Bajito, tuerto, feo y judío…

De entre todo el catálogo de perdedores que alguna vez ganaron aparece con frecuencia Sammy Davis Jr. en mi memoria. Pocos como él supieron que, aunque la voz que resuena más alto anuncia las breves victorias como el justificante de una vida, las derrotas duelen más y perduran por siempre. Al menos tres veces (que se sepa, seguramente fueron muchas más) trató de quitarse la vida mientras ocupaba los tiempos muertos en rehuir su imagen de los espejos, acostarse con coristas y labrar una extensa obra que él siempre creyó impersonal. Demasiado a rebufo de los tipos que le acogieron bajo su sombre en el Rat Pack.

Se odió siempre a sí mismo por ser bajito y feo. Añadió al cúmulo de calamidades la que consideró mayor de ellas tras la larga convalecencia que le dejó tuerto tras un accidente de tráfico. Se convirtió al judaísmo sin ser creyente porque consideró que ya que le había tocado sufrir debía añadir al pack el karma del pueblo eternamente perseguido.

Se creía negado para amar, de modo que cuando mantuvo una humeante relación con Kim Novak, no tuvo en cuenta que ella pensaba lo mismo de sí misma y claro, terminó enamorándose de una chica blanca en el peor escenario posible. El que se besaran y se dedicasen arrumacos en público alertó a los caudillos de la mafia local de Las Vegas. Un negro, aunque fuese un negro que caía bien, rico y famoso, no podía manosear de aquella manera a la chica blanca más deseada del momento. Una noche, tras una actuación, varios gorilas le llevaron por la fuerza al desierto para transmitile un mensaje. Deja a la Novak y cásate con una chica negra o tu ojo sano se convertirá en cristal y tus piernas no te servirán para caminar. Aquella misma noche se casó con una bailarina de su espectáculo. Pero al igual que los ríos siguen fluyendo, él continuó con su retahíla de amantes de todos los colores, sus intentos de suicidio y sus chistes fáciles bajo el manto protector de Frankie Sinatra, Dean Martin y Peter Lawford.

Un día de 1960 conoció a una starlet sueca llamada May Britt. De belleza tan imponente como su inocencia, la Britt se dejó seducir sin ofrecer resistencia al bajito, tuerto y feo que se odiaba tanto como los mohicanos odiaban a los hurones. Y se casaron.  Su relación escandalizó a un país sumido en crudos disturbios raciales pese a que Sammy, con la lección aprendida a golpes, mantenía las manos lejos de su esposa en público. Cosa que ella nunca hizo. Le amó con tal fuerza que, cuando fueron entrevistados por Oriana Fallaci, le describió como el hombre más guapo que había visto.

May Britt abandonó una carrera que le destinaba eternos papeles de florero para estar al lado de su marido. La felicidad, sin embargo, apenas les duró unos pocos años. Tras el nacimiento de su hijo, volvieron los intentos de suicidio, los líos de faldas y los espejos del revés. El día que Britt supo que Sammy la engañaba con la actriz Lola Falana, cogió a su hijo, hizo las maletas y no volvió la vista atrás.

Sammy siguió adelante. Le pidió perdón a su mujer, pero no trató de volver con ella. Su últimos años estuvieron marcados por sus patinazos públicos. Renegó de su raza, de su religión y de sí mismo. Se encerró en casa, vació botellas de bourbon por miles y dejó de contestar el teléfono. El cáncer se lo llevó justo a tiempo de evitar que los recuerdos de su adolescencia y de su estancia en el ejército, cuando los propios soldados negros abusaban de él, estaban a punto de llevarle a la demencia.

Shirley MacLaine: “Le visité una semana antes de su muerte. Estaba demacrado físicamente, pero las botellas de whisky seguían estando a la vista. Su casa había dejado de ser luminosa, como siempre fue, para convertirse en una especie de cobertizo sin espejos y con las ventanas siempre cerradas. Le dije que no debía tener miedo. Que lo que estaba por llegar le colmaría de felicidad. Me contestó con una media sonrisa: Ya es tarde para eso”.

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