Idiotas del mundo, uníos…

¿Es posible rodar hoy día una comedia teenager de los 80? No, por supuesto. Por esa razón, los hacedores de “Jacuzzi al Pasado” recurren a las canas, las barrigas cerveceras y la alopecia galopante para situar a sus personajes en un presente imperfecto. Han pasado las décadas y ahora son aún más idiotas. No tienen empleos, sus esposas les han abandonado y sus sobrinos son infinitamente más nerds de lo que fueron ellos. No entienden un mundo que de repente pasó del amarillo al ocre.

“Jacuzzi al Pasado” empuña la bandera de la idiotez mediante un humor escatológico (a menudo de lija), para hacer saber a toda una generación de desarrapados que si no es posible cambiar el orden de las cosas al menos se puede seguir soñando con que una actitud rebelde te hará atractivo ante la chica más jugosa. Es así, “Jacuzzi al Pasado” hereda la actitud gamberra de sus referentes ochenteros, incluso ofrece guiños de todo tipo y textura (la música, el estilismo asesinable y la aparición de Crispin Glover, padre de Marty McFly, en un papel clónico a el de “Regreso al Futuro”, son impagables). Es más, arranca sonrisas cómplices de días que la memoria ha convertido en luminosos, aunque probablemente fuesen tan grises o más como los actuales.

Un revival de colorines que no pretende pontificar, ni siquiera ofrecer hora y media de evasión casposa. Su propuesta es pretenciosamente más inteligente que la que se le supone al envuelto por el aura imbécil, pues su única intención reconocible consiste en la enmienda de los errores preteritos a modo de rito de paso hacia la falsa madurez.

Se trata, en resumen, de un eructo en honor de todas aquellas mentes envaradas incapaces de aflojar su corbata, su faja o sus pantalones. No se trata más que de una voceada reclamación por partes de idiotas de todo pelaje en pos de su lugar en el mundo. Aunque éste no sea más que un jacuzzi adornado por latas de cerveza y botellas de ginebra.

Algoritmos perfectos…

No conviene olvidar los motivos que con seguridad convirtieron la media hora final de “Más allá del espejo” en un precipitado ejercicio de nudos por atar. Joaquim Jordà, su director, había entrado en la fase final de la enfermedad que le venció. Una paradoja, pues todo el metraje de su última obra está encaminado a enfatizar la triunfante lucha de un grupo de personajes singulares a su pesar, víctimas de raras disfunciones neuronales. Todos aquellos que alguna vez vieron cómo sus vidas mutaban en algoritmos sin final.

Olvidados los descalibrados minutos finales (el olvido, se darán cuenta al ver la película, es el día a día de los protagonistas), toda la atención de la memoria se posa en las historias de los que un día se despertaron sin recordar qué había sucedido ayer. Supervivientes, más que triunfadores, a los que Jordà trata con la delicadeza propia del que conoce de primera mano lo que significa reaprender cada mañana lo que se olvido durante la noche. Mantiene la distancia para dejar que expresen su dolor (la mujer que asegura que murió al sufrir un ictus para convertirse en otra persona); la frustación (la chica ciega que pasea junto a un río tratando de recordar cómo era); el miedo (la mujer que no encuentra los motivos para continuar hacia delante). Todas estas historias deletreadas con la ayuda de Esther, animosa adolescente, víctima de una enfermedad (agnosia) que le impide reconocer su calle, su casa o a sus propios padres. Ella es la Reina Blanca del tablero de ajedrez en el que los personajes combaten contra la cruel enfermedad del olvido.

La belleza es esdrújula, impar, desacompasada. Siempre lo es. “Más allá del espejo” es todo eso con el añadido de las efímeras pompas de jabón nacidas para morir al tocar el suelo. Jordà trata de evitar que eso ocurra. Por ello, el legado final de Jordà es el de la victoria amarga. La superación personal, más allá de moralismos y palmaditas en la espalda a modo de manual de autoayuda, como arma para continuar el camino. Porque la riqueza de lo singular siempre podrá ser vista por aquellos con la venda mal anudada.

Ser humano…

Georgie Bush Jr. es un tipo gracioso. Lo demostró en aquel debate presidencial en el que Al Gore se empeñó en defender la administración democrata con datos. Números, números, demasiado esfuerzo para una mente limitada como la suya. Por esa razón echó mano de una de las frecuentes meteduras de pata del vicepresidente saliente cuando afirmó haber sido el inventor de Internet. Miró a la cámara muy serio y dijo: “Este tipo debe haber inventando también la calculadora”. Desde ese momento, el votante medio norteamericano tenía un ganador. La importancia de que Obama haya ganado unas elecciones no radica en el color de su piel sino en la esperanza que otorga el que una sociedad tan conservadora como la americana haya elegido el camino de los ideales y la esperanza ante las planas actitudes populacheras como las del campechano Georgie.

Bush Jr, sencillamente nefasto, limitado por una capacidad intelectual cercana al encefalograma plano, no gobernó los States, como muchos aseguran. Se limitó a estar mientras otros movían los hilos. Firmó decretos mientras otras manos guiaban sus manos; cargó con los errores que otros cometían en la sombra. Fue el hombre de paja perfecto.

De sus limitadas entendederas se podrían escribir miles de tomos de libros que él jamás leería. Sus detractores (infinidad y más) le descalificaron e insultaron (fui testigo de cómo un popular periodista catalán le calificaba de “hijo de puta” en su programa) sin que nadie fuese consciente de que su debilidad metal serviría para eximirle de cualquier responsabilidad directa. Sencillamente es bobo, y no utilizo el término en modo alguno peyorativo, me limito a reflejar un hecho.

Una prueba más de su debilidad mental la dio hace pocas semanas en Haití. Viajó hasta la isla caribeña, acompañado de Bill Clinton, para comprobar la situación in situ. Osease, y hablando de políticos, para hacerse la foto. Fue entonces cuando un haitiano le estrechó la mano. Su asqueado gesto, que culminó con una limpieza improvisada en la espalda de Bill, fue recogido por una cámara. ¿Por qué coño siempre hay una cámara en todas partes?

Mejor que hablen las imágenes…

Hojalatado…

Con lágrimas en los ojos de pura emoción, decía Dennis Finch, en aquella sitcom bautizada por aquí como “Dame un respiro”, que ahora era consciente de que las cosas buenas también le pasaban a la gente mala (acababa de casarse con una supermodelo, se entiende). De hecho, el que ello suceda suele ser la regla. Pero a veces los hados de la fortuna acampan en la puerta de las buenas personas. Y a veces los días deberían duran mil horas para poder recibir algo de la luz que su corazón recubierto de hojalata desprendió ayer.

Desde 411 (o 412) Km. soy tan feliz como si estuviera a dos milímetros de ella. De hecho, estoy allí aunque no me tropiece con las sillas, ni repose mi cabeza sobre su ombligo por las noches, ni mis camisetas estén repletas de pelos de Sugie…

¡¡Felicidades hojalatadas!!

18-05-1980…

Ya han pasado treinta años desde que Ian Curtis dejó colgada la primera gira americana de Joy Division. Es curioso, pero cuentan que esta tontería fue lo primero que les vino a su cabeza a sus compañeros de grupo. El que acabase colgando de una soga se daba por hecho. Sólo se trataba de retrasarlo un día más. Mientras podía seguir bailando solo con lágrimas en los ojos hasta que sus piernas cediesen.

“Cuando tu vida pasa ante ti, en una habitación extraña en la que quizás termines ahogándote, significa ésto el principio de todo”

Control (2007)