Dedicatorias (II)…

El diez por ciento de este libro está dedicado a Harry Altshuler, que
hizo el noventa por ciento del trabajo.

PsicosisRobert Bloch

Para mi esposa Anne, sin cuyo silencio este libro nunca se hubiera escrito.
El Hombre en el CastilloPhilip K. Dick


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Comming Home…

El doctor Carter (Noah Wyle) regresa a Chicago de madrugada tras estar a punto de perder la vida en África. Nadie le recibe. Siente que ahora es otra persona, prefiere que sea así. Se sienta en una silla del salón, abre una cerveza y mira el reloj. Son las tres y media de la madrugada. Marca un número en el teléfono…

Abby (entre adormilada y confusa): ¿Sí?

Carter: Hola, Abby…

Abby: ¿John? ¿Eres tú? Hace meses que no sé de ti. (empieza a llorar) ¿Por qué no llamaste? ¿Creía que habías muerto?

Carter: Abby, sólo quería decirte que he pensado en ti cada día…

Abby: No puedes hacerme esto. Ahora no. Me ha costado mucho aceptar que…  Joder, ni siquiera te despediste de mí cuando te marchaste.

Carter: Te quiero, Abby…

Abby cuelga el teléfono sin dejar de sollozar. Abandona la cama para mirar por una ventana. Fuera, las calles están nevadas. John hace lo mismo en otra parte de la ciudad.

Fran, que posa su cabeza en mi almohada…

Para ella

Supongo que ésto es lo que planeó el azar durante tanto tiempo…

Diez de la noche. Me hago un hueco en el sofá justo cuando comienza a sonar la música que parece colgada de la ventana encendida del apartamento de Baxter. Al transcurrir sus minutos, los lugares conocidos se confunden con personas y hechos que ahora son sombras. En algunas escenas escucho a Baxter con otra voz. Viste una bata blanca y tiene acento madrileño. En la escena siguiente es Fran quien parece haber adoptado otra apariencia. Ha dejado la baraja de cartas sobre la mesa para posar su cabeza en mi hombro.

1999

Fran: Nadie merece un ascenso más que usted. Es el único que se quita el sombrero en el ascensor.

Baxter: ¿De verdad?

Fran: Te encuentras a cada uno. Algo les debe suceder a los hombres en los ascensores. Debe de ser el cambio de altitud, la sangre les sube a la cabeza o algo así. Bueno, si yo le contara.

Baxter: Me encantaría que lo hiciera. Quizás podríamos comer juntos en la cafetería algún día… o alguna tarde después del trabajo.

Fran: Piso veintisiete. Espero que todo vaya bien.

Baxter: Yo también. Tenían que llamarme en un día como hoy, con mi resfriado y todo eso. ¿Qué tal estoy?

Fran: Estupendo. ¡¡Espere!!

Fran se quita el clavel de la solape y se lo coloca a Baxter en el ojal de su chaqueta.

Baxter: Gracias. Eso fue lo primero que me llamó la atención de usted, siempre lleva una flor en la solapa.

2009

Fran: ¿Qué hace una raqueta de tenis en la cocina?

Baxter: ¿Una raqueta de tenis? Oh, sí, me estaba preparando un plato italiano. Lo uso para escurrir los espaguetis.

Fran: (pensativa) ¿Y por qué no?…

Baxter: En realidad soy bastante buen cocinero, pero un pésimo amo de casa.

Fran: Sí, ya lo veo. ¿Sabe lo que he encontrado cuando arreglaba el sofá? Seis horquillas, un lápiz de labios, un par de pestañas postizas y una varilla de cóctel del Stork Club.

Baxter: Es que soy una de esas personas que no saben decir que no. No me refiero a las chicas sino a…

Fran: A las personas como el señor Sheldrake.

Baxter: Supongo que sí.

Fran: Usted es una víctima.

Baxter: ¿Una qué?

Fran: Hay personas que abusan y personas de las que se abusa y saben que se está abusando de ellas, pero no saben qué hacer para evitarlo.

2008

Fran (acercando a Baxter su espejo de mano): Tome, arreglese el sombrero.

Baxter: Después de todo, ésta es una empresa conservadora. No quiero que los demás me tomen por un payaso.

Baxter enmudece al reconocer el espejo de Fran como el que encontró en su casa.

Baxter: Está… el espejo está roto.

Fran: Lo sé, me gusta así. Me veo tal y como me siento.

2011

Baxter: Sabe, antes vivía como Robinson Crusoe, como un náufrago entre ocho millones de personas. Hasta que un día vi huellas en la arena y la encontré a usted. Es maravilloso, cena para dos…

[…]

Baxter: La quiero, señorita Kubelik.

Fran: Siete, reina…

Baxter: ¿Ha oído lo que le he dicho, señorita Kubelik? Estoy loco por usted…

Fran: Calle y reparta las cartas…

The End, se acabó. Su cabeza intercambió mi hombro por una almohada hace pocos minutos. Aún conservo su calor. Su olor tardará horas en desvanecerse. Cambio de canal.


Te Odio. Te Amo…

Werner Herzog intentó por todos los medios que Klaus Kinski trabajase junto a él una vez más tras el rodaje de “Cobra Verde”. Herzog sentía que había vendido parte de su alma al comprometerse para rodar “Grito de Piedra”, la odisea de dos montañeros por alcanzar la cumbre del Cerro Torre antes que el otro. El proyecto le gustaba, pero el hecho de que se tratase de un proyecto ajeno (basado en una historia del alpinista Reinhold Meister) le hizo volcarse en la búsqueda de Kinski, quizás pensando en que la presencia de su alter ego desquiciado, su vieja némesis, su compañero de desvaríos serviría de excusa para ajusticiar su mala conciencia. Pero Kinski se negó siquiera a hablar con él, y pocos meses más tarde moriría de un ataque cardiaco, lo que desembocó en la definitiva incorporación de un nuevo psicótico en la troupe del director alemán, el actor norteamericano Brad Dourif.

La relación entre Herzog y Kinski se extendió hasta el final desde que coincidieran por vez primera durante su niñez. Ya entonces Herzog arrastró la sensación de que Kinski se trataba de una persona situada perennemente en el límite de la sinrazón.

En 1972, Werner Herzog pensó en él para dar vida al “gran traidor”, Lope de Aguirre, en la que sería una de las obras de referencia del renacido cine alemán. “Aguirre, la cólera de Dios” se rodó en la selva amazónica con medios y presupuesto más que precarios. Un rodaje que sirvió para referirse a los posteriores afrontados por Herzog, todos ellos basados en la improvisación y en la locura como únicas premisas.

La relación de odio-necesidad-desprecio-amor entre Herzog y Kinski tuvo multitud de capítulos escritos durante los tormentosos rodajes en los que coincidieron. En “Aguirre, la cólera de Dios” las iniciales discusiones no tardaron en convertirse en agresiones y amenazas. Los momentos álgidos incluyeron armas de fuego, como el fusil que solicitó Kinski antes de adentrarse en la jungla. Según dijo en un primer momento, lo pidió para protegerse de las alimañas. No tardó en confesar que deseaba matar a Herzog. Hacia el final del rodaje las tornas parecieron cambiar. Kinski, que se levantó un día displicente, lanzando retos a un equipo que a esas alturas no le soportaba, se negó a rodar una escena a lo que Herzog respondió con calma y silencio. Al cabo de unos minutos que consumió con poses pensativas, abandonó el set de rodaje para regresar amenazando con matar al actor. El diálogo que sigue reproduce aquel momento en boca (fantasiosa en grado nada desdeñable) de Klaus Kinski…

-¡Yo me largo! ¡Aunque tenga que remar hasta el océano Atlántico!

-Si te largas, acabo contigo- dice ese calzonazos de Herzog, con cara de susto debido al riesgo que está corriendo.

-¿Cómo vas a acabar conmigo, bocazas?- le pregunto, con la esperanza de que me ataque y así pueda matarlo en defensa propia.

-Te voy a disparar- balbucea como un paralítico con el cerebro reblandecido-. Ocho balas para ti, y la última para mí.

¿Quién ha oído hablar jamás de un fusil o una pistola con nueve cartuchos? ¡Eso no existe! Además, no tiene armas. Me consta. No tiene un fusil ni una pistola, ni siquiera un machete. Ni tan sólo una navaja. Ni un sacacorchos. Soy el único que tiene un fusil. Un Winchester. Tengo un permiso especial del gobierno peruano. Para comprar cartuchos, me he tirado días enteros de aquí para allá, de una comisaría a otra, para que me firmasen y sellasen papeles, y toda esa mierda.

-Te espero, insecto- le digo, alegrándome de lo lindo de que por fin hayamos llegado a esos extremos-. Me voy a mi balsa y allí te espero. Si vienes, te mato a tiros.

Luego me abro paso hasta nuestra balsa, donde Minhoi ya se ha dormido en su hamaca. Cargo mi Winchester y me pongo a esperar.

A eso de las cuatro de la mañana, Herzog se acerca en canoa a nuestra balsa y me pide perdón.

Aquel día se gestó un matrimonio mal avenido que coincidió en cuatro ocasiones más. Cada rodaje fue un suplicio que los dos juraron no repetir. En “Woyzek”, Kinski acusó a Herzog de tratar de envenenarle; en “Nosferatu, Fantasma de la Noche”, a Herzog de faltó poco para enloquecer… Pero nada de lo anterior se puede comparar a “Fitzcarraldo”.

El delirio comenzó ya en casa de Francis Ford Coppola. Allí estaba Herzog, trabajando contrarreloj en un guión sin pies ni cabeza. Por entonces su vida transitaba por la senda más oscura del delirio, algo que a Coppola dejó de parecerle divertido al observar el errático comportamiento del alemán los días previos a su marcha. “Fitzcarraldo” debía ser su obra magna, y sólo Kinski podía interpretar al personaje protagonista, un visionario obsesionado con la idea de construir un palacio de la ópera en plena selva amazónica. Una vez en Perú, lugar en el que se rodó la película, Herzog y Kinski se mostraron una afabilidad decreciente. Tres días bastaron para que confesaran planes mutuos para asesinarse. La actitud de Kinski resultó ser tan irritante que los propios indígenas que participaron en el rodaje, jíbaros con escasa paciencia, se ofrecieron a Herzog para eliminarle, cuestión que el director rechazó, según confesó más adelante, de mala gana. Kinski discutió con el director de fotografía, amenazó al guionista y llegó a enfrentarse físicamente con Herzog durante la primera semana de rodaje. Tan desquiciado llegó a ser el ambiente que dos miembros del equipo abandonaron el rodaje para convertirse en buscadores de oro en el Amazonas, algo que enfureció a Kinski, ávido siempre por ser el centro de atención. Consiguió su objetivo el día que una serpiente venenosa le mordió en un pie. Kinski, sin pensárselo demasiado, cogió un hacha y se amputó parte del pie ante los anonadados supervivientes de aquel rodaje de pesadilla. Presenciando la escena se encontraba Herzog, quien, con toda tranquilidad, dio por finalizado el rodaje por ese día.

Pero no fue hasta “Cobra Verde” cuando Kinski alcanza la cima de las montañas de la locura. Se cuenta que durante el rodaje Kinski no dejaba de proclamar su genialidad incomprendida a todo el que quisiera escuchar. Las discusiones violentas con Herzog no tardaron en llegar, enfrentamientos físicos incluidos. La última refriega entre ambos ocurrió durante el rodaje de una escena en la que Kinski desenvainó el sable que portaba para amenazar con cortar el cuello de Herzog, a lo que éste respondió ofrenciéndoselo mansamente. Son muchos los que cuestionan que aquello realmente llegase a suceder. La famosa fotografía que reproduce el momento no es más que simple márketing orquestado por el vanidoso Herzog, tratando de potenciar la leyenda de su relación con Kinski. Sin embargo, de las intenciones del actor cuando se ofreció a interpretar la pantomima no se sabe nada, más cuando los que intervinieron en el rodaje insisten en que Kinski llegó a perder por completo la razón. Días más tarde, Kinski abandonó el rodaje sin dar explicaciones.

Y así llegamos a 1992. Herzog se encuentra rodando “Grito de Piedra” en la Patagonia a su estilo. En otras palabras, un caos que incluye la pérdida de parte del metraje durante el descenso del Cerro Torre tras un día de rodaje. Por las noches habla sin parar de Klaus Kinski, “ese hijo de perra, chiflado y psicópata”. Antes de empezar una toma habla con Brad Dourif sobre el modo de encarar su papel. “Hazlo como lo haría Kinski”, le dice. Después añade, “ese bastardo cabrón”.

El Evangelio Según Woody…

I

Es cierto que no me gusta ir a fiestas, pero no soy un recluso. Voy al Madison Square Garden a ver los partidos de los Knicks. Ceno todas las noches fuera. Voy a menudo a la ópera y al teatro. Las personas no me agradan demasiado, es cierto. No soy un tipo antisocial, prefiero considerarme una persona selectiva.

II

Me veo dejando de hacer películas porque es un trabajo duro y lo que realmente me gustaría es escribir libros… Sería divertido. La gente siempre dice: “No puedes luchar contra el tiempo”. No se dan cuenta de que mi fantasía consiste en no tener que levantarme por la mañana para ser recogido por una furgoneta camino de un rodaje para tener que lidiar con toda esa gente. Sería divertido hacer el gandul por la casa, ensayar con el clarinete y escribir.

III

Nunca me gustarán los Oscar. Por nada del mundo. No es por una razón importante ni algo parecido. Simplemente no me interesa, no es un plato de mi gusto, no es un territorio donde me sienta a gusto. Posiblemente piensen que me estoy pasando, pero mis intenciones no van por ahí. Si vuelven a llamarme es probable que esté tocando jazz esa noche, ya que me lo tomo muy en serio. Apenas he faltado una noche en quince años. Es uno de los placeres de mi vida.  Iré a una ceremonia de los Oscar cuando el mundo se acabe.

(Declaraciones para la revista Esquire de abril de 1987. El mundo se acabó en 2002…)

IV

No eres sincero contigo mismo. Hablas de escribir…, quieres escribir un libro, pero… pero al final te inventas cualquier excusa para visitar a un amigo o hacer un recado que podrías hacer cualquier otro día o quedarte sentado sin hacer nada. No hay nada más terrorifico que sentarse ante un folio en blanco.

V

En mis fantasías nocturas yo aspiraba a las películas de Kurosawa, Buñuel y Bergman. Ésas son obras maestras puestas en película, y nada me agradaría más que en algún momento de mi vida yo pudiera conseguir rodar una película de esa envergadura. A cambio, he ofrecido al público “Manhattan” y “Annie Hall”. Películas que les hacen reír y alaban, pero que son entendidas como comedias con todo lo peyorativo que contiene la palabra. Siempre he sido el tipo gracioso encargado de hacerles reír. En cierto modo he conseguido mi objetivo: ocultar mi desazón.

VI

La mejor película que hice fue “Recuerdos”. Fue la película menos popular. Puede que eso signifique automáticamente que era mi mejor obra.

VII

Dicho de manera muy simple, el objeto de “La Rosa Púrpura de El Cairo” era demostrar que todos tenemos que elegir entre la realidad y la fantasía y, por supuesto, nos vemos obligados a elegir la realidad, porque en el otro lado está la locura. Y cuando elegimos la realidad, nos hacemos daño, porque la realidad siempre hace daño. Cecilia (protagonista de la película) opta por un lugar intermedio. Una especie de limbo reservado para los que ni saben ni quieren vivir.

VIII

No me interesan esos temas que les gusta dirigir a otros. Acción. Películas de gángsters. No me dicen nada. Lo mío son las relaciones humanas. Y mi interés principal es lo que hace vibrar a las mujeres… psicológicamente también.

IX

No hace falta ser judío para estar traumatizado, aunque serlo ayuda.

X

En realidad la muerte no me asusta. Lo hacía cuando tenía treinta o cuarenta años, pero ahora no. El día que se baje el telón echaré de menos a las mujeres, la música de jazz, mi clarinete y los paseos por la calle 35. Dejar de escribir será en cierto modo una liberación. Me iré contento. Al menos habré conseguido no poner los pies en  Alabama.





Y tras la maleza, nada…

Agasajada con la representación de la cinematografía española en la próxima edición de los Oscar, “También la Lluvia” oculta tras su brillante empaque visual que retrotrae al suculento subgénero del cine en zona de conflicto, una nada disimulada posición ideológica que una vez rumiada resulta tan tendenciosa como penosamente aleccionadora.  Como si en un arabesco trazado sobre la nada se pretendiera enmendar el castizo “ser más papista que el Papa” para reconvertirlo en “nadie es más progresista que yo”.  En ese sentido, y paradójicamente, los esfuerzos de Icíar Bollaín por distanciarse de las etiquetas y justificar su discurso, terminan por resultar grotescos al concienciar a los personajes más díscolos en un inverosimil viraje de apenas tres escenas, como si la directora pretendiera estar en todos los focos sin estar realmente en ninguno.

Todo empieza con un equipo de rodaje español que aterriza en Bolivia con objeto de ahorrar costes en el rodaje de una revisionista puesta al día de la conquista de América en la que Cristobal Colón es tildado como el déspota sin corazón que seguramente fue, al tiempo que se le califica de fascista. Sin tiempo de entrar en juicios de valor sobre lo atinada de tan anacrónica definición, se nos presenta a los religiosos Bartolomé de las Casas y  Antonio de Montesinos como precursores de todo humanismo imaginable en razón de su defensa de los indios, tomando como referencia a los apasionados actores que interpretan los papeles. La lección de historia toma entonces visos de puro aleccionamiento, recordando a menudo al cine de Ken Loach en el que no faltan las asambleas populares rodadas con titubeante cámara en mano.

El error de la película no nace de su posicionamiento, por supuesto. La muy nazi “El Triunfo de la Voluntad” y la muy comunista “El Acorazado Potemkin” son la prueba de que lo que precisa el cine es emoción y “También la Lluvia” carece por completo de ella. Ni siquiera las brillantes escenas finales de la revuelta social transmiten otra cosa que asombro por la capacidad de producción. Los múltiples intentos de dotar de alma a la cinta se estrellan una y otra vez en un frío muro de preguntas sin respuesta en el que nadie entiende por qué se rueda una historia tan localizable en un lugar remoto de Bolivia, ni las caprichosas mutaciones de los personajes, ni el porqué la dignidad que le fue arrebatada a los indigenas americanos no sólo no es responsabilidad de la directora el devolversela, sino que resbala por el tobogán de la indiferencia del espectador que únicamente logra sentir empatía por el personaje interpretado brillantemente por un emotivo Karra Elejalde en un papel escrito para caer bien.

Tras una escena en el que se gasta la última bala para lograr conectar con el mundo de la emoción, se alcanza el deseado final sin haber alcanzado el nirvana emocional ni el exhausto aura del que ha experimentado un profundo cambio interior. Muy al contrario, Bollaín insiste al cargar las tintas sobre lo evidente sin dejar en momento alguno de martillear con su mortificante moralina social para decorar la nada.

Poco importa que reciba o no la nominación a los Oscar. Lo preocupante es que el cine español siga dando un paso adelante y dos hacia atrás.