar. El discurso de Jimmy Stewart en “Caballero sin Espada” (Frank Capra, 1939) no sólo mantiene su vigencia hoy día, sino que debería ser de obligada visión para todo aspirante a político antes de ser maleado por el sistema.

Ya que el texto declamado es fundamental para su comprensión, pongo las dos versiones: la original (emotiva hasta la arcada) y en castellano (denunciablemente mal doblada) para quienes no dominen el inglés.

MEJOR ESCENA DE INICIO

Me quedo, por siempre jamás, con la portentosa escena inicial de “Sed de Mal” (Orson Welles, 1958). Pero al haberla citado en un meme reciente, quedaría redundante hacerlo de nuevo. De modo que echo mano de la excelente escena inicial de “Magnolia” (Paul Thomas Anderson, 1999) en la que, a través de un primoroso montaje, se demuestra empíricamente que el azar no existe.

MEJOR ESCENA FINAL

La escena final de “El Padrino” (Francis Ford Coppola, 1972) reúne en un solo plano la esencia del gran cine. Una imagen fija, unos gestos que lo dicen todo y un acto final que aleja a los ojos indiscretos marcando una línea que nunca se debe traspasar. Por algo Coppola es, a mi modo de ver, uno de los escasísimos genios vivos.

ESCENA QUE JAMÁS DEBERÍA HABERSE RODADO

El piloto que activa la vergüenza ajena funciona con tanta frecuencia sobre mí que tentado estoy de desactivarlo y entregarme a la cursilería más vil con tal de no oír sus cada vez más estruendosos pitidos. Hay tantas, tantas escenas que solo sirvieron para malgastar celuloide y para alimentar las peores pesadillas de tanto cinéfilo incauto, que me resulta imposible quedarme con una sola. Porque Michael Bay es el anticristo y mi odio hacia su persona aumenta día tras día, le señalo a él y a su obra magna: “Pearl Harbor” (2001).

Es tal el filón que supone esta ¿película? que difícil resulta decantarse por una escena. Por citar una, me quedo con la del primer encuentro sexual entre los protagonistas sucedido tras un baboso vuelo romántico que, me temo, pretende emular al de Redford y Streep en “Memorias de África”, escoltado por una enfática banda sonora que nos hace desear ser sordos. Una vez en tierra, y rodeados por vaporosas sábanas blancas en un escenario en el que seguramente se rodó algún vídeo para Playboy un par de días antes, se consuma el delito del modo más aséptico posible, por supuesto. La fotografía, la música, los gestos de los actores… todo parece formar parte de una confabulación para derrotar la astillada alma del que mira al mismo tiempo que sirve para alimentar las fantasías de cualquier fémina adolescente en pleno calentón pasteloso. Inenarrable…

MEJOR ESCENA

La mejor escena del cinéfilo mundo mundial sencillamente no existe. Son miles, cientos de miles o millones los pedazos de fotogramas que pueblan mi memoria. De quedarme con una tendría que echarlo a suertes o citar la primera que, a bote pronto, me venga a la cabeza. De modo que a ver, a ver… Et voilà…

Y fin…

Amor de Madre…

Al margen del chiste fácil que retrotrae a edípicos legionarios con la frase que da título a este posteo tatuada en su biceps, a madres castradoras judías (Woody Allen sentó cátedra sobre el asunto) y a las amorosas madres siempre dispuestas a oficiar de red de funanbulista para sus hijos, el amplio abanico de posibles madres ha sido recogido por el cine sin ningún tipo de pudor. Desde madres sanguinarias hasta lánguidas, pasando por las disolutas y sin olvidar las abnegadas, todas ellas han defilado por la pantalla plateada en alguna ocasión. Todo un ramillete de posibilidades que no está de más recordar en un día como hoy…

MAMÁ NOS COMPLICA LA VIDA (1958)

Ya querrían las mujeres contemporáneas ser madres de una pavisosa tan obediente como Sandra Dee. Sin embargo, allá por los años cincuenta, el que tu pequeña se echase novio (aunque diese grima de puro perfecto, como el de la Dee) suponía un cúmulo de preocupaciones por la lucha de mantener la virtud de tu intocable retoño. La maravillosa Kay Kendall (la madre) pone los mohínes de preocupación, mientras Rex Harrison (el padre) trata de desengrasar que, al fin y al cabo, él también fue joven alguna vez. Brillante comedia de Vincente Minelli a la que el tiempo ha acuchillado sin piedad.

MI MAPA DEL MUNDO (1999)

Una cosa es ser despistada en grado sumo, como Sigourney Weaver en esta peli, y otra un monstruo digno de sufrir los mayores tormentos. Así ocurrió que un día una vecina le dejó su hija en custodia a la Weaver  y al regresar la encontró flotando en un lago. De ahí todo se disparó hasta acabar con los huesos de Sigourney en la cárcel tras ser acusada de abusos a menores. Su marido se mantendrá a su lado mientras los vientos que soplan no sean gélidos y sus hijos empezarán a percibirla como otra cosa. Una cruel parábola social sobre el perdón que siempre es negado cuando hay niños de por medio.

JUNO (2007)

Esta solemne tontería dirigida por Jason Reitman, se convirtió en la sensación del año Dios sabrá por qué. Todo gira en torno a una ¿espabilada? adolescente que se queda embarazada tras sufrir el acoso de las hormonas estacionales. El que el padre, además, sea el más bobo del instituto no ayudó demasiado a la resolución del amable embrollo. Al final, y tras un desenlace azucaradamente convencional, todos ganaron: Reitman (“Up in the Air”) consiguió el aplauso de la mayor parte de la crítica; Diablo Cody (guionista) se revalorizó y así pudo despedirse para siempre de los clubs de mala muerte en los que se ganó la vida como stripper y Ellen Page (la protagonista) se convirtió en un intocable ídolo juvenil.

MARNIE, LA LADRONA (1964)

   

Experto en drama-mamás, en esta ocasión Hitch mantuvo los focos dirigidos sobre los pliegues más ignotos del cerebro humano, siempre en busca del intenso placer que le suponía (a él y a los demás) el trauma ajeno. Desde luego, a la pobre Marnie (Tippi Hedren) le tocó la lotería en ese aspecto: cleptómana, mentirosa compulsiva, estafadora, frígida, autodestructiva… lo único que le faltaba era un yerno como Antonio what do you say Banderas para completar el círculo. De la madre (Louise Latham) qué decir que no describa su aspecto. Una lagarta, antigua prostituta, que disfrutaba minando la salud mental de su pequeña tanto cepillándole el pelo como haciéndola testigo de sus relaciones sexuales con marineros somalíes. Lo que hubiese disfrutado Freud con ella.

MAMÁ SANGRIENTA (1970)

Si Roger Corman era capaz de rodar una película con una lata de aceitunas vacía y un mondadientes como único equipamiento, imaginen lo que consiguió con un presupuesto de clase A que incluía en su engalanado reparto a Shelly Winters, Bobby de Niro y Bruce Dern. Gloriosa reconstrucción gamberra de las andanzas de la banda de Ma’ Baker y sus cuatro hijos durante los años de la Gran Depresión. Amorosamente, mamá (Shelly Winters) inculcó en sus hijos la mala costumbre de llenar sus estómagos y rellenar de plomo los ajenos. A la película no le falta de nada y, sin embargo, le sobra casi todo. Puro Corman.

DUMBO (1941)

La señora Dumbo (cuál Belén Esteban) se puso como un basilisco cuando a todo bicho viviente del circo en el que trabajaban le dio por cachondearse de las grotescas orejas con las que nació  su pequeño. Como resultado acabó siendo encerrada y convirtiéndose en candidata idónea para el siempre poblado frenopático circense. Al final, y porque Disney no debía odiar tanto a las madres como algunos señalan, todo acabó bien. Aunque el puñetero gorrito con lazo que lucía y la convertía en asesinable, no se lo quitaron, no…

STELLA DALLAS (1937)

Segunda de las tres versiones filmadas hasta la fecha sobre el trágico devenir de Stella Dallas. Espléndidamente interpretada en esta ocasión por Barbara Stanwyck, quien prefirió acentuar el lado patético del personaje (enclaustrando a la madre corajuda), y dirigida por King Vidor en plena edad de oro del melodrama, la película funciona además como una rotunda crítica humana, más que social. Stella se humilla de tal modo, en busca de un porvenir acomodado para su hija, que no resulta fácil soportar la mirada en escenas tan penosas como en la que es reprendida por unos polícias que la sorprenden espiando por una ventana la fiesta de compromiso de su hija con el hijo de un millonario. Y es que siempre hubo clases…

EL SOPLO AL CORAZÓN (1971)

Dudo que exista un solo vástago que no se enamorase de su madre o de su padre en los albores de la adolescencia. Una estación de paso ineludible de toda vida que Laurent (Benoît Ferreux) desearía eternizar y llevar hasta las últimas consecuencias; cuestión comprensible teniendo en cuenta que su madre está interpretada por la apetitosa Lea Massari. La pesadilla del tránsito de la infancia a la adolescencia contada con delicadeza por Louis Malle en esta impepinable obra maestra.

PSICOSIS (1960)

Donde hay una madre hay un trauma, y si no que se lo digan al gordo inglés. Hitch se arriesga una vez más en su carrera, filmando una película de trazo duro en la que la protagonista muere en el primer tercio de la cinta. El brillante planteamiento alcanza cotas épicas parapetado en la aparente fragilidad de Norman Bates (Anthony Perkins), atormentado protagonista al que su madre eligió como su particular punching ball emocional. Presa, desde su estreno, del fetichismo cinéfilo más desatado, es imposible señalar una única escena de esta obra maestra del cine de suspense. Tan solo recordar que, como buena madre, la sombra de la madre de Norman sigue vigilando a su niño…

LA MADRE (1926)

Hasta la victoria final, camaradas!! El pionero director Vsevolod Pudovkin se une a la causa mostrando cómo una madre, testigo del asesinato de su marido y del injusto arresto de su hijo por las hordas policiales, se convierte en una activista de nivel siete en pos de la revolución proletaria. Que aprenda Brecht, eso sí que es una madre coraje.  Basada en una novela de Gorki, la película se traduce como un fascinante panfleto en una época en la que la rivalidad de Pudovkin con Eisenstein por ser el más revolucionario y mayor innovador les hacia crecer (a ellos, al cine y al espectador) a velocidad vertiginosa. Luego llegó el partido y se cargó el invento marginándoles por no ser lo suficientemente rojos. Así es la vida.

QUERIDÍSIMA MAMÁ (1981)

Si algo está claro es que ser hijo de Joan Crawford, ser su pareja, trabajar a sus órdenes e incluso estár en un radio menor de 100 kilómetros a la redonda del lugar en el que ella se encontraba era tan peligroso como participar en la limpieza de la central nuclear de Fukushima. Así fue que la hija adoptiva de la diva vengó la traumática infancia que su madre y torturadora le proporcionó mediante un libro autobiográfo que describe al detalle la atmósfera enfermiza que se respiraba en casa Crawford. Ríanse de la saga “Shaw”, porque lo que describe la película dirigida por Frank Perry pone los pelos como escarpias. Véanla (se deja ver, pese a su regusto camp) y descubran en qué se inspiró el coronel Kurtz (“Apocalipse Now”) cuando dijo aquello de el horror, el horror. Como adelanto, miren la foto que ilustra este posteo y degusten el modo de vestir de los Crawford un día cualquiera.

Y fin…