Doce Campanadas en el Porche…

Lo cierto es que Adam (Christian Slater) nunca tuvo nada salvo el corazón del rey de los babuinos en su pecho. Así se lo contaron de niño y él lo creyó. Tampoco tuvo nunca a nadie, de modo que las nocheviejas solitarias no eran nada nuevo para él. Caroline (Marisa Tomei) apareció de la nada y se enamoró de Adam como él había caído rendido ante ella hacía tiempo. Qué importa lo que durase, lo que quedó es un año nuevo en un porche y un deseo recitado a una estrella fugaz que en realidad era un planeta. Porque es así y lo intangible siempre siempre está oculto a los ojos.

Arrinconen a la desazón tan propia de una noche como ésta y que su entrada en el nuevo año sea feliz y, ojalá, junto a la persona que quieren.

Palabras Ahogadas…

Para Lionel Logue (Geoffrey Rush) todo impás tiene su origen y el que padece el duque de York (Colin Firth) no es una excepción pese a su real cuna. El futuro monarca sufre una regia tartamudez que ha rebajado su autoestima al estrato más bajo de la corte, justo un escalón debajo del de su hermano y rey Eduardo, acostumbrado a ser humillado por su prometida Wallis Simpson. Sin embargo, solucionar el ametrallado verbo del futuro rey no es, aunque lo parezca, el cometido de Lionel, sino el devolverle la confianza perdida en algún rincón de palacio.

Con tan escasos mimbres, que no dan más que para una anécdota de cocktail, el guionista David Seidler compone un sólido guión que indaga sobre los límites de la amistad y el deber con el trasfondo de la incipiente II Guerra Mundial. Cada palabra es pronunciada o espaciada en el lugar adecuado, cada gesto es captado en la sintonía más afinada, incluso la lluvia aparece cuando los paraguas están listos para ser abiertos. En resumen, que los dramas de época ingleses saben de la crisis de talento por referencias.

El habitualmente envarado Colin Firth encuentra la horma de su zapato y da la razón a aquellos que aseguran que no sólo ha aprendido el oficio de actor, sino que además se divierte al desempeñarlo. Si bien no tanto como el genial histrión de Geoffrey Rush, a sus anchas en un papel falsamente bombón al que dota de matices y humanidad, porque dignidad le sobra, ya sobre el papel, al falso logopeda que recita Shakespeare a sus hijos y trata de igual a los de sangre azul. El lineal director, por su parte, se limita a no emborronar el primoroso trabajo de guión con una puesta en escena austera siempre en consonancia de lo que se desea contar. Todo muy británico, una vez más.

Pero los restos del naufrágio traen a la playa mucho más que la flema isleña. Hay una química subterránea entre Jorge VI, su mujer y sus hijas que sólo la calidez puede proporcionar. Hay hermosos renglones escritos a los que sólo los ojos de Lionel proporcionan vida. Hay, para terminar, una historia de esperanza frente a la adversidad que trasciende el corsé de macroserie de la BBC destinada a ganar premios que transpira la cinta. Hay, de hecho sobra, esa materia carmesí que no se puede ver.

Freak Show…

El que la división entre crítica y público se haya mostrado como pocas veces con el estreno de “Balada Triste de Trompeta” prueba que el cine español mantiene su raíz endogámica a nivel de promoción. Ojalá algún día se den cuenta, los que manejan el cotarro, de que el prohibido hablar mal (o demasiado mal) de determinadas películas convierte al potencial espectador en enemigo por omisión. Si bien, una vez superado el listón de los miles de engorrosos actos para vender la película, queda lo esencial: que el dedo del espectador no señale hacia el suelo. En ese sentido, Álex de la Iglesia da la espalda a la lógica perpetrando una película sin armazón, rendida por completo al influjo visual a sabiendas de que su entramado dramático está ausente.

Podría decirse que a la media docena de autoreferencias del director a sus películas pretéritas, uno acaba hastiado de que le cuenten el mismo chiste, pero no ocurre así. El director bilbaíno tiende su mano al que mira para que se sume a la gran farsa, obviando el que todo carezca de sentido y sepa a comida rumiada anteriormente y consciente de que su salto al vacío encontrará más rápidamente el suelo que una nube salvadora. Es ahí dónde de la Iglesia gana.

Pero las referencias ajenas se suman a la fiesta (las que afectan a los “Malditos Bastardos” tarantinianos y a “Con la Muerte en los Talones” hichtconiana son dolorosamente evidentes), en cruel demostración de que el universo cinefilo del director es tan rico como escasamente original. Para paliarlo, la ensalada de tiros se incrementa, el gore absurdamente calzado en el metraje aparece de nuevo y el espíritu, entre esperpéntico y gamberro, es reivindicado y servido horneado con borlas sanguinolentas. Y ahí, de la Iglesia pierde.

Un par de cefaleas que van y vienen más tarde, lo que queda es una ceremonia de confusión monumental que probablemente afecte al propio artífice de un freak show que mantiene su vigor pese a su innumerable cantidad de méritos para convertirse en una cinta odiable. Tablas pues, supongo…

Tres Cuentos y una Canción de Navidad…

Cinco años ya… Los relatos navideños antárticos vuelven a la carga. Con una buena dosis de cinismo, imprescindible para una época tan almibarada en su forma como cruel en su fondo, Mycroft y Emilio se unen a mí para tratar de enmendar la sobredosis de azúcar que trae consigo el gordo del traje rojo.  Espero que los disfruten como yo lo he hecho tanto leyendo como escribiendo mi parte del trato.

Como villancico, este año es el turno del gran Dino (ya era hora) y su parte meteorológico que ojalá se haga realidad esta noche mágica. Que nieve sin parar, y  que con la nieve podamos contruir iglús para darnos calor.

Sean felices…

CANÍBAL

By Mycroft


Beyond all this good is the terror,
The grip of a mercenary hand,
When savagery turns all good reason,
There’s no turning back, no last stand.

Heart and soul, one will burn.
Heart and soul, one will burn.

Existence well what does it matter?
I exist on the best terms I can.


(Heart & Soul, Joy Division)

-Dios es lo que llena ese agujero interior que todos tenemos…

-¿Y por qué no nos creó sin el agujero en primer lugar?

(Religulous, Larry Charles)

No hay muchas metáforas como fuegos artificiales, no hay brillantes líneas acerca de salvación y amor, o cínicas e iconoclastas diatribas morales contra el consumo. Un teléfono suena. El relato comienza de un modo seco, con el chasquido de una cerilla entre las manos temblorosas de un hombre, en el frío mes de diciembre, quemando sus libros, sus álbumes de fotos, y mirando por encima de la cerilla, que ya va por la mitad, hacia la pared azul, un azul artificial, frío, ligero, mezclado, un trozo de cielo de pega arrastrado y crucificado contra la pared.

La vida consiste en  consumirse uno mismo, hasta que no quede nada, ceniza. Pero habíamos quedado que nada de metáforas, de auto-conmiseración, del pesimismo optimista de Capra…nada de sentir que vale la pena sentirse así por nada, porque una convención social te hace miserable, porque la fiesta de alguien nacido seguramente en verano, en la imaginación popular toma el lugar de los hijos de los dioses olvidados.

En cierto modo arremeter contra esto, y ser brillante, irónico, y demás, solo lo hace más patente, te hace rendir un homenaje al absurdo. (El teléfono sigue sonando)

El fuego arde en la papelera, y el hombre observa una máscara africana colgada de la pared de malévolo azul celeste. Se le asemeja un espejo, nota su propio rostro tenso, duro, anormal, congelado en una mueca perpetua, nerviosa.

Se acerca a la mesa del ordenador, un poco a la derecha de la habitación en penumbra. La papelera incandescente provoca sombras chinescas en las paredes, amenazantes recuerdos de las llamas danzantes, los rescoldos de una vida sin sentido.

Comienza a teclear de modo violento, incesante, trepidante. La pantalla en negro. La luz atrapada. Comienza a escribir su relato de navidad, mientras piensa en su cara de madera, congelada en un gesto de desesperada frustración. ¿Arderá también?

Los pitidos histéricos no cesan, al otro lado alguien no se da por vencido ante la indiferencia. El hombre para de escribir el relato; ese relato que trata de esquivar las metáforas reveladoras y las redenciones, las ironías, los consejos para sobrevivir, los dramas de hacerlo; ese relato que se pierde en la oscuridad de la pantalla, como cada hoja clásica se perderá en el pozo del tiempo y del olvido, como fantasmas de cuentos moralistas que no son escuchados. Dickens arderá cuando deba hacerlo.

La televisión está puesta. Hacen una película. Navidades Negras. Una joven de ojos como jades grita asustada. Hace bien en estarlo. Un concepto interesante, la navidad como escenario de terror. Carne, sangre, conflicto. Villancicos cantados en la calle por niños de rostro inocente mientras en el piso de arriba suceden horrores inimaginables.

El hombre trata de modificar la máscara que le habita la cara, sin conseguirlo, guiñando un ojo en el esfuerzo. Contesta, levantando muy lentamente el auricular, a cámara lenta, sintiéndose atado y prisionero por el cable que une el aparato y dicho auricular, una cuerda, una cadena, una condena, sintiendo el mecanismo como una prolongación de su cuerpo, como un animal atrapado siente su propio miembro en una trampa, y acaba mordiéndolo para poder escapar. Pero él no muerde, no se revuelve, aceptación, rendición, y un extraño sentimiento de satisfacción por estar entumecido, por apenas sentir eso, por llenar su agujero interior con algo de oscuridad.

Y al otro lado, el abismo, incontrolado, informe.

Ondas etéreas que recorren la tierra, en plenas fiestas místicas de amor y delirio Kitsch, de vacíos y soledades, ondas que se recomponen y salen escupidas…

-Disculpe, ¿es usted titular de un contrato de conexión a Internet?-Voz jovial, demente, absurdamente enérgica. Voz maligna, determinada, imposible de ignorar- Si tiene un minuto por favor, me gustaría comentarle una promoción que usted y su familia…

-Uggh (apenas un gruñido, un resquicio en lo profundo de su ser, un jirón de respuesta del que se ha quedado sin ellas, un gemido abisal antes de colgar)

Cientos de llamadas después, de excusas ante la intromisión, de técnicas de captación al estilo secta, de amenazas, de cambios de número, cientos de productos comprados que lo llevan a la ruina, cientos de seres humanos miserables, mentirosos, agobiantes, cientos de palabras, de oraciones después, sigue siendo un momento incómodo, aún cuando ha dado con una terapia, con una solución, con una medicina para esta enfermedad del mundo, para esta plaga.

Suena el teléfono, mientras el hombre quema más y más detalles de su vida, y al calor de esta hoguera de vanidades, esperanzas, sueños, recuerdos, al calor de su identidad ardiendo, comienza de nuevo a escribir febrilmente en la nada la historia de su locura.

Es una historia que no pretende ser divertida o transgresora, que no pretende romper moldes, ser la vuelta de tuerca definitiva, arrasar con su acendrada crítica social a un entramado perverso, volver a los principios fundamentales de la tradición, dialogar con la mística, el mito, el alma de las fechas…

Es una historia negra escrita en negro.

Un hombre se devora así mismo en navidad, pero todo caníbal es en realidad un gourmet. El último resquicio de lucidez y de amor propio de un hombre en su locura es su propia aniquilación. El hombre ya no es hombre, está solo, despojado de corazón y alma, y ya no siente esa nostalgia hacia un mundo que no fue, hacia un lugar que ya no existe o nunca existió, hacia una Blanca Navidad de ilusión, un paraíso perdido en el que los que le aman viven aún, y la sorpresa es todavía posible.

La historia que escribe nos habla de la miseria, de la soledad de los que no tienen nada, gente acurrucada, hecha un ovillo, apenas cachos de humanidad supurante, pidiendo no haber nacido, llamado a sus madres fallecidas, en hospitales que son hospicios; la historia habla de los accidentados con trozos de coche saliéndoles de la carne, en escorzos imposibles, porque volvían a casa por Navidad; de hijos violados por sus padres en nochebuena, reflejados en el rojo brillante de las bolas de adorno del árbol, viendo su propio dolor contaminado el hogar perfecto y su atmósfera de villancico; la historia nos habla de una vida que no es mejor ni peor, que no se suspende, no se redime, no se llena de amor u odio, no se carga de electrones mágicamente positivos solo por la fecha. La vida mata, duele, pero no de un modo especial. Nadie nació un 25 de diciembre de hace miles de años para hacer de tu dolor algo especial, de tu oración una reclamación legítima a las condiciones del juego de vivir.

El teléfono sigue sonando.

Ni siquiera tiene voz para contestar. Trata de reunir fuerzas para traducir sus aullidos en palabras. Una hoguera de gemidos danzarines como llamas le quema por dentro en el lugar en dónde antes había materia blanda y delicada. Ahora solo negritud y un pozo sin fondo. Su corazón es una campana, ya no late, sino que tañe, ding, dong, llamando a las armas.

La cocina tiene otro teléfono, móvil, en donde los mensajes con los puntos de telefonía no cesan de llegar. Un sonido como de grillo cibernético hace vibrar el aparato, junto al cadáver de aquel simpático e inocente comercial de productos de perfumería que le visitó ayer, goteando sobre las gambas descongeladas de la pica, subido completamente al banco de cocina de mármol, en una postura extraña y antinatural, como un pavo esperando a ser metido en el horno. Ha tratado de arrancarle la piel porque quiere cubrirse el rostro con ella. Hacerse una careta que oculte su abismo, su rostro de madera, con la cara más falsa del mundo, con la sonrisa prefabricada de un vendedor de humo.

¿Acaso puede haber disfraz más perfecto? La cara humana, esa humanidad que ansía y le repele a un tiempo, que se le hace imposible sentir ya, reforzada con la habilidad facial para la persuasión. Un delirio tal vez, para algunos. Un regalo de navidad, una ilusión para el mismo. Tal vez habite una metáfora en todo esto que haya sobrevivido a la purga, al libro de estilo del relato navideño extirpado de toda cancerosa presencia simbólica o festiva.

Pero tal vez solo exista eso, el rostro contraído, el ansia irrefrenable, la fiebre extraña que lo domina.

Es solo uno de muchos. En su cuarto hay dos sobre la cama, casi como amantes, guerreros vikingos yaciendo esperando la hoguera final que los mandará al Valhalla de los comerciales, cuyos rescoldos ya se fraguan en la papelera. Ni siquiera se les ha ido la sonrisa taimada de la cara, el rictus ha recordado que ellos llevaban sus propias máscaras de madera.

Ring, Ring, Ring.

-Consigue hablar.- Si. Me interesaría su oferta. ¿Podrían mandar a alguien para explicármela con más detalle? Muchas Gracias. Feliz Navidad. Si, le disculpo por las molestias. Si, si, a mi también me solía poner triste. Si. Pero he aprendido otra forma de disfrutar la Navidad. Gracias.

TE LO JURO POR WALT DISNEY Y POR LA MADRE QUE PARIÓ A LOS HERMANOS GRIMM.

By Emilio Calvo de Mora

I

Hay gente que parece desgraciada en grado extraordinario. El rostro cuenta lo que enferma al alma. Incluso la forma de andar, vista en detalle, observada con empeño científico, delata una tristeza infinita. El modo en que uno anda describe el modo en que uno vive. Meditaba yo estas cosas observando a uno de mis vecinos, afectado por la muerte de su mujer, introvertido y estricto, convertido en un guiñapo, en uno de esos hombres que ha muerto pero a los que el corazón todavía les late, la barba les sigue creciendo y el pelo se les encanece o se les cae. Tiene Bernardo, pues así se llama, fama de hosco, pero yo le entiendo. Comprendo que sea terco y que rehuya el trato. Es desgraciado porque no hay nada en el mundo que le llene más que su propia desgracia. Yo de eso sé también bastante, pero no toca en esta parte del relato hablar de mí. No me imagino a Bernardo dando los buenos días con esa sonrisa falsa que inventamos los que, en apariencia, vivimos más felices. El alma enferma o camino de enfermar la tenemos todos. El andar triste, a poco que alguien se fije en nosotros, también. Dejo al cuidado de otros la conveniencia de estas reflexiones. A mí me entretienen. Que sean otros los que consideren si gasto mi tiempo baldíamente. Siempre podré yo razonar lo estéril de las empresas ajenas. Toda esa gente comida de fiebre y vértigo que se encierra en el metro y mira el infinito mientras les suena el móvil y sudan como bestias a las que quedara un día de vida. La mía está generosamente llena de placeres. La cubro de menudencias formidables. Hago de dios rudimentario y caprichoso de mi piso de viudo sensible.

De mi vecino el inconsolable me fascina la terquedad de su desgracia. No hay en su bien ceñudo gesto un indicio de auxilio, una pequeña evidencia de que el mal está comiéndose su corazón anciano. El mío tampoco es un jardín al que la lluvia protegiera del abandono y de los rigores del crudo invierno. Se desboca con nada. A veces lo noto encabritarse. Se agita como si amenazara reventarme el pecho. Parece que estalla en su endeble caja de carne. Brinca ahí adentro. Confío ciegamente en el latido de mi corazón. Y cuando más disfruta, cuando más se encabrita, cuando más me oprime el pecho y puja por salirse, es cuando más cómodamente me aposto frente a la ventana y observo a Bernardo. Me fascina la terquedad de su desgracia. Cómo la cuida, con qué fervor la mantiene viva, qué ardor pone en que no se extinga. Del otro Bernardo, del hombre que ronda los setenta, que no presenta rasgos físicos reseñables y pasa en casi todo por un ser absolutamente normal, no me interesa nada. Sólo aprecio esa singularidad. Su tozuda querencia al desastre. Eso admiro de mi vecino Bernardo: esa luz ilumina mi soledad de viudo rudimentario y caprichoso. Ese vicio gobierna mi sangre y todo mi ser, este ser enfermo en grado extraordinario, respira convicto de esa sangre.

Mi oficio, enseñar francés en casa a un grupo de niños de familias distinguidas, de las que consideran que mis honorarios serán más satisfactorios cuanto más altos, me permite ejercer casi con entera dedicación la vigilancia de las actividades de Bernardo. Cuando tengo a mis polluelos revoloteando alrededor de los manuales y de los diccionarios, cuando un verso de Baudelaire se pone difícil y no hay forma de dar con la traducción más limpia, retiro discretamente las cortinas o abro la ventana y observo la suya. Hablo de ventanas grandes de casas antiguas. Ventanas que entregan un mundo. El patio de luz del bloque (ya he dicho que uno de construcción sólida pero afeada por los años, uno de esos bloques sin encanto, incómodos entre una vecindad de izado moderno) agranda la sensación de privacidad perdida. No tenemos vida que los demás no conozcan salvo que corramos las cortinas, bajemos las persianas y convirtamos el salón en el refugio de uno de esos vampiros del cine.

En cuanto los polluelos vuelven a su nido pijo y tierno, una vez que me he ganado el jornal con la bendita lengua del retorcido Baudelaire, el diablo lo tenga en su bendito azufre, me sirvo un whisky. Paseo la casa con el vaso en la mano. Un whisky barato del supermercado de abajo. No tengo paladar para más. En lo único en lo que sí me considero exigente, una especie de jodido sibarita, es en tener controlado a mi vecino. ¿Insistiré en que no obro por morbo? Me mueven razones altas y nobles. Me inclino a pensar que la edad, ésta que discurre sin estrépito hacia su finiquito, me ha entregado un placer sencillo, que no requiere una preparación intelectual elevada y que tampoco reclama alardes que puedan llamar la atención de los demás. Ejerzo mi vicio en casa, me procuro estos placeres míos sin nadie que me los recrimine. De hecho, pensando en esto, en lo secreto de mi trabajo, creo que no he despertado sospecha entre ninguno de los otros (pocos) vecinos del bloque. Ni siquiera Bernardo, que vive ahí enfrente y se obceca en su vida de hombre sin sangre, se ha percatado nunca de que lo observo a diario. Que registro las ligeras variaciones en un cuaderno de anillas comprado abajo, en la tienda de veinte duros que pusieron cuando murió el portero y los hijos alquilaron la vivienda para ese sucio negocio. No soporto a los chinos, permítanme este apunte de poca trascendencia narrativa. Me incomoda que no me entiendan. Pero no puedo defender esta antipatía cuando ni entiendo a quienes hablan mi propio idioma y nacieron aquí y vivieron lo que yo he vivido y en las mismas circunstancias. De ellos, de los chinos como ejército intruso, admiro la tenacidad. Bernardo, a su modo, es un chino de aquí. Actúa sin empeño, se mueve como un conjurado que tuviera una misión que cumplir. La suya, a lo que veo, en lo que me ofrece, es dejarse morir sin exhibir dolor, sin manifestar alegría, vivo sin estar vivo, muerto sin que su corazón haya dejado de latir o la sangre haya interrumpido su viaje salvaje. Si en lugar de tener enfrente a Bernardo tuviese a una colonia de chinos, igual mi disfrute se aceleraba. Seré un enfermo, un voyeur.

Donde dije antes que me movía un interés meramente psicológico, como si yo también hubiese recibido instrucciones precisas y cumpliese una misión, digo ahora que soy un cotilla, un cotilla viejo y enfermo, viudo que bebe whisky barato y da clases de francés de por las tardes. Me he preguntado varias veces cuándo comenzó esta vigilia mía. No reservo para el final de la historia el hecho de que yo también sufro mil dolores pequeños. El lector instruido en misterios sencillos como éstos habrá concluido que hay viejos a los que les da por pasear parques y azuzar palomas y a mí, más retorcido, un Baudelaire amateur, me ha dado por espiar a un viejo como yo, que sufre la ausencia de su mujer y se muestra limpio y exacto, frente a mi ventana, a diario, como si tuviera consciencia de estar contribuyendo a mi felicidad. Mi mujer, como la suya, se fue demasiado pronto. Nos quedamos solos. En mitad del mundo. Al final del tiempo. Es tan duro morirse, Bernardo. ¿Estaremos los dos ya bien muertos y esto es el cielo o es el infierno y Dios o el diablo nos han dado este papel en la obra que escriben?

Esta mañana me he dedicado una inspección larga. A veces compruebo que no me estoy pudriendo demasiado aprisa. Que una parte de mí resiste. Bernardo jamás se concede esa licencia, pura coquetería, no crean. Se afeita poco y mal. Se viste sin fijarse en qué se pone. Una señora mayor, que he visto a veces en el supermercado, le sube la compra. Subsiste con poco. Come frugalmente. No se permite excesos. Sólo le he visto esmerarse un poco cuando se acerca Navidad. En esos días lo veo menos. El año pasado estuvo un par de días sin dejarse ver cerca de las ventanas del salón. Tampoco lo vi en la cocina. Ahí, al no haber cortinas, lo noto más cercano. A veces parece que pudiera alargar la mano y tocarle, confesarle hasta qué punto le conozco. Bernardo, en Navidad, se comporta con afectación. ¿No parece que acabe de sonreír? Acaba de sentarse en el sillón de orejas que preside el salón. Sí, uno de esos sillones de orejas que pide a voces un perro inglés y una chimenea encendida. Si he de ser totalmente sincero, odio la Navidad. Desfallezco más, me pudro más, me siento más herido, presiento que estoy más vulnerable. En el supermercado, la cajera me sonríe estúpidamente cuando no activa todos esos músculos en el resto del angustioso año. Los niños del francés, empujados por sus pudientes padres, me obsequian con una buena botella de whisky, variadas cajas de bombones y una colonia cara que me da arcadas terribles durante días.

Bernardo, en Navidad, revive. Creerán lo que digo: le dedico el tiempo suficiente como para percibir estos ligerísimos cambios de carácter. En Navidad come con más entusiasmo. No saca del congelador los platos que la señora que lo atiende (esto de atenderlo es un decir: Bernardo no se deja atender por nadie: Bernardo está muerto, ya lo he dicho muchas veces, pero quizá no basten) sino que saca una asombrosa vena culinaria y se prepara unas cositas sencillas que cocina mientras bebe una copita de vino rojo. Bernardo, en Navidad, bebe su copita de vino rojo. Bernardo, en Navidad, deja que la sangre corra más rápido por dentro. Ahora está rezando. La sangre se le ha puesto beata de pronto. No creyendo yo en Dios ni en la salvación de mi afectada alma, aprecio y admiro el hecho de que otros crean y busquen, en este caos de días y de noches, en esta fiebre y en este vértigo, salvar su alma para la eternidad. Admiro muy francamente que el ser humano (Bernardo lo es en un estado muy primario, pero en esa categoría lo alojo) aspire a ver la luz y todo eso que aturde el cerebro y predispone a la fe como la sombra induce al sueño. Morir es un asunto muy curioso que no ha puesto nunca a nadie de acuerdo.

Soy un hombre de cierta edad y las variaciones de la rutina me sacan de quicio. He aprendido a manejarme en distancias cortas y no sé mirar lejos. Sé que no saldré de este piso, sé que recogerán un muerto de este salón en donde escribo. Lo que ignoro es si esa fecha predecible sucederá antes de que mi buen vecino también se fugue de este pabellón de lisiados.
Si Bernardo se me muere hoy, en el rezo, en la ingesta improvisada de salchichas, un par de huevos fritos con ajo y ese escandaloso vaso de vino rojo, ¿qué haré? ¿Moriré en ese instante? No se me espanten. La historia discurre por donde debe. Todo conduce a que yo les muestre la verdad tal como ahora la estoy viendo. Sin ser excesivamente llano. Sin abrir de golpe la puerta y enseñar a Bernardo completamente.

II

Felizmente hay gente desgraciada que no sabe que lo es. Lo que se advierte con absoluta claridad es la rendición del cuerpo. La tristeza puede acomodarse adentro, colonizar el ánimo, vencer las resistencias habituales y adueñarse de una persona hasta que desde afuera sólo vemos tristeza. Una tristeza infinita que se incrusta en quien la observa y hasta pugna por invadirla y hacer allí una segunda residencia. Llevo años luchando contra lo que soy y carezco de recursos para vencerlo. Simplemente me dejo vivir hasta que un tintineo en el corazón reclama la parte de mí que duermo durante gran parte del año. Cuando ese tintineo vocifera que existe, el hombre triste y sin encanto, el viejo al que la vida vapuleó y postró en un piso antiguo de un bloque pequeño, aquejado de achaques, que se viene abajo igual que la gente vieja que lo habita, ese hombre invisible se agita en su caparazón, busca en el aire el brío que precisa su trabajo y se convierte en el héroe que nunca quiso ser.

Déjenme que les confiese mi absoluta apatía por este cansino oficio: me extenúa convencer todos los años al viejo Rudolf de que tenemos cosas que hacer. Se me pone gruñón, me recuerda que ya no estamos para aventuras nocturnas y le pongo sobre aviso: reno gilipollas, estúpido astado de los cojones, vas a ponerte las pilas, cabronazo del polo, vas a salir ahí afuera y vas a volar conmigo los cielos del mundo para hacer felices a todos los niños. Se lo digo con genio. Me sale bien porque tengo convicción. La verdad es que no sé de dónde la saco. Soy un hombre de cierta edad y me atraen cada vez menos las novedades. Me gusta levantarme por la mañana, preparar una cafetera bien cargada y servirme un par de tazas antes de empezar el día, que suele consistir en poner mi culo gordo en un sillón de orejas estilo victoriano que me encanta. Me lo regaló un colega de Finlandia hace años. Me dijo: Te falta un perro inglés y una chimenea con su fuego encendido para que no quieras moverte de ahí en un año entero. Mira que el trabajo en Navidad no lo soporta cualquiera. Crees que puedes tirar de todo eso, pero al final el cuerpo se rinde. Se rinde tanto que estás de enero a mediados de diciembre postrado, hecho un trapo, sin querer saber nada del mundo ni de sus cosas. Tiene uno amigos para esto. Para que le asesoren. Desde que le hice caso mi vida ha cambiado a mejor. Pedí hora en un psicoanalista argentino que me recomendó un compañero danés, pero terminé escribiendo su nombre en mi libreta para evitar en el futuro que sus hijos y los hijos de sus hijos y los hijos de los hijos de sus hijos recibieran un regalo por mi parte. Juro por Walt Disney y por la madre que parió a los hermanos Grimm que no vuelvo a sentarme en un diván para contarle a un perfecto desconocido (y debo consignar en este documento que promiscuo como un adolescente en un burdel) mi infancia terrible en la tundra lapona, mis balbuceantes comienzos como aprendiz sin sueldo y, sobre todo, la sonrojante experiencia de montarme en un trineo a dos mil metros de altura, confiar en la pericia de unos cuantos renos comandados por uno convertido en leyenda, famoso por su nariz roja y gorda e incluso motivo de chanza en musiquillas populares por parecer, quién puede sostener esto, Dios mío, maricón.

Llevo algunos años de incógnito en Madrid. Me he inclinado por el nombre de Bernardo. Madrid tiene el clima perfecto (un frío que añoro en invierno y el calor del que no dispongo allá en mi amado norte en verano) y no tengo un público que me adore. Por aquí se dividen entre rendir culto a los Tres Reyes Magos, que son una adoración exótica que no me entra en la cabeza, y rendirme culto a mí. Detesto la fama, me irrita que me reconozcan por la calle, me pone de los nervios esos imitadores que aparecen en anuncios de maíz tostado o esos tipos sebosos, con barba blanca sin cuidar, que se ríen jo jo jo y se bambolean al andar como si estuviesen hasta el culo de vodka. En todo en esta vida hay que exhibir un estilo. El mío consiste en cuidarme lo que puedo. La única amenaza al retiro perfecto que he encontrado en Leganés es el carcamal que vive en el otro lado del patio de luz. Creo que enseña francés a unos mocosos que también he registrado en mi libreta para que no reciban ni un solo regalo. Espero que sus padres sean cristianos de base y se encomienden a la bondad de Melchor, Gaspar y Baltasar, esos tres reyes de Oriente que rivalizan conmigo desde tiempos inmemoriales. No soy de los que se ponen gallitos y eso de que sólo puede quedar uno me parece una frase de peli de Michael Bay, por cierto, otro que como siga haciendo el tonto va a comprobar cómo sus hijos no pillan un puñetero regalo al pie del árbol, allá en su lejano Beverly Hills. Tengo contactos. Bueno, por donde iba, espero que sus padres tengan en esos panzudos de la Antioquía una confianza ciega porque si dependen de mí van listos. El carcamal de enfrente, el que enseña francés, el que se mete entre pecho y espalda media botella de whisky al día, el que me vigila a todas horas, va a hacer que cometa una tontería uno de estos días. Me calmo en lo que puedo. Lo miro desde mi sillón de orejas y me conmino a no hacer locuras. Respira profundamente, Santa. Te lo enseñó el gilipollas argentino. Algo bueno sacaste en claro. Cuenta hasta diez, recita el nombre de todos los directores que han rodado algún Tarzán en su carrera, cierra los ojos y piensa en algo hermoso, piensa en que llega el día después de Navidad y los niños de todos los confines del mundo abren sus cajas y brincan y lloran de alegría. Y tú eres el culpable, gordo adorable. Tú eres el que haces que sean felices veinte minutos al menos. Luego la vida les dará lo que merecen. Los niños de hoy en día son unos malcriados. Se rebelan contra sus padres, se enfrentan con sus maestros, no saben valorar lo que tienen, nunca aprecian las historias que cuentan los libros y prefieren perder miserablemente el tiempo frente a una de esas pantallas monstruosas, dándole frenéticamente a unos botones diabólicos de un aparato dantesco que sólo hace que unos tipos maten a otros en una calle que arde por todos lados. No entiendo este mundo. Me gusta cada vez más recluirme en mi piso de Leganés. Tengo quien me trae las vituallas mínimas. Incluso me he inventado la existencia de una mujer. Da un grado sublime de respeto en el vecindario el hecho de ser viudo. Pero cualquier día de estos cruzo el patio con renos o de un salto y le pongo al carcamal de enfrente la boca del revés. Antes le aplasto un ojo. Soy un tipo educado, pero no soporto que me vigilen. Llevo muchos años en el negocio como para dejarme intimidar por un maestro jubilado. Juro que  me contengo, pero quedan advertidos.

III

Hace días que no veo movimiento en casa de Bernardo. Las cortinas están echadas. La asistenta no le trae la compra del súper de abajo. La casa se me cae encima. No sé a qué acudir. No dispongo de recursos. Han sido muchos años de vigilancia metódica. Me he sacrificado en balde. Hoy, sin embargo, ha sucedido algo sumamente extraño. No suelo poner árbol de Navidad, pero en el salón, junto a la ventana en donde paso la mayor parte del tiempo, ha aparecido uno. Un árbol majestuoso lleno de adornos, un árbol en verdad magnífico que me ha hecho recordar mi infancia como creía que nunca volvería a recordarla. A sus pies, qué quieren que les cuente, un montón de cajas. Las he abierto todas. Ninguno de esos regalos me satisface. Estoy contrariado. Me siento vulnerable. Parece que me han robado algo mío que tutelaba bien adentro como un tesoro. Ni siquiera estos regalos increíbles que no alcanzo a comprender cómo han llegado logran distraerme. He decidido tapiar las ventanas.

EL INVIERNO SERÁ LARGO Y FRÍO

By Alex Herrera

Un crujido. Era el tercer crujido milimetrado en el tiempo que Sandro escuchaba. Había ocupado docenas de casas antes, pero ninguna crujía de modo tan simétrico. Otra vez un crujido. Miró su reloj para comprobar la cadencia: otra vez quince segundos. Si sonaba un nuevo crujido quince segundos después sería oficial que estaba asustado. Trece, catorce, quince… ¡¡crush!! No podía ser, el que un crujido se manifestase de modo tan ajustado en el tiempo contradecía todas las leyes físicas que rigen sobre las casas abandonadas. Contradeciría, incluso, cualquier ley del azar. Un minuto y cuatro crujidos más tarde, Sandro se decidió a subir la escalera de aquella casa de aspecto tan confortable por fuera como inquietante una vez descubiertas sus tripas. Alcanzado el último escalón, tardó en girarse el tiempo justo para encomendarse a todos los santos de los que alguna vez oyó hablar. Giró entonces su cuerpo hacia el interior del pasillo… nada, como imaginaba. Allí no había nada, salvo los crujidos que parecía provenir de una habitación al final del corredor. Me estoy volviendo blando, pensó Sandro. O tal vez sería el que fuese nochebuena y hubiese comenzado a nevar sobre las ruinas de la que una vez fue su confortable vida de ejecutivo. Luego llegó la esquizofrenia y ya se sabe que para los locos no se hicieron los puestos directivos, sólo para los psicópatas. Le despidieron, se vio en la calle y acabó zarandeado por el mundo hasta acabar en aquella casa que crujía. Se dirigió entonces hacia la habitación ruidosa con precaución. La habitación de los crujidos, así la llamaré, se dijo Sandro. Incluso se conminó a pasar allí la noche para vencer sus absurdos miedos. La puerta de la estancia estaba cada vez más cerca y el caminar de Sandro era cada vez más pesado. Medía cada paso como si temiese perder el equilibrio, como si la madera roñosa del suelo le quemase la planta de los pies. Alcanzada la puerta, tomó el pomo y lo giró con cuidado. La abrió… quince fueron los segundos exactos que necesitó Sandro para recorrer el pasillo, bajar las escaleras y salir de la casa sin mirar atrás.

Fue fácil, pensó Mateo. A veces hacía la vista gorda con los ocupas ocasionales. Las parejas de adolescentes en busca de intimidad y los vagabundos sin cobijo eran sus favoritos. Entonces se abstenía de mostrarse, limitándose a observar o a no hacerlo, en función de la situación y la intimidad requerida. Media hora más tarde, con suerte, los adolescentes se marchaban. Los vagabundos solían apurar las noches, especialmente si llovía o hacía frío. Al llegar el alba, invariablemente se marchaban, como si de un acuerdo tácito entre Mateo y sus inquilinos se tratara. Lo peor eran los ocupas. Siempre tenían intenciones a largo plazo, lo cual era algo que Mateo no podía consentir. De ahí que con ellos se emplease a fondo.

Todo el día por delante, una vez más. Lo primero consistía en comprobar que todo estaba como antes. De modo que caminó cansinamente por la habitación de matrimonio hasta el cuarto de la hija. Vacía, siempre estaba vacía, sin rastro de la pequeña. Regresó, ya era un hábito, al cuarto de Manuela. Sin rastro igualmente. Para culminar el ritual, se asomó por la ventana. Era algo que cada vez hacía con menos frecuencia, especialmente desde que los curiosos empezaron a ir armados con cámaras fotográficas con la esperanza de retratar al fantasma de la calle Ocre del que todo el mundo hablaba. Al principio estaba bien observar sus caras entre asombradas y aterradas, pero finalmente se cansó de crisparla, como si estuviera siendo devorado por la cal, sólo para acongojar a los cuatro bobos. Así que hacía tiempo que sólo se asomaba por las noches. Acababan de engalanar con adornos navideños los árboles del vecindario; este año tocaban renos tirando de un trineo cargado de regalos. Lo conducía Santa Claus, por supuesto. Qué cosa tan hortera, pensó Mateo. Al tiempo que suspiraba por no ser capaz de salir al exterior para sentir el frío y la lluvia que caían sobre la ciudad en ese momento.

No hay mucho que hacer cuando eres un fantasma. En realidad la gente no sabe qué es un fantasma y a qué se dedica. A Mateo no le gustaba asustar, podría considerarse la vergüenza del gremio, sólo le preocupaba proteger la casa de intrusos. Esa fue la razón que le impulsó para hacer la vida imposible a aquel matrimonio gaditano tan agradable que quiso hacer posesión de la casa años atrás. Eran buena gente, pero no la clase de gente que deseaba que compartieran su anclada eternidad. La música estridente, el tono de voz tan elevado… no, definitivamente no les soportaba. Después llegó aquel diplomático alemán tan almidonado y más tarde aquella asturiana de gustos tan disolutos. No era lo que Mateo deseaba. ¿Tan difícil era que un melómano con un mínimo gusto por la estética se decidiese a vivir allí? En realidad, Mateo no era tan exigente. Dios, de existir, es testigo de ello, es sólo que sus visitantes nunca cumplieron con las expectativas.

Tal vez había llegado el momento de salir al exterior. Hacía tiempo que esa idea le rondaba. El frío no era un problema. Desde aquel jodido día en que el coche perdió la línea, no sentía frío. Tampoco la gente era un problema: no podían verle. Cierto es que siempre podía encontrarse con algún “descolgado” que le señalaría con el dedo y trataría de pegarse a él, le haría preguntas incómodas para las que Mateo no tenía respuesta y le acosaría con lamentos que le traían sin cuidado. Mateo tenía sus propios problemas como para acarrear con los ajenos. El último inconveniente consistía en saber si podría regresar al santuario de su hogar o sería para siempre un desarraigado más en busca de un callejón. Conocía dos o tres casos de fantasmas que se perdieron y nunca pudieron regresar. En esos casos, la “transposición” resultaba imposible. Salir era muy arriesgado, sí. Manuela y la niña habían conseguido la “trasposición” hacía años. De hecho, lo consiguieron en el mismo instante en que el auto volcó. Ni siquiera intentaron llevarle consigo o tal vez no pudieron hacerlo. Al principio las odió por ello, pero el enfado cesó con cada nuevo inquilino espantado de la casa de la calle Ocre. Todo pasa, pensó Mateo, todo pasa menos yo.

Un nuevo nivel de conciencia, es lo que necesitaba, ¿pero cómo se consigue eso? Tal vez si saliese a la calle conseguiría ese estado de conciencia, seguro que mezclarse con la gente y su cotidianeidad le ayudaría. Merecía la pena y definitivamente era el momento. El miedo no puede afectar a un fantasma, se mintió. De modo que Mateo enfiló el pasillo, descendió las escaleras y giró el pomo de la puerta de salida que había sido miles de veces violentado desde hacía diez años. Cruzó la puerta. El vértigo le hizo sentirse vivo por unos segundos, justo hasta que un petardo estalló junto a él. Qué buena sensación, quiero más, pensó Mateo. Recorrió las calles, cruzándose con gente que vestía gorros navideños y se dispensaba besos y abrazos, justo lo que él, en vida, nunca hubiese hecho. Siguió adelante, convencido que de la “transposición” sería posible antes de lo que imaginaba. Al ver a un tipo completamente borracho ocupar el asiento de conductor en un coche, Mateo se situó a su lado. Le quedaba energía suficiente para hacerse visible una docena de veces; asustaría a ese tipo y le salvaría su vida, seguro que entonces ganaría puntos y de algún lado surgiría la “transposición”. El coche arrancó, Mateo se hizo visible y el tipo, como era de suponer, salió del coche a todo correr. Pero la “transposición” no se dio. Salió del auto y continuó recorriendo las calles. Evitó una violación, tres robos y un intento de suicido, pero la “transposición” seguía sin aparecer. Cansado y con la energía agotada tras una noche tan intensa, Mateo decidió regresar a casa y descansar. La calle del Charco, la calle Mayor, la calle del Espíritu Santo, finalmente la calle centeno, frente a la Plaza de España, la calle en la que se sitúa el Belén. La Virgen con el niño en sus brazos; la estrella de Oriente sobre ellos; el edificio de ladrillo rojo del ayuntamiento; la farola que no pudo amortiguar el golpe junto al kiosko de prensa que lució aquel titular el día de Navidad diez años atrás: Una madre y su hija mueren en un accidente provocado por un cocainómano. Sólo fueron dos rayas, nada más, protestó Mateo, eso no convierte a nadie en cocainómano. Fue un accidente que nada tiene que ver con que el marido se cortase las venas pocos días más tarde… o tal vez sí. En cualquier caso, sentirse culpable por un accidente y sus consecuencias sería ridículo, ¿verdad? ¿Entonces por qué le dolía? ¿Por qué tuvo que salir de la casa? ¿Por qué no dejaba de atormentarse con aquel accidente? Porque fue un accidente, al fin y al cabo. Mateo se sintió aturdido. Al tratar de serenarse se dio cuenta de que se había perdido. Conocía las calles y adónde llevaban, pero todo había adquirido un extraño sentido circular. Volvía a llover cuando fue consciente de que tenía toda una eternidad para encontrar su hogar. Si es que alguna vez lo tuvo.

All I Want for Christmas (II)…

Aunque no le pido demasiado, el gordo vestido de rojo me ignora por sistema. Inasequible al desaliento, un año más, y gracias a varias dosis de Moralin 500, vuelvo a caer en la trampa de solicitarle que haga saber de mi existencia, esta vez, a Naomi Watts. Digo yo que no será tan difícil aparecérsele en sueños para susurrarle mi número de teléfono o algo así. Una simple cuestión de información nada sutil.