Dos cuentos y una canción de Navidad…

Y ya son cuatro los años en los que las páginas de este antro se cubren con cuentos navideños. Mycroft (un año más mi agradecimiento hacia él es infinito) y yo mismo y Nat King Cole cantando uno de los villancicos más hermosos jamás compuestos. Y una Navidad más, sí. Ésta, por una vez y tras la tormenta, feliz.

Sean felices en la noche mágica.

EL ÚLTIMO ALIENTO

by Mycroft

1

Siguen cabalgando los espacios helados

Los pocos jinetes que no se han rendido a la muerte,

(Philippe Jaccottet, En un torbellino de nieve)


Si la vida de un hombre es la suma de sus aciertos menos la resta de sus errores, más allá de sus intenciones, la operación arrojaba un resultado negativo en este caso. Aferrado a la piel de la montaña, desgarrando la palma de sus manos metro a metro, Dan comprendía el absurdo de su gesto suicida, de rebelión contra nadie en concreto, ahora que ni el destino ni la suerte son cosas divinas, sino producto de sus propias decisiones.

Escalar una montaña, construirse un desafío, fabricar una frontera inexplorada en su imaginación a pesar de que todo rincón ha sido ya catalogado. Atestado de GPS, de desalentados deportistas con la mirada vacía, esforzados profesionales del escape del mundo, la altura de este pico viene a ser un refugio, tal vez un refugio absurdo. Imaginar el desafío equivale a ansiar un mundo deshabitado dónde perderse de vista. Equivale a realizar un gesto inútil y peligroso en que la propia vida que no sabemos manejar queda en suspenso. El gesto de tocar el cielo con las manos.

Enterrado por los complementos propios del explorador moderno, bajo el peso enorme de cientos de objetos, mantas, utensilios, herramientas de escalada, abrigos especializados, piolets de con doce terminaciones distintas en el filo, según la condición del terreno, Dan llevaba consigo un kit de supervivencia que lo ataba al mundo, en lugar de ayudarlo a escapar de él. Era el seguro, la fianza, la garantía de que retornaría a ser una pieza más del mecano, de que el aquí, y el ahora, solo, independiente, abandonado a sí mismo para perecer o elevarse, era solo una engañosa mentira piadosa.

Huir. Masticar el silencio. No un mero silencio habitual, plagado de respiraciones, sonidos automáticos, señales de vida al otro lado del cristal, delgada lámina que amuralla apenas nuestros reductos de privacidad.

Silencio auténtico. Cientos de personas en busca de la tranquilidad, y del repliegue en uno mismo, atacando la montaña desde distintos flancos, evitándose cuidadosamente, para no coincidir y romper el encantamiento, la fascinación, el sueño. No un sueño nihilista de negación. El sueño impotente de que todavía exista la posibilidad de soñar.

2

…Y espero a que las mentiras se aparten una a una:

¿Qué queda? ¿Qué le queda a quien muere

Que le impide morir? …

…Como el fuego, el amor no establece su claridad

Sino en el error y la bellerza de los bosques en cenizas…”

(Philippe Jaccottet, El ignorante)


Clac! Clac! Metro a metro, la conquista de centímetros fatigosos de viaje incoherente hacia ningún sitio. Para dan era vivir una metáfora. Dar forma a un pensamiento obsesivo. La escalada de esa montaña que el padre había dicho que era la vida.

-Al principio subes ligero, no notas el peso del equipaje. A medida que transcurren las horas, cambias con cada roca, con cada amago de caer al vacío, y el equipaje comienza a pesar más, y más, y más para tus entumecidos músculos. Tus fuerzas se minan, y la cima parece inalcanzable.

Dan intuía que él era parte de ese equipaje pesado. Pero nunca le preguntó si era posible el ascenso sin experimentar esos amagos de desfallecimiento, de caída, y sobre todo, sin contar con alguien más. Si, tal vez, hacer la cima sin haber llevado esa carga, no mereciera realmente la pena.

Hay rocas y más rocas. Salientes casi impracticables. Un mundo blanco y gris plagado de melancólicos suicidas frustrados, profesionales del deporte extremo de la huida del mundo. Como el monstruo de Mary Shelley en su helado final, abandonando el mundo, abandonado por el mundo, tan solo se trata de forzar un espacio en el que la extenuante tarea de encajar ya no sea necesaria.

Es navidad. Un día como cualquier otro, un día idéntico en sustancia al resto. No pasa nada mágico, ni especial, ni siquiera en la mente de los hombres. La buena voluntad es un estado de ánimo, el amor a los demás es un estado de ánimo, y no tiene nada que ver con el calendario: estaba allí antes, o no lo estaba en absoluto.

Una llamada. Desde la base de la montaña. Como en aquel capítulo de los Simpson, van a pedirle que baje. Van a decirle que el tiempo ha cambiado, que las condiciones se preveen difíciles. Que hay alguien abajo que le espera. Que es absurdo escalar esta montaña precisamente hoy. Que debe seguir con sus planes, con su vida, quizá superarlo, quizá invitar a una chica a cenar, conseguir otro trabajo, disfrutar de los pequeños placeres.

Fingir era demasiado difícil.

3

Será  como dejar un vicio,

Como ver en el espejo

Asomar un rostro muerto,

Como escuchar un labio ya cerrado.

Mudos, descenderemos al abismo.

(Pavese, Vendrá  la muerte y tendrá tus ojos)


Una pantalla verde sobre un tablero luminoso muestra tejidos oscurecidos por la fotografía de la radiación, sombras de piel y células en forma de alarido descarnado. El enemigo interior que te come, te roe, se adentra en la sustancia de la que estás hecho y penetra en cada fluido, en cada neurona, envenenando incluso el espíritu, emponzoñándolo todo,  en cada órgano palpitante, encogido sobre si mismo como el feto de un animal inviable. Cuerpos extraños en el propio cuerpo. Bombas de relojería que estallarán en silencio con la violencia de la dinamita, y la capacidad para provocar dolor de la tortura.

Saber que mueres. Ver a la persona que amas saber que muere, envenenar los días con miradas vacías a un mundo vacío, incapaz de dar forma a las palabras de despedida que harían explícito aquello que nos negamos a encarar.

Dan había pasado solo la mayor parte de su vida. Había tratado de unir los pedazos, había vivido rápido tal vez pensando en dejar un cadáver no demasiado exquisito, había consumido las horas en la química, la evasión, la poesía, la mística, la lujuria. Todos los secretos obvios desde que el mundo es mundo, para soportarse a si mismo y el tolerar que la vida se reduzca a ese soportarse a uno mismo.

En la lujuria había buscado el contacto, piel contra piel, el éxtasis cómplice de la carne expectante, de los besos que son simulacro de la verdadera pasión, de alcanzar a rozar sombras pálidas con la punta de los dedos, de empujar y contraerse y volver a empujar hacia un tipo de salvación que no estaba a su alcance.

En la química había buscado aturdirse, olvidarse de que todos los animales de la creación, como decían en cierta película, mueren solos. De plagar las horas, de reflejos en la pared, sombras chinescas, delirios lúcidos de un mundo inventado por su propia locura.

Pero sin duda el engaño más efectivo es el sumergirse en la normalidad, en la rutina de la vida en dejar a las horas pasar de una en una, en abolir el futuro, en aniquilar el presente, en olvidar el pasado, en vivir como un tonto, un paria que se contenta con la supervivencia porque contentarse con ella significa no preguntar por la existencia. No pronunciar la palabra soledad.

Casi lo consiguió. Hasta que conoció a una persona de la que no pudo escapar. Le fue imposible mantener la distancia de seguridad, mantener el frío por dentro. Mantenerse a salvo. Amar, en este caso, es estar dispuesto a perder la paz de espíritu para ganar la partida a la futilidad de existir. Pero la partida esta amañada por el poker de la muerte.

INTERMEDIO:

En una escuela pública del Tíbet, un grupo de voluntarios de una ONG espera a su compañero, que, disfrazado convenientemente, estaba dispuesto a traer un poco de ilusión al tercer mundo. O a comprarla. O a blanquear su conciencia. O, al menos, a establecer quienes son los buenos.

Los funcionarios chinos, presentes, condenan este intento de imperialismo cultural que en virtud de las relaciones bilaterales se tolera con reservas, al tiempo que se sonríen. Les han llegado rumores de que el americano andaba deprimido, de que ha preguntado en el pueblo por cierto lugar en las montañas. Un lugar en el que los deseos se tornan reales, en el que es posible vencer a la propia naturaleza.


4

You’ve reached your top and you just can’t get any higher
You’re in your place and you know where you are
In your Shangri-la

(The Kinks, Shangri-la)

Tekeli-li, Tekeli-li!

A Dan le parece oír a lo lejos un extraño eco, un eco que parece amenazar mucho más su ascensión que las nubes súbitamente negras que parecen incrustarse en el pico de la montaña.

¿Por qué esta montaña y no otra, por qué en el tiempo de las reuniones, de las celebraciones, de la familia, y no en otro momento?

Hay una razón, en ocasiones la hay incluso para las ideas más desquiciadas. Dan ha decidido darse un regalo de navidad. Ha decidido subir la techo del mundo, buscando un lugar que no existe. Una leyenda. Un último apurar de la amarga bebida de la esperanza, antes de morir en un último e inútil gesto.

Abajo, en la base de la montaña, ha mandado traer el cuerpo congelado de su amada. En un sepulcro de hielo, en una nevera para restos mortales, yace la que un día fue (ya nunca más) su único asidero a la vida, a la cordura. La mujer que lo transformó, tras muchos años infructuosos, en alguien vivo de verdad. No solo aparentemente.

Dan había investigado mucho acerca de la muerte desde que era estudiante de filosofía y teología cuando había tratado de utilizar el trastorno maníaco de los místicos como un arma para sobrevivir. Había leído antiguos manuscritos del mundo griego, había investigado mitos mesopotámicos, había echado un ojo a ciertos vestigios de la civilización hiperbórea, hasta haber dado con una leyenda que emplazaba cierto monasterio precisamente en aquellas montañas. Un monasterio en dónde habitaran  sabios capaz de revertir lo irreversible. Sonaba a cuento de Lobsang Rampa, a folletín de fu Manchú. Sonaba horriblemente estúpido, pero en ocasiones uno no puede evitar a la estupidez, sino que debe abandonarse a ella.

En ocasiones estupidez y esperanza son lo mismo.

Ahora Dan estaba más allá  de la duda o la fe, inmerso en su propio delirio, escapando de la desesperanza en medio de una tormenta de nieve, enfrentado a una muerte casi segura, una muerte prácticamente en vano.

Había pasado los puntos más accidentados y este tramo era cada vez menos vertical, acabando en un repecho o pequeño altiplano. En esos momentos, el oxígeno escaseaba, y la cabeza no alcanzaba a discurrir con normalidad, por sus cauces habituales, sino que se perdía en meandros de asociaciones de ideas, en zig zags de razonamientos obtusos o absurdos, en extrañas certezas surgidas del fondo de un abismo.

Dan distinguió algo rojo a unos seiscientos metros. Se afanó en alcanzarlo. Era el resto de una expedición anterior. Un extraño trineo con un cadáver al mando. ¿Qué hace un trineo aquí arriba, cómo ha ascendido, cómo lo han acarreado hasta este lugar por los accesos inaccesibles, las murallas naturales, la piedra inexpugnable?

Había señales de lucha. Los animales de tiro, una especie de ciervos de los que solo quedaban esqueletos de siniestro porte, se habían revuelto, y habían tratado de devorar al piloto, para después pasar a tratar de devorarse entre sí. El hambre ciega había dispuesto una guerra desesperada por prolongar la fría agonía.

El hombre muerto era de considerable estatura, y estaba vestido con un llamativo traje rojo, con bordes blancos en las solapas y las mangas, coronado por un ridículo gorro navideño. El cargamento, juegos virtuales de guerras, exterminio, y simuladores de una vida cotidiana carente de sentido, como si no fuera suficiente con malgastar una vida, como si el gran juego de existir y amar cada día fuera algo posible de replicar, un refugio para perdedores que no supieron manejar la realidad.

Ningún caballo de juguete. Ningún sable de plástico. Ningún libro de Stevenson. Ningún trozo de pan para algún niño que no tenga tiempo para jugar, que solo tenga tiempo de sobrevivir. Estás mejor muerto, amigo de los regalos.

Un misterioso descarrilamiento de la navidad, alguna campaña publicitaria de esa navidad, cuyo rodaje salió espantosamente mal. Dan cogió el gorro, y sustituyó el suyo. Ahora él iba a buscar el mayor regalo de todos. Siguió caminando hacia delante.

5

Ninguna promesa se le ha dado;

Ninguna seguridad será  la suya;

Ninguna respuesta ha de llegarle;

Ninguna lámpara, en la mano de una mujer conocida en el pasado,

Puede iluminar el lecho ni la avenida interminable; …

(Philippe Jaccottet, El libro de los muertos)


El monasterio, si es que existía, y no era fruto del delirio y del aire enrarecido, apareció ante el como una figura difusa entre el blanco de la nieve en el aire, como un cuadro de Turner cuyo tema fuera el paisaje del Himalaya. Estaba al final del altiplano, a unos dos kilómetros de los restos navideños, justo en el lugar en el que la pendiente comenzaba a recuperar terreno y, unos metros más allá, extremarse buscando de nuevo la verticalidad.

Llegó a las puertas, y, tras quitarse un guante, golpeó la madera con los nudillos pelados. Las puertas se abrieron. Doce monjes pálidos, para nada de aspecto oriental, sino más bien caucásico, le hicieron gestos para que se acercara. Sin una palabra, mudos, aparentemente le condujeron a su superior, un hombre anciano y decrépito con la cara quemada y curtida por el sol, los años, y la nieve.

El anciano habló en voz baja en un idioma desconocido, y le señaló una puerta, negando con la cabeza, como para desalentarlo. Dan caminó como en un sueño, sin sentir sus cansados miembros, presa de una fiebre desconocida, con el gorro navideño balanceándose al ritmo de sus pasos como un péndulo.

Le abrieron la puerta, la atravesó  con rapidez. Cerraron tras él. Oyó como atrancaban la puerta. La oscuridad le rodeaba. Una negrura densa poblada de silencio, poblada de un miedo antiguo.

Frente a él empezaron a chisporrotear unas luces tenues, que pronto prendieron, como velas fúnebres para la memoria de los difuntos en una iglesia. Vio una mesa, ante la cual un hombre enmascarado esperaba sentado frente a él. Al otro lado de la mesa, en el extremo más próximo, había una silla vacía

-Tome asiento- La voz era apenas un murmullo, pero un murmullo pronunciado con un tono grave, como el eco de un trueno lejano.

-Habla usted mi idioma.

-Llegados a este punto, la lengua no es un problema.

-¿Sabe a lo que he venido?

-Lo mismo que todos. Quiere burlar a la muerte.

-Si.- Dan trató de aparentar aplomo, pero la voz le salía trémula- No para mi. Para mi mujer.

-Conocemos su caso. Pero habrá que pagar un precio a cambio. Una vida por otra.

-Estoy dispuesto a cualquier sacrificio.

-¿Incluso si eso significa morir, incluso si la vida que usted recupera, es retornada para ser vivida en su ausencia, tal vez compartida por otro?

Hubo un pequeño titubeo, un segundo escaso de silencio, antes de que Dan asintiera con su cabeza. Se fijó por primera vez en la máscara blanca, como de un arlequín, que le mostraba una permanente sonrisa sarcástica.

-No carecemos de sentido del humor en el lugar de dónde vengo. Le propongo que juguemos- hizo un gesto con la mano como mostrando la superficie de la mesa, sobre la cual dan no había advertido que se extendía un tablero de ajedrez.

-¿Bergman?

-Al otro lado del espejo también es posible apreciar las obras de los vivos. Si pierde, simplemente se va, para hacer con su vida lo que quiera. Para hacer el bien, para amar nuevamente, para tirarla por la borda, para ponerle fin…

-¿Y si gano?

-En ese caso, le extraeré  su vida hasta el último aliento, y se la insuflaré a su mujer.

-Juguemos.

6

No sé, fuera de estos versos

Que tú, fiera,

Me ordenes hacer nada.

Y si te me vas alguna vez,

Estoy perdido, vuelvo de inmediato

A mi pequeñez

(Alexis Zakythinos)


No se ha visto partido más endiablada, ni siquiera en los tiempos de Bobby Fischer. Dan jugaba con las blancas, pero no suponía ninguna ventaja. El espectro hacía trampas, las piezas cambiaban de posición, pero parecía que de un modo totalmente aleatorio, no siempre a favor del representante de la muerte.

¿Qué pretendía éste con sus juegos? Se preguntaba Dan, mirando la inexpresable máscara. Estoy atrapado en un cuento de Poe, pensaba. Pero la imagen de su amada le ayudaba a no desfallecer, a no enloquecer, a no gritar una airada protesta. Él había aceptado el juego sin preguntar por las reglas.

Tal vez todo era un simple delirio, tal vez estaba tendido en la nieve, imaginando una partida espectral por el alma de su mujer mientras sus cortados y morados labios temblaban. Tal vez solo era eso, su última huida cobarde del escenario.

Los peones de ambos bandos habían caído, presas de la feroz y desconcertante partida, y observaban a un lado el tablero, como los muertos observan a los vivos desde allá  en dónde estén.

Finalmente, el espectro hizo una jugada audaz que dejaba a su rey desprotegido.

-Jaque

Dan vio que era un error. Dan vio que había ganado. Protegió a su rey tras la torre. Esperó a la maniobra evasiva de su contrincante. Y, por fin, se cobro la pieza del rey con su reina.

En ese momento, su contrincante extendió las manos, largas y finas, como para agarrar algún objeto situado frente a él, en el aire, frente al rostro. Dan sintió como algo le presionaba los pómulos, como le faltaba el aire, sintió una presencia extraña en su garganta que le desgarraba por dentro. Y finalmente, sin poder ni siquiera lanzar un alarido de dolor, Dan sintió que le arrancaban algo en su interior. Y luego, nada más.

-Algunos tienen mal perder- dijo el espectro, mientras el tablero giraba sobre sí mismo de modo que las blancas pasaban a estar frente a él, y las piezas negras correspondían ahora a Dan.

-De todos modos, ya que le hacía tanta ilusión… Le concederemos lo que pidió.

7

This still life is all I ever do
There by the window quietly killed for you
In the glass house my insect life
Crawling the walls under electric lights

I’ll go into the night, into the night
She and I into the night

(Suede, Still life)


La cena de navidad transcurría entre la melancolía, y el abandono al ritual insensato, con el recuerdo de la hija perdida, y del yerno que enloqueció y murió en un gesto de desesperación absurda.

El asado estaba en el horno, y la mujer, mayor, de cansada expresión, lacios cabellos, y ojos turquesa que conocieron días de brillo, pero que ahora se ahogan en lágrimas y recuerdos, se afanaba a preparar la mesa para su marido.

Estaba preocupada. Todo el día le parecía oír como una voz lejana pidiendo auxilio. Se había asomado al gélido porche delante, al jardín trasero, había subido al primer piso del unifamiliar, pero nada.

Cuando se sentaron a la mesa, su marido, perspicaz, trató de consolarla. Ahora está en un lugar mejor, le dijo.

8

Esta mujer que arde a lo lejos, bajo la nieve

Si me callo, ¿Quién le dirá que siga brillando,

Que no se hunda con los otros fuegos

En el osario de los bosques? ¿Quién me abrirá

En estas tinieblas el camino del rocío?

(Philippe Jaccottet, El invierno)


En algún lugar perdido, gritando en un campamento saqueado y abandonado por los sherpas, dentro de un ataúd criogénico sobre el que se posa la nieve recién caída, a muchos grados bajo cero de temperatura, una mujer golpeaba el cristal delantero que mostraba su rostro, y por el cuál en caso de romperse no podría escapar. Afuera, el clima no era menos gélido que dentro de su compartimento, mientras, ella agonizaba en virtud del regalo de navidad más preciado que jamás le habían hecho, un regalo mortal y preñado de una imprevisión fatal: El último aliento de vida de un hombre que había muerto en vano. Un último aliento malgastado en pedir auxilio.

AZULES

by Alex Herrera

Desde la calle Mayor hasta la Puerta del Sol la sombra de Leandro se hacía más intensa que las demás a cada paso que daba. Le gustaba caminar de vuelta a casa en Navidad, con las calles iluminadas y el sonido de petardos a su espalda. Le gustaba pensar en qué hubiera ocurrido de tomar otra decisión. De conocer a otras personas. De querer a otra persona.

Sumergido en sus pensamientos, casi había olvidado que en una semana sería un jubilado prematuro. A sus cincuenta y tres años la empresa para la que había trabajado durante treinta años consideraba que sus servicios eran prescindibles. La nueva jefa, suficientemente joven como para cometer errores, no le encontraba utilidad, de modo que le habían propuesto una jubilación ventajosa dada su edad.

Y allí estaba Leandro, a sus cincuenta y tres años y jubilado precoz, sorteando petardos en plena Puerta del Sol en Nochebuena. Pensando en qué habría sido del sobre azul que había enviado dos días antes.

Veinte años atrás, Leandro recibió dos buenas noticias: Sería padre nueve meses más tarde y recibiría el ascenso que merecía tras demasiadas horas extras entregadas a la empresa a costa de su vida familiar. Ninguna de las dos nuevas se hizo realidad. El ascenso se postergo indefinidamente al recibir tales honores un compañero que lo merecía menos que él pero gozaba de las simpatías que Leandro nunca tuvo. La segunda noticia le sumió en tinieblas durante años. Diana, su mujer, se llevó consigo a su hija recién nacida rumbo a un lugar ignoto y lejano reservado a los que alguna vez dejaron de respirar. Desde aquel día Leandro solo soñó con unirse a ellas.

Pasaron los años y Leandro mantuvo su promesa de fidelidad a su mujer realizada una mañana de mayo cuando aún eran novios. Tras consumir las ocho horas laborales se dirigía a su casa para escuchar la colección de discos que algún pariente de Diana le había legado. Ninguna mujer. Ninguna pasión. Una vida gris, sí, pero entregada a ella, pensaba Leandro.

Pero aquella Nochebuena fue diferente.

Leandro pensó que no sería mala idea mitigar su soledad escribiendo cartas que enviaría a amigos invisibles pues carecía de amigos reales. Se arrepintió al pensar en esa contrariedad. Pensó que de haber asistido a alguna cena navideña de empresa o a la copa tras la jornada laboral que sus compañeros no perdonaban, su realidad sería diferente y ahora podría gastar su tiempo en compañía de otros. Pero su vida era Diana y la niña que nunca llegó. No le gustó la alternativa de pasar sus días jugando al tute o al dominó.

Al cruzar la puerta de casa, aquella Nochebuena tan fría, ideó un plan consistente en enviar sobres de colores llamativos a direcciones que no existían con objeto de que les fuesen devueltas días más tarde. De ese modo podría desahogarse gracias a la tinta y buscar escondrijos para su tristeza en el éter.

La tarea de encontrar una calle no fue difícil. Le gustaba el nombre de Estrella Polar. De joven, soñó en no pocas ocasiones con epopeyas polares y antárticas que después nunca se dieron. Tras rebuscar en el callejero se dio cuenta de que la calle Estrella Polar existía en Madrid, de modo que imaginó un número imposible para una calle pequeña. Calle Estrella Polar número 127. Perfecto. Solo quedaba elegir el color de los sobres para enviar su desazón con la seguridad de que dos días más tarde el objeto de su tristeza volvería a estar entre sus manos. Y el color elegido fue el azul. Los azules eran los únicos sobres de color no blanco que reposaban en los estantes de aquella tienda regentada por una mujer china. Además, le gustaba tanto aquel color. Azules eran los ojos de Diana. El Azul…

Después, eligió con cuidado la tinta adecuada, ni demasiado esponjosa ni demasiado seca, y envió una primera carta aquella misma noche. En ella hablada de su soledad mitigada por las botellas de vodka polaco que un supermercado cercano vendía por cuatro euros. Se sentía tan solo. Dos días más tarde la carta se halló de nuevo en sus manos. Espoleado por éxito de aquella primera incursión escribió una segunda y una tercera carta con el mismo resultado rozando las yemas de sus dedos cuarenta y ocho horas después. Por una vez, algo parecía salirle bien. Y así fue hasta que la cuarta misiva se extravió.

El día treinta y uno era miércoles y la carta en la que no disimulaba sus ganas de ser feliz a contracorriente había sido enviada tres días atrás. Le extrañó, pero achacó el retraso a los días festivos y a algún petardo inoportuno que tal vez habría desdibujado la ruta de algún cartero. De modo que continuó con su rutina habitual, solo traspuesta por la botella de cava barato y la nota de agradecimiento por los servicios prestados que le fue entregada la mañana de su jubilación prematura. Caminó por la calle Mayor, como cada día, hasta llegar a la Puerta del Sol. Allí el bullicio y los petardos le alejaron de sí mismo. Justo lo que necesitaba. Faltaba un cuarto de hora para la medianoche cuando decidió regresar a casa coincidiendo con la llegada masiva de gente disfrazada con gorritos y serpentinas.

Ya en casa, Leandro se acomodó en su sillón de los años ochenta y abrió una nueva botella de vodka. Pasó la medianoche y sus campanadas y el bullicio y los cohetes que resonaban en el exterior de su ventana. Pero no conseguía dormir. La botella estaba casi vacía y Leandro mantenía intacta la contrariedad de su consciencia.

Y así fue hasta que consumidas tres horas del nuevo año sonó el timbre de su puerta.

Leandro, inquieto, se levantó de su sofá de cuero y se dirigió torpemente hacia la puerta. Al fin y al cabo, parece que el vodka sí había hecho efecto. No podía dejar de pensar en la carta que nunca fue devuelta y en que aquella repentina llamada tendría algo que ver. Sintió miedo. Hacía años que no sentía el vértigo del miedo. Se acercó temblando a la mirilla. Lo que vio le dejó petrificado. No podía ser. No podía ser. No podía ser…

Tras unos segundos se serenó y pensó en posibilidades imposibles. Tomó el pomo de la puerta y agachó la mano hasta que la luz de la escalera se filtró en su vestíbulo. Puede que su vida pasase delante de él en unos pocos segundos. Puede. Puede que Leandro pensara en qué mierda de vida había tenido alguien sobre quien reposaban tan pocos recuerdos.

Abrió la puerta.

Sonrió con timidez.

“Hola, Leandro”, sonó del otro lado.

9 pensamientos en “Dos cuentos y una canción de Navidad…

  1. Leído, imprimido, cae esta noche tras la ingesta de viandas. Bicarbonato semántico del bueno, my friends. Un clásico. El año que viene seremos triunvirato “again”. Feliz Esto.

    • Mi parte de trato está deslabazada e incompleta. Pero el cuento de Mycroft es, una vez más, brillante. Me hizo pasar un rato de lo más agradable la noche del 23.

      Las puertas de este lugar siempre están abiertas para ti, Emilio. Este año no pudo ser. Ya imaginaba tu premura de tiempo. No te apures por ello.

      Feliz eso, Emilio.

  2. Alex, ni que tuviésemos telepatía. Llevo un par de semanas con este villancico en la cabeza. Hay un canal en Accuradio.com dedicado exclusivamente a esta canción pero a mí me gusta esta versión por encima de todas. Ha llegado a tal extremo la cosa que he tenido que bajarme la letra y aprenderla, ya que no consigo quitármela de encima, por lo menos cantarla en condiciones. Y mira tú por dónde la vuelvo a encontrar aquí. Pues sí, uno de los villancicos más hermosos de todos los tiempos. Hasta lo estoy sacando a la guitarra. Felices tiempos, que lo serán. Un beso.

    • Los cuatro villancicos con que he adornado el posteo navideño antártico son geniales. Éste en especial, me trae recuerdos alegres y tristes de navidades pasadas. La primera vez que lo escuché fue precisamente una nochebuena, de madrugada. Lo puso una emisora de radio cuya locutora, con cierto tono amargo, insistió en que las canciones se pueden regalar. Tomando esta afirmación en cuenta, consideralo un regalo del azar, Angéline. Y por supuesto, no imagino a nadie mejor para cantar esta canción que Nat King Cole. Hay otras versiones, pero la suya es la única que me emociona.

      Beso, Angéline.

  3. Me alegro que os haya gustado, porque está escrito con prisas, y el recurrir al elemento sobrenatural se debe a que no tenía tiempo para escribir lo que realmente quería, algo más en la línea de aventura, algo más hemingway, algo más Kerouac. algo más, en resumen.
    Al principio odié el relato. Pero nunca quedo satisfecho. Este año no podía ser de otro modo.
    Cuando tenga un rato leeré el tuyo.

  4. Lo es, Xose. Un cuento fabuloso y un regalazo en una sola pieza.

    Un abrazo.

    Ya ves, Mycroft, que no soy el único maravillado por tu cuento. No aprecio la premura como si la puedo ver en el mío, confeccionado a trazos, sin tiempo y sin cuidado.

    No quedar satisfecho jamás con un trabajo dice mucho de la persona que así lo siente. Espero que esa sensación se mantenga durante algún tiempo en ti, Mycroft. Será buena señal.

    Una vez más, gracias.

  5. Los dos, ya leídos, me han gustado. El de Mycroft me pidió una segunda lectura. Y ahí lo disfruté más. Me pareció mejor al final, y me sigue costando aceptar los diálogos. En Mycroft y en el Lucero del alba caído para convencerme. Es un handicap lector mío. Abrazos a los dos.

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