De Mujeres y Cisnes…

Pese a caer, con frecuencia, en los esquemas más simplistas tras sortear los laberintos más arduos, el cine de Darren Aronofsky garantiza, en cada uno de sus visionados, una experiencia única y singular. El ejemplo supremo de ello podría ser “La Fuente de la Vida”, extraordinario poema visual que pasó inadvertido en su día, de no ser porque “Cisne Negro”, sin alcanzar las altas cotas de intimismo de su predecesora, sitúa definitivamente su filmografía entre las imprescindibles.

Con un pulso narrativo propio de los mayores maestros del cine de suspense, Aronofsky nos conduce de modo subjetivo a las mismas entrañas de la locura a través de Nina (Natalie Portman), bailarina sobre cuyos frágiles hombros recae la oportunidad de su vida: interpretar a la reina cisne en el popular ballet escrito por Tchaikovsky. Paso a paso, con asombrosa agilidad, el director sumerge la acción de modo que los tentáculos de la obsesión aprisionan a la puesta en escena hasta convertir la atmósfera en irrespirable. Cada rango, cada gesto, cada plano está medido con tal matemática precisión que apenas deja rendijas al azar, salvo una presumible distancia emocional que lejos de cumplir su función, dotando de aire a la narración, convierte al resultado en aún más inquietante.

Con la negrura espolvoreada en cada milímetro de celuloide, corresponde a los actores situar las piezas en los lugares indicados. Natalie Portman, sencillamente, enmarca un papel nada fácil que se desparrama cuesta abajo constantemente. Tan erosionada debió quedar la actriz que en numerosas ocasiones cuesta trabajo reconocer dónde están los límites o, en su defecto, si tales límites  fueron impuestos por la actriz en alguna ocasión. Unos efectos especiales impecables, al servicio de la narración, una puesta en escena escalofriante y una fotografía tan gélida como el alma de los personajes que componen la fábula rubrican una obra mayor que transmite el desasosiego y lo expande más allá de la pantalla en una notable reflexión acerca del vampirismo que ejerce la obsesión sobre el individuo hasta mutarle en un yonki  de sus propios fantasmas.

El cubo de Rubik visual y de mil caras encaja en el último movimiento. Rindo pleitesía al maestro por unos segundos por su delicado regalo. Me sacudo las sombras como puedo. Luego miro la pantalla una última vez y  confío en que de esas cicatrices de mi espalda no broten jamás plumas negras.

Granos de Arena que Construyen Casas…

La metodología de los hermanos Coen a la hora de rodar consiste en materializar la estrategia del caracol. Paso a paso, éxito tras tropiezo, van trazando una trayectoria que por coherente carece de referencias desde que Staley Kubrick murió. En esta ocasión se atreven con el género más cinematográfico: el western. Muerto y enterrado miles de veces y aún vivo, pese a las múltiples zancadillas sufridas.

La puesta al día del clásico “Valor de Ley”, que cuarenta años atrás llevó al cine con brillantez Henry Hathaway (elevando, de paso, al olimpo de galardonados con Oscar al, desde hacía décadas mítico, John Wayne),  les sirve para graduar su inequívoco estilo confrontándolo con los rigurosos estándares que el cine de género exige. Minimalismo formal en la puesta en escena engalanada con unas interpretaciones impecables y el inefable toque personal de los hermanos a los que sólo se podría reprochar el que la escena final recuerde vívamente al “Sin Perdón” de Eastwood y que el epílogo nos haga recordar que en los tiempos en los que se filmó “El Hombre que Mató a Liberty Valance” (a la que referencia abiertamente) lo crepuscular tenía más sentido, más viniendo de la mano de un maestro de la melancolía como era John Ford.

Respetuosa con el original, toma su propia senda en cuanto tiene ocasión para mostrar la frontera sin artificios ni piedad y con el distanciamiento suficiente como para no distraer lo esencial con innecesarias florituras. Siempre en favor de lo riguroso, no le hace ascos a la épica, pese al pudor del que los Coen parecen ser presa cada vez que el énfasis demanda su lugar. El edificio final resultante es tan sucio y arenoso como cabría esperar. También es tan sólido y robusto que ni el mayor de los tornados le haría más que cosquillas.

Un extraordinario (debería indicarlo con letras mayúsculas) Jeff Bridges (escuchen sus declamaciones en versión original y pásmense) en el papel principal, una soberbia Hailee Steinfeld en el papel de niña vengadora y un más solvente de lo habitual Matt Damon, terminan de dar forma a este maravilloso regalo que, por supuesto, pasará desapercibido la noche de los Oscar. Supongo que los académicos pensarán a modo de los dioses griegos: ¡Que el fuego se  mantenga lejos de los mortales!. Así nos va…

Goyas: De la Iglesia vs. González Sinde…

No soy muy de premios. Reconozco que desde los diecisiete años me mantuve en vela la noche de los Oscar para ver la ceremonia e incluso tomar notas sobre lo que ocurría. Incluso tracé una rutina que mantuve en pie hasta el año 2008 que incluía una cinta de cassette con canciones cinéfilas grabadas del programa de Carlos Pumares, una vieja máquina de escribir y el visionado de una de las películas nominadas en el cine más cercano a mi casa.  He de reconocer, también, que prefería las ceremonias de los lunes a las de los domingos y que me aburrí en infinidad de ocasiones que soporté observando cómo las luces volvían a prenderse mientras los cafés se enfriaban en mis manos. Llegados a este punto, confieso que hasta este año jamás había visto una ceremonia de los Goya completa. Me aburre, me resulta insustancial. Como mucho, solía ver pequeños fragmentos que gracias a la tecla de fastreview se hacían más llevaderos. Por último, confieso que me lo pasé bien esta vez gracias a la ceremonia paralela que unos amigos celebraron en una casa de Pamplona. Fue divertido o más que eso…

Y bien, la ceremonia fue más o menos así: Buenafuente y su humor blanco revestido de supuesta cabronería no hace gracia, menos después de que Ricky Gervais refundara el honorable oficio de maestro de ceremonias en los pasados Globos de Oro. Luis Tosar regala el mejor momento de la noche al interpretar un medley de canciones acompañado de Paco León, Asier Etxeandia, Laura Pamplona, Inma Cuesta, Hugo Silva y Fernando Guillén Cuervo. Rompen la monotonía con descaro y sin asomo de vergüenza. A partir de ahí, exceptuando el momento en que Pasqual Maragall consultó su teléfono móvil en el estrado, todo fue cuesta abajo. Una ganadora inesperada pasa de ser entrañable a convertirse en pelmaza cuando agradece su premio durante cuatro pesados minutos de modo deslabazado. Termina con un “no tengo palabras”.  Yo sí las tengo, pero guardaré silencio. Cantado premio para Karra Elejalde por un papel de esos escritos para caer bien. Su discurso hace bueno al de la premiada pelmaza. Entre los premios “seguros” pocas sorpresas y mucha congoja impostada. “Chico y Rita”, la película de animación dirigida por Trueba, per example, ni siquiera se ha estrenado. Tampoco lo había hecho “También la Lluvia” y le tocó el premio gordo de representar al cine español en los Oscar. Mientras se tolere la “trampa” del estreno limitado en alguna pantalla Talavera de la Reina estamos jodidos y sin referencias de quién nos representa allá en los States. Hablando de “Chico y Rita”, Javier Mariscal sube a recoger el premio junto a Trueba para demostrar que padece del mal de Andy Warhol. Osease, que está fuera de lugar en todo lugar y momento. Como la Coixet, vamos. Termina con una arenga gilipollas que en lugar de enardecer genera vergüenza ajena. Todo circula en función de los matices, pienso entonces. El premio de honor para Mario Camus termina siendo tan coñazo como la mayor parte de su filmografía. Los bostezos ganan terreno, la ceremonia parece no tener fin y “Pan Negro” termina siendo coronada como la mejor película de un año para olvidar. Poco antes, Javier Bardem recoge su Goya al mejor actor, pero esta vez sin emoción alguna, de modo mecánico. Supongo que se está acostumbrando a ser premiado. Por lo demás, como casi siempre: mucha niña mona y casi ninguna sola, pasarela de moda en la alfombra (esta vez sí) roja y manifestación en la entrada, esta vez de un colectivo de internautas en contra de la Ley Sinde. El vestido de Nora Navas, al que juraría le faltan piezas, me recuerda al que lució Paz Vega el año que fue premiada por “Lucía y el Sexo”. La Navas no sacó de paseo uno de sus pechos, como Vega, pero juraría que mucho no le faltó. También apareció por allí Jimmy Jump para demostrar que el que nace tonto morirá tonto. Para los restos queda el discurso de despedida del presidente saliente, Alex de la Iglesia en crudo duelo al sol con la ministra Sinde.

El presidente Alex de la Iglesia, siempre deseoso de ser el centro de atención, fue víctima de un arrebato místico y decidió hace semanas dimitir tras la ceremonia. El motivo, la aprobación de la la ley Sinde apenas reformada. Los años que ha estado al frente del cine español fueron considerados por muchos como los del apaciguamiento. Ahora se marcha dejando el charco convertido en un mar embravecido. Su discurso final, lejos de buscar la yugular del enemigo, trató de justificar su punto de vista representado los ajenos como arcaicos. Razón no le falta. Eso sí, los modos mejor en otra sintonía y más acordes con la serenidad que se atribuía a su mandato. La ministra Sinde le mantuvo la mirada sin fisuras, acompañada de una sonrisa al más muro estilo Monalisa, dejándole hablar mientras ella se limita a actuar. ¿Es necesario añadir quién ganó la batalla? La guerra es otra cosa, se verá el día que de la Iglesia estrene su próxima película, para la que ha prometido descargas legales en Internet a precios de saldo. A todo esto, la expresión (calificada como “cara de culo” por Santiago Segura) de la ministra Pajín merecería espacio aparte de ser un personaje lejanamente interesante. De modo que, a otra cosa…

Mereció la Pena…

Cuando Miles Davis se sentía mal, cosa que ocurría con demasiada frecuencia dada su atracción por la melancolía más desenfrenada, se marchaba a París, a casa de Juliette Grecó. Allí, en los brazos de la actriz francesa, se reconciliaba con una vida que le abrasaba. Ni la heroína, ni el alcohol ejercían tan poderoso influjo sobre él como los besos de la que él definió como “la mujer cuya silueta dibujo cuando toco”.  Tan intensa fue su intermitente relación que, para desesperación de John Huston, la actriz abandonó el set de rodaje de “La Raíces del Cielo” porque Miles la necesitaba.

A principios de los años sesenta, Miles había incluído en su repertorio “When I Fall in Love” en honor a Juliette. El clásico que popularizó Nat King Cole ha sufrido (nunca mejor dicho) todo tipo de atentados sonoros a lo largo de seis décadas. Karen Carpenter la edulcoró, Celine Dion la humilló y el insulso grupo Westlife directamente la abochornó. Miles Davis y su mítico quinteto del que formó parte John Coltrane y Red Garland la tocó con un sentimiento que hace evocar el cuerpo de la Grecó en cada una de sus sinuosas notas.

En una entrevista concedida a la revista PlayBoy, Miles Davis declaró  que su vida era frustrante. Dijo haber sido pocas veces feliz. Alex Haley, autor de la entrevista, le preguntó entonces por su música y le cuestionó por su corazón…

Haley: ¿Está enamorado?

Davis: Lo he estado alguna vez.

Haley: Entonces ha sido feliz…

Davis: Alguna vez, pero nunca lo soy cuando toco. La música supone sufrimiento para mí.

Haley: ¿Entonces por qué se dedica a la música?

Davis: Porque merece la pena.

Tú Ganas…

Michael: “Escucha, Nick. Eres el único tío con el que me gusta salir de caza. Me gustan los tipos que se mueven rápido. Jamás saldría a cazar con un gilipollas”

El Cazador (1978)

Alcanzar la paz merece la pena, aunque cuesta tanto como media docena de caídas mortales, un milagro, trescientos viajes en tren y una balsa aparentemente varada. No tan esquivo como él, más idiota y menos idealista. Tres años y, contra todo pronóstico, aún sigo en pie, como Michael, pero sigues estado ahí, como Nick. Escondida en algún rincón que debería iluminar con más precaución…

Michael: “¿Quieres jugar? De acuerdo, jugaremos a tu puto juego ¿Es lo que quieres? Te quiero, Nick…”

El Momento…

Mickey (Woody Allen) lleva años casado con Hannah (Mia Farrow). Su matrimonio no va bien. Mickey es un neurótico con ansias de sexo y protección, mientras que Hannah es una insegura con ribetes herméticos que cree le ha llegado el momento de tener hijos. Acuden a una consulta de fertilidad en la que les confirman que Mickey es estéril. Como consecuencia, el matrimonio se quiebra definitivamente.

Poco tiempo después, Mickey descubre que su afinidad con Holly (Dianne Wiest), hermana de Hannah, va más allá de la empatía. La quiere, siempre la ha querido en realidad. Sin embargo, para Holly el darse cuenta de que siente algo por Mickey es una sorpresa. Es un tipo divertido, sí, pero nunca pensó que su cuñado emitiese chispas que llegasen a alcanzar.

Inician una relación que por primera vez para ambos sabe a aunténtica. Para el metódico Mickey, el que Holly sea también estéril es una ventaja. No deberá preocuparse por el asunto de la paternidad. Para Holly, el que Mickey tenga un recuento ínfimo de espermatozoides también es una ventaja. La maternidad le atrae, pero ahora que es feliz no piensa renunciar al hombre que ha obrado el milagro. Pero los milagros a veces ocurren en más de una ocasión… Es entonces cuando llega la escena, el momento, en el que Woody Allen da paso a la esperanza, algo que ocurre en contadas ocasiones en su carrera. Holly se queda embarazada. El Allen consecuente, el cínico, el descreído se rinde y acepta que el prodigio puede darse en lugares y momentos inesperados…